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teoría económica

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Amor improductivo

 

Todo lo que no es productivo es desechable. Por eso el ideal de la economía moderna es convertir al hombre en máquina, extirpar su esencia humana, para que en cuerpo y alma se entregue al ciclo de producción y consumo, hasta que deje de ser productivo-consumidor. Desde tiempos inmemoriales “las relaciones humanas –y por tanto la humanidad misma– son una perturbación para el trabajo y la eficiencia; (…) las personas se desempeñarían mejor si no “gastaran” su tiempo en asuntos improductivos… Este esfuerzo por maximizar la eficacia a cualquier costo, este fortalecimiento de lo económico a expensas de lo humano (el amor, la amistad, la belleza, el arte, etc.), reduce a los humanos… para convertirlos en meras unidades de producción. (La palabra robot de origen checo está basada en robota) la cual significa trabajo. Una persona reducida a ser un mero obrero es un robot…

“Gobernar a personas reducidas a robots ha sido el sueño de los tiranos desde tiempos inmemoriales. Todo gobernante despótico ve en las relaciones familiares y las amistades una competencia para la efectividad. El esfuerzo para reducir a la persona a unidad de producción y consumo es también evidente en las utopías (…), pues la economía como tal no necesita nada más que un robot humano, como ha sido bellamente –si bien de manera dolorosa– mostrado en el homo economicus (concepto según el cual los hombres actúan racionalmente y buscan sólo su interés), el cual no es más que una mera unidad de producción y consumo… En gran medida la corriente principal de la economía está algo cercana a este concepto. Los modelos de la economía neoclásica perciben el trabajo como parte de una función de producción”, (Tomáš Sedláček, Economía del bien y el mal, FCE).

Si bien la productividad es una herramienta muy útil a lo largo de la historia de la humanidad, toda vez que permite ahorrar y aligerar el trabajo, además de disminuir el uso de materiales y hacer mejor las cosas, es muy distinto convertir a este instrumento, como se hace hoy, en la piedra de sacrificios en la que se inmola a la humanidad, sobre todo cuando se le reduce al ahorro casi exclusivo de mano de obra, un solo componente del proceso productivo. Así se quita a la productividad su función social, de beneficio del hombre y se convierte en tautología: la productividad por la productividad. Las tautologías son cárceles, tiranías ideológicas que reprimen: son el nuevo ideal del despotismo moderno. Y como toda cárcel, termina por sacrificar lo más preciado: la creatividad, que es inherente a la humanidad, y piedra angular de la productividad.

Fecha: 
Jueves, 02 de Octubre 2014 - 17:00
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La teología es el origen de la mano invisible

¿Acaso tiene alguna importancia que hablemos de asuntos tan antiguos y esotéricos como el teorema de la mano invisible del mercado, que misteriosamente transforma el egoísmo, el interés propio, e inclusive el vicio privado en beneficios públicos? ¿Cómo afectan a nuestra vida? Sí importa comprender estos fenómenos porque la manera como vemos y entendemos el mundo (cosmovisión) es lo que norma y guía a nuestro subconsciente y determina nuestra conducta y nuestras acciones. El símil son los programas (software) de una computadora, los cuales le hacen posible realizar determinadas tareas. A esa especie de piloto automático, que determina nuestra conducta, el psicoanalista Wilhelm Reich lo llamó subyugación deseada en "La psicología de masas del fascismo". Sólo una ruptura y una nueva teoría sobre el origen de las cosas o del mundo (cosmogonía), modifican nuestra forma de actuar.

Entonces, ¿qué origina la idea de la mano invisible, esa ideología que da forma a la manera como nos relacionamos los hombres para producir, comerciar… para vivir? Es sabido que esta visión del mundo, sostiene que debemos al egoísmo, al anhelo de lucro (del carnicero, del panadero… del empresario) nuestro alimento y bienestar. Por tanto, el vicio privado y hasta la inmoralidad explican el vigor del comercio y la riqueza de las naciones. El corolario de entender así el mundo es la reducción del hombre a una entidad económica, que determina su ser egoísta, calculador y racional. Nada existe fuera del mundo-mercado. Si el mercado o base económica determina a la ética, a la política, a la sociedad entera y por ende a nuestro ser, el hombre al final del día es sólo una mercancía. A tal grado de degradación nos lleva esa creencia.

Hay otras derivaciones de esa visión del mundo: la codicia, el afán de lucro, que son el motor del egoísmo, nos mueven a anhelar siempre más: es origen del progreso y de la búsqueda del crecimiento económico perpetuo, que si bien nos ha llevado a cumbres excelsas de bienestar, también nos ha condenado a poseer sin límite, al consumo infinito. Crecimiento por el crecimiento. Consumo por el consumo... El progreso a cualquier costo. ¿Acaso la visión del mundo de crecer por crecer, no ha causado la degradación ambiental y la montaña de deudas, amenazas apocalípticas? ¿Pero de dónde viene la idea de progreso, cuyo origen es la creencia de que la mano invisible transforma el egoísmo, el pecado o vicio, en bienes? La idea se remonta a la Suma Teológica de Tomás de Aquino, quién dedujo que el mal se funda en el bien, que si se comete un mal es en aras de un bien. La teología es cuna de la economía moderna.

Fecha: 
Jueves, 11 de Septiembre 2014 - 17:30
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La necesidad de la codicia

Una antiquísima polémica está hoy más presente que nunca en México y afecta decisivamente nuestra vida. Por ello conviene estar muy atentos. Se trata de la casi omnipresente discusión política de si el motor del desarrollo del país debe ser el Estado o el mercado. Quienes se inclinan por el mercado en su expresión más pura quieren una injerencia mínima de la política (del Estado); creen, como Bernard de Mandeville –padre del pensamiento económico dominante–, que el egoísmo impulsa el progreso. En "La fábula de las abejas, o los vicios privados hacen la prosperidad pública", presume que debemos al vicio y a la inmoralidad el pleno empleo, la pujanza del comercio y la riqueza de las naciones, pues gracias al egoísmo, al anhelo de lucro (del carnicero, del panadero… –del empresario–) tenemos alimento y bienestar: “Fraude, lujo y orgullo deben vivir mientras disfrutemos de sus beneficios”, dice.

Según el teorema de la mano invisible del mercado, los vicios privados se convierten en beneficios públicos. Por tanto, debe evitarse que el Estado interfiera en el mercado. Karl Marx en el Prólogo a la contribución a la crítica de la economía política (El capital: crítica de la economía política, tomo I) da una vuelta de tuerca a esa filosofía cuando asegura que las relaciones de producción o “la estructura económica de la sociedad [es] la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general”. Es decir, el mercado o base económica engendra a la ética, la política: a toda la vida social. El hombre es criatura del mercado; de ahí su egoísmo y codicia.

La otra teoría, cuyo padre es Thomas Hobbes, supone en el Leviatán que si se deja vivir al hombre en “estado natural”, libre, donde haga y deshaga a capricho (laissez faire, laissez passer), imperaría la anarquía, y el hombre sería lobo del hombre, por lo que debe darse todo el poder al Estado para controlar a dicha criatura. Así concebidos Estado y Mercado son entes incompatibles que se repelen. El dilema para lograr el progreso, de acuerdo con estas teorías, parece estar entre el dios Estado y el dios Mercado: la trampa entre autoridad y libertad. El peligro se conjura si entendemos a Estado y mercado como instrumentos y no como deidades, y ponemos el acento en lo que importa: el hombre. El egoísmo (con mejor tino Adam Smith le llamó amor propio) es un potente estimulante individual, pero suponer que el vicio es el motor de la economía es una apuesta por la anarquía, cuyo riesgo es el despotismo.

Fecha: 
Jueves, 04 de Septiembre 2014 - 17:30
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