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Cuestion de honor y disciplina

Lunes, 03 de Agosto 2015 - 16:30

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Antonio G Trejo

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Hace muchos años, en el taller de carpintería de la escuela secundaria, surgió una disputa entre dos estudiantes, uno mayor que otro. El maestro intuyó el conflicto pero no intervino, siguió pendiente pero sin perder detalle. En un momento dado, el menor recogió aserrín y virutas del suelo y los lanzo en la cara del otro. El muchacho mayor no lo pensó más y se lanzó sobre el pequeño. El maestro no interfirió en al intercambio de puñetazos el cual duró unos breves segundos, para disgusto de los otros alumnos. El maestro se metió entre los dos, los separó, los metió a su oficina y cerró la puerta. Seguramente los conminó al buen comportamiento y les hizo estrechar la mano. Ambos estudiantes, rojos de coraje siguieron sus tareas, uno y otro, distantes entre sí, seguían cruzando miradas amenazantes y en sus labios se podían leer las amenazas e improperios.

La calma había vuelto al taller, todos ocupados en sus tareas, el maestro corrigiendo posturas y haciendo ajustes,  en la parte posterior,  los estudiantes habían empezado a hacer una fila para que el maestro revisara los trabajos. Afuera, la chicharra anunciaba el final de la clase, ya todos se aprestaban a recoger sus cosas cuando el estudiante mayor comenzó a corretear al menor por todo el taller. El menor, más ágil se escabullía fácilmente, hasta que el maestro lo detuvo en seco y le cogió por los hombros. ¿Qué pasa aquí? gritó el maestro sin soltar al pequeño.

Mire usted lo que me hizo, acuso el estudiante agredido al tiempo que mostraba dos de sus cuadernos y un libro de geografía pegados entre sí. El pequeño había derramado cola entre los cuadernos y el libro y luego los encimó, dejándolos inservibles.

Yo no fui, yo no he hecho nada, gritó el menor; pero nadie le creyó.

La algarabía se desató, muchos de los estudiantes que ya se encaminaban a la puerta regresaron para poder enterarse del incidente. No había mucho tiempo pues los alumnos debían ir a otras clases e iba a ser difícil explicar los retrasos a los demás maestros. El maestro soltó al pequeño y teniéndole de frente sentenció: vas a pagar  por ese libro y los cuadernos y además te vamos a dar un castigo que nunca vas a olvidar. Acto seguido, el maestro fue hacia el jefe de grupo y habló con él, se introdujeron en la oficina y el maestro salió con una tira de madera flexible, larga y angosta. Ustedes dos, quítense los pantalones y vengan acá, ordenó el maestro. Cogió al pequeño por las muñecas y le obligó a empinarse,

Con la otra mano, jaló los calzoncillos  justo por encima de las nalgas, sin descubrirlas. Dale seis ordenó el maestro al jefe de grupo. Al recibir el primer golpe, el chiquillo sonrió con una mueca de dolor, pujó y respiró hondo en espera de los demás golpes. Al cuarto golpe, se podía adivinar que sus nalgas se habían enrojecido y el pequeño pedía perdón, algunos de los otros estudiantes comenzaron a corear los reglazos, pronto el maestro amenazó: no necesitamos ayudantes, si alguien insiste, le daremos el mismo tratamiento.

Al término de los seis golpes,  el maestro le acerco los pantalones para que se vistiera.  El chiquillo hizo una muestra de dolor porque seguramente los pantalones le habían rosado la parte afectada, se limpió los mocos y la saliva que se había acumulado en su boca. Acto seguido, ya había tomado al otro por las muñecas listo a recibir el mismo tratamiento. Dale tres le dijo al jefe de grupo. El pequeño recién castigado estaba ajustándose el cinturón, cuando  exclamo con coraje:

¡Como tres si a mí me dieron seis!

El maestro pareció no escucharlo pues estaba pendiente que recibiera sus tres reglazos.

Cuando hubieron terminado, el maestro se volvió hacia donde estaba el pequeño y con voz pausada le dijo: él ha recibido tres reglazos porque alteró el orden y tú recibiste lo mismo más otros tres por haber mostrado una inusitada maldad.

El maestro abrió los brazos  en cruz, como reforzando su sentencia y enfatizando la magnitud del castigo. Además tendrás que pagar el costo de los cuadernos y el libro que echaste a perder. Entre uno y otro castigo no habría pasado más de cinco minutos, todos los estudiantes estábamos impresionados por la prontitud del juicio y el castigo y más impresionados por la explicación del maestro. Yo estaba incrédulo y muy impresionado  con su autoridad y el rigor con que todo se realizó.

Salimos todos sin pronunciar palabra y nos dirigimos presurosos a nuestros salones. El maestro se cercioro que no quedara nadie y cerró el taller.  

Ya de regreso, camino a casa seguí pensando en la autoridad tan firme, tan determinante y la pronta manera de hacer justicia, pero lo que más impresión me causó fue: el haber mostrado una inusitada maldad .

Cuando llegué a mi casa fui directo en busca del diccionario a buscar los significados de inusitada y de maldad. Después de haber leído los significados, pregunte a uno de mis vecinos, quien me explico a satisfacción. Había visto muchas veces la maldad pero no la había entendido. Aun ahora es difícil explicarla dada su complejidad, su naturaleza, sus consecuencias y su ubicuidad.

Al siguiente día todos mirábamos al pequeño que había recibido los seis reglazos, como queriendo saber algún comentario o alguna queja; pero el guardo silencio, no dijo nada. Solo notamos que tenia cierto cuidado al sentarse  y levantarse.

Nadie habló más del asunto, el pequeño hacia trabajos extra de limpieza hasta juntar la cantidad para pagar los cuadernos y el libro y todo siguió como antes.

Todo había sido cuestión de ¡honor y disciplina!


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