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Suspicious Mind***

Martes, 18 de Junio 2019 - 13:15

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Elizabeth Cruz Ramírez

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Entre aplausos despedimos el cuerpo que diecinueve horas atrás había entregado el último aliento para su primogénito después de 105 horas de lucha por un derrame cerebral que los médicos definieron como evento catastrófico y que aseguraba su deceso en un promedio de 3 a 5 días como máximo pero mi padre luchó hasta el último momento sin vida artificial, valiéndose de sus reservas naturales que lo hicieron mantener una buena fisiología clínica hasta el final y que los diez meses de tratamiento por demencia vascular le permitieron concluir su vida de forma digna sin olvidar quién era, reconociendo a sus familiares y amigos, ubicando el lugar exacto de cada lugar que visitó en sus últimas salidas y recorridos y teniendo siempre “pendientes que resolver”.

Mi padre me recibió en su hogar cuando yo tenía tres meses de nacida, esposo de la hermana mayor de mi madre siempre tuvo muestras de cariño y profundo amor para la nena que le preguntaba el significado de las palabras, a la que enseñó a leer antes de los cinco años y la que siempre le contradecía todos sus argumentos pero con la que compartió grandes experiencias.

Antonio Bonifacio Camilo Vergara Romero murió de 72 años con una diabetes mellitus de casi veinte años, con demencia vascular y por derrame cerebral; la salida del que fue su hogar durante poco más de cincuenta y dos años representó un profundo dolor para su esposa quien intuyó que no regresaría. Lo acompañamos cada instante de estancia hospitalaria y lo alentamos a ser valiente y cruzar el umbral para terminar con el sufrimiento que significó mantenerse encerrado, casi inmóvil y sin vida plena desde su regreso del hospital el año pasado cuando sufrió el colapso que lo dejó en un estado de deterioro cognitivo severo y del cual no hubo forma de regresarlo.

Pero mi padre fue más que diez meses de enfermedad crónica, fue “El Ojos” y “El Camilo” de Clavería, fue el compañero de parrandas de José José aunque no fue de sus amigos cercanos por “no ser su onda” el alcohol pero en cambio, fue el niño que usaba una resortera para tirar pájaros de los árboles, la mirada curiosa que plasmó su sensibilidad en cada imagen que capturó y que convirtió en transparencia o impresión con su cámara réflex PRAKTICA, la cual le permitió inmortalizar su paso por esta vida y su historia familiar en la que dio espacio a hermanos, sobrinos e hijos y cantidad de personas a las que siempre quiso “fotografiar” para regalarles los mejores instantes de su vida convertidos en una fotografía. Fue también el alumno de artes marciales, el futbolista, el corredor de maratones en la última década, el estudiante de Reiki, el asesor exitoso de seguros de vida, el obrero de rango en Electroquímica, el tejedor de prendas en máquinas industriales, el gran conversador, la gran persona, la elegancia, el buen gusto y principalmente, el fan incansable de Elvis Presley que cada 16 de agosto lo conmemoraba con un maratón de conciertos que lo hacían subir el volumen de su aparato reproductor de música y que lo hicieron coleccionar tanto discos de vinilo como CD’s además de toda clase de souvenirs que encontraba por su camino. Fue amigo de quienes él consideraba personas sabias, humanas, inteligentes y autoridades en su ámbito profesional; siempre curioso, siempre con ganas de aprender, siempre leyendo, siempre sentado en el sofá de su sala leyendo el periódico con cigarro en mano (hasta que su historial médico lo obligó a dejarlo brevemente porque su adicción siempre le ganó) o viendo un partido de futbol y enojándose porque su equipo jugaba como “llanero”. Fiel a sus convicciones nunca aceptó nada que para él no fuera claro, transparente, defensor de las causas justas y anfitrión de primera clase siempre con una sonrisa como tarjeta de presentación.

Dos hijos de sangre, dos nietos, una esposa, un hermano que fue su compañero y amigo de toda la vida y que falleciera en octubre del año pasado, de lo cual no pudo reponerse porque la ausencia le pesó más que su propio padecimiento neurológico, además de su familia por línea paterna y materna, de cantidad de amigos y amores (porque fue un galán de telenovela al que Julio Alemán se le parecía en sus mejores años o eso decía él en tono de broma). Siempre bromista, siempre optimista, siempre rebelde, siempre vagabundo, siempre irreverente, siempre convencido de su verdad, siempre humilde y dispuesto a aprender, siempre amoroso aunque no expresivo, siempre amante de los búhos que coleccionó a lo largo de su vida, siempre pidiendo su taza de café llena sólo a tres cuartos y no más, siempre amigable, siempre con gran tema de conversación, siempre pidiendo “cerrar el tema” de la sobremesa, siempre diciendo que sí al primer llamado de ayuda, siempre pensante, siempre ecuánime, siempre grande, siempre mi PADRE porque no sólo me abrió las puertas de su hogar sino las de su corazón en el que me albergó toda la vida y desde el cual siempre me decía: descansa, come, sé feliz y me sonreía.

Hoy que ya no está, su ausencia duele, su guía hace falta, su fortaleza nos anima a seguir adelante pero principalmente, el amor que cultivó entre quienes compartimos la vida con él nos consuela porque seguros estamos de que ahora descansa en paz y su alma ya no está prisionera sino que es libre como siempre lo quiso y como siempre vivió.

¡Gracias papá!

***In Memorian para Anthony como lo llamé en sus últimos días (6 noviembre 1946 – 10 junio 2019)
 


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Número 33 - Septiembre 2019
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