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Aprender a odiar y amar hacerlo

Martes, 24 de Enero 2017 - 17:00

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Luisa Ruiz

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La gente adulta joven de hoy, son los abuelos o bisabuelos del futuro que contarán la historia de las guerras en la actualidad a otras generaciones, con otras armas, con otras palabras, con mucha tecnología y así, será la misma historia que escuchamos de los abuelos revolucionarios y antes de ellos, de muchos que se murieron sin ver del todo, el resultado de sus luchas en favor del pueblo.

El cuento empezaría citando a Georg Philipp Friedrich Freiherr von Hardenberg: Cuando veas a un gigante, examina antes la posición del sol, no vaya a ser la sombra de un enano.

El mundo era una multitud atiborrada en una sola carretera, marchando en la misma dirección, amontonados, condescendidos, acostumbrados. De pronto, una explosión a sus espaldas los hizo correr y huyeron en todas direcciones provocando que ese camino quedara vacío.

Una parte de ellos, se escondió cerca de las barrancas porque juntos, aprendieron a amar el odio. Otra parte, corrió hacia el abismo porque aprendieron a olvidar la digna rabia. Muy poquitos se quedaron quietos esperando el derrumbe sobre sus cabezas y otro puño dijo que empacarían sus pertenencias para salir inmediatamente antes de la explosión, cosa que no sucedió y se metieron a la cueva en la falda del cerro.

La otra parte, los de atrás, los que siempre parecieron indiferentes, pequeños y apáticos, se posesionaron del camino libre enfrente y decidieron, apacibles, desconocer el odio, armarse de dignidad, reconocer la integridad y caminaron sin tanto bullicio.

La preocupación de los escondidos, se convirtió en aversión y la aversión en odio cuando traspasaron el umbral que, en su señal de entrada anunciaba: “Camino cerrado”, y ninguno lo vio. Ahí, en su lugarcito, cada día de los próximos años, se preguntaron al amanecer: ¿Ya se acabó el mundo? ¿Ya empezó la guerra? ¿Podemos dejar de odiar? Nadie respondió.

Les pareció que, en otras ocasiones, el mundo de desbarataba igual y no sabían que seguiría pareciendo lo mismo, mientras tanto, para otros, la vida se mantuvo en equilibrio y anduvieron por el camino libre que dejaron los miedosos, los odiadores del maleficio ficticio.

Al tiempo que aconteció, allá por el 2017, unos lo confundieron con tristeza, otros con repulsión, otros se enojaron sin saber por qué y lo cierto es que todos ellos, solo tenían que atreverse a decir: “amo el odio”. Se flagelaron una y otra vez, lastimaron sus conciencias mientras escuchaban sin cesar las cosas que no querían oír y detuvieron su vida en conversaciones repetidas alimentándose el placer que les causaba odiar.

Hubo sordos con conciencia y mudos razonables, también tuertos y mancos hábiles y, sobre todo, ciegos que primero analizaron la posición del sol para no asustarse con las sombras.

Lo peor de lo peor estaba en el mundo cómodo, casi mediocre, el de los que veían sin ver y se movían sin avanzar. La guerra más sucia y sin control no estaba en las sillas del poder, estaba sentada en la propia casa, encima de una mesa, de un escritorio y, a través de una pantalla se asomaban los peores demonios y los subliminales atentados contra la humanidad. Humanos que alimentaban un llamado internet con atrocidades y humanos que las consumieron sin contemplación, por eso, en aquel tiempo, los niños empezaron a matarse unos a otros, los jóvenes asesinaban a sus padres y muchos se suicidaron.

Al otro lado del charco, de la barda, de los enrejados, había un remedo de persona llamado Donald en la presidencia. Sus promesas de campaña eran peligrosas, las acciones que emprendió atentaron contra la idiosincrasia de los pueblos. Lo cierto es que el ente anaranjado, cumplió en muy poco sus amenazas.

Dijo el presidente de Estados Unidos, en ese tiempo, que rescataría el empleo y pondría en marcha a su país, le quitaría entonces fuentes de empleo a México por ello, es que el beneficio era para unos cuántos y por supuesto, en perjuicio de otros. Por un lado se le aplaudía, por el otro se le abucheaba, eran las inconveniencias para unos y los beneficios para otros que nunca dejarán de suceder.

Tanto se le criticaba en ese tiempo al hombre a cargo de la administración de los gringos, que por muchos días los mexicanos olvidaron que la propia estaba en ruinas, opacada y era aún más peligrosa que la del vecino de arriba, el peligro vivía en casa.

Había muchos hombres y mujeres iguales a los que estaban en las presidencias de los dos países, estaban sentados en la sala de sus casas, quejándose, aborreciéndose a sí mismos, criando hijos de la misma forma y que son los adultos que ves hoy, es la razón del porqué la historia no cambia, solo se abastece de diferentes armas y las pone a funcionar alegando que es por el bien de muchos, lo peor es que esos muchos, lo creen. Y quienes se manifestaron antes, no supieron cómo educar a sus hijos para evitarles las mismas penurias y la historia se repite una y otra vez.

Y el mundo, así como está después de tantos años, siempre tendrá un espacio libre para transitar, solo es necesario elegir para dónde moverse o en dónde estacionarse. El cambio, entonces, nunca ha radicado en la política establecida, el cambio siempre estará en el seno de una familia y la forma de crianza de los niños.

Así, la sinrazón hizo apología a la decadencia, las piedras dejaron de rodar y no se encontraron. Siempre habrá paranoicos que se asustarán una y otra vez con los gigantes porque nunca aprendieron a analizar la posición del sol y por supuesto, quienes crecieron amando el odio, son los que están en el poder porque los escondidos no pudieron reconocer su poder como ciudadanos del mundo y los pocos, no han podido garantizarlo.


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