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¡Ten un perro para vivir en un mundo mejor!

Viernes, 28 de Febrero 2020 - 12:05

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Enrique Fernández Martínez

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Puedes ver si un hombre es bueno o no dependiendo de si tiene un perro que le ama.

W. Bruce Cameron 

Esta es la primera vez que escribo sin tener a echada a mi lado a mi Monita, un pequeña perrita Scottish Terrier que en realidad era un angelito disfrazado de perro, que hace unos días regresó a casa. ¡Nunca imaginé que se pudiera amar tanto a un perro!

Se llamaba Monita porque cuando llegó a nuestras vidas era como esos juguetes de peluche,  de pilas que ladran y caminan, no pudo existir un mejor nombre para ella. Fue una excelente mascota que aprendió rápidamente a saludar a todos con la patita que, sumada a esos grandes ojos redondos y su actitud amigable, conquistaba a propios y extraños. ¿Cómo no quererla? Fue una perra amada y querida, que en sus años de vida tuvo sus propios problemas, algunos graves,  que fue superando con paciencia y en silencio y con ello nos dejó una gran lección de vida.

Todos los niños deberían de tener un perro y hacerse cargo de él, porque lo que un animalito nos enseña no lo aprenderemos en ningún otro lado. No hay mejor psiquiatra en la tierra que un cachorro lamiéndote la cara. 

Los perros nos enseñan valores fundamentales para la convivencia humana: 

El amor incondicional. Para un perro no hay algo más importante que tú, pues da hasta su vida por ti si es necesario. El hecho es simple: un perro te quiere más de lo que tú a él. Un perro no necesita conocerte durante años antes de llegar a amarte.  Ellos son muy sensitivos e instintivos y sabrán a quien darle su amor, pero no tardarán toda la vida en entregárselo. Tu cachorro no aguardará su amor hasta que tú le demuestres que lo quieres; te lo dará por su propia iniciativa emocional. Tampoco se lo piensan mil veces, simplemente te lo dan. Cuanto más amor, mejor.

La lealtad. Aa ellos no les importa si tienes dinero o no, si eres feo, si hueles bien o mal, si estás enojado o contento, etc. Siempre, siempre te recibirá igual, de buenas, corriendo hacia ti, moviendo la cola y deseando más que otra cosa que estés bien, saludarte. Eso es todo y solo espera una sonrisa, una caricia o una palmada en la cabeza, con eso ya es feliz. Es una de las cualidades más importantes y que, por desgracia, está en peligro de extinción... y ni hablar de ser confiable. No hay animal más leal en el mundo que el perro, él está ahí en las buenas y en las malas sin condición alguna. El perro confía su propia vida, a su cuidador, con los ojos cerrados. Existen personas que confían más en su propio perro que en otras personas, incluso, dentro de su círculo más cercano.

La emoción por volverte a ver. Todos los perros enloquecen de felicidad aunque hayan pasado solo cinco minutos desde el último encuentro.

La facilidad de ser feliz. Un perro es feliz con poco: una pelota, una carnaza, un palo o simplemente echarse a tu lado mientras escribes o lees, o cocinas, no importa si es joven o viejo, nunca deja de jugar de hacerte sonreír de manera honesta, sin chistes, siendo simplemente él, siempre seremos niños junto a ellos. ¿Alguien más puede hacer eso por nosotros?

Siempre nos escuchan. Aunque no nos entiendan. Esto es algo que debemos aprender de los perros. Ellos siempre escuchan atentamente, se escuchan entre ellos y te escuchan a ti. Cuando le hablas a tu mascota, él muestra interés, y es como si tú fueras el centro del universo. En ese momento no existe nada más.

Olvidar lo malo. Los perros se enfadan entre ellos y al ratito vuelven a jugar como si no pasara nada. Los perros tienen el don de la corta memoria y el cero rencor, al contrario de nosotros, que podemos pasar días, meses y hasta años cargados de enfados, rabias y frustraciones.

Vivir el presente. A un perro no le importa lo que pasó ayer ni lo que  pasará mañana, solo le importa el momento, el presente, su único plan es verte feliz, porque sabe que si tú lo eres, él también lo es.

En sus últimos momentos, la Monita, en medio de su sufrimiento, aun y cuando ya sabía que se iba, no dejó de mover la cola. Sus ojitos se llenaron de lágrimas, era su despedida y se fue despacio, en paz y le agradezco tanto lo que me dejó, lo que me enseñó, la alegría que por años me entregó. Y aunque hoy sufro por su partida, no es nada comparado con su nobleza y su amor desinteresado y porque con su vida cambió para bien la mía y la de mi familia. ¡Semper simul, Monita!

 


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