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Reporte 79

Martes, 11 de Julio 2017 - 15:00

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Elizabeth Cruz Ramírez

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Nos encontramos en plena temporada de graduaciones desde el nivel preescolar hasta licenciatura y algunos posgrados. Recuerdo la sensación de cada una de las etapas que fui concluyendo escolarmente y que me parecían como pequeñas metas alcanzadas, no así cuando llegó el momento de la titulación en la licenciatura pues el cambio de universidad y el ritmo acelerado del empleo que ya tenía desde antes de concluir los estudios, me inspiraron cierta apatía por el suceso. El tema sale a cuento porque vivimos una época en que los paradigmas establecidos están cambiando y a la luz de nuevas profesiones sigue existiendo saturación de médicos, dentistas, abogados, contadores, biólogos y psicólogos sólo por mencionar algunos que se enfrentan al inevitable desempleo una vez que concluyen sus estudios y si nos vamos hacia atrás, quien egresa del bachillerato debe elegir una rama de estudio y por ende, una profesión; por su parte, los escolares de secundaria, primaria y preescolar se enfrentan a un nivel cada vez más alto que promete el desarrollo de habilidades, competencias y conocimientos pero que en la realidad no sucede debido al bajo nivel educativo que hoy impera en las escuelas públicas, esas a las que los ciudadanos promedio tienen acceso, incluyendo también a las escuelas privadas denominadas “patito” que pululan por todas partes a todos los niveles incluyendo guarderías. Debo decir que hace tiempo descubrí que un título profesional no es más que un trozo de papel firmado por personas que dicen avalar a otra persona como especialista en tal o cual asunto pero existen otros factores que van formando a los profesionistas y que son como ingredientes que cada quien va agregando en sus años estudiantiles incluso antes de pisar un recinto universitario pero que han ido desapareciendo por diversas razones que son como una espiral y que inciden en el comportamiento del profesionista cuando concluye sus estudios.

Los padres se sienten orgullosos y satisfechos cuando sus hijos alcanzan cierto nivel educativo porque representa el resultado del esfuerzo, el trabajo y la disciplina pero esa alegría se vuelve angustia cuando no llega el empleo, cuando el salario es paupérrimo, cuando el dulce encanto no llega como jefe sino como aprendiz y todo se vuelve una pesadilla. Existen personalidades inquietas que van “picando piedra” y se van metiendo por todos lados para aprender, para practicar, para ascender y hacer carrera, por eso digo que la verdadera carrera profesional la construye la expertiz que se va adquiriendo en el trabajo de campo y no en las aulas aunque el diploma diga que se es un alumno de excelencia y aquí es donde conecto el tema de los graduados con el mundo laboral pues el término excelente se refiere a lo que sobresale por sus óptimas cualidades (según el Diccionario de la Real Academia Española) lo cual requiere de constancia y disciplina mismos que parecen ir desapareciendo en los perfiles de puestos tanto de empresas pequeñas como de grandes consorcios pues a diario convivimos con prestadores de servicios que de mínimo deben tener bachillerato concluido y los angelitos no atinan ni a responder un saludo de cortesía, ya no digamos resolver algún tipo de conflicto. Y es que rodeada como estoy de chamacos y chamacas en edad escolar, (vivo cerca de una Prepa de la UNAM, un CCH, un Bachilleres, la Unidad Profesional Zacatenco del IPN y una docena de centros escolares de educación básica) me doy cuenta del reflejo de lo que han aprendido en las diferentes escuelas en las que estudian y en sus núcleos familiares y es preocupante ver la apatía en sus rostros ante un mundo altamente competitivo que exige más y más habilidades de los profesionistas, claro que no se vale generalizar ni satanizar, hay quienes se clavan en lo que les gusta y son brillantes, asisten a seminarios, conferencias, investigan y buscan oportunidades. Recuerdo por ejemplo, maestros que me enseñaron a bien hablar, a bien escribir, a bien vestir el uniforme, a saludar, a pedir las cosas por favor y decir gracias, en la Preparatoria tuve una maestra que nos hablaba mucho de la dignidad que significaba ser un estudiante universitario y que debía distinguirse de aquél que no tenía las mismas oportunidades y se formaba en las calles; hoy no existe tal cosa, la no discriminación y la tolerancia al máximo ha heredado una imagen de estudiantes desaliñados, viciosos, mal hablados y no, no se les puede juzgar porque son producto de un sistema caduco que pretende estandarizarlos a todos y aunque estudiados no están realmente preparados pero además, existen universidades sin un dejo de ética que gradúan estudiantes siempre y cuando cumplan con sus colegiaturas aunque sean pésimos en sus calificaciones y en su comportamiento; es decir, no en todos los casos los graduados tienen la cualidad de excelentes pues se limitan a cumplir con los requisitos que la institución les pide para otorgarles el título.

Hace tiempo me encontré con una entrevista realizada al físico teórico y divulgador científico Dr. Michio Kaku, en la que decía que “todos los niños nacen siendo científicos, hasta que la sociedad y la educación formal primaria y secundaria especialmente, aplastan su curiosidad”, lo cual me remite irremediablemente a pensar en Einstein y en la cantidad de pensadores, científicos, artistas, filósofos que han transformado el conocimiento y a la humanidad con sus legados, hace falta en este mundo filas de talentos con una mirada renovada, creativa y curiosa que transforme la realidad que vivimos y no filas de egresados sonrientes que sólo colgarán el título profesional en la pared encerrando en una caja de cartón su potencial por culpa de una mala orientación vocacional o porque la familia así lo exige aunque ello represente frustración, insatisfacción o sueños rotos. Hace falta rebeldía juvenil para que elijan libremente la rama de conocimiento que quieren explorar: tecnología, arte, humanidades, ciencias, etc. y no que se dejen guiar por lo que está de moda o por lo que sus padres esperan de ellos.

¡Se los dejo de tarea! 


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Número 26 - Febrero 2019
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