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Un Argumento Moral contra la Guerra contra las Drogas

La Suprema Corte de Justicia de la Nación concedió ayer un amparo a cuatro mexicanos para que siembren mariguana para consumo personal, sin incluir su comercio, suministro o distribución. El proyecto aprobado por cuatro de los cinco ministros que integran la Primera Sala señala, entre otras cosas, que los argumentos contra el consumo de la mariguana “no pueden considerarse como razones válidas para intervenir el derecho al libre desarrollo de la personalidad”.

Al respecto, los días 11, 12 y 13 de noviembre del año pasado transcribí en este espacio el artículo intitulado Un Argumento Moral contra la Guerra de las Drogas, escrito por Julian Savulescu y Bennett Foddy y publicado semanas antes en el blog Practical Ethics de la Universidad de Oxford, Inglaterra. Savulescu es el fundador y director del Centro Uehiro para la Ética Práctica en la Universidad de Oxford, Inglaterra, y antes fue el editor del Journal of Medical Ethics, una de las revistas más influyentes en lo que a la ética médica y aplicada se refiere. Foddy es un investigador en el Jesus College de la Universidad de Oxford, especializado en bioética, ética médica y neuroética.

Esto fue lo que transcribí durante esos tres días:

“El ex presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso ha argumentado que la guerra contra las drogas ha fracasado y que la mariguana debería despenalizarse globalmente. Escribió en 2009 que el enfoque de línea dura ha traído consecuencias ‘desastrosas’ para América Latina.

“Después de haber regresado de Río, uno debe aceptar la opinión de Cardoso. Uno de nosotros estaba quedándose con un eminente profesor de filosofía. Estábamos regresando a su casa con su hija de 11 años de edad cuando nuestro camino fue bloqueado por policías con ametralladoras. Estaban cazando a un narcotraficante en la favela local — este camino era la única vía de escape y se preparaban para un posible altercado.

“Cardoso destaca el fracaso práctico del enfoque de cero tolerancia. Un enfoque de cero tolerancia hacia un crimen como el consumo de drogas siempre fracasará, de la misma manera en que siempre fracasará un enfoque de cero tolerancia hacia el alcohol, la prostitución, o el uso de drogas en el deporte. Paradójicamente, lo peor que uno podría hacer a los barones de la droga en Río de Janeiro no es librar una guerra contra ellos, sino despenalizar la cocaína y la mariguana. Estarían fuera del negocio en un solo día. La oferta de ambas drogas podría supervisarse, controlarse y regularse, - el daño a los usuarios y terceros involucraos se reduciría significativamente.

“El argumento para legalizar las drogas ha sido expuesto con frecuencia, más recientemente por Cardoso y por el Ministro de Relaciones Exteriores de Australia, Bob Carr, quien esta semana fue uno de los signatarios de un informe que declara que ha fracasado la guerra contra las drogas. El argumento es presentado casi siempre en términos de las cargas que nos ha impuesto la guerra contra las drogas en términos de delincuencia y salud pública. Y es cierto que estas cosas nos dan buenas razones para abandonar la guerra de Nixon contra las drogas.

“Pero rara vez escuchamos un argumento moral en favor de la liberalización de las leyes que rigen el consumo de las drogas. Esto es un error. Aunque los expertos nos han dicho una y otra vez que las cosas estarían mejor sin la guerra contra las drogas, los políticos han ignorado esta asesoría experta porque los votantes no quieren que se suavicen leyes antidrogas. Y los votantes quieren esto no porque piensan que saben más que los expertos, sino porque tienen objeciones morales al uso de las drogas. Hay un debate moral oculto detrás de la guerra contra las drogas que parece que nunca podemos hacer público.

“Las primeras prohibiciones contra las drogas tenían una justificación moral, en lugar de una razón práctica. Comenzó con la prohibición estadounidense al consumo del opio, la cual fue motivada principalmente por una objeción moral a que la gente blanca fumara en los fumaderos administrados por chinos. Esto comenzó un movimiento a favor de la prohibición en Estados Unidos. En 1913, la mariguana, que era consumida casi exclusivamente por inmigrantes mexicanos e indios, fue prohibida por primera vez por el estado de California.

“Hoy, las nuevas drogas se añaden a la larga lista de sustancias ilegales porque son calificadas como adictivas, no porque sean perjudiciales. La Ley de Sustancias Controladas de Estados Unidos (Controlled Substances Act) ordena que un medicamento sea prohibido si tiene ‘un alto potencial de abuso’ y ‘puede conducir a una severa dependencia psíquica o física’. La droga no tiene que ser perjudicial en cualquier otro sentido. Según estadísticas del gobierno de Estados Unidos, el paracetamol (acetaminofeno) está involucrado en casi cinco veces más visitas a la salas de emergencia que la MDMA (también conocida como M, cristal o éxtasis), y aún así se vende libremente en los supermercados del mundo.

“Así que la principal razón para que drogas como el alcohol y la cafeína sean legales, mientras que la cocaína y la MDMA no lo son, es que éstas últimas son calificadas como ‘adictivas’. Es cierto que la adicción perjudica al adicto, pero la autodestrucción no justifica la prohibición de una substancia. Como célebremente lo expuso [John Stuart] Mill, la única razón legítima para interferir con la libertad de una persona es cuando ésta pone en riesgo a los demás. Y mientras que algunas veces se argumenta que el ‘problema de las drogas’ nos perjudica a todos, la mayoría de los daños en realidad se originan directamente del enfoque de cero tolerancia – el prohibir las drogas daña a otros cuando son robados, golpeados o asesinados por aquellos que controlan el mercado negro de las drogas.

“Las personas de una mentalidad liberal a veces argumentan que las adicciones exigen la interferencia estatal porque vuelven incompetente al adicto, incapaz de tomar una decisión autónoma sobre consumir drogas o no. El adicto se vuelve como un niño que necesita la protección parental, o en este caso, la protección del Estado. Así, la ‘adicción’ se convierte en un concepto moral, no en una forma de daño. Es una condición que nos despoja de nuestro estatus moral.

“En varios artículos hemos sostenido que es falso ver así a la adicción. Las personas que consumen drogas no sufren de una enfermedad y no necesariamente experimentan alguna caída patológica de su fuerza de voluntad. Al consumir drogas pueden ser imprudentes o irracionales pero, a fin de cuentas, todos lo somos cotidianamente cuando consumimos comida que nos perjudica, participamos en deportes riesgosos, fumamos, bebemos alcohol o apostamos.

“Los adictos pueden darle un mayor valor al placer, o a la excitación, o al escapar de la realidad, pero sus adicciones no son muy diferentes a los deseos que todos sentimos por realizar actividades placenteras. Las personas se vuelven ‘adictas’ al juego, a los videojuegos, al Internet, al ejercicio, al sexo, a las zanahorias, al azúcar y al agua. Estas sustancias o actividades no ‘secuestran’ el cerebro — proporcionan placer utilizando los mismos circuitos cerebrales que las drogas. Cada actividad placentera es ‘adictiva’.

“La discusión pública sobre las drogas incluye los temas de la libertad, la salud y delincuencia, pero rara vez incluye el valor que tiene el placer. No tenemos que ser hedonistas para creer que el placer es uno de los bienes importantes en la vida de una persona. Una sociedad liberal debería ser neutral con respecto a los placeres que puede buscar la gente; no debería forzar a la gente a aceptar obligatoriamente una concepción particular de los placeres ‘buenos’ y ‘malos’.

“Pero más importante aún, si cada comportamiento placentero puede ser adictivo no puede haber razón alguna para suponer que los placeres que otorga el consumo de drogas son menos importantes que los placeres que proporcionan el vino y la buena comida, el alpinismo y el futbol, o navegar por la Internet. Cada una de estas cosas es placentera y, por tanto, cada uno es adictivo y cada uno puede ser perjudicial si se hace en exceso. Pero todos tenemos el derecho de satisfacernos con los placeres que consideramos valiosos, aunque cada uno de estos placeres nos ponga en riesgo de sufrir adicciones o problemas similares a las adicciones como son el alcoholismo, el uso patológico de Internet, la adicción sexual, trastorno alimenticio del atracón y muchas otras.

“El derecho a perseguir el placer justifica la legalización de la drogas, mientras que la adicción y autodestrucción no nos dan buenas razones para prohibirlas. Esa es la esencia de un sólido argumento moral contra la guerra contra las drogas.

“Queda una razón por la cual es posible obstaculizar la libertad y mantener la prohibición al consumo de las drogas. Esta razón es el interés público. Si la sociedad fuera a ser gravemente perjudicada por la liberalización de las leyes en torno a las drogas, ésta podría ser un caso extremo que justificara la prohibición al consumo. Pero nuestra experiencia (ciertamente limitada) sugiere lo contrario: Holanda parece haber reducido su problema de drogas, sin aumentar su tasa de consumo de drogas, mediante la promulgación de leyes relativamente liberales para el consumo de drogas ‘blandas’ como la marihuana. Y como Cardoso argumenta, una prohibición completa parece estar firmemente contra el interés público, manteniendo en el negocio a los barones de la droga y al consumidor y otros en una posición de grave vulnerabilidad.

“En el futuro, quizás nos liberemos de nuestros temores sobre las drogas que proporcionan placer. Podríamos utilizar la ciencia farmacológica moderna para seleccionar o incluso diseñar drogas que nos den el placer o las experiencias que buscamos, drogas que sean baratas y que no representen riesgos graves, agudos o crónicos, a la salud.

“Por el momento, la droga que podemos obtener con la mayor libertad es una de las más adictivas, una que contribuye a generar un comportamiento violento, una que produce daños crónicos a la salud, y el peor síndrome de abstinencia de todas las drogas: el alcohol.

“Ha llegado el momento de adoptar un enfoque racional hacia las drogas”.

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Jueves, 05 de Noviembre 2015 - 12:00
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