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Lo cortés no quita lo valiente

Martes, 20 de Octubre 2015 - 16:00

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Elizabeth Cruz Ramírez

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“La educación y la cortesía abren todas las puertas”, Thomas Carlyle (Historiador, pensador y ensayista inglés)

En el marco de los derechos humanos y la no discriminación resulta difícil abordar ciertos temas pues se corre el riesgo de ser calificado como autoritario o retrógrado; en ese sentido, hablar de principios, valores, normas de conducta social o protocolos puede parecer un acto discriminatorio, aunque en el fondo esa no sea la intención. Anticipadamente, me disculpo si alguien se siente agredido u ofendido por la presente entrega, ya que justo la finalidad es hacer un acto de conciencia.

Todo lo anterior sale a cuento porque cada día es más frecuente encontrarse con situaciones que, cuando yo era niña, fueron inaceptables y ameritaban una fuerte llamada de atención por parte de los adultos. Me refiero a cuestiones relacionadas con expresiones como: “Gracias, Buen día, Por favor, Me permite, Con permiso, Disculpe, etc.”, las cuales eran enseñadas como frases de cortesía y que hoy han desaparecido del vocabulario de más de uno. Mi memoria me dice que todo empezó cuando paulatinamente el “usted” se borró de la comunicación bajo el argumento de crear un vínculo más cercano con el interlocutor y de eliminar la diferencia de clases o niveles en un contexto laboral, lo cual, de pronto también alcanzó otros ámbitos como el educativo, el familiar y, no digamos, el comercial. Fue entonces que, desde mi punto de vista, de paso nos llevamos el respeto y los buenos modales por delante.

De esta forma, una cosa llevó a la otra y al desparecer la cortesía verbal la cortesía en el trato también sufrió alteraciones y la omitimos como en automático, por lo que tampoco es extraño que, por ejemplo, en el transporte público los pasajeros se traten a empujones o que en pleno eje vial un auto cambie de carril o dé vuelta sin encender las intermitentes (o al menos saque la mano como se hacía antaño) y nadie se atreva a ofrecer una disculpa. Pero el asunto no para ahí, porque dichas conductas han dado como resultado la falta de autoridad moral y por ende, la indiferencia. Es decir, como no pasa nada si no saludamos, si no pedimos permiso, si no agradecemos o si no nos disculpamos, pues entonces: ¡Qué viva el caos!

Aunado a lo anterior, la globalización y el trato igualitario han originado que cada vez más personas, de todos los estratos sociales, tengan acceso a ciertos productos y servicios de consumo; lo que llamo adquirir una marca y aquí es donde el asunto se vuelve espinoso porque para mí, así como lo cortés no quita lo valiente, la marca no quita lo vulgar (entendiendo por vulgar, lo popular e impropio de personas cultas o educadas, según el Diccionario de la Real Academia Española) y digo que se vuelve espinoso porque habrá quien opine que el ser culto o educado no tiene que ver con el estrato social, lo cual es cierto; sin embargo, en cuestión de cortesía los cultos y educados también salen raspados porque, incluso, pueden ser los más prepotentes al sentirse respaldados por la esfera social a la que pertenecen, por contar con un título u ocupar un alto puesto en el entramado social.

De esta forma, no es grato que al salir de un estacionamiento otro auto se cierre al camino haciendo un alto en la caseta de cobro, quedando mal parado y que eso lo obligue a bajarse del auto para entregar el boleto, sin tomarse la molestia de voltear si quiera para ofrecer una disculpa o agradecer que le “cediste el paso”. Tampoco es lindo saludar a la cajera de un banco o a la taquillera del metro o al taxista y que no te respondan el saludo. Es inaceptable, que los maestros en la escuela se dirijan a los niños con malas palabras o con gritos. Imperdonable que los vendedores de una tienda departamental o el mesero que atiende tu mesa no se dignen a darte un trato como el cliente que eres. De vergüenza es que en un cine las personas platiquen o hagan ruido con sus bolsas de dulces y palomitas.

Todas estas acciones, que hemos ido aceptando porque las vemos como normales, no son más que una falta de educación y de respeto a uno mismo y a los demás, por más que vistamos de Chanel, viajemos en Audi, comamos en Bellini, visitemos las salas VIP de los cines o estudiemos en el Tecnológico de Monterrey.

Mi pregunta es: ¿Los derechos humanos y la equidad permiten que se violente el orden y la paz social y que el respeto en las relaciones humanas o los buenos modales en los recintos culturales, religiosos o de entretenimiento se pasen por alto?

Creo que estamos perdiendo la dimensión de las cosas y, lo más importante: el equilibrio, porque en aras de no violar los derechos humanos de los demás ya no tenemos la capacidad de señalar como inapropiadas ciertas actitudes y, menos aún, sancionarlas. Pero, del otro lado, estamos faltando a cuestiones esenciales de respeto y educación que buscan una mejor convivencia social. Se los dejo de tarea.


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