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Nueva Navidad

Jueves, 22 de Diciembre 2016 - 15:00

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El Oso Travieso

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La prisa con la que se vive hoy nos encara a otra Navidad.

Vistas hacia atrás ¡qué lejanas se miran las Navidades pasadas! Y hacia adelante ¡qué distantes y poco probables las futuras!

La Navidad de hoy se presenta con menos sabor, con menos ambiente, con menos sentimiento, con menos esperanza.

Parece que el Grinch va logrando su cometido y nos roba cada año un pedazo mayor de la Navidad.

Pareciera darle la razón a un comentarista que, al criticar una opinión religiosa, dijo “con estas ideas ¿a dónde estará la Iglesia católica dentro de cien años?”, no pude responderle en su momento, pero ahora lo hago: seguirá dando testimonio de su Fé y tú no estarás para contarlo.

Ciertamente. El consumismo, la superficialidad, la tergiversación de valores, el predominio del dinero, la modernidad, pérdida de valores, el aparentar, la angustia existencial, han ido diluyendo el ambiente navideño que nos cobijó en la niñez; las tradiciones se van perdiendo y dan base a una serie de sustitutos desnaturalizados que nos desvían de la esencia Navideña.

Las posadas son pretextos para borracheras, en muchas pastorelas la figura central es el diablo y los mensajes son divertidos mas no trascendentes; los adornos deslumbrantes carentes de contenido.

La trascendencia del hecho de que Dios se hace presente en la Historia para hacerse centro de la misma parece pasar de largo; su aparición entre los hombres se considera bueno para los niños, que al crecer dejan de creer.

Se enfatiza el aspecto benevolente de la “Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad” que cada día son más difíciles de encontrar. Se soslaya el hecho del propósito de esa presencia que vino a “traernos Vida y que la tengamos abundantemente”; que aparejada al mensaje de Amor, está su mensaje por la Justicia, que si no la hacemos “mayor que la de los escribas y fariseos”, no alcanzaremos el Reino que nos ofrece y seguimos imitando a escribas y fariseos.

Encumbramos a pequeños guerrilleros desconociendo al mayor revolucionario de la Historia, el que dijo “fuego he venido a traer a la Tierra y ¿qué quiero, sino que arda?", empeñando y entregando se vida en ello.

La trascendencia y autenticidad de su mensaje es lo que le hace permanecer vigente a través de todas las generaciones. Perdemos tradiciones, pero nacen nuevas. Nadie envía por correo postal las antes infaltables tarjetas de felicitación, pero nuestras computadoras y teléfonos inteligentes se llenan de mensajes, memes y videos alusivos a la fecha, recordándonos que el Nacimiento que celebramos es de un hombre que vive y cuya voz se sigue escuchando, a pesar de todos los pesares, que su mensaje es tan grande que retumba en todas las conciencias y que en muchos casos es suficiente con aplicar una parte de este mensaje para llevar una vida digna y feliz.

La soberbia de la que somos víctimas es la que nos impide aceptarlo, ya que su aceptación compromete y transforma, justificamos nuestros devaneos a fin de no salir de nuestra zona de confort, auto-limitándonos, impidiendo nuestra plena realización al negar con la razón lo que la Fe nos revela, cambiando la conveniencia del momento por la verdad de la eternidad.

Esta incredulidad no es nueva, el respeto divino a la libertad otorgada llega a tal grado que nos permite orientar nuestras decisiones a costa de nosotros mismos, a veces somos tan ciegos que no queremos ver lo evidente, tal como los que atestiguaron y negaron la resurrección de Lázaro y que al ver sus privilegios y prebendas en peligro decidieron que era mejor que muriese un hombre que no un pueblo, aunque el HOMBRE fuese el único que llevaba a la verdadera realización.

El apóstol San Pablo comentó que tenía que completar en sí mismo lo que le faltó a la Pasión de Cristo. ¿Qué era esto? Pues aceptarla.

Así, con esta líneas, deseo que nos unamos en el grupo de hombres de buena voluntad, a fin de que, como consecuencia nos llegue la Paz traída hace dos mil años.

 



Número 25 - Enero 2019
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