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Tres amigas: Historias de un crucero de fiestas de Fin de Año

Silvana siempre fue una muchacha emprendedora, entusiasta, práctica. Muy amiga de sus amigas. Con pocas relaciones amorosas, nunca le fue demasiado bien con los hombres. A pesar de ser bonita, de cabellos castaños, ojos verdes, alta, elegante. De buenos gustos para vestirse, para elegir sus perfumes, para comer.

   Al cumplir sus treinta años, se prometió realizar un viaje de placer y lujo. Empezó a deambular por agencias, hasta que la entusiasmó un crucero en una fastuosa turbonave italiana. Se realizaba entre el 23 de diciembre y el 7 de enero, hacia el norte de Brasil. Una experiencia tan distinta para celebrar las tradicionales fiestas la fascinó.

   Habló con su amiga Elsie, cuatro años mayor que ella, antropóloga y, viviendo en una provincia de inmensos campos dorados de trigo y maíz, era lógico que se dedicara a la docencia y no a la antropología. Daba Historia en dos facultades de la Universidad Nacional de Rosario. De familia muy acomodada, finos modales, exquisitos gestos, morocha de cortos y oscuros cabellos y rasgados ojos de profunda mirada negra. Muy alta. Elsie prontamente se entusiasmó con el viaje.

   Juntas decidieron invitarla a Liliana, maestra jardinera en la misma escuela de Silvana, muy pequeña y movediza, rubia de ojos pardos, de la misma edad que Silvana. Más bohemia, más libre, con menos ataduras, siempre risueña.

   A pesar de algunas oposiciones familiares por la fecha especial del viaje, lo contrataron.

   Felices, viajaron a Buenos Aires, desde cuyo Puerto zarpaba la nave.

   Enormes valijas llenas de sueños, expectativas, deseos, vestidos y soleras largos de noche, mallas para las piscinas, conjuntos deportivos para las excursiones y para los juegos en los puentes del crucero. Muchas risas, buena onda y ganas de pasarla bien.

   La primera escala fue en Montevideo. Juntas recorrieron la ciudad y trataron de captar en el escaso tiempo de diez horas, su idiosincrasia y su vida.

   Emprendieron luego la navegación hacia Porto Alegre, donde hicieron otra escala y visitaron Sao Paulo y Guaruyá. Una magnífica experiencia en medio de montañas, exuberante vegetación y cálido mar. Almorzaron en un distinguido hotel en el piso 32 desde observaron esa populosa e impactante ciudad. Comieron cocos en la playa, tomaron tragos en un hermoso bar.

   Todo era alegría y felicidad.

   Como es clásico en estos cruceros, los oficiales abordo trataban de acercarse para lograr amistades, pero ellas preferían sus soledades seguras de mujeres atractivas.

   En Porto Alegre subieron al barco muchos brasileros atraídos por el encanto del norte de su país.

  Todo se inundó de su ritmo, su algarabía, su color. Capaces de disfrutar de los máximos placeres y de hacer música hasta con una cajita de fósforos.

   Era el 24 de diciembre. En alta mar se celebró la Misa del Gallo y el advenimiento de la Navidad en los comedores y los salones. Besos, saludos, bailes. Champagne y pan dulce –panetone- de distintas variedades italianas.

   Edson, un casi mulato, festivo, atractivo, se copó con Liliana. La seguía, la perseguía, intentaba besarla por Navidad todo el tiempo, la empujaba a bailar con él. Liliana se dejó llevar por su fuerza y se divirtieron hasta la madrugada. Silvana y Elsie gozaron con sus ocurrencias y todo fue una algarabía de víspera de Navidad.

   El 25 llovió todo el día. El paisaje era sólo una sinfonía de grises, gris el mar, gris el cielo, gris el horizonte infinito en una línea sin forma ni medida.

   Elsie aprovechó a leer uno de los numerosos libros que había llevado, Silvana se apoltronó en una magnífica silla de uno de los fastuosos salones y mientras observaba por el amplio ventanal la monótona sinfonía de grises, escribía sus vivencias como era su costumbre de viajera. Liliana consolidaba su amistad con Edson y empezaban sus primeros arrumacos.

   A la tardecita, todo el gris se corrió y fue una explosión de colores. Acodadas en la baranda de la nave pudieron deleitarse con los cientos de arcoíris que se formaban en cada una de las olas que el barco potenciaba en su derrotero. Al rato apareció Edson, y el amor estalló con Liliana como las iridiscencias en las olas.

   En la velada nocturna la pasaron muy bien los cuatro. Seguían las burbujas del champagne y los saludos por la Navidad.

   La próxima escala fue Río de Janeiro. Las tres amigas aprovecharon para hacer excursiones, nadar en Ipanema, subir al Cristo… toda la religiosidad turística de Río. Edson prefirió quedarse en la piscina del barco y así las tres amigas pudieron disfrutarse.

   La salida desde Río fue una visión maravillosa, majestuosa ciudad achicándose en una inmensidad de mar y atardecer.

   Al día siguiente, la escala fue en Angas do Reis. Llovía tenuemente. Las tres amigas, bajo un paraguas, recorrieron la pequeña población, suspendida en el encanto colonial. Prodigiosos verdes, rojos y amarillos en su abundante vegetación, casas y castillos coloniales portugueses, callejas de piedra, mar. Para sentir más el encanto del lugar, cantaban a viva voz zambas argentinas. La engañera… Zamba de mi esperanza… quedaron flotando en aquella irrealidad. En lancha fueron a nadar hacia una pequeña isla. Ahí Edson la esperaba a Liliana y, colocándole una orquídea natural en sus cabellos que había cortado en la isla, se hicieron una promesa de amor. Todos festejaron.

   El barco emprendió el viaje hacia Bahía, el destino más ansiado. En los dos días de navegación, uno de los oficiales, Carlo, le hizo la corte a Elsie; otro, Vittorio, que oficiaba de maitre, a Silvana. Carlo era de rasgos delicados, de tez blanca, ojos grises, mediana estatura y mediana contextura física. Elsie sólo le aceptaba compartir una bebida, una charla y alguno que otro baile. Vittorio era muy alto, muy elegante, demasiado fuerte, demasiado vigoroso, muy morocho, de profunda mirada negra y de impecable ropa blanca. A Silvana la perturbaba mucho, por eso nunca le aceptó ni siquiera una copa.

   Bahía fue un destino magnífico, que pudieron compartir las tres amigas con Edson y Carlo. Paseos, baños en el mar, visitas a museos. Extravagante ciudad en dos niveles, que se salvan por enormes ascensores o un rústico trencito de montaña.

   Al atardecer del 31, el barco zarpó de Puerto. En medio de la mar, en la soledad de cielos y agua, se celebró el Año Nuevo. Fuegos artificiales duplicándose en las aguas, ulular de sirenas replicándose en otra nave allá a lo lejos, saludos, deseos, brindis, abrazos. Cuando Vittorio se acercó a saludarla, a Silvana le corrió un escalofrío y lo rechazó rápidamente. El miedo se apoderó de ella, sentía que él representaba un peligro muy grande, no lo quería correr. Al llegar de vuelta al camarote, la esperaba un obsequio: un exquisito perfume Dior, de sabor bien ácido como era su gusto y con una tarjeta de buen augurio escrita en italiano firmada por Vittorio. Hubiera querido que eso no pasase, volvió a sentir miedo. Mientras tanto Elsie disfrutaba de las galanterías de Carlo y Liliana del amor de Edson.

   Los siguientes fueron tranquilos días de navegación. En Río, Edson dejó el crucero. Se despidieron con lágrimas y promesas de reencuentro.

   El día siguiente, 5 de enero, noche de Reyes, las tres amigas regresaron a su camarote luego de los festejos en el Comedor y los salones. Una sorpresa las esperaba en la puerta: una enorme bota navideña, llena de golosinas y carbón. Rieron, se interrogaron sobre su significado, saborearon sus golosinas.

   Al día siguiente, Carlo les explicó que las golosinas eran el obsequio por sus buenas acciones y el carbón lo había colocado Vittorio en señal de la mala conducta de Silvana. Ella sonrió y sintió que sus barreras se derribaban. Por la noche Vittorio la agasajó, la cortejó, la envolvió en su seducción y Silvana lo aceptó. Fueron a su camarote e hicieron el amor. Fueron sólo dos horas de intensidad, requiebres, furia. Los dos sabían que era sólo ese momento y lo vivieron con toda la fuerza de sus años jóvenes y sus deseos tantos días escondidos.

   La mañana siguiente, 7 de enero, era el desayuno de despedida. Entre tortas exquisitas, frutos tropicales y buena música, el salón comedor era una excitación y una algarabía. Vittorio se acercó a Silvana, le regaló una arrogante rosa amarilla y le dijo al oído:

   –No nos olvidaremos…

   Silvana tembló, sabía que sería cierto. Pero sabía también que ese principio era un final.

   Elsie se despidió de su oficial con sonrisas y agradecimiento por los buenos momentos vividos y Liliana se abrazaba al muñeco bahiano que Edson le había regalado con la promesa de visitarla en Argentina.

Dos años después…

   La iglesia de la pequeña ciudad es una fiesta.

   Elsie, con su esposo, decano de una de las facultades en la que trabaja, está espléndida, con su vestido de noche, sus ojos almendrados profundos, su sonrisa simpática. Ese viaje por las cálidas aguas brasileras y las atenciones de Carlo, le habían dado seguridad. Por eso al regreso supo desplegar sus encantos para comenzar su relación con este compañero de trabajo que siempre le había atraído y que finalmente se convirtió en su esposo.

   En el altar, Edson con su traje blanco, su sonrisa franca, su felicidad, junto a su madre, espera a la novia. Liliana, que eligió para la boda un espléndido traje de encaje color champagne, sobrio, recto, que aviva su figura, está en viaje en el automóvil descapotable rumbo a la iglesia.

   Silvana llega con su padre. Baja del auto, se acomoda su sobrio vestido color orquídea. En un mecánico gesto, como tratando de eliminar pensamientos negativos y dudas, se acomoda el cabello que luce impecable en un recogido. Toma de la mano a su niña, de un poco más de un año, de profunda mirada oscura y cabello renegrido, que, vestida de blanco como una princesa, será la que lleve los anillos al altar. Se llama Victoria. Sí, es la hija de aquellas dos horas de amor. Es la niña que lleva la estampa de su padre, sus mismos ojos, su cabello y su nombre. Pero que no conocerá el amor de papá, ni sus caricias, ni su apellido.

   Por eso Silvana, ante cada Navidad, fiestas de Fin de Año y de los Reyes Magos, reproduce aquellos mismos temblores frente a una bota roja cargada de regalos.

   Es Victoria el regalo de una noche de Reyes, allá en alta mar, en las cálidas aguas de un azul intenso.

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Martes, 18 de Diciembre 2018 - 16:30
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Martes, 18 de Diciembre 2018 - 18:45
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Miércoles, 19 de Diciembre 2018 - 07:45
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5. Dos mujeronas, dos reinas, dos piratas

Westport, County Mayo, Irlanda – Westport House es, para el visitante que no investiga alguna cosa más, una especie de micro mini chirris Disneylandia con borregos de negro hocico pastando en la verde grama a la vera de algunos juegos infantiles, un ferrocarrilito, barcas de pedales, tenis, caballitos y —desde luego— atracciones piratas.

Digo desde luego porque este lugar tiene fama pirática. Pero no como los Piratas del Caribe de la auténtica Disneylandia sino por su raigambre auténtica en el noble y señero negocio de la piratería.

Al ojo del visitante parece que la feria pirática ayuda a mantener los gastos de una palacio que, como a fuercitas tenía que ser, es enorme, suntuoso y más propio del siglo XVIII en que fue renovado que del XXI en que lo visitamos.

Su ubicación es, desde lueguísimo, privilegiada (no sé por qué los grandes aristócratas encontraban sitios privilegiados para construir sus megamansiones): cerca del Atlántico y con acceso al mar, y además, abundancia de agua dulce, tierras fértiles, y en bellísimos lugares de esplendoroso paisaje. Era indispensable porque un gran señorón de Irlanda, Eoghan Dubhdara Ó Máille, tenía un próspero negocio de naves mercantes pero (según las malas lenguas) en realidad se dedicaba a la piratería.

Claro que es enteramente posible que en el siglo XVI un personaje muy potente se haya dedicado a usar sus barcos en ambos lados de la ley. Y claro también que, como siempre ha ocurrido, quien escribe la historia es el dueño de la verdad. Y la historia la escribieron los ingleses, que detestaban a la hija de ese señor; que en realidad, en sus tierras, era una reina.

Se llamaba esa hija suya Gráinne, que ha pasado a la historia como Grace O’Malley porque, aunque al parecer tan distinguida señora no hablara inglés, su nombre gaélico lo escribieron así los que escribieron su historia. Por lo visto era toda una mujer: de armas tomar, competente, apta, audaz, extraordinariamente inteligente y con todas las facultades para manejar y superar el negocio mercante de su padre, que él le heredó; y también recibió cuantiosos bienes de su muy rica madre. Supo ella aprovechar y acrecentar esos bienes, y acumular un tremendo poder.

En sus legados también estaba una serie de fortificaciones costeras, porque no se podía ser un buen navegante o buen pirata si no se protegía bien de sus enemigos. Y además, como señor feudal, cobraba peaje a quien quisiera pasar por sus tierras y también metía la mano en el bolsillo de quien pescara en esas costas o merodeara en ellas. Y sabía cómo obligar a pagar o a cobrarse a lo chino, pasara lo que pasara.

Vaya vida, con material para todo tipo de novelas y películas. Grace O’Malley se casó dos veces, una con un gran terrateniente con quien tuvo dos hijos y una hija. Al mayor de los varones lo mataron para poder quitarle un castillo. Y luego de morir su primer marido se casó con otro noble al que, una vez que le quitó a su vez otro castillo, se divorció y lo abandonó. “Richard Burke, I dismiss you!” le gritó desde las torres de su ahora apropiado castillo, que había tomado con quién sabe cuántas tropas. Sin embargo (aparte de dos hijos y una hija de su primer matrimonio) tuvo con él un hijo, que fue nombrado vizconde de Mayo por Carlos I de Inglaterra. Las tierras que se pueden visitar hoy siguen perteneciendo a ese linaje.

Estamos en tiempos de Isabel I, que había extendido sus dominios en Irlanda y no podía soportar competencia de esa estupenda irlandesa, que apoyaba además las luchas revolucionarias contra Inglaterra. Así, quién sabe si por consejo o de plano por orden de la reina, un noble inglés avecindado en Irlanda decidió secuestrar a sus dos hijos varones. Tan seria fue la cosa que Grace tuvo que ir a interceder por ellos ante la mera Isabel, quien la recibió en el castillo de Greenwich. Hablaron largamente en latín, porque la cultísima Grace no sabía o no quiso demostrar que sabía inglés, pero sí tuvo todo tipo de desplantes ante la reina, a quien no reconocía como soberana de Irlanda y por ello no se caravaneó ante ella; y le propinó otras ofensas como llevar un puñal escondido. Recuperó a sus hijos luego de una serie de mutuas concesiones que Isabel luego traicionó y desde luego Grace también; y al parecer ambas soberanas —de cierta manera, almas gemelas— murieron el mismo año, 1603.

Mi primera lectura sobre Isabel I, de niño, fue La reina mártir, de Luis Coloma, sobre la vida María Estuardo. A ésta le daba trato de santa, y a Isabel el de pirata (y claro que lo era, si sostenía entre otros al corsario Francis Drake y construyó su gran época dorada combatiendo y robando a España, aunque ni de chiste tanto como los ingleses presumen; Isabel sufrió, ante los españoles, mucho más derrotas que victorias). Es un libro escrito por un sacerdote español, que ninguna consideración puede tener por la peor archienemiga de España. Una de cal por las que van de concreto armado, que hasta el abuso ponderan en las series televisivas inglesas y en los libros de historia, todos ellos elogiando desmesuradamente a Isabel I. Hay que buscar un poco de equilibrio ¿no?

Sirva esa cortísima historia de una larguísima y riquísima vida de una mujerona que supo dar el quienvive a otra mujerona, nada menos que la mayor reina que ha tenido Inglaterra, para evocar cuánto puede ocurrírsele a una mujer que entre muchos otros castillos y torres vivió en un lugar, Westport House, que le sigue perteneciendo a sus descendientes directos (la familia Browne), y que visitan como 4 millones cada año.

Desde allí se mira con claridad el monte sagrado Croagh Patrick, en el mismo County Mayo. Un monte de agraciada forma puntiaguda casi perfecta desde ciertos ángulos, que vi cubierto de nubes, que mi ahijado ha escalado hasta la punta y que sirve como lugar de peregrinación. Ocurrió en ese simbólico monte una significativa historia, que trataré en mi próxima entrega.

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Miércoles, 02 de Septiembre 2015 - 16:00
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Notitas de un viaje del yang al yin: 4. Los cantiles del Todopoderoso

Cliffs of Moher, County Clare, Irlanda – En el oeste de Irlanda, las partes que miran al mar ofrecen vistas inmensas, variadas, a veces salvajes. Por algo la llaman algunos Wild Atlantic way si en los 1,600 km que mide la costa desde Derry, Irlanda del Norte, hasta la importante ciudad sureña de Cork.

En esa costa atlántica se puede practicar el surf y encallan naves víctimas de tormentas, se puede tomar el escaso sol sobre rocas o grava o arena, apreciar espectaculares vistas, vivir enamoramientos, hacer preciosas fotografías, animar películas, y apreciar algo inusual para el detestador del calor tropical que esto escribe: un mar frío, donde se agradece llevar bufanda y un sombrero o gorra de Donegal Tweed, mi lana favorita, fabricada en County Donegal, al norte de Irlanda.

Debo reconocer que ese clima, ese mar, ese viento frío que ataca mi cara y echa a perder el precario peinado que haya logrado conseguir en mi más que precaria cabellera, es el clima que más me cuadra. No sólo eso. Me identifico con mucho del carácter de Irlanda o Escocia, y de Inglaterra (salvo su política y sus grandes finanzas, hermanas siamesas feas e indistinguibles). Creo que, así como la Isla Esmeralda se equivocó de región al ubicar a esa gentilísima población irlandesa tan lejos del Mediterráneo, yo nací en un lugar equivocado donde abunda la gente a la que le gusta el calor. Mi querida patria tiene poco que ver con mi carácter. Numerosas veces me he preguntado por qué, o para qué, nací en México…

En esa zona atlántica vi por primera vez el Atlántico irlandés, en un balcón carretero que se asoma al mar cerca de Clifden, en Connemara, County Galway. Es un paraje evicador para el mejor guía que pudimos tener en Irlanda, país importante en la vida de un primo-sobrino, doble compadre, maestro, y sobre todo, amigo. Nos llevó él a Irlanda con dos de sus hijos, ahijados nuestros ambos y sacerdote uno de ellos, hijos de una dublinesa. Mucho de lo que pongo en esta pequeña ayuda de memoria de un viaje inolvidable cuyos detalles no quiero olvidar, se lo debo a ellos. No me pude haber imaginado mejor y más agradecible compañía para un periplo tan significativo como el festejo de 40 años.

Son paisajes donde se columbran escenas inmensas desde carreteras bordeadas de flores (es apasionante ver cómo en Irlanda abundan las flores, pequeñas, coloridas, delicadas, en los campos y especialmente en las ciudades), con juegos de sol y nubes especialmente apreciables para quien tuvo la fortuna de encontrar un clima fuera de serie, a veces hasta con algo parecido al calor.

En 1970 vi la buena película La hija de Ryan, de David Lean. Ocurre en 1916 en un poblado del County Kerry, al suroeste de la isla. Rosy Ryan (Sarah Miles) está casada con un aburrido maestro (Robert Mitchum) que ama la música de Beethoven pero su esposa se enamora de un mayor del ejército inglés, en un pueblo que detesta a esos invasores y apoya a la Irish Republican Brotherhood (IRB). La trama es lo de menos para lo que quiero evocar aquí: los paisajes y el jugo que les sacó el excelente camarógrafo. Recuerdo vivamente que el padre Collins (Trevor Howard) ver unos macizos de nubes que se abalanzaban sobre unos tremendos cantiles, y decía al presenciarlos “parece que estuvieran anunciando la llegada del Todopoderoso”.

Es buena idea pensar en el Todopoderoso cuando se aprecian ciertos paisajes irlandeses. No he vuelto a ver esa película pero bien pudo esa escena haber sido filmada en unas montañas que caen casi verticalmente al mar desde una altura que llega desde 120 hasta 214 metros sobre él; más que la Torre Latinoamericana. Y esos tremendos cantiles se alzan a ambos lados de un pequeño golfo de piedras rocosas y aguas multicolores. Imposible que los clavadistas de La Quebrada pretendieran una hazaña como echarse desde ellos, pues caen casi en vertical sobre el mar pero con destino en aguas llenas de rocas; a la entrada hay un monumento a las numerosas víctimas de los acantilados de Moher.

En una parte alta de esas montañas se alza una redonda torre de vigía, como varias que se ven en diversos puntos de la costa. Es una de las Martello Towers, sistema de vigilancia de las costas construido por los ingleses para protegerse de una invasión (fueron termiandas cuando temían la llegada del Adolf Hitler del siglo XIX, Napoleón). Todas ellas estaban suficientemente cercanas para poder mirarse de una a otras dos. Aparecen frecuentemente en los viajes cercanos al mar.

Y hablando de torres, en cualquier parte de este país aparece un castillo medieval o un palacio o las ruinas de una abadía, cuando no un monumento prehistórico megalítico con menhires o dólmenes. En el camino a Moher está el castillo de Dungaire, del siglo XVI, donde se ayudan para mantenerlo organizando comidas “medievales” donde seguramente sirven platillos muy interesantes pero con papas y jitomates, que en el medioevo no existían… No sé si esté siendo injusto en mi muy probable infundio porque los muy serios precios para tal atracción sin duda atraerán a los más insidiosos e incultos turistas: los chinos. Para unos viajeros como nosotros (no somos turistas, vámonos respetando), ese banquete resultaba prescindible.

Los castillos o palacios suelen bordear lagos a veces inmensos, o entradas de mar (rías o fiordos) a veces tan entrantes, hasta 30 km, que no es fácil distinguirlos de los lagos a menos que se pruebe si el agua es dulce o salada. Y lagos los hay en todas partes, con nombres en gaélico difíciles de retener.

Un notable palacio, enteramente victoriano, es el suntuoso Wylemore Abbey, en una región fértil de Connemara, County Galway. Mucho más bonito que el inmediato correlato que asalta a la memoria, el televisivo Downton Abbey. Éste está a las orillas del Pollacapall Lough (lago Pollacapall) con juncos en las orillas, aguas tranquilísimas y posibilidades sensacionales de fotografías que evocan una combinación de majestad yang con serenidad yin. Además el lugar está al pie de unas montañas altas.

Difícilmente podía concebir algo más suntuoso en Irlanda. Lo hizo un verdadero burgués, ese tal Mr Henry, a partir de 1867, cuando en México estaba siendo fusilado el emperador Maximiliano I (suceso que nada tiene que ver con un superpalacio inglés en Irlanda pero me gusta ubicar con referencias históricas).

Además de albergar 70 cuartos, 33 dormitorios y ¡4 baños, vaya costumbres higiénicas! el enorme terreno tiene una igual de enorme capilla neogótica de las que tanto gustaban en esa época, y un evidentemente enorme jardín victoriano, con todo y su Crystal Palace, género que se puso de moda en toda Europa a partir de la Gran Exhibición de 1851 en Hyde Park, Londres.

Esos grandes señorones ingleses no se andaban con modestias. Pero tampoco eran muy modestos a la hora de acudir al tapete verde, porque eventualmente Mr Henry le vendió su palacio al duque de Manchester y éste a su vez tuvo que venderlo para pagar deudas de juego. Ecos de mis recientes comentarios sobre Las Vegas y sobre ese gran aniquilador y redistribuidor de fortunas que son los juegos de azar, contra los que mi sabia madre hizo tan bien en prevenirme.

Eventualmente, luego de la gran tragedia de la Gran Guerra, que trastocó al mundo por todo un siglo, y ya con una Irlanda independiente, los monjes benedictinos tomaron posesión de ese palacio y allí siguen.

Hablaba de la suntuosidad en Kylemore Abbey pero no antes de ver el Ashford Castle, vecino a nuestro centro de control en la impecable, pequeña, caminable y amable ciudad de Cong. Colosalmente grande, de piedra muy oscura, con orígenes que van hasta principios del siglo XIII, y que a mediados del XIX compró nada menos que Benjamin Guinness, nieto de Arthur, ese gran hombre que desde 1770 se convirtió en benefactor de la humanidad como fabricante de la mejor cerveza del mundo (un producto tan bueno, que varios irlandeses dan ese black stuff como alimento a sus hijos, y madres embarazadas la beben para que su hijo salga más rollizo y saludable). Ese prohombre hizo un castillo realmente espectacular, grandísimo y lleno de plantas y árboles variados, con ese empeño naturalista que caracterizó a la cultura victoriana. Un verdadero latifundio, con pastos delicadísimos y a las orillas del Lough Corrib, muy cerca del Lough Mask. Esta fértil región está tapizada de lagos.

Conservan tal lujo los nuevos dueños del Ashford, hoy hotel de quién sabe cuántas estrellas adonde llegan pequeños cruceros fluviales recibidos por un gaitero escocés y atendidos por ujieres de librea verde que se deben sentir como monos de circo (de los que prohibió el egregio Partido Verde) al ser retratados por los visitantes. Por módicos superprecios estás disponible para hospedarse allí, o para tomar un high tea a partir de las cuatro de la tarde.

Frente a tal lujo conviven los restos de la abadía de Cong, que data del siglo XIII, con sus parques y puentes y entrantes de agua, y especialmente algo que jamás había visto: en una como islita sobre el río, y comunicada por un puente de dos inmensos bloques de piedra, una cabaña de piedra con un par de pequeñas ranuras en el suelo sobre el río, para que los ermitaños o monjes que la habitaban pudieran tirar una línea y desde allí obtener su alimento y cocerlo en un espacio donde había un quemador para leña con su chimenea. No debe haber sido por flojos sino para que la salida al mundo, y al frío, no los distrajera de sus oraciones. Vaya contraste de esa primaria y primigenia modestia monacal, con la suntuosidad de los castillos y fortalezas que merodean en el vecindario.

En la pequeña Cong, en 1950, ese vaquero con horrible acento texano llamado John Wayne filmó con Maureen O’Hara la película The quiet man, que hasta su museo tiene, y una escultura de bronce del Wayne descendiente de irlandeses cargándola. Todo eso, rodeado de lo que abunda en paredes y banquetas y puentes y comercios y parques de toda ciudad chica o grande o mediana de Irlanda: macizos de pequeñas flores multicolores, perfectamente cuidadas y mantenidas, en macetas sobre la calle, en las entradas de las tiendas, o colgadas de atriles de fierro de pubs y de restaurantes y hasta de gasolinerías. Flores y flores y flores, y después de esas flores, más flores.

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Lunes, 31 de Agosto 2015 - 18:00
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3. Irlanda, país afín a Méjico

Spanish Point, County Clare, Irlanda – Dublín sólo nos sirvió como puerta de acceso a la Isla Esmeralda; así fue de limitado nuestro contacto con la capital donde vivió un día de su vida Leopold Bloom, el 16 de junio de 1904, que reporta la novela germinal y extraordinaria del tremendo escritor James Joyce (no he podido terminar de leerla). Una ciudad con relativamente pocos atractivos, que no dice mucho de la riqueza de este pequeño pero grandioso país, aparte del Trinity College y unos edificios cerca de él, un bonito río, un parque inmenso, puertas espectaculares en las casas... Un gran atractivo es la fábrica de Guinness, que para mi gusto es la mejor cerveza del mundo. (Muy de cerca está el stout Murphy, y la rojiza Smithwicks.)

Había pisado Irlanda sólo una vez, hace 13 años. Y únicamente Dublín, ciudad que no me pareció tan interesante como típicamente son las capitales europeas. Vine acompañando a mi padre a un congreso de vexilología (rama de la heráldica que estudia las banderas). Al fin de ese viaje, el penúltimo de su larga vida, sólo por un día hicimos un paseo en coche por los bellísimos alrededores de Dublín.

A mi padre Teodoro (1908-2007) le bastó esa semana, y especialmente ese día de paseo, para quedar enamorado de Irlanda, que pisaba él también por primera vez. Quedó tan prendado de ella que preparó una conferencia (la última de su existencia) llamada “Irlanda, país afín a Méjico” en Condumex.

Hablaba en ella, destacadamente, del Batallón de San Patricio, de 175 soldados, compuesto principalmente por irlandeses católicos obligados por el ejército de Estados Unidos a entrar a las fuerzas invasoras de nuestro país en la inicua guerra de 1846-1848, que nos hizo perder “la mitad más grande” de nuestro territorio. Se escapaban ellos de su patria en la peor fase de la hambruna y los recibieron los gringos, al recién desembarcar en Ellis Island, con promesas de tierras y dinero si se alistaban en el ejército. Así, siendo católicos, acabaron peleando contra mexicanos que estaban siendo invadidos por una potencia vecina de religión protestante. ¿No estarían recordando cómo su patria había sido repetidamente invadida por una potencia militar y económica muy cercana, que ferozmente atacaba su fe?

Claro. Los indignados San Patricios desertaron de ese ejército de protestantes al que veían pelear injustamente contra un pueblo más débil, y que siendo católicos, hasta sus creencias religiosas combatían al obligarlos a participar en rituales protestantes.

Era natural que desertaran esos combatientes comandados por John Patrick O’Riley. Éste recibió como castigo 50 latigazos, y la marca D de desertor con fierro candente en la piel. E incumpliendo las leyes de la guerra entonces vigentes, colgaron a los desertores en vez de fusilarlos. A 50 de ellos de un jalón, en el mayor ajusticiamiento en masa que ha hecho el ejército de Estados Unidos en su historia. Todo ello, luego de un juicio imposiblemente más irregular y sesgado. La mayor parte de ellos fue ahorcada el 12 de septiembre de 1847, 30 de ellos al momento de izar la bandera de las barras y las estrellas sobre Palacio. A uno, la víspera le habían amputado ambas piernas por heridas en combate. Vaya manera de expresar odio de esos invasores. El Batallón de San Patricio figura entre los héroes nacionales, y éstos sí que se lo merecen (a diferencia de tantos “héroes” esculpidos en bronce).

Hablaba también don Teodoro de las numerosas familias descendientes de irlandeses que han enriquecido a México. Por sólo mencionar a uno, el último virrey de Nueva España —Juan O’Donojú— en realidad se apellidaba O’Donohue y O’Ryan.

Todos conocemos el cartón de Abel Quezada de 1974 que dice: “Estando Dios haciendo el universo, llamó a su ayudante y le ordenó: ‘A este lugar me le pones mucho oro, mucha plata, mucho uranio, mucho petróleo, mucho mar, bellas montañas, hermosos ríos, extensos campos para el ganado y la agricultura, y enormes bosques.’ El ayudante, sorprendido, le dijo: ‘Pero señor: ¿no crees que es demasiado? ¿No crees que es injusto darle a esta región más que a otras?’ Y el señor respondió: ‘No te preocupes: para que se empareje vas a ver la clase de habitantes que le pongo.’ Y le puso a los mexicanos.”

Me contaron un correlato irlandés: el Padre Eterno había ordenado fabricar un país maravilloso, fértil, con magníficas tierras de pastoreo para la mejor lana y carne, depósitos carboníferos y minerales, lleno de peces y agua purísima, con fiordos, cantiles, lagos y paisajes como para apantallar a cualquiera. Y además con un pueblo industrioso, gente de carácter abierto, sencilla, buena, generosa, simpática, musical, amabilísima. El mismo ayudante le reclamó: “Pero señor: no crees que es demasiado? ¿No crees que es injusto darle a esta región más que a otras?” Y el señor respondió: “No te preocupes: para que se empareje vas a ver la clase de vecinos que le pongo.” Y le puso a los ingleses.

Hasta en los más significativos chistes es México afín a Irlanda.

En un claridosa visión, Agustín Basave (embajador de México en Irlanda de 2001 a 2004) la ha definido como una masa de tierra encallada en el lugar equivocado, cuando tendría que haber estado pegada a Italia o a España; arrancada del Mediterráneo, lugar idóneo para un carácter tan cálido y festivo, hospitalario y abierto como el de los irlandeses, cercanos al alma latina. Muy yin, agrego yo. Y recibió ese lugar mal ubicado la pésima suerte de ser constantemente invadido: por vikingos y normandos primero, y luego, por los anglos que tienen a la derecha en el mapa de la condena geográfica.

No cabe duda: México es afín a Irlanda, pero desgraciadamente, no en todo. En una entrega posterior hablaré de las diferencias importantes que veo con México, y especialmente, con los mexicanos.

Al menos, Irlanda ha encontrado un aliado más afín a ella dentro del entendimiento de Basave, también enconada enemiga de la desde tiempos romanos apodada Pérfida Albión, por la impresión que daban desde Francia los albos acantilados de Dover al otro lado del Canal de la Mancha (Canal Inglés, según ellos). Fue ese amigo de los irlandeses, desde luego, la católica España.

Hago una pequeña digresión: España siempre derrotó a Inglaterra, salvo cuando la Armada Invencible fue vencida por los elementos de la naturaleza (la suerte le tocó a Isabel I) y en Trafalgar, cuando la parte francesa de la escuadra franco-española no supo pelear competentemente; hasta el almirante Nelson y la Royal Navy elogiaron la conducta de la vencida España pero no ensalzaron la de Francia. Donde España ha sido irremisiblemente vencida es en la historia, pues siempre los historiadores, novelistas, cineastas y programadores de tv han ponderado exageradamente las victorias pero callan las mucho más numerosas derrotas sufridas por ellos a manos de España y no hablan de las hazañas náuticas españolas. Pésima publicidad ha dado España a triunfos como el importantísimo de Cartagena de Indias (1741), donde Blas de Lezo defendió en definitiva a todo el continente americano de una invasión inglesa; o los sonoros triunfos de la Armada Invencible. Todo el mundo conocería de ellos si el vencedor hubiese sido inglés. España ha perdido siempre en la publicidad.

Regreso a Irlanda. Cuando la Armada Invencible tuvo que rodear las islas británicas en su fallida campaña de 1588, siempre acosados por las borrascas, 24 barcos encallaron en la costa oeste de Irlanda. La mayor parte de los marinos, unos 5,000, encontró pronto la muerte allí, ejecutados por los soldados ingleses que estaban posesionados de la isla. El lugar se llama Spanish Point. La playa es bonita, socorrida por bañistas practicantes del surf, y está allí el más antiguo de los abundantísimos campos de un deporte barato y muy popular, el golf. Quién sabe cuántos deportistas sepan que ese lugar se llama así por la desgracia que sufrieron las tropas enviadas por Felipe II a combatir a los hombres, no a los elementos de la naturaleza.

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Miércoles, 26 de Agosto 2015 - 19:30
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La ajetreada agenda del Papa Francisco

La agenda del papa Francisco, como de costumbre, pero quizá un poco más en esta ocasión, está saturada. El próximo sábado 6 de junio, el Papa estará en Sarajevo, capital de Bosnia Herzegovina, ciudad con mayoría bosnia y musulmana, a la que se suman dos comunidades cristianas: la ortodoxa serbia, que es mayoritaria, y la católica croata, que apenas representa el 15% de la población.

Pero antes de ir a Bosnia, Francisco se entrevistará esta semana con las presidentas de Chile y Argentina, así como con los presidentes de Venezuela y Colombia. Esto es relevante porque el 5 de julio iniciará la gira apostólica por América Latina. Visitará Bolivia, Ecuador y Paraguay y regresará a Roma el 13 de julio. El problema es que hay un conflicto a la vista en el que al Papa se le atribuye un interés particular, que desde el punto de vista institucional, no tiene por qué serlo.

Y el pasado jueves 28, el Papa se reunió al ex presidente uruguayo José Mújica, quien había anticipado que hablaría con el pontífice de "la dificultad de integración entre todos los países latinoamericanos". Esto, si bien genérico, alude a un conflicto actual: la salida al mar que Bolivia le pelea a Chile casi desde la independencia.

Desde hace siglos, la Santa Sede como actor internacional ha sido mediador en conflictos fronterizos; entre 1979 y 1980, medió entre Chile y Argentina con respecto a la posesión del Canal de Beagle, lo que evitó una guerra en ambas naciones.

Ahora el papel mediador de la Santa Sede está siendo cuestionado porque ahora parece haber un conflicto de interés, que no tendría que serlo, excepto por la susceptibilidades nacionalistas que existen en el cono sur, en específico entre argentinos y chilenos, mismas que tocan de cerca la credibilidad del Papa Francisco en la mediación entre chilenos y bolivianos por la salida al mar.

El caso es que la presidenta Michelle Bachelet y su gabinete están preocupados porque la gira papal sea instrumentalizada para que se dé un laudo internacional en favor de que se le dé a Bolivia salida al mar y probablemente éste sea un tema que abordará en su visita al Vaticano.

El presidente boliviano, Evo Morales, desde diciembre aseguró que la visita papal será exclusivamente pastoral y que los chilenos estaban un tanto paranoicos porque no habría ningún intento por solicitar la mediación pontificia. Pero el tema, por la parte chilena, sigue vigente y el viernes cinco se sabrá qué pasó, si el Papa mediará en favor de Bolivia - como creen los chilenos, en una estrategia que parece haber sembrado el gobierno en medio de la crisis que vive - o si declinará por un conflicto de interés, simplemente por ser argentino de nacimiento.

Lo que me parece es que los chilenos no entienden que no entienden que el Papa ya no es un nacional argentino nada más, sino el líder de mil millones de católicos… y que, en caso de participar, se tendría que ajustar a las normas del Derecho Internacional.

El caso es que el próximo fin de semana estará agitado, pues el Papa recibe el viernes a la presidenta chilena, el sábado va a Bosnia y el domingo recibe por la tarde a Cristina Fernández de Kirchner - séptimo viaje que la presidente argentina hace a Roma para, suponemos, contarle sus cuitas y obtener el consejo papal de primera mano -; por la mañana, Bergoglio se reunirá con Nicolás Maduro, en lo que espera una entrevista ríspida por la situación de los líderes opositores, aunque realmente el que está llevando el tema es el cardenal Parolin, quien antes de ser secretario de Estado fue nuncio en Venezuela, así que conoce a cabalidad la situación. Con toda probabilidad, tanto el Papa como Parolin abogarán por los opositores al régimen y le darán alguno que otro “coscorrón” a Maduro …

Por otra parte, el Papa Francisco llevará a los Balcanes, en su octava gira internacional, un mensaje de reconciliación y tolerancia para la convivencia pacífica y el diálogo interreligioso en Sarajevo, ciudad que todavía sufre los estragos de la guerra librada entre 1992 a 1995. Sin duda, uno de los daños colaterales de la caída del Muro de Berlín, pero las raíces del conflicto se hunden en los siglos de dominación turca y la posterior adscripción a uno de los imperios más multinacionales que han existido: el austro-húngaro.

La visita papel es más que nada simbólica y busca fortalecer el diálogo ecuménico e interreligioso que ha sido tan difícil en esa zona durante los últimos 25 años.

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Lunes, 01 de Junio 2015 - 18:00
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De 1620 - Zarpa el buque Mayflower con 102 peregrinos

Zarpa del puerto inglés de Plymouth el buque Mayflower capitaneado por Mr. Christopher Jones, con 102 peregrinos declarados ilegales de una secta religiosa que critica a la iglesia Anglicana e intenta purificar y renovar las iglesias protestantes. Los puritanos, que fueron los que partieron de Plymouth, aplicaban una filosofía aún más radical respecto a las leyes de la Iglesia anglicana, incluso con más fervor que los calvinistas. Los peregrinos buscaban crear una nueva Jerusalén y purificar así la religión anglicana de los males que la aquejaban. Tras 77 días de viaje desembarcarán en lo que hoy es Plymouth, en Massachusetts, EE.UU.

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Miércoles, 06 de Septiembre 2017 - 09:40

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