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¡Siempre adelante!

Miércoles, 04 de Septiembre 2019 - 13:20

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Elizabeth Cruz Ramírez

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En la célebre película de Forrest Gump, escuchamos decir al personaje principal “Mamá dice que la vida es como una caja de bombones, nunca sabes el que te va a tocar.” Y resulta que eso nos sucede a cada momento desde que nacemos hasta nuestro último aliento. Sin ser mi pretensión hacer una pausa en las colaboraciones que semanalmente escribo para este espacio, resulta que han pasado tres semanas y aunque por mi mente han cruzado decenas, cientos de palabras e ideas no había logrado sentarme a plasmarlas en el papel pero heme aquí de nueva cuenta y ante todo, agradezco la paciencia y consideración del equipo editorial.

Los temas de debate nacional e internacional me ocupan desde la perspectiva de una ciudadana de a pie a la que cada día le cuesta más trabajo integrarse a una dinámica de vida en la que todo lo establecido hasta hace muy poco tiempo se cuestiona, se transforma y por qué no decirlo, se lleva también al radicalismo sin encontrar el punto intermedio entre una postura y otra, entre un estilo de vida y otro.

Circula por la red un video en el que vemos a una persona “normal” ser tratada y vista como “anormal” porque aparentemente no aplica los criterios de inclusión y equidad de género que hoy son obligatorios en todo contexto, el cual puede ver en el siguiente link https://www.youtube.com/watch?v=9d46lg-ewpM

La vida vista así parece una locura o quizá resulte que han pasado muchos años sin darnos cuenta de que se han hecho mal las cosas y es momento de corregir tales errores o también puede ser que no estemos mal sino que alcanzamos el límite (o el exceso) de la tolerancia y ahora somos tan diversos que no hay manera de “democratizar” la vida diaria, las costumbres, las tradiciones.

Si profundizamos, notaremos que la vida en esencia no obedece a todos esos convencionalismos que limitan y aquejan a la sociedad, la vida es en realidad, apenas un suspiro, un aliento que un día incierto no podemos dar más producto de una enfermedad, un accidente o simplemente porque el reloj se detiene sin más explicación y sin embargo, insistimos en tener una mala vida, en lamentar en lugar de agradecer lo que tenemos bueno y malo porque todo es parte del guión y nada es casualidad pero no lo vemos y cada vez la ceguera es más grande como lo escribió José Saramago en su “Ensayo sobre la ceguera” cuando decía que: “Creo que nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”. Y corremos cada quincena tras un pago de nómina para solventar gastos de alimentación, vestido, casa y otros. Corremos cada mañana para alcanzar la entrada al colegio de los niños, para marcar puntual en el reloj checador de la oficina, para llegar a tiempo a la cita del día. Corremos por una pista que nadie nos impuso más que la arbitrariedad de la costumbre, de la rutina y del deber ser aunque el camino, olvidemos las “pequeñas cosas” que son la esencia de la humanidad.

En ese camino, ocurrió que mi vida dio giros, no uno ni dos sino varios y me colocó en un punto en el que nada tenía sentido y fue entonces que volví la mirada a lo simple, a la raíz en la esencia humana: la existencia o como escribió Saramago: “Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos”. Eso que no se llama Sergio, Isabel, María, Raúl, Florencia o Martín y que sin embargo, determina nuestra existencia porque también somos alegría, tristeza, enojo, frustración, amor; en suma, emoción aunque no seamos educados para gestionarlas, aceptarlas y convivir con ellas porque las reprimimos y porque cuando somos niños se nos pide ¡No llorar! ¡No enojarse! Estamos ciegos y cada día un poco más, entretanto, la vida simplemente sucede y hay que seguir adelante, siempre adelante.


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Número 34 - Octubre 2019
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