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Dibujando la lectura

Viernes, 07 de Diciembre 2018 - 15:05

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Luisa Ruiz

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A veces, los alumnos me alcanzan en el patio y me preguntan lo que haremos en el salón, nunca les digo porque me gusta mucho ver sus reacciones. Mi clase inicia a las siete en punto, aunque el timbre no haya sonado.

Reparto como siempre, una hoja blanca –todos, saquen su lápiz

—¿Por qué lápiz? ¡Nunca usamos lápiz!

—Porque hoy haremos un dibujo

Silencio total en el salón. Atentos, lápiz en mano y empiezo a leer, los alumnos escuchan y echan a volar su imaginación:

“Ahora, voy a crear monstruos marinos que viven en la luna seca, parirán anfibios de un ojo con forma de periscopio nuclear. Serán sus engendros, hermanos fraternales de las ostras que anidan en la copa de los arboles sin hojas. Harán sonidos guturales que emanarán de sus bocas congeladas, sosteniéndose en la punta de los dedos de su único pie. Saldrán despavoridos en un intento por resucitar alacranes con alas parduzcas y aguijones suprarrenales.  Harán todos al unísono, un lamento etéreo que conquiste a las sirenas atestadas de lodo de la montaña nevada.  Crearé un mono de estructura didáctica con tintes de cosecha roja y todos mis inventos tendrán voluntad propia, se congregarán en el fondo de los abismos y sucumbirán ante los aposentos de los dioses atados de pies y manos, con cuerdas de mármol sacado del lecho marino, de donde salieron por primera vez los monstruos, antes de viajar a la luna seca”

Entre risas, murmullos y aspavientos, los chicos se emocionan, veo sus sonrisas, me gusta cómo se ven sus caritas. Mientras leo, ellos no me voltean a ver ni un segundo, escuchan atentos y dibujan, de pronto fruncen el ceño, cuando no saben qué son algunas cosas o cuando no conocen algunas palabras.

Les leí tres textos, otro tan raro como el anterior y uno con lenguaje, cosas y lugares muy conocidos, de cada uno hicieron dibujos.

Terminadas las lecturas, comparten sus trabajos entre ellos, las hojas pasan de lugar en lugar y se ríen, comparan sus creaciones. Les pido que los entreguen para revisión y no quieren, lo quieren guardar para ellos.  Aceptaron entregar dos dibujos, el de los monstruos marinos no lo quisieron dejar. Lo que resultó, son los dibujos más divertidos que he visto.

Se trata de hacer que la imaginación tome un rumbo distinto, que sus cerebros inventen lo que no conocen, que la afasia deje de serlo y que, al escuchar una historia rara les impida la suposición. Una forma divertida de cortar con eso que ya sabe, con el diálogo repetido y la costumbre de decir, escuchar y escribir siempre lo mismo.

Después de dibujar, comentar y no querer entregar el dibujo, preguntaron el significado de las palabras que no conocían y que, aun si saber lo que eran, pudieron inventarles una forma y una secuencia, luego de explicarles cada cosa que preguntaron, se dieron cuenta que no lo habían hecho nada mal, comparaban su dibujo y gritaban que sí se parecía.

Porque para escribir, leer, comprender, razonar y en este caso, inventar, no siempre es necesario hacer que los estudiantes lean libros enteros como tarea para hacer un resumen. A veces, una forma divertida para crear un cuento, parte de un simple dibujo con lápiz y para fomentar el gusto por la lectura, solo es necesario leerles bonito.

Sí, en mi clase leemos, redactamos, conocemos autores y sus obras, filósofos y sus disciplinas, hacemos ensayos, razonamos y también dibujamos cosas raras. Olvidamos lo cotidiano, lo repetido, lo de siempre.

¿Vamos a dibujar otra vez, otro día? —preguntan—¿Quién escribió eso, Miss? ¿De quién es ese libro?

—Ustedes inventen un cuento raro y lo dibujamos en otra clase. La autora de esos textos y de este libro, soy yo. Nos vemos el próximo jueves.

Salgo del salón y camino por el pasillo satisfecha y muy contenta con una sonrisa que los niños ya no vieron. ¡Cómo me gusta mi trabajo! —me dije.


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Número 30 - Junio 2019
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