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La lluvia llora

Martes, 17 de Enero 2017 - 18:00

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Luisa Ruiz

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Tiene tres perros, o debiera decir, tres perros tienen a un hombre. "¡Hola profe!", me gritaba desde la esquina cada vez que me veía pasar. "¿A trabajar profe?", decía cuando nos encontrábamos en la calle. "¿Al cafecito profe?", dice cuando paso por la cuadra en la que le toca trabajar. Conoce mi camino y mi destino, yo no conozco el suyo porque él no tiene rutinas y nunca trabaja en el mismo lugar.

Desde hace muchos años, ese señor ha hecho amigos y se volvió parte de la comunidad. No sé dónde vive y si tiene familia. Creo que su familia son sus perros, ellos lo cuidan y le protegen su herramienta de trabajo que puede ser, una cubeta, un par de escobas, trapos y la chamarra que cuelga de la rama de un árbol. Los perros se acurrucan bajo la sombra y ladran de vez en cuando.

Mantiene el jardín de la Notaría de la esquina, lava los autos de los vecinos, barre las banquetas y saluda, siempre saluda y tiene guardada una sonrisa para todos. Los veterinarios le ayudan con sus perros y la gente comparte con él un taco o una torta del negocio instalado en la avenida.

Hace unos meses, cuando pasé con rumbo a mi café favorito, me vio con mi pañoleta colorida cubriendo la cabeza rapada, se acercó despacito muy serio, cambió la pregunta de siempre por un ¿está malita profe? "No" -dije- "ya estoy bien, solo se me cayó el cabello", “Cuídese mucho, profe” -dijo- y lloró.

Todos los días está en algún lado, es como una agradable aparición. Cuando no lo veo durante la mañana, salgo a caminar por la tarde, casi buscándolo. Es parte de lo que tengo que ver cuando camino. El hombre, como todos nosotros, como yo misma, hemos visto pasar el tiempo, el tiempo nos ha visto pasar, vamos conociendo lo que nos ocurre y la forma en que todos vamos acumulando años, éxitos, enfermedades, tristezas y por supuesto, las alegrías. A eso se le llama de muchas formas, raíces, sentido de pertenencia, comunidad, la familia en las calles.

Cuando llueve y se inunda poco a poco la calle, él no está, se habrá resguardo con sus perros en un lugar que nadie conoce. Muchas veces, lo vi corriendo hacia el tejado del centro comercial para proteger a los animales, llevando una bolsa sobre su cabeza y los zapatos enlodados. "¡No se moje, profe!" -gritaba cuando me veía.

He dicho que me gustan los días lluviosos, provocan una sensación de retiro, de soledad en calma. Provoca, el sonido de la lluvia, un vals en el pensamiento y una melodía en el corazón. Disfruto salir a sentir la lluvia, mojarme los pies y comerme las gotas de agua. Pasear por el solitario malecón junto al mar y despacito, platicar, quien sabe qué, con quien sabe quién.

Ayer, mientras llovía, caminaba saltando charcos, de pronto en una calle antes de la Notaría, uno de los perritos ladró y cuando vi la escena me detuve como aplastada por el pie de un gigante. No supe qué hacer, más que llorar. La lluvia dejó de sonar bonito, nunca la lluvia me dolió tanto y de noche, me costó mucho poder conciliar el sueño.

El alcohol está terminando rápidamente con la amabilidad de ese amigo mío, ese amigo de tantos, el callejero trabajador. Lo vi, arrinconado bajo el minúsculo techo de una casa abandonada, una cobija mojada a un lado y los tres perros dándole calor, su vida se opaca, porque el alcohol ya tomó posesión de su vida.

La lluvia me sigue lastimando. Las gotas de agua hoy, son alfileres clavados en los ojos y los charcos, parecen el cristal que divide el suelo del infierno en el que ese amigo está cayendo. Me está doliendo la lluvia, el clima malicioso inunda las emociones que un día fueron apacibles y que hoy, se revuelcan en el fango del abandono.

¿Qué se puede hacer? Ya pregunté a los vecinos que lo conocen y todos dijeron lo mismo: “Ha llegado ese momento en el que ya no se puede hacer nada”. Nadie se cansó de ayudarlo, nadie se cansó de ser compasivo con él, ninguno le retiró el saludo y el apoyo. Me di cuenta que todos, igual que yo, han sentido los mismos alfileres cuando llueve. Me di cuenta que no soy la única que lo aprecia. Y todos nos dimos cuenta que, quien ya no quiere levantar la mirada ni sonreír, es él.

Él es solo uno de tantos que, cobijados por las nubes bajas, dejan que a sus sueños los congele el invierno y a sus ideales los derrita el verano. La vida, tan decente que se ve a veces, tan indecente que se presenta cualquier tarde de torrencial aguacero.


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