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10 gramos de reconocimiento

Lunes, 17 de Junio 2019 - 13:10

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María del Carmen Maqueo Garza

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Una sociedad productiva se compone de individuos felices

Vivimos en un mundo de paradojas. Gran parte de nuestro diario actuar está regido por emociones, no obstante, pareciera que no nos percatamos de ello, o no lo aceptamos. Nuestros estados internos, son tópico de escaso análisis en el catálogo de interacciones sociales. Si no vemos al lobo, no podemos prevenirnos en contra suya.  Si no estamos conscientes de la capacidad que tienen nuestras propias emociones, para detonar conflictos, no podremos evitar que estos aparezcan.

Hechos cotidianos que dan cuenta de lo anterior:  En un crucero vial, el conductor del segundo o tercer vehículo se prende del claxon dos milisegundos después de que la luz cambia a verde y la fila no ha avanzado. En el supermercado, está el cliente que exige –hasta de manera grosera– que le atiendan en la caja rápida, siendo que trae el carrito copado de productos. Ante la negativa de la cajera, se enfurece.  De cuadros de corte local, pasamos a relaciones internacionales, en las que se hacen presentes los estados de ánimo, como detonadores de conflictos. En todos estos casos las emociones internas de un individuo son el disparador, activan una cascada de sensaciones y expresiones, que terminan por caldear el ambiente.

Vida tenemos una sola.  Hecho contundente que la mitad de las veces olvidamos.  Vivimos como si mañana pudiéramos reeditar el hoy, recortarle o añadirle aquello que de momento ha salido mal.  Y de este modo se nos pasa el tiempo, como arena entre las manos, prendidos de la ira. Esto me lleva a recordar aquella frase del inmortal Facundo Cabral: “No estás deprimido, estás distraído”.

Hasta hace pocos años comenzó a estudiarse la inteligencia emocional. En especial a partir de 1995, con la publicación del libro de Daniel Goleman. Se reconocen varios tipos de inteligencia, así el proceso educativo se orienta a favorecer las más prominentes en cada persona. Hay un ejemplo que lo explica de manera clara: “No se puede catalogar de incompetente a un pez porque no sabe trepar árboles como hace un chango”.  Los individuos poseen atribuciones propias, y en dicho sentido habrá de orientarse el proceso educativo, iniciando en casa, hasta obtener de ese niño, un ciudadano feliz, satisfecho con lo que hace, y que además sabe hacerlo muy bien. Un ser humano que sale de su ensimismamiento, dispuesto a respetar las normas que la sociedad impone. Quien además reconoce que en la balanza su derecho pesa lo mismo que el derecho del otro, y se guía de manera cordial y ordenada.

En el sistema tradicional, las mediciones de coeficiente intelectual derivaban –muchas de las veces—en callejones sin salida.  Una calificación baja daba al traste con la autoestima del examinado. Se utilizaba una batería de reactivos estándar, que separaba tontos de brillantes, y así, sin mayores contemplaciones, sellaba destinos.  Para nuestra fortuna las mediciones han cambiado, ahora se parte del concepto de que cada cual posee destrezas y habilidades únicas. El objetivo es trabajar para pulirlas y encauzarlas.  Por este camino se consolida el futuro adulto, para beneficio de la sociedad en conjunto. El sistema educativo permite al chico explorar sus gustos y competencias con libertad; expresar sin tapujo qué le agrada y qué no, en lugar de encajonarlo en un método rígido, común para todos. Cierto, hay que decirlo, no funcionaría dejar al arbitrio del alumno la elección de materias escolares.  Imaginemos un niño que odia las matemáticas, y por ende las excluye de su programa educativo, para dedicarse de tiempo completo al violín o a la entomología. A fin de cuentas, se convertiría en un adulto incapaz de controlar sus finanzas personales.  Hay medicinas que, así resulten desagradables, son de prescripción obligatoria, sin excepción.

Antídoto para la prevención de conflictos: 10 gramos de reconocimiento, comenzando por el niño en casa.  En vez de alargarle el dispositivo electrónico, sentémonos a su lado para preguntar cómo estuvo su día, qué aprendió hoy, y cómo se divirtió. Representa una palmadita, una demostración tangible de aprecio y reconocimiento. 10 gramos en la escuela, como educador, como alumno, como compañero.  En la vía pública prodigando pequeñas atenciones a ese personaje atufado, que seguramente es quien más lo necesita. 10 gramos de reconocimiento, un gesto amable, a esa persona sencilla, cuya desnudez material, no le permitiría corresponder más que con una sonrisa desde el fondo de su corazón. Y finalmente 10 gramos al protagonista de nuestra propia historia, aquel que saludamos en el espejo cada mañana, antes de salir de casa.  Él se merece esto y más, ¡y son tantas las ocasiones cuando nos olvidamos de su necesidad de reconocimiento! No por deprimidos ni por enojados, sino –como diría el sabio Facundo—por simple distracción.


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Número 33 - Septiembre 2019
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