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Cuerda a las Islas Marías

Siendo joven nos invitaron a una reunión de vecinos, de las que solíamos hacer para conocernos ya que el fraccionamiento era nuevo. La sorpresa  que nos tenía el anfitrión era la presencia del candidato a diputado por el PRI, quien estaba en campaña. Pude conocer al señor y darme cuenta de que distaba mucho de lo que yo esperaba de un legislador: líder sindical, joven, con un poco más de educación que la primaria, agradable  persona, con poca experiencia política, transparente y con indudable buena voluntad.

Entre bromas y veras los vecinos me pidieron que contestara el discurso y presentara nuestras necesidades, lo que hice, dándole trato de diputado, haciendo hincapié en que al ser presentado por el PRI podía considerarse en la cámara y donde con certeza iba a seguir órdenes, ya que no nos iba a representar a nosotros, si acaso buscaría mejoras para los obreros y que no contara con mi voto.

Al  finalizar le dije que tenía la oportunidad de demostrarme que estaba yo en un error, pero no en un debate que en ese momento no tendría validez, sino cuando se encontrara en funciones y tuviera algo más que promesas, nos visitara para conocer nuestras necesidades e hiciera algo efectivo. Dijo considerarlo como un reto y se comprometió a hacerlo. Jamás le volvimos a ver la cara.

La reunión siguió con la camaradería acostumbrada , se me acercó el mayor del séquito del candidato, persona muy agradable, de esos a quienes la edad y la experiencia les da un cierto halo de sabiduría, le cuestioné la calidad de su candidato de quien no se podía esperar mejora en ninguna de las leyes existentes y mucho menos alguna nueva que ayudase a la sociedad.

Me dijo que esa era la generación del momento, que el hombre era lo mejor que tenían y representaría decorosamente a las clases populares de las que formaba parte; que si yo quería un cambio lo que tendría que hacer era afiliarme al PRI, ganar una candidatura y luchar en la Cámara. Amablemente decliné su invitación.

Un par de copas después me compartió una vivencia que marcó su vida: Siendo muy joven, acompañaba a un familiar en un puesto parecido a oficial de guardia en una delegación de policía, cuando le llegó una señora de mediana edad a preguntar por su hijo, quería saber si estaría incluido en la cuerda –grupo de presos- que saldría para las Isla Marías (secreto a voces era que la dicha cuerda no llegaría ni al puerto, ya que a los reos se les aplicaría la ley fuga en el camino), el oficial asintió, a lo que la señora le acercó con discreción una bolsita de lona, mediana, de esas con las que empacaban las rayas de los ferrocarrileros, pidiéndole que sacara a su hijo de esa cuerda.

El oficial empujó la bolsita hacia la mujer indicándole que no era posible; la mujer desató el nudo, extendió sobre el mostrador las monedas de oro de las que estaba llena al tiempo en que suplicaba, imploraba con desesperación por la vida de su hijo, su corazón estaba desgarrado, su ojos arrasados de lágrimas, su respiración entrecortada. El oficial recogió la fortuna, acomodándola lentamente por tamaño, depositando en la bolsita las mayores, las medianas, las pequeñas; todas las denominaciones en las que se acuñaba el oro y en ese tiempo estaban presentes, era evidente que eran los ahorros de toda una vida.

La actitud del oficial fue calmando a la señora quien pudo al fin controlarse y atenta al oficial escuchó su pregunta: ¿Cuántos hijos tiene? –siete. El oficial ató fuertemente la bolsita, la puso en las manos de la señora presionando para que la sujetara con fuerza y le dijo; -tome este dinero para educar a los seis que le quedan y que no tengan el fin del que ya perdió. Cabeza clavada en el pecho arrastrando los pies la señora abandonó la delegación.

“Eran otros tiempos mi joven amigo” me dijo el delegado, había hombres buenos y honestos para ocupar los puestos públicos porque no se pueden mandar a hacer hombres especiales, los gobernantes salen de lo que la sociedad provee, con cualidades y defectos. Y éstos se modelan conforme los valores imperantes.

Por desgracia el lema del gobierno de López Portillo “LA CORRUPCIÓN SOMOS TODOS” sigue vigente, no hay sistema carcelario que resista la corrupción. En nuestro país el desorden de los valores es el mal mayor,  impera el valor económico como lo evidencia el Chapo al distribuirlo adecuadamente a todos niveles. Vemos con facilidad las pajas en los ojos ajenos y no asumimos nuestra parte de responsabilidad, por ejemplo: las muchas mujeres que votaron por la linda cara de Peña Nieto hoy pueden ver que para ser presidente se requiere mucho más que eso. Se necesita integridad para cumplir la palabra empeñada y jurada ante la nación, los compromisos firmados ante notario, como el de reducir a 100 el número de sanguijuelas que sangran la Cámara de Diputados, no valen el papel utilizado, se requiere valentía para hacer uso legítimo de la fuerza contra vándalos y gobernantes que nos traen de cabeza, honestidad para llevar a juicio a los amigos y familiares, así se trate de su tío y padrino político o de compadres del alma a quienes quería en su gabinete antes de que se hicieran públicos sus latrocinios. Esas mujeres también son en parte responsable de ligereza en el voto.

Al usar argucias legaloides y tratar de curarse en salud del juicio de la historia a donde no quiere pasar como represor lo que hace es perfeccionar la corrupción sirviendo de ejemplo a todo su gobierno, convirtiendo a cada elemento en aspirante perpetuo a la impunidad.

Fecha: 
Jueves, 23 de Julio 2015 - 18:30
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