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Más allá de la Lactancia

“¿Qué pensamos cuando pensamos en la lactancia? En un pecho femenino. He aquí uno de los problemas. Los senos femeninos se han convertido en este último siglo en un símbolo exclusivamente sexual. Una mujer amamantando a un niño es censurada en muchos medios, denunciada en algunas calles, porque se asocia a un gesto sexual. Toda una provocación.” (Crespo Cira, Maternalias de la historia de la maternidad, Ed. Obstare, España, 2013)

Para nuestras abuelas, particularmente las nacidas a inicio del siglo XX alimentar a sus hijos con el pecho fue un proceso natural que no requería más que pegar al recién nacido al seno materno y amamantarlo. Con el paso del tiempo,  el rol que las mujeres empezaron a tener en la sociedad al poder votar primero y luego poder ejercer libremente su sexualidad, hasta ser hoy ejecutivas y profesionistas las hizo tener otras necesidades que les facilitaran la vida y una de ellas fue la aparición de la conocida “fórmula láctea” en sustitución de la leche materna, misma que ahora a gritos nos dicen que en realidad no la sustituye y que es más, ni siquiera la iguala dado que las propiedades son abismalmente diferentes.

Conocer los beneficios de la lactancia y todo lo que gira en torno a dicho proceso es fácil de conocer con tan sólo buscar en Internet todos los temas relacionados al respecto o consultar la página de la Liga de la Leche Internacional http://www.llli.org/langespanol.html pero vale la pena profundizar en el tema para darnos cuenta de que punto y aparte del proselitismo de algunos políticos o de las campañas que instancias públicas y privadas están realizando a nivel mundial en torno a los beneficios de la lactancia, el punto central es el retorno a lo natural como sustento de vida.

Es curioso ser parte de una generación que está siendo pionera en el empoderamiento de la  maternidad, pues hoy la sociedad espera e incluso exige, que las mujeres seamos todólogas, que trabajemos, cuidemos nuestros hogares, criemos a nuestros hijos y además, seamos excelentes esposas pero no se trata sólo de las funciones que como mujeres desempeñamos dentro de una sociedad pues para eso ha habido otras luchas y batallas, sino de la forma en que queremos criar a nuestros hijos y más aún, de lo que sembraremos en ellos y que determinará el estilo de sociedades futuras.

Si un tema tan básico como lo es la lactancia de pronto se volvió un asunto de interés mundial es porque ahí se gestan otros problemas de salud, sociales, culturales, psicológicos e incluso laborales y por ello, este año el eje temático de la Semana Mundial de la Lactancia Materna tuvo como lema “Amamantar y trabajar: logremos que sea posible” ya que pareciera que la primera excluye a la segunda y viceversa pues no existen las condiciones necesarias para que las mujeres amamanten y trabajen a la vez, primero por el tiempo que duran las licencias por maternidad y segundo, porque el regreso al trabajo implica hacer uso de las guarderías, las cuales no cuentan con el personal capacitado ni con la infraestructura para conservar los llamados bancos de leche para asegurar lactancia materna a los bebés y más aún, los centros de trabajo tampoco están diseñados para que las madres se extraigan la leche o alimenten a sus bebés lo que implica la renuncia al trabajo o truncar la lactancia para continuar con fórmula láctea.

El asunto se torna interesante cuando surgen las preguntas y los prejuicios: ¿Cuál es la necesidad de amamantar a tu hijo?, ¿Para qué amamantar si existen las fórmulas?, ¿Por qué te quieres esclavizar amamantando?, ¿Qué es eso de amamantar si ya no se usa?, ¿Amamantar en público y mostrar el pecho? No estamos debidamente informados al respecto y mucho menos sensibilizados para entender las necesidades y la prioridad que representa el hacer ajustes tanto en el plano laboral como en el social e incluso, en la medicina pues hay médicos que toman a la ligera el tema y cometen omisiones incluso desde el parto o al término de la cesárea, afectando la lactancia durante las primeras horas de nacido el bebé.

Que la lactancia no sea un evento para tomarse la foto y aparecer en las redes sociales o en primera plana, que no sea una moda, que no se le considere un capricho de las madres, que no sea motivo de prejuicio o discriminación; sino un acto de conciencia que nos permita sensibilizarnos no sólo como madres sino como sociedad para crear los mecanismos y redes de apoyo necesarios en aras de garantizar una crianza natural y de calidad para nuestros hijos.

Imagen tomada de Google

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Martes, 18 de Agosto 2015 - 16:00
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El dinero lo inventan los ricos y algunos vivos también

La semana pasada empezamos a ver algunos términos que se utilizan en el lenguaje cibernético para este asunto de ganar dinero. Hoy veremos algunos más.

Scam es una palabra inglesa que quiere decir embaucar como verbo. Estafa o fraude, si se usa como sustantivo. Un scamer es, por tanto, un estafador, un embustero administrador fraudulento.

Internet, por desgracia, está plagado de sitios creados por gente sin escrúpulos que busca el modo de robar y qué mejor manera de conseguirlo que enamorar a la víctima.

En realidad el engaño es exactamente como era cuando solo existían las revistas del corazón, los programas radiofónicos sentimentales o las llamadas a números equivocados en las que ingenuos y cándidas se quedaban conversando porque “les cayó bien la persona” y nadie pensaba que la web pudiera existir alguna vez.

A los scamers se les encuentra en sitios de citas o en redes sociales con perfiles falsos. Tejen historias de que son exitosos en el mundo de los negocios, dicen no tener familia y estar buscando al o la compañer@ adecuad@ y aseguran que en usted han encontrado a su alma gemela.

De esa manera van buscando información para saber qué es lo que “el amor de su vida” quiere oír y decírselo y así convencer al incaut@ de que vaya a cobrar un documento bancario que a ellos, por la distancia, les es imposible o han llegado a la ciudad donde usted vive y no pueden ponerse en contacto porque “los asaltaron” o “tuvieron un accidente” y no pueden pagar el hotel o el hospital.

Para identificar si un@ está involucrad@ en un romance scam, hay que observar sinceramente qué sitios frecuentamos en Internet y con qué finalidad. Estamos en un gran riesgo si hemos visitado lugares de citas en los últimos seis meses, si alguien manifiesta rápidamente que se ha enamorado de nosotros en cualquier red social, si el enamorado en cuestión quiere salir del sitio y enfrascarse en una conversación por mensajería instantánea o por email.

Y si tienen problemas de dinero y mandan un SOS, qué esperamos, ¡es momento de bloquear a esa persona! Más vale tirar el idilio por la borda que perder recursos y sufrir un daño moral que en algunos casos llega a ser irreparable.

Ni qué decir de las posibilidades de desquite. Quien ya sufrió una estafa, ni se le ocurra pensar que va a vengarse del victimario. Sólo hará que aumente el peligro al que ya estuvo expuest@.

El FBI advierte que una parte del botín obtenido en esta forma va a parar al terrorismo. Simplemente a Nigeria le reporta más de veinte millones de dólares al año. En pocas palabras, nos las estamos componiendo con gente que pertenece a mafias, que nos lleva ventaja en cuestiones de hacer el mal.

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Jueves, 13 de Agosto 2015 - 16:30
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“Hasta que la muerte nos separe”

“¿Por qué no bajo de peso? Me voy a casar dentro de unos meses y quiero pesar menos. ¡¿Por qué no logro hacerlo?! Lo he intentado… Hay muchas cosas involucradas: ¡Deseo verme bien y quiero mejorar mi salud!

Escuchaba los detalles que Martha expresaba sobre el por qué deseaba mejorar su peso corporal…”Siempre he tenido buen apetito, de eso no me quejo, de hecho toda mi familia come muuuy bien. Recuerdo cuando éramos adolescentes y mi papá nos hacía de comer los domingos…”

A veces las personas tienen mucho que decir, para ellas es importante desahogarse… Sobre todo cuando están a punto de dar un paso trascendental en su vida como lo es CASARSE.

Martha continuó: “Tong… Toong… Tooong… Salía mi papá de la cocina golpeando suavemente la olla donde había guisado la comida,  mostraba el trasto vacío y lo ponía boca abajo, mientras sonreía de oreja a oreja y exclamaba con voz clara: “ÉXITO TOTAL”.

… Martha continuó soltando sus emociones, se notaba que mientras hablaba se deleitaba en su narración. Ahora el sobrepeso parecía un tema secundario, mientras disfrutaba relatándome cómo era su relación familiar cuando era pequeña…

Es normal que ante un evento de la magnitud de una boda la persona haga un inventario de sus días felices… La comida se relaciona con esos momentos, con la infancia, donde la responsabilidad de la propia vida está en manos de los papás, cuando la preocupación de los hijos es ir a la escuela, jugar y cumplir las reglas.

Ella continuó hablando de sus recuerdos en los cuales se sentía protegida… Cuando terminó se quedó callada… Entonces le pregunté: ¿Realmente quiere bajar de peso para el día de su casamiento?... ¿Realmente se quiere casar?..  Ella abrió los ojos desconcertada… Por un instante se quedó mirándome sin saber qué contestar…

Cuando se está frente al compromiso de un enlace matrimonial  la zozobra sobre el futuro matiza todo el panorama, es un cambio radical de vida y el mundo se presenta como un vaivén. Las bodas están entre las principales causas de estrés, sólo después de los duelos de personas cercanas.

Cuando Martha reaccionó a mi pregunta respondió “Sí, si me quiero casar… Solo que me da miedo… ¿Qué tal si me va mal?...” ¿Y por qué el temor? –Pregunté yo- … “Pues últimamente me siento agobiada, de pronto estoy triste, otras veces contenta, en verdad ya no sé si quiero casarme o no… Esto es más complicado de lo que esperaba… Hasta tengo pesadillas.”

A veces se llega a terapia con un problema en mente, sin embargo durante la sesión se van aclarando las ideas y se ve el panorama mejor… Concluyendo que la visita es por otra razón.

¿Bueno, desde cuándo tiene estos sentimientos encontrados con respecto a su relación? –Pregunté-. Martha respondió tras unos segundos de reflexión: “Mmm, creo que fue cuando Roberto y yo pusimos fecha a la boda” –Entonces pregunté- ¿Y antes, cómo se sentía con Roberto? –Ella respondió- “Feliz, feliz” y su rostro se transformó.

Tener dudas sobre la relación previo al enlace matrimonial es normal, como seres humanos el temor a lo desconocido hace mella en nosotros aun cuando deseamos algo. Si comprendemos que esta situación es parte del estrés podemos seguir adelante dejando el miedo de lado, evitando que frene las decisiones importantes para la persona. El estrés puede parecer un elemento insignificante, sin embargo su impacto puede hacer cambiar de rumbo a una pareja, cerrar puertas,  cambiar vidas.

Encontrar una pareja con quien se quiera compartir la vida es una empresa que requiere esfuerzo, valentía,  confianza en sí misma y en el otro. Ciertamente la única garantía de éxito –si es que la hay- está en empezar esta unión con amor, continuar con comprensión  y ser constantes día a día “hasta que la muerte nos separe”.

Meses después llegó una participación, abrí el sobre con expectación… Junto con la invitación iba una notita dirigida a mí: “GRACIAS… ¡De la pareja más feliz!”. Al calce había dos firmas donde se leía “Martha y Roberto”.

Una boda es como una danza, hay que llevar el propio ritmo y al mismo tiempo acompañar al otro… Así, el baile será un placer para ambos,  “solamente” necesitarán deslizarse al son de la melodía que los contrayentes decidan escuchar.

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Foto: http://aloim.org/alo/2014/01/fondos-de-pantalla-de-parejas-enamoradas.jpg

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Miércoles, 12 de Agosto 2015 - 16:30
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Cuestion de honor y disciplina

Hace muchos años, en el taller de carpintería de la escuela secundaria, surgió una disputa entre dos estudiantes, uno mayor que otro. El maestro intuyó el conflicto pero no intervino, siguió pendiente pero sin perder detalle. En un momento dado, el menor recogió aserrín y virutas del suelo y los lanzo en la cara del otro. El muchacho mayor no lo pensó más y se lanzó sobre el pequeño. El maestro no interfirió en al intercambio de puñetazos el cual duró unos breves segundos, para disgusto de los otros alumnos. El maestro se metió entre los dos, los separó, los metió a su oficina y cerró la puerta. Seguramente los conminó al buen comportamiento y les hizo estrechar la mano. Ambos estudiantes, rojos de coraje siguieron sus tareas, uno y otro, distantes entre sí, seguían cruzando miradas amenazantes y en sus labios se podían leer las amenazas e improperios.

La calma había vuelto al taller, todos ocupados en sus tareas, el maestro corrigiendo posturas y haciendo ajustes,  en la parte posterior,  los estudiantes habían empezado a hacer una fila para que el maestro revisara los trabajos. Afuera, la chicharra anunciaba el final de la clase, ya todos se aprestaban a recoger sus cosas cuando el estudiante mayor comenzó a corretear al menor por todo el taller. El menor, más ágil se escabullía fácilmente, hasta que el maestro lo detuvo en seco y le cogió por los hombros. ¿Qué pasa aquí? gritó el maestro sin soltar al pequeño.

Mire usted lo que me hizo, acuso el estudiante agredido al tiempo que mostraba dos de sus cuadernos y un libro de geografía pegados entre sí. El pequeño había derramado cola entre los cuadernos y el libro y luego los encimó, dejándolos inservibles.

Yo no fui, yo no he hecho nada, gritó el menor; pero nadie le creyó.

La algarabía se desató, muchos de los estudiantes que ya se encaminaban a la puerta regresaron para poder enterarse del incidente. No había mucho tiempo pues los alumnos debían ir a otras clases e iba a ser difícil explicar los retrasos a los demás maestros. El maestro soltó al pequeño y teniéndole de frente sentenció: vas a pagar  por ese libro y los cuadernos y además te vamos a dar un castigo que nunca vas a olvidar. Acto seguido, el maestro fue hacia el jefe de grupo y habló con él, se introdujeron en la oficina y el maestro salió con una tira de madera flexible, larga y angosta. Ustedes dos, quítense los pantalones y vengan acá, ordenó el maestro. Cogió al pequeño por las muñecas y le obligó a empinarse,

Con la otra mano, jaló los calzoncillos  justo por encima de las nalgas, sin descubrirlas. Dale seis ordenó el maestro al jefe de grupo. Al recibir el primer golpe, el chiquillo sonrió con una mueca de dolor, pujó y respiró hondo en espera de los demás golpes. Al cuarto golpe, se podía adivinar que sus nalgas se habían enrojecido y el pequeño pedía perdón, algunos de los otros estudiantes comenzaron a corear los reglazos, pronto el maestro amenazó: no necesitamos ayudantes, si alguien insiste, le daremos el mismo tratamiento.

Al término de los seis golpes,  el maestro le acerco los pantalones para que se vistiera.  El chiquillo hizo una muestra de dolor porque seguramente los pantalones le habían rosado la parte afectada, se limpió los mocos y la saliva que se había acumulado en su boca. Acto seguido, ya había tomado al otro por las muñecas listo a recibir el mismo tratamiento. Dale tres le dijo al jefe de grupo. El pequeño recién castigado estaba ajustándose el cinturón, cuando  exclamo con coraje:

¡Como tres si a mí me dieron seis!

El maestro pareció no escucharlo pues estaba pendiente que recibiera sus tres reglazos.

Cuando hubieron terminado, el maestro se volvió hacia donde estaba el pequeño y con voz pausada le dijo: él ha recibido tres reglazos porque alteró el orden y tú recibiste lo mismo más otros tres por haber mostrado una inusitada maldad.

El maestro abrió los brazos  en cruz, como reforzando su sentencia y enfatizando la magnitud del castigo. Además tendrás que pagar el costo de los cuadernos y el libro que echaste a perder. Entre uno y otro castigo no habría pasado más de cinco minutos, todos los estudiantes estábamos impresionados por la prontitud del juicio y el castigo y más impresionados por la explicación del maestro. Yo estaba incrédulo y muy impresionado  con su autoridad y el rigor con que todo se realizó.

Salimos todos sin pronunciar palabra y nos dirigimos presurosos a nuestros salones. El maestro se cercioro que no quedara nadie y cerró el taller.  

Ya de regreso, camino a casa seguí pensando en la autoridad tan firme, tan determinante y la pronta manera de hacer justicia, pero lo que más impresión me causó fue: el haber mostrado una inusitada maldad .

Cuando llegué a mi casa fui directo en busca del diccionario a buscar los significados de inusitada y de maldad. Después de haber leído los significados, pregunte a uno de mis vecinos, quien me explico a satisfacción. Había visto muchas veces la maldad pero no la había entendido. Aun ahora es difícil explicarla dada su complejidad, su naturaleza, sus consecuencias y su ubicuidad.

Al siguiente día todos mirábamos al pequeño que había recibido los seis reglazos, como queriendo saber algún comentario o alguna queja; pero el guardo silencio, no dijo nada. Solo notamos que tenia cierto cuidado al sentarse  y levantarse.

Nadie habló más del asunto, el pequeño hacia trabajos extra de limpieza hasta juntar la cantidad para pagar los cuadernos y el libro y todo siguió como antes.

Todo había sido cuestión de ¡honor y disciplina!

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Lunes, 03 de Agosto 2015 - 16:30
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Lo que vale y lo que cuesta

Todos necesitamos el dinero, pero muchos de nosotros no sabemos relacionarnos con lo que implica, en tiempo y esfuerzo, el hecho de ganarlo, gastarlo, ahorrarlo y deberlo. Esto obedece a que fuimos educados en principios que reprobaban cualquier pensamiento acerca de la obtención de medios para sobrevivir. 

Si no me creen, fíjense nada más en cómo pregunta la gente cuánto cuestan las cosas en un sitio comercial. Esa interrogante no se pronuncia de igual manera en un puesto callejero que en una tienda establecida, y en las tiendas, no es lo mismo una de lujo que un botadero de saldos o un supermercado. También observen si la gente, al preguntar, se siente de verdad cómoda. Verán que esas personas son las menos. Y son más hombres que mujeres.

La misoginia ha jugado en esto un papel preponderante. De mi propia experiencia les puedo decir que en casa el dinero era tema tabú. De él no se hablaba más que para ajustar cuentas y a veces, en forma violenta. Parte de esa violencia consistía en etiquetarse mutuamente de ladrones.

Era entonces impensable hacerse preguntas tales como, ¿cuánto está la gente dispuesta a pagar por mi trabajo? ¿a qué tipo de personas me debo dirigir para encontrar un empleo? ¿cómo debo reaccionar a las ganancias de otros, que hagan el mismo trabajo que yo? ¿puedo ofrecer un trabajo de mejor nivel que los demás? ¿encontré la manera de decir cuánto dinero aspiro a ganar sin sentir que atropello a  alguien? ¿sin que me miren de arriba abajo? ¿le he dado al empresario que busca gente para completar su equipo, una razón para que me contrate a mí y no a cualquier otro? ¿y para que me pague más?

Créase o no, en cuanto mostraba interés en responder a esas preguntas, lo primero que me decían los adultos de mi casa era “no pienses en eso”.

Por consiguiente mis correrías en el mundo oficinesco transcurrieron sin que pudiera entender por qué unos ganan más que otros o progresan más aprisa, ni de dónde me venía la idea de que un trabajo es importante y cualquier idea de malestar había que desecharla, sin importar si se debía al hecho de estar laborando en la empresa y con la gente equivocada.

Tampoco me pasaba por la mente que hubiera alguien que se beneficie con que tengamos una relación de amor–odio con el trabajo que desempeñamos.

Antes que seguirse lamentando porque en la vida productiva las máquinas se vuelven obsoletas en un abrir y cerrar de ojos y nuestras destrezas se vuelven innecesarias, hay que ocuparse en entender los cambios que están viniendo.

Para no quedar a la zaga se requieren conocimientos sofisticados; un curso de manejo de los programas de cómputo es el desglosamiento de esa sofisticación, un conocimiento que en realidad no es fácil ni barato adquirir.

Internet ha venido a revolucionar las comunicaciones, las relaciones, el trabajo, la contratación de servicios, ¡Bueno, hasta la funcionalidad de los electrodomésticos! La marginación, entonces va a ser mucho más insidiosa.

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Jueves, 30 de Julio 2015 - 16:30
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Los hijos: ¡jueces implacables!

… ¿Por qué lloras? –pregunté- “Porque ya me cansé de mis papás… Siempre que necesitamos pagar algo se ponen a pelear” –dijo Raúl, secándose las lágrimas-. Esta vez estaba en contacto con sus sentimientos y se notaba su confianza. ¿Y tú qué opinas de ello? –pregunté- “¿Qué opino? Opino que mi padre es un ¡irresponsable!” –dijo tajante-.

¿Por qué crees eso de tu papá? –volví a preguntar- “Cuando se enoja con mi mamá se desquita con nosotros para molestarla a ella, además él siempre ha sido un codo” – comentó el joven. Raúl es un muchacho de 17 años, inteligente y listo. Su familia está integrada por él, los padres y dos hermanas menores, de 15 y 7 años.

Muchas veces los papás no toman en cuenta que los hijos crecen y tienen su propia opinión sobre los hechos, pelean frente a ellos, sin tomar conciencia que alguna información es estrictamente de la pareja.

Raúl se quedó en silencio por un momento… De pronto preguntó - “¿Cuándo vendrá mi mamá a platicar con usted?..., necesito decirle algo…” ¿Y qué le quieres decir? – pregunté- Él se quedó pensativo mientras me miraba, calculando el efecto de lo que estaba por decirme…

“Le quiero preguntar por qué no lo deja… Ya se lo he dicho y no me contesta… ¿Cree que quiera venir?” – insistió Raúl- Probablemente sí, ¿Tú qué crees? – contesté-. “Si, si viene, ella siempre está interesada en nosotros” – afirmó con un dejo de emoción-. Bueno, entonces la llamaré para preguntarle si puede venir para la siguiente reunión – concluí-.

Al pelear frente a los hijos se corre el riesgo de LASTIMARLOS en SUS SENTIMIENTOS y transmitirles información equivocada. La pareja a través del tiempo va estableciendo formas de conducta que para ellos pueden parecer normales, sin embargo, para quien los observa el mensaje es diferente.

Raúl: ¿Me gustaría saber para qué quieres proponerle a tu mamá la separación? –le cuestioné- “Es fácil… Se la pasan peleando… Si papá no quiere darle dinero, me parece que estaríamos mejor sin él…, ni siquiera la deja trabajar… He buscado por internet y la ley dice que es obligación de los padres cubrir los gastos de los hijos…”.

Me llamó la atención su seguridad y la firmeza de sus palabras, es difícil para un joven hablar así de sus padres, a menos que el enojo y la decepción sean grandes para él.

–Pregunté, cambiando de tema- ¿Raúl, cómo es tu abuelo paterno?... “Uy, lo recuerdo poco, murió” –me indicó y continué- Tal vez sepas cómo trataba a tu papá cuando él era pequeño… “¡Ni le digo!” –exclamó- “Cuando llegaba borracho le pegaba. Lo oí cuando mi papá le reclamó a mi abuelita”.

¿Raúl, alguien te ha pegado alguna vez? –Le pregunté- “No, eso no. Nunca me han pegado” –me dijo- Y cómo crees que se sentiría tu papá cuando le pegaban a él de pequeño. “No, pues mal” –contestó rápidamente- Me miró fijamente y tras unos segundos de vacilación continuó-  “… Por eso él es así…  ¿verdad?”

Las imágenes de los padres son fundamentales en la vida de los hijos. El padre representa la seguridad, la autoridad, es el proveedor.... La madre es la protección, el cariño incondicional… Es fácil convertirse en JUEZ de los padres cuando se han acumulado enojo tras enojo durante años.

Criar a los hijos es una empresa complicada y difícil. Requiere de constancia, abnegación, AMOR y mucha, MUCHA PACIENCIA para que cuando sean adultos, las semillas en ellos plantadas se conviertan en comprensión, respeto y AMOR.

Foto: http://avivamientointernacional.org/Content/ImagensPalavras/0074173f-5ff...

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Miércoles, 29 de Julio 2015 - 16:00
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"LIKE": Lo que podría estar detrás de mucho de lo que compartimos y de los likes de Facebook.

Algunas veces, cuando utilizo Facebook, tengo miedo de convertirme en una especie de ratoncito del Flautista de Hamelin, que es dirigido hacia un gigantesco entramado, gobernado por el mundo de las multinacionales y de la publicidad. Paso mucho tiempo en las redes, leyendo y compartiendo información y preguntándome si, en medio de tantos datos e imágenes, que pasan con una rapidez trepidante, no corro el riesgo de convertirme en un ¿aprendiz de todo y maestro de nada? Por ejemplo, leer una frase de Oscar Wilde (y otra de Kafka y otra de Steve Jobs) en las redes, no me convierte en un lector de Oscar Wilde. Me cuestiono si no sería mejor emplear todo ese tiempo leyendo textos completos. Las redes son un reflejo de la sociedad postmoderna, caracterizada por la fragmentación. Pero, ¿cuánta de esa información está descontextualizada? ¿Y cuánta de ésta es desinformación? Hace algunos días se estuvo compartiendo una imagen del filósofo francés, Claude Lévi-Straus, junto con el anuncio de su muerte. Encontré en Facebook un comentario tan absurdo como éste: «Acabamos de perder a un gran pensador. Descance en paz, Lévi-Strauss». Poco tiempo después, mi amigo, el escritor y biólogo Pedro Paunero, publicó un post, recomendando a sus amigos de Facebook leer bien las noticias y no sólo los encabezados antes de compartirlos. Lévi-Strauss murió en 2009. El problema en Facebook es que muchas veces las fuentes no se verifican.

Después de publicar mi situación emocional en Facebook y luego de no pocos inconvenientes relacionados con Facebook y mi vida personal, me he preguntado si escribir: «Me siento triste», por ejemplo, sirve realmente de catalizador para aliviar esa tristeza o si sólo muestra un aspecto de mi vida que a los demás no les interesa en lo absoluto. Tal vez, tras la publicación de mi estado emocional, reciba varios likes y algunas palabras de aliento en los comentarios (nunca, una llamada telefónica o una visita personal de apoyo). ¿Esos likes y comentarios, algunas veces demasiado simplistas, harán que me sienta menos triste? En todo caso, ¿quién es el destinatario real de esos mensajes? Todos y nadie. Quizá, yo mismo. He leído estudios psicológicos a favor y en contra de los efectos que tiene la publicación, en las redes sociales, de las emociones y de los detalles de la vida íntima en la salud mental.

¿Por qué son populares tan las redes sociales? La respuesta tiene que estar en la soledad.

En junio, Umberto Eco, uno de los mejores escritores contemporáneos, arremetió contra las redes sociales y sus usuarios, diciendo: «Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los necios».

Con todo lo que he publicado en Facebook, debo de ser ya el mayor idiota del planeta.

Pero Umberto Eco no ha de estar tan equivocado. No dudo que su comentario tenga más fondo que forma. Aunque también podría ser rebatido. ¿Por qué la cultura y la información tienen que estar en manos de las élites únicamente? ¿Qué no son propiedad de todos, de la humanidad? ¿No son las redes socials, precisamente, una especie de revolución, una forma de quitarle todo el poder a esas élites? Dicho de otra manera, ¿no son un nueva forma de ejercer la democracia, capaces de dar voz a quienes no la tenían?  

El gran escritor mexicano, Juan Villoro, escribió que una cosa es tener una idea sobre algo; otra, disponer de información sobre eso; y otra, tener autoridad sobre el tema. Creo que a eso se refería Umberto Eco. Muchas veces opinamos sobre temas que no conocemos a profundidad, como si fuéramos una autoridad en la materia, de manera que terminamos por desinformar, informar a medias o banalizar la información y el conocimiento.

El periodista y catedrático de la Universitat Ramon Llull de Barcelona, Josep Lluís Micó, dice1 que la mayoría de los motivos que tienen los internautas para compartir y dejar constancia en la red de aquello que les ha gustado son obvios.

Pero eso no es todo.

Algunas veces es difícil saber qué hay detrás de estos movimientos ejecutados por personas comunes, convertidas en «distribuidores eficientes de contenidos». Dice que una de las respuestas podría estar en la Teoría de los usos y gratificaciones (TUG)2.

A grosso modo, esta teoría investiga la comunicación en masa. Mientras que otras teorías estudian el alcance de los medios de comunicación en las personas, la TUG investiga qué efectos tienen las personas en los medios de comunicación. Según esta teoría, es la audiencia la que elige los contenidos que presentan los medios, de acuerdo a sus deseos y a sus necesidades, con el fin de conseguir una gratificación (satisfacción). Lo anterior implica que los medios tengan que competir entre ellos para ganarse a la audiencia.

En las redes sociales y, en concreto, en Facebook, el medio de comunicación no aporta el contenido; los usuarios hacemos al medio. Todos opinamos, difundimos, juzgamos y criticamos.

Aquí es donde el asunto se pone más interesante.

Por ejemplo, antes de las redes sociales, los medios de comunicación y las empresas encuestadoras podían afirmar que algún candidato o gobernante gozaba de una popularidad determinada. Ahora, con las redes sociales, se puede «palpar» de qué manera, una gran parte de los internautas (o de los idiotas de los que habla Umberto Eco) percibe a dicho gobernante. Si los datos no coinciden es porque algo extraño está ocurriendo. Podría presumirse que alguien los está manipulando. Por otra parte, las redes sociales permiten que información relevante se conozca en muchas partes y a gran velocidad (por ejemplo, cuando se han robado a un niño). Hay sucesos que nunca se conocerían si las redes sociales no existieran (p.e. el maltrato a los animales que se dio recientemente dentro de una tienda de mascotas en México).

Si la prensa es conocida como el cuarto poder, ¿en qué se convierten las redes sociales? ¿Comparten una parte ese cuarto poder, en qué proporción? ¿Son un quinto poder, el poder de la masa? ¿Son un contrapeso a todos los poderes existentes? ¿Son una especie de vigilante de los demás poderes?

Lo cierto es que compartimos y damos likes a los contenidos de Facebook que nos interesan, a los que llaman nuestra atención, a lo que nos entretienen, satisfacen nuestra curiosidad o nos dan algún tipo de beneficio (o gratificación).

Compartimos para buscar vínculos emocionales con los demás, a través de nuestros gustos e intereses.

Pero hay más.

Un estudio del New York Times reveló que el 68% de los usuarios de las redes sociales comparte aquella información que lo ayude a definirse de una manera determinada frente a los demás.

Es decir, nos proyectamos e intentamos revelar nuestra personalidad o, más bien, lo que quisiéramos que los demás vieran de nosotros en Facebook. Rompemos la línea que dividía lo público y lo privado.

En la vida real, ¿a cuántas de las personas que tenemos de amigos en Facebook invitaríamos a nuestras casas, les mostraríamos lo que comemos y lo que bebemos, les contaríamos chistes, les hablaríamos de cómo nos sentimos, de nuestras relaciones amorosas y les mostraríamos nuestros álbumes de fotos?

No lo sé.

Lo anterior es materia de otro debate.

Habrá que seguir atentos a la retórica de Facebook y de las redes sociales en general. Están aquí. Y forman una parte insospechada de la nueva forma que tenemos de comunicarnos. 

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http://www.lavanguardia.com/opinion/temas-de-debate/20130324/54370608811...

http://catarina.udlap.mx/u_dl_a/tales/documentos/lco/menendez_g_pi/capit...

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Lunes, 27 de Julio 2015 - 16:00
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Debo no niego, ¿pago? ¡P’s ahí luego!

El crédito es una forma de manejar el intercambio de dinero, bienes y servicios que data de la Edad Media.

En la actualidad se conocen aún tres formas rudimentarias, una derivada del trueque, que nació cuando una de las partes que celebraban el trato no podía entregar el bien o prestar el servicio objeto del intercambio y las otras partes le daban de todos modos los objetos de que precisaba a cambio de la promesa de entregar después lo pactado.

La segunda forma de crédito primitivo es el fiar. Todos hemos ido a la tiendita de la esquina y si no lo hemos recibido, hemos visto cómo el abarrotero permite que el cliente pueda llevarse lo que desee durante un período de tiempo –generalmente un mes o una quincena– al cabo del cual el cliente debe pagar el total de la deuda acumulada.

El otro sistema son las famosas tandas, que tienen un nombre rimbombante: Grupos de Crédito y Ahorro, en el que toda la gente que forma parte del conjunto consiente en dar una cantidad fija mes con mes. El dinero que se reúne se le entrega a uno de los miembros, se vuelve a comenzar y cada mes le toca recibir una cantidad a un miembro diferente.

Todo esto funciona muy bien si la gente le da valor a su palabra –cosa que sucede cada vez menos– y además de cumplirla permanece viviendo y trabajando en el sitio en donde se le conoció.

El concepto de tarjeta de crédito tal como lo conocemos apareció a principios del siglo XX. En 1914, el mismo año que estallara la Primera Guerra Mundial.

De verdad, mientras alguien se escabechaba al Archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo, la Western Union les repartía a sus clientes selectos un documento que, entre otros beneficios, les daba acceso a una línea de crédito sin cargos. Esto más adelante sería una de las tantas cosas provocadoras de la pachanga que terminó en el crack del 29.

La primera tarjeta de crédito apareció en 1949 y fue producto de la vergüenza que pasó Frank X McNamara, que con todo y ser dueño de la Hamilton Credit Corporation, descubrió que no tenía dinero en efectivo –entiéndase en el bolsillo– para pagar la cuenta cuando el mesero del Major’s Cabin Grill le presentó la charola con la nota de consumo.

En ese tiempo ya había tarjetas por doquier, pero nada más podían utilizarse en los establecimientos que las admitían, que aún eran pocos. La tarjeta Dinner’s Club fue fundada por el señor McNamara y los testigos presenciales del bochornoso incidente en el changarro de lujo: Ralph Sneider, abogado que le llevaba sus asuntos y Alfred Bloomingdale, nieto del fundador de Bloomingdale’s.

Para esas fechas, ya existían unas empresas que recopilaban datos de los clientes de las instituciones crediticias para hacer una cosa que se llamaba “reporte de crédito”. Ya estaba inventada la “Fórmula FICO”, que había creado un puntaje hasta la fecha vigente, que va de 300 a 850 puntos, siendo 300 señal de crédito malo o ausencia del mismo y 850 la calificación óptima. Ahí tenemos con qué elementos se fue formando el Buró de Crédito.

Lo importante es saber que ese puntaje es el que ahora utilizan, por ejemplo, los caseros para decidir si le rentan a uno la vivienda o el local, las empresas lo revisan para elegir a cuál aspirante deben contratar.

¿Quién iba a decir que de algo tan incierto se iban a sacar las claves para tener cada vez más controlada a la gente?

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Jueves, 23 de Julio 2015 - 18:00
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