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vecindad en mexico

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Cartas a Tora CLXII

Querida Tora:

Hay una señora, la del 8, que vive sola en compañía de su perro. Más que perro, es flor. Se llama Orquídea (Es hembra, y eso explica un  poco las cosas).  No sabes la cantidad de ropa que tiene el animalito. Ella misma se la hace: le toma medidas, busca las telas más apropiadas para el modelito que se le ocurrió, le cose y le prueba hasta que el vestido le quede a la perfección; luego le compra accesorios, mascadas, pashminas y hasta joyas. Leíste bien: joyas.  Claro que no son piedras preciosas; son de plástico, pero dan el gatazo (esto no tiene nada que ver con los gatos, osease, conmigo; pero así se dice).

Pues fue el cumpleaños de la perrita, y la señora le organizó una fiesta, a la cual invitó a todos los perros de la vecindad; menos al del 59, que es muy corriente y siempre anda sucio. Llegaron todos muy acicalados, aunque ninguno llevaba vestido ni traje, porque sus dueñas no quisieron gastar en eso (bastante era tener que llevar el regalo para la festejada).

Ese día, la del 8 llevó a Orquídea al salón de belleza para que le tiñeran el pelo y le hicieran unas luces de color castaño en la zona de la cabeza.

Hubo carreras, juegos de habilidad y destreza (todos los ganó la perrita del 8 que, por lo menos, está muy bien  educada). Los otros perros se negaban a obedecer y, cuando mucho, ladraban a destiempo. La comida fue un verdadero banquete: Croquettes de Agneau au Vieille Paris, Croquettes au Vin Blanc, Croquettes au Vin Rouge (imagínate cómo se pusieron todos) y, de postre, Gateau (tampoco tiene que ver conmigo) au l’Orange  (si tengo faltas de ortografía, así estaban en el menú que circuló esa tarde y que todas las viejas se llevaron de recuerdo. La del 37 lo enmarcó  y lo colgó en la sala). Y una pequeña orquesta de cuerdas armonizó el evento.

Claro, toda la vecindad salió a participar de la fiesta (se hizo en el patio, a pesar de la oposición del portero): Y todos los habitantes de la azotea, incluídos los humanos que allí viven, nos asomamos a ver. Todo iba de maravilla, hasta que el perro del 59 saltó  por la ventana (lo habían dejado encerrado, para que no incordiara) y se robó una Croquette. No sé si fue por efecto del vino que esta contenía, pero se puso como loco: empezó a saltar, a morder a los invitados (ante el espanto de todas las viejas), a ladrar como si le fuera en ello la vida y, finalmente, a lamer a la festejada. ¡Hubieras visto cómo se puso la señora del 8! Empezó a darle de escobazos, pero el animal no cedía. Y lo peor era que la perrita parecía muy contenta, Cuando la señora del 8 logró darle una patada que lo lanzó al extremo del patio, ella corrió a lamerle los raspones. La dueña se desmayó, pero despertó al ver que la perrita no se apartaba de “aquel patán”. Y cuando los vio encaminarse hacia la puerta de la calle gritó para llamar a la policía y a los bomberos para que los detuvieran. Por supuesto, ninguna de las corporaciones acudió, y tuvo que salir ella a corretearlos por la calle. Pero los animales eran mucho más veloces que ella, y pronto la dejaron atrás.

La pobre mujer cayó en cama, y las vecinas se turnaban para atenderla. El portero se presentó, un día para decirle que se alegraba de lo sucedido, y que nada hubiera pasado si le hubiera hecho caso. Todas lo abuchearon, pero él se fue tan orondo. Por fin llamaron a un cardiólogo, que le recetó un reconstituyente, y la señora logró abandonar la cama.

Así pasó una semana, durante la cual la señora dejó de comer y lloró de las seis de la mañana a las ocho de la noche. (después no, porque empezaba su tele-novela, y necesitaba distraerse un poco y, por fin, Orquídea regresó. ¡Pero en que estado! Ya no era una flor, era un cardo pinchurriento. Del magnífico vestido de organdí quedaban unas cuantas hilachas; las luces de color castaño estaban más negras que el alma de un político, los ricitos que le hicieron a los lados de las orejas eran mechones lacios y disparejos; y el coqueto sombrerito parecía tamal podrido. Pero eso sí, venía muy contenta.

La señora le perdonó todo, la bañó, la llevó a que le hicieron un ondulado permanente y la tiñeran de rubia platino, le hizo nuevos vestiditos y la sacó a  pasear. Las vecinas decían con sorna “a ver si no le sale dentro de unos meses con unos bastarditos”.

Pero no. La del 8 la había mandado operar tiempo atrás. Se conoce que ya había tenido experiencias similares en el pasado.

Bueno, mi amor, hasta la próxima.

Te quiere

Cocatú

Fecha: 
Viernes, 10 de Enero 2020 - 09:00
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Fecha B: 
Viernes, 10 de Enero 2020 - 11:15
Fecha C: 
Sábado, 11 de Enero 2020 - 00:15
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Cartas a Tora CLVI

Querida Tora

Ya te he dicho que en los cuartos de azotea viven un montón de muchachos, ¿verdad? Hay uno que siempre anda tomando fotos “para practicar y convertirse en fotógrafo profesional”. Pues un día se puso a fotografiar a sus vecinos de cuarto a través de las rendijas en las paredes. (Los cuartos son de tablas y cosas así) y fotografió el portero en plena acción erótica con la señora del 44.

El chavo (no lo vas a encontrar en el diccionario galáctico, pero te lo imaginas, ¿verdad?) esperó un momento oportuno y le enseñó la foto al portero. Este se puso hecho una furia y le exigió que se la entregara. El muchacho dijo que sí, con la condición de que le diera un departamento vacío que hay, sin cobrarle renta durante toda la vida. El portero lo amenazó con  todas las represalias posibles, pero tuvo que darse por vencido. Por supuesto, el portero no es el dueño del departamento, pero para los efectos, es como si lo fuera, porque la dueña no se ocupa de esas cosas y le basta con  que le manden un dinero todos los meses.

Al día siguiente, ya estaba el chavo en su nueva casa. A mí me extrañó, la verdad, que el portero hubiera cedido tan fácilmente, y me fui a espiarlo (se oye feo, pero es la realidad). Estaba con sus guaruras, diciéndoles que le iban a dar al muchacho unas mascotas para que se entretuviera. Los guaruras protestaron: “corren mucho”, “a mí me dan asco”, “son muy sucias”, etc, etc.; pero no les valió de nada, y salieron con malas caras a cumplir la orden.

Dos días después, aprovechando que el chavo había salido, abrieron una ventana y vaciaron en el departamento el contenido de unas cajas, ¿y sabes lo que era?  ¡Exacto! Cucarachas. Los animalitos cubrieron el piso y las paredes. Cuando el chavo llegó, casi se desmaya. Empezó a pisarlas con entusiasmo, pero no pudo con ellas, y tuvo que llamar a sus amigos de la azotea. Se estuvieron toda la noche matando bichos, pero por la mañana sacaron varias carretadas de cucarachas.

El portero insistió, y dos días después le llenó la casa de moscas. Estas son más difíciles de pisar, y tuvieron que recurrir a aspiradoras para eliminarlas. Los aparatos se obstruyeron con tanto cadáver apachurrado de insecto, y se las tuvo que pagar a quienes se las habían prestado.

El chavo se dio cuenta de dónde provenían los ataques, y juró que no se saldría con la suya. Estuvo varios días sin salir; pero en una ocasión que subió a la azotea, al volver encontró el departamento lleno de…¿qué crees? ¡De arañas! Con eso sí que no pudo, porque “no soporta la idea de que tantas patitas caminen sobre él”. La realidad es que le dan miedo, pero eso nunca lo va a confesar.

Así que el chavo se fue del departamento y de la vecindad, porque no pudo hacer nada contra el portero. Al tomar posesión de la vivienda, este le exigió que borrara la foto de su celular y él accedió gustoso, envanecido por su triunfo. Buscó una vecindad muy alejada donde no lo fueran a  seguir los animales (en realidad temía al portero, pero ésto tampoco lo va a confesar nunca, porque  sé las da de muy bragado) y se quedó imaginando una venganza, pero hasta el momento no ha hecho nada.

El portero ordenó a sus guaruras limpiar la vivienda. ¿Cómo? Como pudieran. Ellos protestaron pero, como de costumbre también, el portero no cedió y les dio tres días  para sacar a los animales “antes de que se pasen a otras viviendas y se me vayan los inquilinos”.

Los muchachos pasaron dos días cavilando, ofreciendo soluciones al problema. Uno propuso entrar con planchas de acero para aplastarlas en bonches (tampoco la vas a encontrar. Más o menos significa “cantidad”) pero resultaba poco práctico. Otro sugirió hacer una hoguera para que las ahuyentara el humo o se quemaran todas; pero eso resultaba peligroso para ellos mismos, y hubo que desecharla. Pero del fuego se derivó la idea de la gasolina, y eso fue lo que hicieron: entrar con baldes de gasolina y bañar piso y paredes para matarlas “por asfixia o abrasión” (es que no saben lo que ”abrasión” significa).

La vivienda tuvo que estar cerrada varios días, y luego la lavaron muchas veces de arriba abajo, hasta con lejía. Pero quedó algo del olor, así que tardó mucho en alquilarse nuevamente. Pero el portero quedó muy contento (al fin que no era él quien perdía dinero). Bueno, estaba tan contento que esa noche nos pasó una película vieja llamada “Yo Quiero Ser Tonta”, que divirtió mucho a todos. Y como al final a la protagonista le iba muy bien, todas las viejas salieron diciendo “Yo también quiero ser tonta”.

No te canso con más cosas de por aquí. Salúdame a tu mamá. Sí, aunque no me haya contestado el saludo del otro día.

Te quiere

Cocatú

Fecha: 
Viernes, 22 de Noviembre 2019 - 09:00
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Fecha B: 
Viernes, 22 de Noviembre 2019 - 11:15
Fecha C: 
Sábado, 23 de Noviembre 2019 - 00:15
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Cartas a Tora CLVI

Querida Tora:

Fíjate que los vecinos se acordaron de que el hoyo en el patio seguía descubierto y empezaron a murmurar. El del 37, que es muy broncudo, dijo que debían ir a exigir al portero que lo cubriera, porque era muy peligroso. Los ánimos se caldearon un  poco y ya se estaba formando una comisión para presentar la queja.

Los guaruras fueron corriendo a decirle al portero lo que pasaba; y este, que estaba muy ocupado con la Flor, dijo que había que entretenerlos con algo. No tardó en surgir una idea (del guarura guapito, por cierto) consiste en hacer un concurso de bebés. Y antes de que la comisión acabara de formarse salió la convocatoria. Los vecinos se entusiasmaron, y corrieron a  acicalar a sus bebés, porque el concurso sería ese mismo día, en la tarde.

No sabes el ambiente tan festivo que se armó. Desde las dos de la tarde (el concurso era a las cuatro), ya estaban todas las madres con sus retoños en el patio, impacientes y alegres. Y a la hora en punto aparecieron el portero y la Flor (en su papel de juez absoluto) a poner en marcha el concurso.

Hubo varias categorías. En la de bebés que ya caminaban hubo muchos concursantes, pero ninguno llegó a la meta, porque todos se distraían y se iban a jugar con los perros o los gatos que estaban en el patio. A mí me atrapó el del 37,  que es igualito a su padre, y me dio una soba que ni te acuerdes. Nada más porque yo no quise arañarlo ni morderlo (al fin es un bebé), pero en cuanto pude arañé al papá.

La categoría de “Gateantes y Reptantes” estuvo muy divertida, porque tropezaban unos con otros, se amontonaban, se peleaban, se pegaban y manoteaban al mismo tiempo. Hubo que separarlos por la fuerza.

La de “Bultos con Patas” fue la más peliaguda, aunque todo lo que tenían que hacer era descubrirlos para que vieran cómo movían las piernas. Yo creo que todos eran iguales; sin embargo, hubo una selección muy rigurosa. Ahí se dio un incidente que estuvo a punto de estropearlo todo, porque el bebé más chico del 37 (¿quién, si no?) le dio un patadón al guarura que lo estaba calificando que le puso un ojo moro, y hubo que llamar a la enfermera para que le pusiera un bistec en el ojo y le bajara la inflamación. A ese lo descalificó enseguida; pero al ver la expresión de la madre y de toda la familia, le retiró el castigo.

Llegó el momento del fallo, recibido con porras y gritos de “¡Adelante, bebé!”, “¡Tú puedes!”, “¡Hazle honor a tu familia!” El portero estaba lívido, pensando que los perdedores lo iban a linchar. Pero la Flor, que es tan lista, dijo que todos los bebés merecían el premio. Eso ya estaba preparado, a mí que no me digan, porque inmediatamente sacaron unas paletitas y les dieron una a cada bebé. El del 37, que le tocó de chamoy, la escupió y hasta la vomitó, sin  tener en cuenta “La urbanidad y cortesía que exigía un momento tan solemne”, según dijo el portero. Y a todos se les dio un diploma por “El entusiasmo y el civismo demostrados en la gran fiesta (así, con la repetición tan horrible) de ese día”.

Todas se fueron felices a sus viviendas, y enmarcaron los diplomas. La del 37 lo colgó en la puerta, para que todos los que pasaran por el pasillo lo pudieran ver, y dejaran de decir que “sus bebés eran unos monstruos insoportables”. Allí estuvo el diploma, hasta que la lluvia y el viento lo destruyeron. Pero para entonces, los bebés ya habían pasado a la siguiente etapa de su evolución.

Y tú, ¿cómo has estado? ¿Le diste mis saludos a tu mamá? ¿Qué te dijo? Nomás gruñó, seguro. Conste que yo estoy haciendo lo posible porque me quiera. Pero si no lo logro, vas a tener que escoger entre ella y yo. Pero eso será cuando regrese, no te preocupes. Por lo pronto acuérdate que

Te quiere

Cocatú

Fecha: 
Viernes, 15 de Noviembre 2019 - 10:05
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Fecha B: 
Viernes, 15 de Noviembre 2019 - 12:20
Fecha C: 
Sábado, 16 de Noviembre 2019 - 01:20
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Cartas a Tora CXLVII

Querida Tora:

El otro día ocurrió algo que no sé cómo calificar, pero que estuvo a punto de provocar un estallido social (Estoy exagerando, pero así se las gastan a veces los periódicos de aquí).

Hay una señora, la del 17, que se las da de muy fina y, si me apuras, hasta de aristócrata. Qué hace viviendo en esta vecindad, no lo sé; pero siempre está hablando de sus parientes los condes de Tal Por Cual y los Marqueses de Chundarata y los Corcuera y de la Lama y otros por el estilo. Se viste algo mejor que las viejas de aquí; pero a mi me consta que se pasa las mañanas levando y fregando la ropa y las tardes cosiendo y modificando sus vestidos (Como si las otras no se dieran cuenta de que les pone un encajito o un  cuello de piqué o un colgajo de gasa en algún lado. Buenas son todas para esas cosas).

Un día quiso demostrar su aristocracia comprándose un perro. Una porquería de perro: chiquito, encanijado, flaco y medio tuerto; pero de la raza “French Poodle”, que es la que tienen las artistas de cine. Lo llevó al salón de belleza para perros e hizo que lo pelaran a la última moda, lo bañó muy bien,  le puso un moño colorado y una corbata (Especial para perros de raza) y lo sacó a pasear, feliz de la vida.

El perro, al verse así arreglado, se contagió de los humos de grandeza de su dueña, y a todos nos miraba por encima del hombro, con desprecio sutil, pero no por eso menos ofensivo. Y bravero como ninguno, pues a todos nos ladraba en forma muy agresiva. A los pocos días, ya era el animal más odiado de la vecindad (Por encima de ratas y cucarachas, ¿te imaginas?)

El caso es que un día la señora fue a visitar a la del 20, que es más o menos su amiga. En el momento en que entraron, en la televisión apareció un león. ¡Y allá va el infeliz perro a ladrarle con verdadera furia! Pero en ese momento el león abrió la boca y rugió. El perro se paró en seco y luego se desplomó.  Infarto al miocardio, dijo la enfermera cuando lo examinó.

Aunque no fue tan fácil. Cuando la llamaron, la enfermera dijo que ella no atendía a animales. La señora le ofreció una compensación por su trabajo, y la enfermera puso mejor cara. Pero le pareció poco lo que ofrecía. Y estuvieron unos minutos regateando, hasta que la enfermera sonrió y se acercó al perro con mimos y caricias. Pero enseguida se levantó, diciendo que no había nada que hacer.

La señora la llamó asesina, arguyendo que durante el regateo había fallecido su “Puchi” (Así se llama, ¿Por qué? Misterios del alma humana). Ella contestó que la muerte había sido instantánea, pero a la señora no le bastó con eso, y empezó a decir que lo había matado por envidia, porque ella era incapaz de tener un animal tan bello y elegante. La enfermera le dijo que era una estúpida, que todo lo tasaba en dinero. Terció la amiga, pidiendo paz, pero se llevó dos bofetadas (Una de cada una), y salió corriendo a pedir auxilio.

Llegaron un montón de vecinos (Que siempre están pendientes de las novedades que ocurren), y unos tomaron partido por la del 17, otros por la enfermera, algunos por la del 20 y otros por el portero, quién sabe por qué, y estuvieron a punto de llegar a las manos (Y a los pies, que los hay bravos también).

Total, tuvieron  que intervenir los guaruras para separarlos. Y aún al irse, la del 17 iba gritando que le tienen envidia porque ella es de mejor clase que todos, y que se va a ir de la vecindad, porque allí no la aprecian.

Pero no se ha ido, Es que la pobre vive con una pensión chiquita que le dejó su marido, y no le alcanza para más. A mí me da lástima a ratos, pero sólo a ratos, porque cada vez que me acuerdo de su porquería de perro, me hierve la sangre. Ya me estoy haciendo como ellos. Pero no te preocupes, que no lo voy a permitir.

Te quiere

Cocatú

Fecha: 
Viernes, 06 de Septiembre 2019 - 13:00
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Fecha B: 
Viernes, 06 de Septiembre 2019 - 15:15
Fecha C: 
Sábado, 07 de Septiembre 2019 - 04:15
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Cartas a Tora CXLVI

Querida Tora:

Lo que te voy a contar sucedió porque el portero estaba de vacaciones. Y no lo digo en elogio suyo; porque si hubiera estado aquí, tal vez hubiera sido peor. Por lo menos, distinto.

¿Te acuerdas que con la “remodelación” del Seguro Vecinal trajeron una planta que curaba muchos males? La de marihuana, sí. Pues mucha gente empezó a pedir ese remedio; y la enfermera, ni tarde ni perezosa (como se dice por aquí) la empezó a repartir. Había verdaderas colas pidiendo el remedio, y yo llegué a temer que se hubiera declarado una epidemia de algo en la vecindad. Pero me acerqué a investigar, y me di cuenta de lo que pasaba.

La enfermera se pasó de lista y empezó a vender los cigarritos (Ya había aprendido a liarlos). La cosa fue tan grave, que vendió toda la planta, incluidas las raíces. Pero la demanda seguía, y entonces hizo los cigarros con hojas de ruda. Pronto se le acabó la ruda que tenía, y empezó a recolectar hojas de árboles en la calle y hierbas en los baldíos cercanos. Los vecinos no se enteraron del cambio, y fumaban lo que les daba. Los precios subieron como no te imaginas, y la enfermera ya estaba investigando precios para comprarse un cochecito del año. Eso sí: trabajaba como costurera mal pagada, desde el amanecer hasta altas horas de la noche secando las hojas en el horno, quemándolas a medias para que supieran a algo ardiente (Según ella), cortando el papel y machacando las hojas secas.

Yo probé un día una de las escasas colillas que tiraban (Porque se fumaban hasta la última brizna) y, la verdad, sabía horrible. Y de alucinaciones, nada. A lo mejor se debe a que yo soy de otro planeta, pero creo que los estaba engañando, y que ellos se alucinaban solitos.

Y sucedió que uno de los muchachos del 41, el güero para más señas, fue a comprar un cigarrito. La enfermera le dio el que le había quedado mejor, más parejito y sin arrugas, y le dijo “Pero me vas a pagar con cuerpo” (Se conoce que le tenía ganas de tiempo atrás).

El muchacho, que es muy chapeado, palideció intensamente; luego se puso verde, se tambaleó y, de pronto, dio media vuelta y echó a correr. Llegó a su vivienda en dos segundos y se encerró, atrancando la puerta con los muebles, y se echó a llorar. El moreno había salido y cuando llegó se encontró con ese panorama, y le costó mucho trabajo consolarlo y hacer que volviera al gimnasio.

Lo más interesante fue que muchos vecinos vieron la carrera del güero y se percataron del encierro y todo lo que pasó, y pensaron que se había vuelto loco. Un rato después, el moreno les dijo que  sí, que había sido un  ataque pasajero debido al cigarro que le había vendido. No quiso decir lo que en realidad había pasado. ¿Galantería? No lo sé; tal vez fuera prudencia para no verse involucrado en un pleito con una de las consentidas del portero. Pensó en contarle a este la proposición que le había hecho a su compañero, pero decidió que no valía la pena; que, cuando mucho, la regañaría, pero no la iba a cesar ni le quitaría la concesión de sus cuidados paliativos. Allá en el fondo, pensó que si le hubiera hecho la proposición a él, tal vez hubiera aceptado; pero se negó a seguir pensando en eso, creyendo que era una traición a sus principios.

Los vecinos hablaron mucho del asunto, y les entró el temor de que esos cigarritos en verdad hubieran enloquecido al güero; y no volvieron a comprarlos. La enfermera se molestó mucho  con ellos, y tuvo que renunciar a su idea del coche del año; pero le alcanzó para comprar una televisión grandota que puso en el consultorio para entretener sus “ratos de ocio”, que son muchos (Además, así podía atraer al portero a ver el futbol con ella y tenerlo más de su lado).

Así que mira por donde, una proposición indecorosa acabó con un negocio ilegal y contribuyó a mejorar la salud pública.

Te quiere

Cocatú

Fecha: 
Viernes, 30 de Agosto 2019 - 13:30
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Fecha B: 
Viernes, 30 de Agosto 2019 - 15:45
Fecha C: 
Sábado, 31 de Agosto 2019 - 04:45