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El dinero no da la felicidad… Dijo el “cuentachiles”

Lunes, 25 de Enero 2016 - 16:00

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Diana Morales Morales

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Si pensaban que yo sería como cualquier otra persona promedio que no sabe nada sobre el ahorro, que nunca lo ha hecho en su vida y que se gasta el dinero antes de que lo tenga tendrían toda la razón. Resulta irónico que alguien como yo hable de este tema, pero al mismo tiempo, quién mejor que yo, ¿qué no? Estoy consciente que es algo que tengo que hacer en algún punto de mi vida, creo que hasta ahí voy bien.

“El que no tiene y llega a tener loco se quiere volver” era un dicho que tenía la abuela de mi mamá que, desgraciadamente, veo que cada día que pasa se aplica más a mí. Pero antes que me juzguen cabe mencionar que tengo mis motivos. Para todos los que sean el/la hermano/a chico saben que no es cosa fácil; cada uno tenemos nuestra cruz. Mientras a algunos les tocaban cosas heredadas, yo crecí sintiendo que tenía que dar mil argumentos que justificaran mis motivos para querer algo; si no era fecha especial como mi cumpleaños o Navidad, ¡olvídense! Alguna vez lograba la hazaña de sacar una calificación lo más cercana a decente para ver si así pero siempre me salían con que esa era mi “obligación”, háganme el favor; sin duda siempre han sido imposibles estas personas.

El otro día hablando con mi amigo M. me di cuenta que decir que no ahorro es algo que me da vergüenza admitir considerando que para mis papás, al menos durante un tiempo, tampoco existía la palabra en su vocabulario. Durante la plática, entré en pánico y dije que estaba “ahorrando un poco y gastando otro poco” cuando mi realidad es que no estoy ahorrando un carajo. Entré en pánico porque no quería escuchar a una persona más que me dijera que tengo que ahorrar cuando es algo que yo misma me he repetido hasta el cansancio y, bueno, en realidad él ni mencionó el tema.

Aunque pueda resultar obvio, yo nunca me había puesto a analizar la relación que hay entre la dificultad de ahorrar y las emociones. George Loewenstein, un profesor gringo de Economía y Psicología en la Universidad de Carnegie Mellon, explica que de alguna manera u otra todos compramos o evitamos comprar por culpa de las emociones. Específicamente, al momento de comprar, nos encontramos en dos escenarios: el de las emociones anticipadas y las inmediatas.

Las anticipadas son las que se esperamos que sucedan como consecuencia a la decisión que tomemos respecto a lo que queramos comprar; la parte clave de este escenario es que este tipo de emociones no se materializan al momento de tomar la decisión, sólo es el conocimiento que tenemos de que van a suceder en el futuro. Por ejemplo,  cuando sabemos que existe una probabilidad de que nos vayamos a estar tronando los dedos para pagar en cuanto llegue el estado de cuenta pero igual decidimos aventarnos al precipicio proverbial del mundo de las rebajas y los interminables meses sin intereses.

Con las emociones inmediatas sucede algo diferente, también surgen al momento de tomar la decisión de hacer la compra, pero en este escenario sí se materializan. Es ese bonito sentimiento de remordimiento a la Oda Mae cuando no quiere regalar esos 4 millones a las monjas en Ghost (en español es La sombra del amor o una tontería así).

Mi investigación de este tema me llevó a diferentes estudios y todos sugieren que los derrochadores sienten dolor al pagar, literalmente dolor físico. Y no es que yo quiera contradecir a los profesores pero habemos personas que pagar nos causa tanto placer como comprar. Las palabras textuales de mi mamá son “me da emoción pagar” que es justamente lo mismo que pienso yo. Si el dolor de pagar es lo que en un momento dado podría motivar a uno a querer ahorrar, los que no sentimos dolor, ¿moriremos en el intento? Oigan, no dije que fuera a dar consejos de cómo ahorrar… sólo dije que iba a hablar del tema.


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