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Las pequeñas cosas: Renovación

Jueves, 25 de Abril 2019 - 13:25

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Elizabeth Cruz Ramírez

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“Un espíritu histórico no puede tener dudas de que ha llegado el tiempo de la resurrección y que precisamente los acontecimientos que parecieron haberse dirigido en contra de su activación y amenazaban con consumar su hundimiento, han sido los signos más favorables de su regeneración.” - Friedrich von Hardenberg / Poeta y filósofo alemán.

La semana de pascua que para los cristianos y judíos representa la resurrección de Jesucristo, me sirve de pretexto para recorrer el significado de un término que se le asemeja y que tiene fines más prácticos: renovación y que se refiere a dar nueva energía a algo, transformarlo. En el transcurso de nuestra existencia, ocurren ciertos acontecimientos que van moldeando lo que será nuestra vida a través de las elecciones que hacemos (o que no hacemos) y como dicta la frase con la que empiezo el texto, ocurre la regeneración aunque no siempre es fácil identificar ese momento preciso en que se hace necesario renovarse para evitar morir (en sentido metafórico) y por ello, la Pascua se representa con símbolos de vida: huevitos, pollitos, flores, aves, conejos y que se relacionan además, con la primavera y con todo lo que renace una vez pasado (o muerto) el invierno. Todos hemos pasado por épocas de crudo invierno cuando el duelo se hace presente en forma de una enfermedad, muerte, desempleo, divorcio, etc., pero con el tiempo, es posible llenarse de una energía nueva que parece renovarnos y convertirnos en algo muy distinto que parece irreconocible incluso ante nuestra propia mirada y por ello es que a veces escuchamos decir: ya no es el mismo de antes, unas veces porque se ha podido superar el duelo y seguir adelante pero otras porque se sucumbe ante el dolor y se apaga la vida.

Desde que recuerdo, la Semana Santa siempre ha provocado un fuerte impacto en mi vida, quizá porque al tener una mayor conciencia del entorno crecí viendo películas y series sobre el tema por influencia de mi mamá o quizá porque ha sido la única celebración cristiana que he vivido entre misas y rituales religiosos. El asunto es que me parece algo místico y especial, una época que obliga al retiro y la reflexión, a la introspección, a la revisión del lugar en el que estamos parados (o atorados) y el momento perfecto para crear una estrategia que nos permita dar el siguiente paso aunque no se tenga muy claro el rumbo o no se tenga la certeza de lo que se quiere obtener. Vivimos en una constante de ritmo acelerado, que nos impide evaluar de vez en cuando si vamos en la dirección correcta o si nos estamos acercando a nuestros sueños, si nos sentimos plenos, felices o satisfechos porque nos mantenemos en “piloto automático” como siguiendo una receta que alguien más inventó y le puso por nombre: éxito. Desde que nacemos, nos obligan a seguir normas, reglas, convencionalismos y así nos seguimos en una continua toma de decisiones que nos acercan al cumplimiento del deber aunque nos alejen por completo del ser. Pasamos por procesos de duelo obligados a sentirnos bien, a no llorar, a no expresar emociones y un día, descubrimos que la felicidad está en otro lugar o en otra profesión o con otra persona.

Además del discurso sobre la felicidad, la época de pascuas me sirve para revisar la distancia que tenemos entre nuestra propia naturaleza y todo lo artificial que se nos ofrece a montones pues nuestro organismo está diseñado para seguir ritmos biológicos que cada vez alteramos más a través de malos hábitos de sueño, de alimentación y de cuidados en general. Nuestro sistema vive en constante estrés y eso altera de forma instantánea nuestro sistema inmunológico, así que en lugar de utilizar el periodo vacacional para descansar verdaderamente, disfrutar en compañía de familiares y amigos o en medio de la naturaleza, nos subimos a una montaña rusa para obtener la mejor bitácora de viaje y abarrotar de paso, los centros turísticos dejando una huella imborrable en forma de basura y contaminación en playas, bosques, parques, etc.

La renovación, la resurrección o la regeneración sólo se hacen posibles después de una necesaria muerte (simbólica) que permita el paso a lo nuevo manifestado en un nuevo empleo, una casa nueva, un cambio de residencia o simplemente, en una mirada hacia el interior para revisar lo que ya no funciona en nuestras vidas y poderlo cambiar, transformar de fondo para seguir adelante. La religión y sus símbolos nos marcan ciertas pautas en las que podemos creer o no pero siempre será útil rescatar lo que sí puede ayudarnos a crecer y ser mejores personas. ¡Se los dejo de tarea!


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Número 34 - Octubre 2019
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