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¡Por favor regáleme una sonrisa!

Lamentable es que uno vaya por la vida encontrando meseros, taxistas, vendedoras, cajeros, mensajeros, contratistas o enfermeras que desempeñan su labor sin una pizca de agrado por lo que hacen, como una especie de robots que repiten una y otra vez el mismo procedimiento de forma automatizada con cada cliente sin empatizar con él, sin intercambiar al menos un saludo agradable o una expresión de “gracias” al recibir el pago a cambio de sus servicios. Por ello resulta relevante poner la atención en aquellos que se esfuerzan cada día por dar lo mejor de sí, que trabajan con la convicción de que hacen lo que les gusta, que sienten la satisfacción del deber cumplido en cada jornada por pesada que ésta resulte y piensan que harían lo mismo toda la vida incluso gratis, porque el nivel de satisfacción está más allá de los números en un recibo de nómina o de honorarios.

Cierto es que en el caso de empleados de grandes cadenas comerciales los sueldos son muy bajos y las jornadas exhaustivas, casi podemos decir que son explotados; sin embargo, eso no los justifica para realizar su trabajo a disgusto y con enfado, con falta de cortesía hacia el cliente pues finalmente, y aunque es algo discutible, en el momento que firman un contrato, adquieren obligaciones igual que derechos al emplearse para una empresa “X” del giro que se trate y más obligados están si su función principal es la de brindar un servicio, el cual debe ser con y de calidad.

Y ya que de calidad hablamos, es tan común escuchar el término por todas partes que pareciera que ha perdido su sentido. Para los japoneses el significado es sencillo: hacer las cosas bien a la primera o al menos, así lo explica Carlos Kasuga, Presidente del Consejo de Administración de Yakult México, en sus múltiples conferencias que imparte por todo el país, en las cuales dicho sea de paso, agrega los valores como parte de la calidad, mismos que en cada persona tienen una jerarquía distinta y que en algunos, ya ni siquiera son considerados como el eje de nuestro actuar diario pues pareciera que hoy día los valores ya no se usan o han pasado de moda, que los olvidamos en el baúl de los recuerdos y junto a los valores, la ética profesional.

Para no meternos en el espinoso asunto de la calidad, sólo me referiré a ella como parte de lo que deberían tener todos aquéllos que prestan un servicio cualquiera que este sea, desde un oficio hasta una profesión o especialidad. Creo que la calidad es algo que va de la mano con la vocación de servicio en todos los ámbitos.

En ese sentido, una de las profesiones que me parecen más admirables por estar la vida de por medio es la medicina. Según mi apreciación, existen dos clases de atención médica: la que recibimos como una prestación de seguridad social y la que podemos pagar de forma particular. En el caso de la primera, los médicos que encontramos en una institución gubernamental trabajan bajo condiciones laborales muy cuestionables y lo importante es atender al mayor número de pacientes con menos recursos cada vez y sí, más de una vez han sido objeto de queja. En el caso de la segunda, la atención médica particular que podemos pagar según el nivel de los recursos económicos de que dispongamos, nos da la opción de elegir a un médico que nos genere confianza, con quien hagamos una especie de “click” desde la primera consulta, ya que es un vínculo especial para nuestra vida pues será quien vigile el estatus de nuestra salud.

En mi historial clínico, he visitado diversos médicos, desde los más costosos en su consulta hasta los más accesibles, pasando por los que encontramos en el IMSS y el ISSSTE. Difícilmente pude conectar de forma especial con alguno. Sin embargo, puedo destacar a tres o cuatro que me han parecido espléndidos, pero uno en particular merece mi reconocimiento por tener como prioridad su vocación al servicio de la sociedad y ejercerla con profesionalismo y honestidad. Yo digo en broma que es un rock star porque no hay día que su consultorio no esté abarrotado. A su consultorio acuden desde los más pequeños hasta los más ancianos y él con gran calidez y calidad humana atiende a cada uno de ellos con minuciosidad, con atención plena a cada caso particular, con una gran sonrisa al recibirlos y con otra sonrisa de satisfacción por el deber cumplido al término de la consulta, su nombre: Doctor Tomás Ruiz Campos, Médico Cirujano.

La forma en que lo encontré mi camino es un largo relato, sólo diré que fue quien me atendió en el parto de mi bebé y quien ha seguido mes a mes su desarrollo. Pero no es sólo la atención que de él recibimos lo que hoy me impulsa a agradecer su existencia, sino lo que observo en la sala de espera, los comentarios, las recomendaciones de sus colegas y sobre todo, su trato con los otros pacientes.

Como representación de lo anterior, elegí “El rebozo de Soledad”, filme mexicano de 1952, que nos muestra a través del personaje principal, Doctor Alberto Robles, el momento en que debe tomar la difícil decisión entre ingresar a una élite de médicos lo cual le significa fama y dinero o seguir trabajando en el consultorio de un lejano poblado para atender a sus necesitados habitantes, oprimidos por el cacique local. Al final de la cinta y después de que vemos las vicisitudes por las que debe pasar, el Doctor Robles da una lección sobre ética y moral al grupo de médicos eruditos que pretenden contratarlo, el cual me parece más que conmovedor.

Será que la vocación es algo que se transpira y que los demás perciben, algo que transmite confianza y que genera un vínculo especial entre médico-paciente. Será que el profesionalismo y la entrega que ponemos en cada cosa que hacemos, en automático atrae más y más seguidores.

Ojalá todos tuviéramos no un médico, sino un abogado, una costurera, un mecánico, una mesera, o un taxista que nos haga sentir satisfechos y felices de ser atendidos por ellos. Reconocer la labor de los profesionistas u oficiantes que nos prestan un servicio es un estímulo para ellos y para futuras generaciones, para que el entusiasmo los impulse a realizar su labor con humanismo, con pasión y entrega a favor de la sociedad a la que sirven y como un camino hacia el éxito.

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Fuentes:

http://cinemexicano.mty.itesm.mx/peliculas/rebozo.html

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Fecha: 
Martes, 12 de Mayo 2015 - 16:30
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Un retrato de las elites mexicanas

“La buena educación es sinónimo de buena cuna y no de conocimientos; viene con el paquete heredado y no con el aprendizaje que se obtiene en la escuela”, escribe Ricardo Raphael en el capítulo que versa sobre la educación en su estupendo libro Mirreynato: la otra desigualdad. El apartado Mala educación, no tiene desperdicio. Es una profunda y bien documentada investigación que revela cómo y en dónde se educan las elites que gobiernan a México. De entrada relata que a un joven -futuro heredero de una empresa importante- le sugiere un profesor de las escuelas de los Legionarios de Cristo, que estudie derecho para dirigir la compañía. El joven, tajante, le responde que contrataría abogados chingones para que hagan la chamba y le ofrece a su tutor, para que sepa con quién trata, contratarlo desde ya, si quiere.Ante el dinero y el poder, no hay saber ni méritos que tengan valía.

Este pasaje retrata a nuestro México. Las elites desprecian a todoaquel que no sea de su clase. Revela que la educación no es el medio por excelencia para la movilidad social, ni tampoco el mérito. El país está congelado: la cuna, el origen de la persona, determina su futuro: el jodido así se queda. La herencia lo es todo. Muy pocos logran subir a los peldaños superiores de la escala social. El texto también muestra otro lado obscuro de las elites dirigentes: a la escuela van a relacionarse con los de su clase para establecer o reforzar lazos o conexiones. Para cursar las materias contratan a personas que les hagan sus tareas o de plano sobornan al profesor o al mismo centro escolar. Los valores que aprenden en su paso por la escuela son impunidad y corrupción, que a la postre perpetúan los privilegios y la desigualdad. Raphael nos acerca, con esta descarnada imagen, a quienes dirigen a nuestro país.

“Si, como se viene señalando a lo largo de todo el libro, el mérito y el esfuerzo son inútiles para mejorar la posición social, ¿por qué estudiar sería relevante?”, pregunta el autor, y añade: “Si los roles de éxito, según las revistas de sociales, los programas de televisión y la mitología de mi comunidad son personificados por aquellas personas que lograron reconocimiento gracias a razones desconectadas con su desempeño escolar, ¿por qué valorar el salón de clases?” En suma, añade páginas adelante, “México exhibe uno de los indicadores más bajos de correlación entre ingreso, educación y movilidad social”. La crítica a las clases dirigentes es un ejercicio esencial para comprender nuestro atraso, la violencia y el crimen que nos asuelan. El cambio debe pasar por la reforma de nuestras elites. Tremendo desafío. ¿Es posible?

Fecha: 
Jueves, 15 de Enero 2015 - 17:00
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Hiel y Miel: la urgencia de nuevos valores en la sociedad, la economía nacional que no despega y mis recomendaciones

Creo cada vez más que el peor caldo de cultivo para la irritación, la violencia y el rencor social es la desigualdad y la pobreza. Y no se trata como dicen algunos eruditos de criminalizar a la miseria, no, pero ¿quién puede dudar que en un país donde la brecha entre clases altas y populares es apabullante no se va gestando una especie de odio y desprecio para los que han tenido muchas más oportunidades que otros? Y ésto viene al cuento por el vandalismo que vemos exacerbado en distintas ciudades de México. Desde luego los desmanes que se han cometido recientemente tanto en Guerrero como en el DF (por mencionar dos ejemplos) deben ser castigados como bien ha dicho el nuevo presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, Luis Raúl González. La mayoría de los mexicanos pedimos que al fin se cumpla la ley y podamos vivir en ese ansiado Estado de derecho que merecemos todos los seres humanos. Evidentemente una democracia tiene como uno de sus puntales la libertad de expresión y el respeto a la protesta social, pero de ahí a permitir que unos cuantos desquicien el funcionamiento de las ciudades y agredan impunemente a otros ciudadanos y a la ciudad, es simplemente vivir en la ley de la selva. Cualquier forma de violencia es reprobable, cualquier agresión nos remite a la parte más reptiliana de nuestro cerebro, ¿qué hemos hecho tan mal como para generar jóvenes así? Pienso que esto se debe a una trágica combinación de personalidades desestructuradas, familias rotas, altos niveles de frustración, falta de valores y educación, y desde luego, una carencia de alternativas económicas que les permitan salir de ese marasmo. Nadie más poderoso que el que no tiene nada que perder, la falta de todo vuelve a los humanos invulnerables, no lo olvidemos. Ahí estamos, en ese alto forzoso en el camino en donde mucho tendríamos que reflexionar sobre la necesidad de una suerte de código de valores laicos que más allá de las restricciones religiosas les fuera dando a niños y adolescentes (creo que muchos adultos ya no tienen remedio) las claves emocionales para la convivencia. ¿Habrá alguien pensando en esto que va mucho más allá de planes y propuestas para sobrevivir a la coyuntura?...Pero vayamos a temas más alegres, como que la economía nacional no despega, que el crecimiento del país se ajusta una y otra vez a la baja, que los empresarios no tienen liquidez, que el precio del petróleo disminuye y el costo del dólar se dispara. O hablemos del desastre que es el microcosmos de Polanco, donde vecinos y comerciantes se preguntan como sobrevivirán estas navidades a las delirantes ideas del Delegado Víctor Romo que ha convertido esta parte de la ciudad en zona de desastre. Se talan árboles, se abren y cierran avenidas, se impide la circulación y quiebran negocios y se desploma la actividad económica en este México que clama por un fortalecimiento del mercado interno que lleve un poco más de dinero a los bolsillos de todos. Sí, las clases medias también están muy lastimadas y ni quien se acuerde de ellas…Va la recomendación de hoy para seguir aquello de “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Si les gusta la comida china no pueden dejar de visitar el famoso China Girl de Prado Norte 370 en las Lomas de Chapultepec. El lugar está realmente bien decorado con sombrillitas de papel, las clásicas pagodas y unos simpáticos budas (de plástico, claro…son chinos). La comida es deliciosa. Mi menú favorito: tallarines fritos remojados en salsa agridulce (como la vida mesma) de mostaza picante, crujiente pollo al ajonjolí, chop suey de vegetales y el arroz frito que de cerdo, pollo o mariscos es de chuparse los dedos. Tiene desde luego área de fumar. Y hasta aquí hoy y de verdad denles muchos pero muchos besitos a los niños.

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Fecha: 
Viernes, 05 de Diciembre 2014 - 18:00
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