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testimonio

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Las metidas de pata. Que corra el gag reel

Cómo hay cosas que incomodan a uno, ¿no? Ya nadie dice "hacer el oso", al menos yo no ni nadie que conozca, pero a eso me refiero, sólo que la palabra "incomodidad" es un concepto más amplio, es más... existencial. Y es que encima de la incomodidad (o torpeza) característica de alguien son las situaciones que no podemos controlar. No sé si sea mi idea pero parece ser un tema que se ha puesto de moda en los libros, en el cine y la televisión, sobre todo cuando se trata de la representación del género femenino, ¿o me lo estoy tomando muy personal? Creo que el género literario "adulto joven" tiene su parte de culpa en estos tiempos y, si está basado en la realidad, ahora resulta que somos una generación de mujeres torpes e inadaptadas, una idiosincrasia que nos hace ver adorables y carismáticas ante nuestro galán. No sabría ubicar en qué punto de la historia tiene origen este estereotipo (¿Lucille Ball?) que pudo haber empezado como comedia física pero se ha deformado tanto que nuestras protagonistas han quedado reducidas a simplonas, indefensas y tontas. ¡Voy! No me quiero poner intensa, todo esto lo digo como preámbulo a los momentos de torpeza/oso/incomodidad que he pasado (y he hecho pasar) y que me gustaría compartir.

Me decidí a tocar el tema por una plática que tuve hace meses con unos compañeros y con mi mamá respecto a mi discurso de graduación. Tal vez no lo digo lo suficiente pero cuando iba en prepa mis calificaciones eran pésimas, por suerte eso no era impedimento para que fuera "valedictorian" en inglés, digo por si andaban con el pendiente, y con todo y todo me las arreglé para avergonzar a mi familia. Mi idea era hacer algo digerible, lo último que quería era escribir un discurso larguísimo, y solemne, mucho menos sentimental porque yo estaba eufórica, así que opté por la comedia. Y cuando digo "comedia" quiero decir "tonterías", no voy a insultar su inteligencia citándolo. Así que ahí estaba yo en toda mi gloria adolescente, frente a directivos, maestros y padres de familia, hablando mi verdad mientras el teatro estallaba en risa, unos porque me entendían y otros porque el de junto se reía, el punto es que nos estábamos divirtiendo, o eso creía yo. Cuando vi a familia al final de la ceremonia me recibieron con sonrisas tibias. Mis papás decían "los directivos te veían horrible" y mis tías "¡niña! ¿qué tanto dijiste? ¡qué barbaridad!" Después, para olvidar el embarazoso momento, quisimos ir a desayunar; era de vital importancia evitar encontrarnos a alguien después de la vergüenza que les hice pasar. Cuando nos decidimos por un lugar lo suficientemente alejado del rumbo lo primero que vimos fueron mesas y mesas ocupadas por mis maestros y directivos. "No lo puedo superar" sigue diciendo mi mamá. Y eso que leí la versión censurada.

Cuando entré a la universidad, algo que me resultaba increíblemente difícil era acostumbrarme a memorizar nombres y caras. No era una escuela muy grande pero casi todos los días durante cuatro años conocía a alguien; el conocido del conocido y el conocido del conocido del conocido. Lo más desesperante era que nadie tenía un nombre real, todo era por apodos. Todos eran el Chícharo, el Negro, el Monster, el Shadows, la Guacamaya; no faltaba los que no tenían sentido como el Toti, el Tori o la Titi, pero siempre era más incómodo cuando los apodos eran peyorativos. Después de haber pasado un rato con ellos esperaba que en algún momento se hiciera mencíon del nombre real pero nunca pasaba. Cuando terminaba la conversación y se iban le preguntaba su nombre al conocido que teníamos en común y la respuesta era "no sé, yo le digo Bastardo/Puto/Maricón/Maricotas/Güey cada que lo veo". Y justamente eran las personas que invariablemente me encontraba en los pasillos. Durante esos cuantos pasos antes del saludo pensaba que llegar y decir "qué tal, Bastardo/etc." no se sentía bien si lo acababa de conocer. Llegaba un punto en que era demasiado incómodo preguntar, años habían pasado, nos habíamos hecho confidencias y yo seguía sin saber sus nombres. "Oye, ¿por qué te dicen ----?", pregunté una vez queriendo empezar de cero con alguien y evitar la situación de los apodos, "porque así me llamo", contestó. Ya no importaba, todos se parecían de cualquier manera, a la larga todos eran el mismo Puto.

En más de una ocasión, en el trabajo y en la escuela, había embarazos no planeados cerca de mí. Nunca nunca nunca sé que decir. "¡Felicidades!" suena sarcástico, "¡suerte con eso!" suena condescendiente, "y... ¿que vas a hacer?" ofensivo. Cuando la pareja de mi jefe iba por el segundo hijo él se encargó que toda la oficina supiera lo no planeado que había sido, por días lo evitaba en los pasillos por no saber qué decir. Un día que el lugar estaba abandonado y sólo estábamos los que queríamos por gusto, decidió pasearse por mi lugar mientras platicaba con alguien por telefóno. "¿Ya supiste que voy a tener otro hijo?" gritaba mientras se detenía a leer encima de mi hombro que Michael Jackson se había muerto, "...sí, güey... pues ya ni modo, imagínate, ¡a mis años! ... güey, Michael Jackson se caba de morir y tenía mi edad". Ya sabía lo que iba a pasar después de que colgara, me iba a contar la misma historia, lamentarse y esperar una respuesta empática de mi parte. Me fui a esconder al baño.

Cabe mencionar que no todos son así y los que lo somos no es todo el tiempo. Hay gente desenvuelta y funcional, sé que existen, los he visto. Habemos otros que podemos fingir la asertividad de vez en cuando. No intenten nada de lo anterior, yo soy una profesional. 

Fecha: 
Martes, 30 de Junio 2015 - 11:00
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El beneficio de la crisis

Hola… tenía que platicar con alguien, meditar, reflexionar, observar cómo me siento, cómo son mis emociones, cómo me percibo. Ahora mismo tengo tanto agobio y dispersión, que ni siquiera sé en qué estoy pensando. Aun así, siento la necesidad de platicar con alguien, quizá sólo quiero un poco de contención, de apapacho, de distracción, de paz interna. Necesito recargar la pila.

Probablemente un poco de catarsis me caería bien, pero en realidad no tengo que decir, ni tengo muchas ganas de hablar. Me da pereza repetir la historia de la circunstancia que me trajo a este punto; mencionar de nuevo los errores que cometí, comentar de mi fe ciega, hablar de la creencia llena de expectativas que habría de convertirse en frustración, de la soberbia y de la obstinación de anticipar un deseo como si fuera una realidad... Me da flojera.

Quizá estoy experimentando algo de depresión, pero no me siento así exactamente. Más bien creo que estoy en el proceso de aceptación de una realidad que me disgusta, pero que yo mismo construí, una realidad que quisiera no tener que reconocer, pero que resulta fundamental hacerlo para, poco a poco poder ir creando y desarrollando, con estrategia, una nueva realidad; esta vez más consciente, con menos entusiasmo por una falsa percepción, haciendo a un lado las proyecciones de mis fantasías, sin sembrar expectativas, eliminando las conductas compulsivas, quitando las respuestas condicionadas, decidiendo más yo, que la historia de mis pensamientos. Habrá que empezar de nuevo; desde más abajo, pero con más experiencia, menos precipitación y mayor precisión. Habrá que elaborar la pérdida de la fantasía que imaginé para esclarecer la mirada y aceptar la realidad que provoqué.

No, no me estoy divorciando… y aunque si ese fuera el caso, sería lo mismo. Tampoco es algo íntimo que no quisiera compartir, varias veces a lo largo de mi vida me he encontrado en esta situación, como si no pudiera aprender la lección.

Sé que esto durará tanto como me tarde en reconocer y aceptar la realidad que me niego a mirar, que matizo con ideas y creencias, donde siembro expectativas, anticipándome, especulando y justificando cualquier indicio de razón contrario a lo que quiero ver; creando finalmente una actitud ingenua y entusiasta, estúpida, frente a una realidad deseada distorsionada por la proyección de mis anhelos, y no una realidad observada, limpia de mí.

El apego al deseo, a la idea, a la creencia de un escenario futuro no sólo nubla la percepción de la realidad, también inmoviliza, frena, congela el falso holograma de un futuro creado y se convierte todo en un proceso onírico en estado de vigilia. En otras palabras, te enamoras de la idea y estableces una actitud.

Me pasó con mi primer amor, soñaba con una vida dichosa, como si mi escenario de futuro hubiera sido extraído de un cuento maravilloso, un cuento donde todas las expectativas de realización, de placer, de bienestar, tarde o temprano la historia las satisface. Pero algún día despiertas, abandonas el cuento, te desprendes de la fantasía, reconoces la pérdida de la ilusión, y sólo entonces empiezas a vivir la realidad de la vida. La puedes convertir en una historia maravillosa; sólo asegúrate que sea convertir y no confundir.

Me pasó cuando ingresé a la universidad, ya me veía entre los científicos y filósofos eruditos, proclamando teorías sobre el universo, sobre la existencia de Dios, sobre la vida y el ser humano. Pero el enamoramiento con esa idea me hacía tenderme sobre el césped a soñar en lugar de entrar a clase.

Me pasó cuando puse un negocio, me enamoré del futuro, de la gran cadena internacional de restaurantes, de los viajes, de las reuniones de negocios. Siendo patrón de nadie, sin preocuparme por surtir los menesteres para la demanda diaria en la tortería.

Me ha pasado una y otra vez, aún desconozco la lección que debo aprender, me enamoro de una idea y empiezo a volar, a fantasear en el futuro, a crear ilusiones, a sembrar expectativas, a construir escenarios. Hay veces que despego tan alto que me olvido de la realidad y me pierdo en el sueño que construyo. Luego cuando despierto, aparece la frustración, no estoy seguro de lo que signifique ese anhelo compulsivo de emprender, ese entusiasmo que cuando lo llevo a la acción, tarde o temprano descubro que sólo se fundamenta en creencias, en ideas que fabrico, y que me subordino a ellas, que por momentos me llenan de satisfacción, me dan sentido de realización mientras las desarrollo, pero que luego desembocan en una realidad cinética tan rauda, tan dinámica, que cada vez que la confrontas tienes que mirarla como si fuera la primera vez que la miras, cada vez es nueva.

Creo que me enamoro del sentido de realización que representa el holograma del escenario futuro, y aunque signifique plenitud, desarrollo o cualquier otro significado que pudiera considerarse lícito, no deja de ser un apego que engendra una actitud, una percepción anticipada de la realidad, y consecuentemente provoca una pérdida cuando llega el punto de confrontar la realidad real con mi realidad anticipada. Creo que no es suficiente el entusiasmo si no se respalda con el conocimiento; ni el sueño si no se sustenta sobre la acción.

Aceptar la realidad es un proceso permanente, modificarla también; ése es el principio fundamental del eterno presente, eternamente dinámico, eternamente adaptándonos, eternamente construyéndolo. Ese es el principio de realidad, transitar por él, es la vida.

No sé si la vida te va dando lecciones, o la vida entera es una lección, no acabamos de aprender con una sola experiencia, ni es suficiente toda una vida para tener una graduación. Cada crisis, cada experiencia conforma un ciclo, tiene un principio, una duración, un final, y lo más importante: una enseñanza. ¿Qué son las crisis si no el oráculo, el detonador de la evolución?...

Gracias por escucharme, me hacía falta platicar con alguien, quizá no te interese lo que te digo, pero necesitaba ordenar mis pensamientos, gracias... 

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Fecha: 
Lunes, 22 de Junio 2015 - 16:00
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La habilidad para insultar y agredir: Viene de familia

Siento que la palabra "insultar" describe una acción indulgente, como justificar el abuso psicológico, ¡pero cómo hay gente que se lo gana! Como cualquier otra persona soy fan de la manera elegante y rebuscada de insultar, muy a la Shakespeare, esa que confunde a nuestro receptor; pero para mí no hay nada mejor que soltar un insulto y tener absoluta certeza que la otra persona entendió el mensaje. Creo que hablo por todos cuando digo que es en verdad satisfactorio decir exactamente lo que queremos a la persona correcta en el momento indicado. Y no me refiero a un insulto per se... bueno, sí, pero hablo de esos insultos que a final resultan ser verdades dichas de la manera más insensible posible, o al contrario, un insulto tan bien envuelto en falsa amabilidad que uno ni cuenta se dio de lo que acaba de pasar. Para unos cuantos afortunados repartir verdades a diestra y siniestra es el pan suyo de cada día, pero para otros es algo tan extraño que cuando llega a suceder es catártico.

Es una de esas cosas que depende de la personalidad de cada quién, o del tipo de educación, cultura, costumbres, o lo que sea. Para descubrir de dónde viene nuestro estilo insultador (¿insultante, insultativo?) basta con observar a la familia de uno. En mi familia, por ejemplo, ahora que ya todos somos adultos (al menos en edad) cualquier tipo de agresión tiene que ser pasiva, bueno, no es que tenga que pero es algo que se nos da muy bien. Nuestras reuniones son una cosa maravillosa; hay mucha volteadera de ojos, indirectas y sarcasmo apenas disfrazado de buenas intenciones, entre otras cosas. Siempre es beso, abrazo y pedrada, hasta parece porra.

Primero está mi mamá. Como todas las mamás tiene la habilidad de callarnos con una mirada o hacernos saber todos los insultos con determinada inflexión de la voz. Es apenas en estos tiempos en los que recurre a la manera pasiva porque cuando mi hermana y yo estábamos chicas la cosa era muy directa. Sus regaños eran memorables, pero no por las razones obvias. Muchas veces se debía a la peligrosa combinación de venas saltadas con ojos desorbitados y acelerones/enfrenones, porque casi siempre nos regañaba en el coche; pero otras era porque, aún en esos momentos en los que su enojo había alcanzado niveles preocupantes, lo que decía daba miedo y risa. Una vez que la mandaron llamar de mi escuela por no haber llevado el uniforme completo me iba regañando en el camino. "¿Por qué nunca llevas el uniforme completo? ¡CONTÉSTAME!", me decía, seguido de "¡NO! ¡CÁLLATE! ¡DÉJAME HABLAR!". El regaño está editado para no herir la sensibilidad del lector, pero siéntanse libres de agregar un elocuente adjetivo para el uniforme y unos cuantos "hija de..." aquí y allá. Ahora, después de muchos años de esto, la dinámica entre mi mamá y yo es tal que los "hija de..." han adquirido una naturaleza juguetona y afectuosa.

Por otro lado, mi papá es firme partidario del bullying humorístico, ese siempre ha sido su modus operandi. Todo está bien si el abuso psicológico viene en la forma de un "chiste de papá", esos con los que no hacen reír a nadie más que a ellos mismos. No quiero insultar su inteligencia escribiéndolos pero esta es más o menos su esencia: ¡eres una tonta, jajaja! Gracias por tu brillante comedia, papá, esos son tres segundos de mi vida que nunca voy a recuperar.

Las más hostiles son mis tías. ¿Cómo podría empezar a describirlas? Insultan, reprochan, hacen chantaje emocional y quedan como las víctimas, todo en el mismo aliento. Su estrategia se basa en una simple pero poderosa frase; "yo lo digo por tu bien, una de mensa que se preocupa". Esas pequeñas ayudantes de Satanás son capaces de destrozar la frágil autoestima de una adolescente en un saludo/pregunta/comentario. En aquellos tiempos todo era motivo de pleito; que si estábamos gordas/flacas, que si teniamos imperfecciones en la cara, que si dijimos o no dijimos, que si hicimos o dejamos de hacer, etc., y en lugar de ir directamente a la fuente con sus quejas nos acusaban con mi mamá. Le decían cosas como "pero no les vayas a decir que te dijimos"; o, "pero no las vayas a  regañar" en tono de súplica despúes de quejarse amargamente de nuestros "malos modos" y dar una larga lista de todo lo que hacíamos mal, según ellas. Mil años han pasado y seguimos igual. Gordas/flacas, imperfectas, contestonas, cínicas y ahora resulta que hasta medio pu...

Yo, siendo hermana menor (y la más chica de mi familia), tengo maestría y doctorado en molestar y saber defenderme. Así que, en mi opinión profesional, hay que estudiar al oponente; la naturaleza del insulto perfecto es la observación y la honestidad. ¿Tan conflictuados estamos con quienes somos? Obviamente. La declamación ideal es con toda la calma de la asertividad y ¡bum! Silencio total. *Deja caer el micrófono*  

Fecha: 
Lunes, 22 de Junio 2015 - 17:30
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Solo Veracruz… ¿Es bello?

“Veracruz, vibra en mi ser,
algún día hasta tus playas lejanas
tendré que volver…”

Agustín Lara

Regalarse unos días de vacaciones es una oportunidad para disponer de tiempo y descubrir otros paisajes y costumbres, disfrutar comidas nuevas, darse cuenta que más allá de lo cotidiano existe otra realidad que no es la nuestra pero que quizá nos abre la puerta para vivir nuevas experiencias y con ello, sentirse renovado, cargar la batería para seguir adelante y enfrentar con entusiasmo la vorágine en la que vivimos.

Debo decir que mi primer contacto con Veracruz no fue placentero; es más, no me encantó a pesar de ser la tierra de mi padre y de tener sangre mitad veracruzana. Aquél acercamiento fue obligado dado que se trató de un viaje de trabajo y se distinguió por el clima lluvioso aunado a un mal ambiente laboral y una estancia en un hotel que dejó mucho qué desear. Una vez terminados los compromisos laborales no hubo mucho qué hacer o visitar según la recomendación de los mismos habitantes y mucho menos, acercarse a la playa; para colmo, el recuerdo que tengo capturado en fotografías resultó en tono sepia por el mal proceso que el centro de revelado realizó. Pero además, encontré un malecón con basura, las fachadas del centro desgastadas y unas playas que punto y aparte el temporal de entonces, no invitaban a pisarlas. Simplemente, no me gustó, quizá influyó también el estado de ánimo o tal vez fue la suma de todo, el punto es que para mí, el Puerto de Veracruz me supo entonces a viejo y descuidado.

Pasaron diez años para que las circunstancias me obligaran a regresar, para entonces, el contexto político y social ya no era el mejor, se supo de la aparición de restos humanos en pleno malecón y que el crimen organizado se asentó ahí por lo que el ejército tomó los accesos y el puerto en un operativo contra el narco. La intención fue reunirme con mi papá y hacer un alto en el estresante ritmo de trabajo que tenía por aquél tiempo. Fue así que el enamoramiento ocurrió: encontré un clima favorable, árboles, palmeras y flores en todo su esplendor, una playa tranquila y virgen y sobre todo, tuve contacto de cerca con la gente de allá pues me hospedé en casa de mi padre y pude entonces comer y beber tierra veracruzana hasta saciarme. Me prometí volver.

¡Y finalmente regresé! Punto aparte de lo que significaron unas primeras vacaciones en mi rol de madre con todo y crío a bordo y de declararme oficialmente hija adoptiva de Veracruz, no sé si me alcance este espacio para describir y transcribir la experiencia de lo que encontré.

Sí, Veracruz es bello, su ubicación geográfica, su historia, la biodiversidad que alberga, su cultura, lo cálido de su gente, sus playas, su puerto, su clima, su comida y su café; solo por mencionar algunas cualidades pero no fue solo lo que vi y percibí en mi última visita, también tiene hoy un acelerado crecimiento urbano que cubre siglos de valiosa historia como una mancha voraz que todo lo cubre, ocultando y dejando casi en el olvido su valioso pasado y sus orígenes.

Para muestra, un botón. Sorprendente y un poco cómico resultó encontrar en la carretera Cardel - Poza Rica un letrero que anuncia: OXXO a 500 metros, así en medio de la vegetación y como parte del paisaje. Cómico porque uno va atento a los poblados que se van acercando, nunca se espera encontrar un anuncio de este tipo pero el asombro fue mayúsculo al encontrar, enclavado a la orilla del mar, en pleno malecón del puerto no una, sino dos sucursales más de la franquicia sin contar las que se ubican del otro lado del boulevard.

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La pequeña isla San Juan de Ulúa que antes podíamos apreciar desde el malecón, hoy quedó atrapada en el entramado de graneles agrícolas, automóviles y contenedores que se mueven cada día en el puerto.

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Y ya que llegamos a la zona portuaria de paso diré que el centro como tal, sigue viejo y descuidado, con casas y construcciones abandonadas como en un pueblo fantasma, algo de la magia de los portales y el aroma clásico del café de La Parroquia se ha perdido. Grandes construcciones para hoteles, restaurantes y plazas comerciales se ha extendido en ese espacio que separaba al Centro de Mocambo para encontrarse más adelante con Boca del Río. Sin duda, para la élite empresarial y política veracruzana es un orgullo tener una zona exclusiva para gente VIP y pasearse en las mejores camionetas o autos y luciendo los mejores guardarropas alimenta el ego de más de una de las familias acaudaladas pero uno se pregunta: ¿Dónde quedó lo bello de Veracruz?

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Lamentable que un pueblo mágico como Coatepec, reciba a sus visitantes con barricadas y que en Xalapa la comida china y las nieves de otra región sustituyan lo típico del lugar.

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No estoy en contra del desarrollo económico, de que exista infraestructura de primer nivel en un lugar con una actividad comercial tan importante para México pues es la puerta al extranjero para entrada y salida de mercancías y que el turismo sea una fuente de ingreso para los habitantes; sin embargo, la percepción ahora es la de un estado que teniendo todo (o habiendo tenido todo) para tener un desarrollo aún más relevante, su grandeza se esté convirtiendo en una guarida de criminales en la que la violencia y la extorsión son el pan de cada día, que la “modernidad” y el consumismo diluyan todo lo maravilloso que aún podemos encontrar en la tranquilidad de sus poblados, montañas y playas.

Tampoco comparto la idea de que la riqueza se siga concentrando en unos cuantos, que sigamos generando ingresos para franquicias y capitales extranjeros, que aceptemos salarios mínimos a cambio de jornadas exhaustivas de trabajo en condiciones laborables poco favorables, que el saqueo de las reservas naturales siga siendo desmedido para intereses económicos y/o políticos de unos cuantos.

Quienes nacen, crecen y habitan un determinado país, estado, municipio o poblado deben aprender a valorar lo que tienen y generar sus propios ingresos a partir de los recursos naturales que les rodean creando sus propias fuentes de empleo. Quizá sea que nadie se los dice, quizá sea que motivados por la necesidad y la pobreza huyen a la capital más cercana o a la Ciudad de México en busca de “mejores oportunidades” o caen en las redes de la mafia. Quizá sea momento de voltear la mirada hacia otros horizontes y los que buscamos nuevas oportunidades de vida y trabajo debamos ser la punta de lanza para un cambio en el desarrollo de esas pequeñas regiones escondidas al interior del país que son una gran fuente de crecimiento económico, social y cultural.

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Mientras tanto, regresaré a Veracruz, no sé a qué parte en específico ni con qué fines más allá de vacacionar porque puede ser que esté perdiendo esa belleza innata que lo distinguía hace algunos ayeres pero su puerto, su Tilingo Lingo, su aroma, sus voladores de Papantla, su Agustín Lara, su Tajín y su danzón no tienen igual; además de que me llama mi gen paterno.

Fotos: Elizabeth Cruz

Fecha: 
Martes, 09 de Junio 2015 - 17:30
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Trastorno: Breve testimonio del trastorno bipolar

Para Mauricio y Gonzalo,
por su gran apoyo, durante tanto tiempo

En mayo de 2008 me traté de suicidar (los próximos días se cumplirán siete años de aquel suceso). Desde hacía mucho tiempo había soportado el dolor de una enfermedad que había tenido efectos devastadores en mi vida y en la de mi familia cercana.

Después de mucho tiempo de desesperación, mi madre y yo consultamos a un médico tras otro, sin encontrar un tratamiento eficaz. Cada doctor, en lugar de retirar los medicamentos anteriores, agregaba nuevos fármacos, llegando así a acumular nueve pastillas diarias, que debía de tomar varias veces al día. Las drogas me tenían en un estado de artificio, de enajenación.

Ya había intentado suicidarme antes, pero sentía miedo. Aunque la muerte no era el problema, el hecho de morir, sí. En el fondo, nunca quise matarme, sólo quería dejar de sufrir.

Ese último intento de suicidio no fue una decisión consciente. El día que me traté de matar estaba fuera de mí. Había pasado mucho tiempo aplastado en un sillón o recostado en la cama, sin poder moverme, y, al día siguiente, luego de despertar, me sentía pletórico. Un día, invadido por una fuerza torrencial, destruí la habitación que me había prestado mi madre. Hice todo añicos.

En el fondo creí que nunca iba a encontrar el equilibrio, ni volvería a ser feliz. Mi angustia se había tornado insoportable. Estaba en Tuxpan y sudaba a chorros. No sé por qué motivo, pero ese calor sofocante me provocaba un terrible desasosiego. Por las tardes me sentaba en la terraza para mirar a los tordos que se posaban en los almendros y el hermoso ruido que provocaban me alteraba. Una tarde, fui en un taxi hasta la veterinaria y compré un bote de garrapaticida. No sé cuántos tragos le di. Sólo sé que unos instantes después, me derrumbé. En los días que siguieron, tuvieron que provocarme un coma artificial, fui conectado a un respirador, padecí fiebres muy altas y fui desahuciado. Pero como tardaba en morir, mi madre decidió trasladarme a un hospital de la ciudad de México, para ver si allá podían hacer algo más. Después de una reunión médica, un sacerdote acudió a terapia intensiva, donde yo estaba, para aplicarme los santos óleos. Al desconectarme del aparato que me mantenía con vida, sin que exista una explicación médica lógica, empecé a respirar. Cuando desperté, no tenía una idea muy clara de lo que me había ocurrido.

Hasta entonces, mi vida había sido un intento desesperado por conciliar el desasosiego con la pasión que sentía por la vida.

A los catorce años me trasladé con mi familia de la ciudad de México al puerto de Tuxpan, donde pasé cuatro años. Fue entonces cuando comencé a advertir una variación desmesurada de mis estados de ánimo. Con toda seguridad, se había agravado la ciclotimia (una forma leve del trastorno bipolar) que padecía desde la infancia.

Muchos años después, durante mi maestría, las oscilaciones empezaron a hacerse cada vez más importantes. Sin embargo, mi vida profesional fue en ascenso; era yo un buen asesor de inversiones en bolsa. Tiempo después, empecé a perder el juicio y a comportarme de forma errática.

Buscaba libros de manera obsesiva y angustiante. Regalaba dinero a los indigentes, fuera de las iglesias, arrebatado por la compasión. Escalaba montañas y volcanes, lleno de adrenalina, hasta que casi perdí la vida. Ganaba buen dinero y lo gastaba en abundancia; viajaba por el mundo; y hacía arriesgadas operaciones financieras. Eufórico, decidí proponerle matrimonio a mi novia; le compré un anillo de un precio exorbitante; pedí dinero prestado y compré un departamento; y luego, cancelé la boda; vendí el departamento; invertí el dinero en la bolsa y lo perdí.

Terminé por derrumbarme.

Me tomó muy poco tiempo destruir a la persona que había construido a lo largo de toda mi vida. Tenía treinta y tres años.

Mi jefe y uno de sus socios, con los que yo había trabajado en una casa de bolsa, y con los que ahora trabajaba, me dieron todo su apoyo. Gracias a ellos fui a ver al primer psiquiatra que me realizó un meticuloso diagnóstico. «Usted cicla», me dijo el médico, «usted padece de trastorno bipolar». Esa fue la primera vez que escuché el término “bipolar”, que poco tiempo después se puso de moda, desvirtuando el verdadero significado de la enfermedad. Cuando supo el diagnóstico, mi jefe, aficionado a la fiesta brava, me habló de David Silveti, un torero bipolar al que admiraba y que se había terminado por suicidar de un disparo en la cabeza. A partir de entonces, mientras muchas personas de mi familia y muchos de mis amigos salían de mi vida, ellos decidieron apoyarme, y lo siguen haciendo, hasta ahora.  

El diagnóstico me provocó una gran contradicción. Por una parte, ahora el sufrimiento y el comportamiento errático tenían un nombre y una explicación científica. Por otra parte, a partir de ahora cargaría el estigma que conlleva ser un enfermo mental. Después de hacer conciencia de lo que me sucedía y de las limitaciones que de debería enfrentar, tomé la difícil decisión de renunciar a un trabajo que había hecho durante los últimos nueve años, con muchos esfuerzos, y a una propuesta que se me acababa de presentar, para trabajar en un importante banco, en Miami.

En consecuencia, también abandoné los estudios de doctorado en letras modernas que por aquél entonces cursaba.

Siguiendo los pasos de Antonin Artaud viajé a la Sierra Tarahumara y, luego de pasar algunos días entre los rarámuris, regresé decidido a irme a otra parte, donde nadie me conociera, para empezar de nuevo. Algunos meses más tarde, vendí todas las pertenencias que había acumulado durante muchos años y me fui a vivir a Madrid. Pero en Madrid, a pesar del apoyo que recibí de un amigo, no era capaz de relacionarme con los demás, y pasaba mucho tiempo solo, deambulando por la ciudad, frecuentando un círculo de ayuda para bipolares, entrando y saliendo de las librerías y de los cafés del centro y de Lavapiés. Ni siquiera fui capaz de hacer la fila para registrarme en las oficinas de migración.

Cuatro meses después, en medio de una gran depresión, regresé a México.

Al día siguiente de mi regreso, invadido por un fuerte sentimiento de fracaso e inutilidad, abrí las llaves del gas de la cocina y, ese mismo día, fui internado en un hospital psiquiátrico. En ese lúgubre sitio, con más parecido a una cárcel que a un hospital, pasé veinte de los peores días de mi vida. No obstante, de alguna manera, el internamiento funcionó.

Salí bastante equilibrado.

Tras aquella experiencia, mi madre buscó la ayuda de un psiquiatra que tenía su consultorio en Coyoacán. Fue el primero en agregar litio al resto de los medicamentos que tomaba. Al principio las manos me temblaban y tenía una muy mal sabor en la boca. Luego me acostumbré al medicamento. Desconozco si el psiquiatra pensaba retirar poco a poco los demás fármacos porque, al cabo de un tiempo, dejé de verlo y me quedé viviendo en una bohemia casa de huéspedes, donde traté de montar una obra de teatro. Además de trabajar en la obra, todas las tardes iba a la Cineteca Nacional o frecuentaba los teatros marginales del barrio. Empecé a volver a sentir un entusiasmo excesivo y me volví expansivo y locuaz. Sentía que era capaz de escribir una obra de dramaturgia genial y que todas las puertas del teatro se me abrirían. Fue entonces cuando fui a ver a un nuevo psiquiatra, un supernumerario de la orden religiosa de los Carmelitas Descalzos. Él empezó a disminuir las dosis de fármacos en mis recetas, con la idea de dejarme al final sólo con el litio. También retiró un ansiolítico del que abusaba con mucha frecuencia. Pasé una temporada muy mala viviendo en un departamento desamueblado que tenía mi madre sobre la Avenida Patriotismo. Dormía sobre un colchón y pasaba el día encerrado, sin ver a nadie. Sólo de vez en cuándo iba en autobús a las librerías de La Condesa, leía durante algunas horas y luego regresaba. Mi mamá me pidió que me fuera a Tuxpan, donde ella pudiera cuidarme, y así lo hice.

En Tuxpan sentía que no tenía ninguna perspectiva de futuro. Además, los medicamentos me provocaban violentas oscilaciones de mis estados de ánimo.

Fue entonces, en medio de ese calor asfixiante, que traté de matarme.

Al cabo de los meses no sabía lo que me había ocurrido; fue mi madre, mucho tiempo después, la que me dijo que me había tratado de suicidar. Los recuerdos fueron llegando lentamente y de manera aislada. Como flashes o fotografías. Nunca agradecí a las personas que me ayudaron durante la hospitalización o que estuvieron cerca de mi madre. No supe cómo hacerlo y me sentía avergonzado. Le di vuelta a la página. ¿Qué otra cosa podía hacer? Nadie se atrevió a hablar conmigo del tema, aunque creo que me hizo falta.

Al salir del hospital, mientras me recuperaba, recibí una propuesta de la Embajada de Francia en México para publicar, en francés, uno de mis textos, por lo que busqué a una traductora que vivía en Bélgica y a la que había conocido en mi adolescencia. Así fue como ella y yo nos hicimos amigos. El estigma no parecía pesarle y no tenía ningún problema con lo que había vivido.  

Ya bastante recuperado, me fui a Guadalajara para abrir un café en sociedad con mi hermano. Desde que salí del hospital no había tomado más medicamentos y me sentía muy bien. Siete meses más tarde abrimos el café y yo empecé a sentir, de nueva cuenta, que mis pensamientos se aceleraban. Dormía poco, estaba lleno de proyectos, ideas y creatividad. Le llamaba por teléfono a mi amiga de Bélgica y me empecé a enamorar de ella. Mi hermano me llevó a ver a otro psiquiatra que me dio litio y Seroquel (un potente antipsicótico). Esta combinación funcionó muy bien y volví a sentirme estable, otra vez.

Por aquel entonces la mujer que vivía en Bélgica se había separado de su marido, de manera que yo le propuse trasladarme a Bélgica, con el propósito de que intentáramos comenzar una relación. La idea era descabellada, pero decidí llevarla a cabo. Eso implicaba dejar el café para el que tanto habíamos trabajado mi hermano y yo. Cuando se lo comuniqué a mi madre, ella se lo dijo a otros miembros de la familia, pero  algunos pensaron que se trataba de otro episodio de manía más. Cuando tienes una enfermedad como ésta, casi nadie vuelve a creer en ti. Pero mi madre decidió apoyarme. Ella y yo sabíamos que teníamos que hacer cualquier cosa por buscar mi felicidad. Nunca hablamos de la posibilidad de volver a fracasar. Mi madre, que hablaba muy bien el francés, empezó a darme clases por las tardes.

Me trasladé a Bélgica, a la ciudad de Mons.

Veinte días después encontré trabajo en como profesor en una universidad. Fui a vivir con mi nueva mujer y con sus hijos. Junto con ella tuve un año muy bueno, en el que viajamos por Bélgica, Holanda, Francia y Alemania. No recuerdo haber ciclado mucho durante todo ese tiempo. El verano siguiente murió mi madre; su muerte provocó un enorme vacío. La enfermedad nos había unido mucho. Fue la única persona que estuvo conmigo en todos y cada uno de los momentos difíciles. Un año después, María Teresa y yo tuvimos un hijo. Ahora hace casi seis años que vivo en este país. Continúo trabajando en la misma universidad. Desde la muerte de mi madre volví a ciclar, por lo que mi vida y la de mi familia está llena de claroscuros, pero he conseguido  mantener una relativa estabilidad que me permite, hasta cierto punto, hacer una vida normal. Las oscilaciones ahora son más suaves que antes.  A pesar de todo, hay días en los que me cuesta mucho trabajo hacer hasta las cosas más simples. Y días en los que no puedo socializar. Otras veces estoy eufórico y, otras, irritable. Nuestra vida es una lucha contra mis estados de ánimo. Pero al menos ahora soy funcional. El camino ha sido largo y espinoso. Sigo el tratamiento, descanso y trabajo. Tengo el apoyo de mi mujer y de nuestros hijos; de mi suegro, mis hermanos y de algunos amigos. Pero es a través de la literatura como mayormente he intentado poner fuera el dolor, lejos, donde no lastime, o donde lastime menos. Algunas veces tengo la sensación de haber dormido durante mucho tiempo y de haber despertado cuando el mundo había cambiado. Es como si me hubiera perdido muchos años de mi vida en los que yo estaba, sin estar.  

El trastorno afectivo bipolar es un trastorno que se origina en el cerebro. Está considerado por la Organización Mundial de la Salud como una enfermedad grave que se extiende a lo largo de toda la vida y que constituye la sexta causa de discapacidad, afectando el bienestar y la calidad de vida de los enfermos y de quienes los rodean. Se caracteriza por pronunciadas oscilaciones en los estados del ánimo, que se manifiestan como episodios de hipomanía o manía, alternados con fases depresivas. Se estima que el 2% de la población mundial padece este trastorno. No existen muchas ayudas gubernamentales para ayudar a los pacientes. En la sociedad existe mucha confusión con respecto al trastorno bipolar, ya que la enfermedad mental está muy estigmatizada y que este término suele utilizarse despectivamente. A diferencia de otras enfermedades mentales, la persona con trastorno bipolar no presenta problemas en la mente. El problema es físico y está localizado en la parte del cerebro que se encarga de regular los estados del ánimo. El desasosiego provocado hace que la tasa de suicidios en este trastorno sea muy elevada.

El escritor estadounidense William Styron escribió en la novela autobiográfica, Esa visible oscuridad, los nombres de algunos artistas caídos (que se suicidaron) por la depresión y el trastorno bipolar: Vincent Van Gogh, Virginia Woolf, Cesare Pavese, Sylvia Plath, Mark Rothko, Jack London, Ernest Hemingway, Paul Celan, Anne Sexton, Segei Esenin, Vladimir Mayakosky… A los que yo agregaría otros más recientes, como el del escritor David Foster Wallace, el del músico Kurt Cobain y el del actor Robin Williams. Pero también el de los millones de rostros anónimos que luchan cada día para vivir con el trastorno bipolar.

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Jueves, 21 de Mayo 2015 - 16:00
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Oficialmente muertos

Como se había adelantado en este espacio hace un par de días, la PGR declaró que los 43 estudiantes desaparecidos están oficialmente muertos. Fueron asesinados por un grupo de Guerreros Unidos y cremados en el basurero de Cocula. Esta es la versión oficial basada en el hecho de que los nuevos testimonios apuntan a fortalecer la versión que diera el procurador Murillo Karam en noviembre pasado.

Con un timing impresionante, se conjuntaron varios hechos que apuntan a varios cambios en el manejo del tema Ayotzinapa. Un día después de la pacífica marcha del 26 de enero, los diarios estimaron que había reunido entre 5 y 15 mil personas, cuando era evidente que eran muchos más. De cualquier forma, la marcha mostró que el movimiento ha perdido fuerza y se ha convertido en vehículo para otras causas. Era hora de actuar.

El mismo 26, un desplegado de la Iniciativa Privada exigía que se impusiera el Estado de Derecho. Al otro día, el poderoso empresario Lorenzo Servitje pedía el apoyo de los empresarios al presidente Peña Nieto en su momento de “mayor debilidad.” Varios días antes, plumas importantes, como la de Héctor Aguilar Camín, señalaban la necesidad de dar por cerrado el caso con base en las pruebas encontradas. El mismo gobernador de Guerrero, Ortega Martínez, pedía que el gobierno dijera la verdad, “por dura que fuera”.

Previo a la conferencia de prensa del procurador Murillo Karam, en donde anunció la versión oficial de lo sucedido en Iguala, el presidente de la República indicó que el país debía seguir adelante, a pesar del dolor de la pérdida. Al mismo tiempo, en una de las casetas más tomadas de la Autopista del Sol, la Policía Federal impedía, por fin, que un grupo de “jóvenes encapuchados” se hiciera de ella.

A menos que creamos que todo esto es una serie de coincidencias, es claro que el gobierno federal preparó todo en caso de confirmar que la marcha mostraba signos de debilidad. Y todo esto se hizo antes del arranque de las campañas, con muchos meses por venir de spots, discursos de candidatos y debates en el Congreso. Se apuesta a que el peso de las campañas y las discusiones en el escenario público ocupen la atención del país. No es una mala suposición, hay bases para suponer que hay un cierto hartazgo de los excesos de los aliados de los familiares de las víctimas de Ayotzinapa.

Como era de esperarse, los padres de familia y sus aliados han rechazado la decisión de la PGR y aseguran que llevarán el caso a instancias internacionales. La pregunta es si el resto del país, sociedad civil y clase política, consideran cerrado el caso. Ya veremos. 

Fecha: 
Jueves, 29 de Enero 2015 - 17:00
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