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Cuidado con la tristeza

Miércoles, 26 de Diciembre 2018 - 13:15

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Luisa Ruiz

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Gustave Flaubert

La tristeza, dicen, no tiene lugar. Es porque la tristeza se acomoda donde sea, el tiempo que sea y en el momento que sea. La tristeza tiene vida propia, anda, vaga, se estaciona. A veces, le da por volar y desaparecer en el aire, conoce muy bien su lugar y regresa, siempre regresa.

Mentira que el tiempo lo cura todo, es mentira. Quien lo haya dicho, ha querido mentirse a sí mismo para consolarse de alguna pena. 

Que las penas con pan son buenas, dijeron también. No, no se puede comer pan cuando la tristeza se mete entre los frágiles huesos de la garganta, se anuda y ahoga entonces, no se puede comer pan cuando la tristeza vive en el aliento, no se puede a veces, ni respirar.

La tristeza es una señora rara. Sabe a dónde ir, se queda quietecita en los rincones de mucha risa esperando que alguien calle. Camina despacito sin tocar el piso y pasa por encima de las fiestas y de los carnavales. Pasa por debajo de la lluvia y se eleva por encima de las nubes. Cuando llueve, cae sobre las cabezas apresuradas y se adhiere. Desaparece, dicen. Pasa que es muy calladita y muy paciente, ella nunca tiene prisa. 

Usa guantes y cubre su cabeza con un sombrero de bambú adornado con muchas florecitas y pequeñas frutas de colores, no tiene zapatos porque no tiene pies. Es tan bonita, huele rico y es muy despiadada. 

Los guantes, son para que no se sienta lo frio de sus manos, las florecitas multicolores y las frutas en su cabeza son una trampa; durante el verano, se alimenta de zumo de naranja y antes que termine, la cosecha de hojas de camelia bajo de su sobrero, estará lista para subsistir la transición al otoño con té rojo de los emperadores. En invierno, bebe té de canela y de guayaba. En primavera toma jugo de mango.

Sigilosa la señora doña tristeza, no sabe cuándo nació por eso no cumple años y no envejece. Está en todos lados, se filtra de todas las formas y en todas direcciones. 

Descansa en primavera más nunca desparece.

Está cuando la vida y derrumba cuando la muerte. Está cuando la risa estrepitosa y después del vino. Está detrás del aplauso, junto a la estereofonía. Está de brazos cruzados cuando la algarabía y avasalla cuando la soledad. Está detrás del regalo comprometido. Está detrás, encima, debajo y entre el dinero. Está junto al patrón cruel, pegada al jornal. Baila encima de la escasez y la miseria. 

Está siempre, y cuando alguien se va, cuando un alma vuela lejos dejando un cuerpo inerte de ojos abiertos, la señora tristeza se queda para siempre. Mentira que el tiempo lo cura todo, esa señora se queda habitando el espacio invisible, aunque se finja que se fue y se olvide por etapas también.  

Después de una lluvia, cuando cae una hoja en el calendario, cuando el trueno y el relámpago, ella entra sin tocar la puerta, se prepara un té muy caliente y sopla para que la llama de la muerte, la llama de la carencia, la llama de la soledad y la llama de las realidades se aviven y tener para sí, el calor que requiere para sobrevivir todas las estaciones.

Mencionar a la señora tristeza en público está prohibido y cuando se entierra en una garganta, ahoga y mata porque nadie quiso escuchar. No es un vicio, señor Flaubert, porque nadie espera morir en brazos de la tristeza. 

Cuando se clava en el alma, escupe tinta en un papel, óleo en un lienzo, lanza claves transformando el ruido en música. No es un vicio, señor Flaubert, porque nadie quiere crear sobre los alientos perfumados de la tristeza y que se recuerde después con aplausos, en un triste libro, en una fatídica canción o en una oscura exposición de arte.

 

 


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Número 33 - Septiembre 2019
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