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Habrá que reinventar la Navidad

Lunes, 26 de Diciembre 2016 - 15:00

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Ricardo Rojas

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Hoy en día, a pesar de creer le damos una importancia especial a la Navidad con el bombardeo mediático de felicidad navideña, cada año el motivo para realizar esta festividad se aleja más del motivo religioso del nacimiento de Jesús de Nazaret como el mesías, y practicar su mensaje de caridad, pasando a ser simplemente un día donde sin ningún compromiso solo se celebrará un mero ideal de fraternidad, nada más que otra festividad pasajera del año con su marketing festivo de siempre (como el Día de la Madre, de la Independencia o Halloween).

Ya que la Navidad al parecer se volvió otra festividad arbitraria de la cultura occidental, sin el contexto de una real fe cristiana comprometida y al ser incapaz de generar una reflexión profunda de nosotros mismos, viene la pregunta: ¿puede haber otro motivante más poderoso y con más sentido para conmemorar el día de Navidad?

Un día hace millones de años resultado de la evolución, azar o quizás algo más, un ser humano despertó por primera vez con conciencia de sí mismo, sus iguales y el mundo que le rodeaba, en un planeta extraño del que no sabía absolutamente nada, sin ninguna otra herramienta fuera del instinto heredado y la inteligencia, tan desnudo e ignorante como un recién nacido.

Aunque ese primer grupo de humanos no fuera consciente, estaba en una profunda soledad y desamparo sin saber cómo conseguiría la próxima comida, la manera de refugiarse del clima y los depredadores, únicamente se tenían entre ellos los miembros del grupo y más allá otros grupos de humanos en igual condición. Solo nos quedó por nosotros mismos tratar de entender a este planeta extraño junto a sus seres vivos y reglas naturales, dolorosamente aprendiendo con prueba y error, acumulando conocimiento de anteriores humanos. De tal forma durante decenas de miles de años vivimos con miedo, sumidos en la incertidumbre de los fenómenos que no podíamos entender, los cuales simplemente logramos darle una interpretación basada en nuestros temores y deseos.

En esos inicios de incertidumbre al migrar fuera de África, sin ninguna otra razón que encontrar un mejor lugar hace 60,000 a 50,000 años, dos ocasiones, al parecer algún fenómeno natural, arrasó a nuestra población reduciéndola a un número tan pequeño, que somos de las pocas especies con menor diferencia genética entre individuos. Tan similares, que el sentido de raza biológicamente pierde sentido.

Con más de 7,000 millones de seres humanos y en un planeta con 42,000 km de diámetro, con océanos donde la vista se pierde, es difícil que la soledad y abandono sea la emoción que sintamos, pero no caigamos en esta limitada imagen visual nuestra.

En 1990 el día de San Valentín, la sonda Voyager I se encontraba a 6000 millones de kilómetros de la Tierra, giró sus cámaras a nuestro planeta y por primera vez tuvimos una imagen que nos mostró que éste no es más que una mota de polvo insignificante, “un punto azul pálido” como lo calificaría el astrónomo Carl Sagan, donde cada uno de todos los humanos han vivido y muerto, donde surgieron todos los tipos de gobierno, religiones e ideologías, donde se construyeron y destruyeron todas las civilizaciones humanas, donde todas las guerras y alianzas se hicieron; una minúscula esfera que contiene todo lo que necesitamos para vivir, todo lo que consideramos un hogar, todo lo que nos provoca recuerdos y emociones, todo lo que amamos u odiamos, todo lo que consideramos humano. Tristemente en nada es diferente a una pequeña isla rodeada por un océano infinito, un lugar donde estamos atrapados, solos y frágiles, en donde si ocurre algo malo por la naturaleza o errores humanos únicamente nos tenemos a nosotros mismos, todos los seres humanos, porque nadie nos vendrá a ayudar y desapareceremos en la oscuridad del tiempo cósmico.

Quizás todo esto implica un sentimiento de desesperanza terrible, al no tener nuestra especie un papel esencial en el Universo, ni un significado especial nuestras acciones. No estoy diciendo no haya una consciencia superior, aunque no hay manera de saber si creerlo es una defensa para enfrentar la soledad. Tampoco que no exista la esperanza. Pero exista o no un “Dios” solo nos tenemos a nosotros, una sola especie surgida de un mismo humilde origen y lugar, con las mismas emociones, sufrimientos y alegrías, sustentada en experiencias asimiladas de millones de personas previas.

¿Debería acaso reinventarse el 25 de Diciembre como una fecha que conmemore las vidas de héroes anónimos que aportaron algo para seguir aquí? Una festividad basada en aceptar nuestra soledad y desamparo como especie, donde la única esperanza de sobrevivir es la “hermandad” de más 7,000 millones de personas.



Número 25 - Enero 2019
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