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Cartas a Tora CXLVIII

Querida Tora:

         Hay una muchacha en la vecindad (vive en el 18 con un montón de hermanos y una madre viuda y de mal genio), que siempre anda vestida de oscuro, con anteojos y trenzas, que no habla con nadie y a todo el mundo cae mal, al grado que ni la saludan ni la toman cuenta para nada. Pero un día, la muchacha empezó a vestirse diferente, a pintarse un poco la cara y a sonreír de vez en cuando. Todos se quedaron asombrados, y empezaron a murmurar todo lo que se puede murmurar de una mujer (que es mucho). Pero no se dieron cuenta de que había entrado a la Universidad. Luego empezó a llegar tarde, muy tarde. Y cuando la madre le preguntó, dijo que se reunía con amigos a estudiar y a hacer trabajos. Sin embargo, el día siguiente salía muy temprano para ir a clases. Con el tiempo, la gente se acostumbró al cambio, y ya ni siquiera murmuraban.

         Pero la madre no se conformaba, y le pidió a su hijo mayor que la siguiera en las noches, Así lo hizo el muchacho. Y en una ocasión volvió muy agitado, diciendo que la hermana andaba de “teibolera” (una palabra inglesa mezclada con una española, y ambas corrompidas al máximo). La madre por poco se infarta, sobre todo porque no sabía lo que eso significaba. El hijo se lo explicó, y la mujer puso el grito en el cielo (¿cómo puedes poner un grito en el cielo? No me lo imagino. Pero así se dice). Y una noche decidió ir a convencerse por sus propios ojos.

         Con mucho miedo, la madre y el hijo entraron al antro donde estaba la chica. Y allí se estuvieron, hasta que la vieron salir a agarrarse de un tubo y a hacer cosas que a ella se le antojaron indecentes con un pobre y honrado tubo. La madre se indignó tanto que se subió al escenario a cachetear a la hija. Pero el público empezó a aplaudir y a exigirle que bailara con el tubo. Ella les gritó que los tubos son para otras cosas más decentes, y se llevó a la hija a rastras. El encargado del antro quiso impedírselo, pero se llevó un par de bofetadas de antología, y tuvo que dejarlas ir. La chica lloraba y decía que no hacía nada malo, y prometió al encargado que volvería.

         La madre la encerró, pero no podía tenerla así eternamente, y tuvo que permitirle ir a clases, después de que le prometió que no volvería al antro. La chica prometió, pero a los dos días regresó tarde y le entregó una buena cantidad de dinero, que era lo que había ganado en esos días. La madre cambió de actitud, y empezó a acompañarla por las noches. Y cuando una noche vio que a la salida del antro la esperaba un hombre muy bien trajeado, le dio permiso de ir a tomar con él copa (solamente una). Pero la muchacha dijo que al día siguiente tenía clases, y no fue.

         Una noche que llegó saliendo de la escuela, la madre le preguntó por qué no iba a trabajar, y ella contestó que porque tenía un examen muy importante el día siguiente, y le habían dado permiso de faltar. La madre quiso hacerla recapacitar, diciéndole que sus hermanos se estaban poniendo gordos y relucientes y ya tenían dos pantalones cada uno. Pero ella no transigió; y al día siguiente presentó su examen, que la acreditaba para ejercer como ortodoncista. La madre gritó, lloró, le dijo que trabajando de “esa cosa” no les alcanzaría para comer carne ni siquiera una vez a la semana. Pero la chica, firme en sus trece (¿en sus trece qué?).

         La situación se puso tan violenta, que la chica se fue de la casa (escándalo, tragedia  y  amenazas de perdición le lanzó la madre). Empezó a vivir sola (auténticamente sola, no como suelen decir las muchachas que viven), y todas las quincenas le llevaba a la madre una cantidad “para que comieran carne dos o tres veces por semana”.  La madre se calmó un poco, dijo a las vecinas que estaba “haciendo un  internado” en otra ciudad, y acabó por conformarse.

         La muchacha no volvió al antro, y con el tiempo se casó con un compañero de profesión, y entre los dos pusieron un consultorio.

         Te cuento todo ésto porque me pareció una historia tomada de alguna novela del Siglo XIX o de una película de la “Época de Oro”. Algo así como “Flor de Fango”, “Castidad en el Infierno” o “La Mujer que no Quiso Perderse”. ¿A ti qué te parece?

         Cuando regrese, vamos a tener que hablar de muchas cosas. Ya verás.

Te quiere

Cocatú

Fecha: 
Viernes, 13 de Septiembre 2019 - 11:15
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Viernes, 13 de Septiembre 2019 - 13:30
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Sábado, 14 de Septiembre 2019 - 02:30
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Divagaciones sobre la lluvia

Ayer, envuelto en una bruma blanca y ligera, bajo una lluvia muy fina y pertinaz, caminaba por las calles e intentaba calcular desde hace cuántos días que había comenzado a llover. Sin paraguas, con los calcetines húmedos y los pies mojados, había terminado por arrepentirme de haber comprado esos zapatos de gamuza. La lluvia es una bendición; la lluvia es una catástrofe, me dije. Al final de la tarde, terminé refugiado en el café de un hospital, donde busqué la mesa más cerca de una ventana desde donde podía ver a la gente ir y venir bajo el aguacero, y donde podía escuchar el tamborileo de las gotas pegando contra el cristal. Uno se aferra a sus hábitos y a sus placeres cotidianos porque no quiere que la normalidad se altere. Pero la lluvia siempre altera esa normalidad.

El café, como era de esperarse, en días como ayer, se encontraba repleto de gente. La lluvia me llevaba a otro lugar. A mi alrededor todo respiraba calma. Es interesante ver que todas las cosas cambian cuando llueve. A pesar de ser temprano todavía, había muchas luces iluminando la ciudad. Quienes no llevaban paraguas, caminaban muy deprisa, con la cabeza baja. Otros corrían, sin darse cuenta de que no por mucho correr se mojarían menos, y de que tan sólo permanecerían menos tiempo bajo el agua. Una pareja se besaba debajo de un paraguas. Los besos, bajo la lluvia, aparecen revestidos de un romanticismo más puro. Había también quienes pasaban resguardados bajos sus chubasqueros rojos y amarillos y quienes caminaban bajo esos curiosos techos móviles: los paraguas, o los que habían tenido la astucia de inventarse un paraguas con un portafolios, un libro, un periódico o, simplemente, levantando la gabardina y escondiendo la cabeza entre las solapas.

En un mundo cada vez más deshumanizado, la realidad es que la lluvia no parece una amenaza, sino un refugio. ¿Se ha fijado alguna vez cuántos paraguas pintaron los surrealistas? Y qué otra cosa es el arte, además de un refugio de la realidad. Yo casi nunca uso paraguas: los olvido en todas partes, los regalo o los extravío. Y cuando uso alguno lo prefiero macizo; uno de esos que no se pliegan; macizo y grande; invulnerable, para usarlo también de bastón. Soy cuidadoso con todas las supersticiones, razón por la cual nunca camino debajo de una escalera y tampoco abro un paraguas en el interior de un inmueble. Me gusta estar con mi mujer y con mis hijos mientras llueve. Me gusta mirar una película mientras llueve. Me gusta leer. Supongo, que esto es un lugar común. Ya lo dijo el brillante escritor mexicano Juan Villoro, en su monólogo teatral, Conferencia sobre la lluvia: «la literatura es un lugar en el que llueve […] yo me he dedicado toda una vida a coleccionar chubascos literarios». Recuerdo días felices en los que salía por las tardes, me internaba en el Parque del Reloj y leía poemas del genial poeta argentino Oliverio Girondo. También recuerdo días menos felices en los que iba al Parque México y leía poemas del poeta chileno, Vicente Huidobro, o del peruano, César Vallejo. De Vallejo, ese es uno de los mejores versos que conozco: «Moriré en París con aguacero». Y, dicho sea de paso, poco tiempo después de haber terminado su libro: Poemas humanos, César Vallejo murió en París, un día, con aguacero, como predijo en su poema.  

La lluvia me recuerda algunas de las sonatas en tres movimientos que se componían en la primera mitad del siglo XVIII. Antes de la lluvia, los pájaros, nerviosos, vuelan más bajo, los mosquitos se alborotan y la intensidad de la luz y los colores del día cambian, creando una hermosa y sombría atmósfera. Durante la lluvia, tras un estrepitoso caos, el agua empieza a crear un concierto que, mediante el ruido del agua al caer, el viento golpeando las hojas de los árboles (dicen que, desde el tiempo del Diluvio Universal, los árboles son los que cuentan la historia de la lluvia) va, lentamente, creando su propia armonía. Después de la lluvia, como si el día se hubiera partido en dos, un antes y un después, vuelve la luminosidad a las calles y se respira el olor tan ansiado que queda después de la lluvia, en medio de una atmósfera maravillosa.

Pero, como en todas las cosas, lo importante no es lo que ocurre fuera, sino lo que ocurre dentro, en el interior del que vive la experiencia de la lluvia.

La lluvia dispara procesos internos.

Borges decía que «la lluvia es una cosa que sucede en el pasado». Tal vez porque los días de lluvia son nostálgicos y melancólicos. Sentimos nostalgia por la imposibilidad que tenemos de volver al pasado (nostos: pasado; algia: dolor), para volver a vivir situaciones que ya no existen, con personas que ya no están (o que han cambiado y no están de la misma manera que antes). La melancolía, por su parte, surge del dolor de haber sido habitado por algo que percibíamos como bueno y que después, por alguna causa, nos abandonó. Sigmund Freud decía que «el objeto del deseo perdido arroja una sombra sobre el yo». El escritor argentino, Leopoldo Lugones, lo ponía en términos más poéticos: «Lo que tiene de lágrima toda gota al caer».

Me descubrí, in promptu, a través de esa ventana atiborrada de agua, preguntándome por ese ser melancólico, viviendo su experiencia de vacío, en duelo permanente. Ajeno a sí mismo y observándose siempre desde fuera. Angustiado, exiliado, solitario. Sin una clara consciencia de sus pérdidas y con la convicción de que, en algún momento, algo dentro de él se murió. ¿No sucede eso con todo el mundo? Una llama que se apaga y algunas luces nuevas que se encienden. Pero quedan la nostalgia, y la melancolía.  

Era yo ese: «sobreviviente diario de la nada», que se aliviaba en las tardes lluviosas dentro del café de un hospital, rodeado de los familiares, de los dulces, los chocolates y los peluches que vendían para los enfermos.

Hasta que, repentinamente, caí en la cuenta de que, a pesar de esa tristeza, una tristeza neutra y blanca; sin sufrir, sin dolor, una parte de mí era inmensamente feliz. Entonces, recordé el final de un texto del escritor argentino, Julio Cortázar:

«Pero las hay (gotas en las ventanas) que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas, inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós».

Dejemos, pues, que sean ellas las que se suiciden. Poco tiempo después, dejó de llover y me fui a casa.  

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Lunes, 08 de Febrero 2016 - 16:00
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Nostalgia del pasado

Suelo titular mi columna Nostalgia del Porvenir pero he decidido dirigir mi nostalgia al pasado hoy, que comienza un nuevo año bajo los auspicios de la última triada de la mercadotecnia invernal: Malhechor, Gastar y Vaasaltar a 18 meses sin intereses.

Cuando comienza el porvenir rememoro un gran pasado que viví, al que en retrospectiva se me ha ocurrido llamar (por darle un nombre) mi Decena Fantástica, aprox. 1965-1975.

En ese tiempo cercanísimo y muy lejano despertaba yo a la vida adulta junto con millones y millones más. Comenzó el año de mi nacimiento (1946) el famoso baby boom en Estados Unidos y en los países victoriosos de la II Guerra. Nacimos a partir de ese año millones de baby boomers, uno de los fenómenos más interesantes de la historia poblacional. En la agotada Europa, ayudaron al fenómeno millones y millones de desplazados de países satélites, sobrevivientes judíos, y alemanes de raza o recientemente desinstalados de tierras liberadas de los nazis. Cuando estalló la paz, empezaron a reproducirse como conejos.

Ese baby boom marcó un peculiar capítulo demográfico cuando millones de niños pasamos al mismo tiempo a la adolescencia y la juventud. (Luego a la madurez y ser más o menos productivos y reproductivos, formar familias, para después esperar la pensión por retiro; eventualmente algunos formarán cola para tratarse el Alzheimer, y finalmente, a los panteones. Demasiados compañeros míos han pasado a ellos.)

Para nada pensábamos en eso cuando lo vigente era una explosión juvenil como nunca se había dado. Si bien los vecinos del norte tuvieron enorme importancia y la mejor música se cantaba en inglés, el Reino Unido marcaba el compás: Hail Britannia! Britannia rules the sound waves! Por primera vez en la historia Inglaterra no sólo fue central en música sino que tomó la vanguardia en composición. Viví a tope una época en que mi vida recibió la bendición que hace poco recibí de André Rieu: que tu vida esté rodeada de música.

Fueron años estupendos que no rememoro por los dudosos estudios en la universidad a la que entré en el 65 sino por lo aprendido fuera de las aulas, los amigos que hice allí, y la música. Al comenzar 1965 ya se habían ido mis abuelos, a uno de los cuales quise con tanta entraña como se puede querer a alguien; y comenzó la fase gruesa de los que desde entonces llamé alegres sesentas, prolongados hasta media década siguiente. Época de envidiable estabilidad económica, con moneda aún ligada al oro; apertura artística y musical, esotérica y floral, psicodélica y espiritual. Tiempos post Concilio Ecuménico con su explosión de renovación litúrgica, y un aggiornamento de las prácticas religiosas, que por circunstancias particulares, viví a tope.

En el 1967 hizo época Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, epítome de novedad e innovación, talento y variedad en un solo disco. Ringo con With a Little Help from My Friends y las mafufadas de John. Lucy in the Sky with Diamonds, con una guitarra estupenda y ecos que alguien asoció con el entonces popular alucinógeno LSD. Ecos de Schubert en She's Leaving Home, y el místico George, manifestando cuánto había aprendido de su amigo y maestro Ravi Shankar en Within You Without You. Y entre las juguetonas del ligerito Paul, When I’m sixty-four, que canté nostálgico hace 5 años ya.

El 2000 parecía imposible, inconmensurablemente lejano, inalcanzable. Todo mi tiempo era futuro, cuando hoy una parte grande de mi vida es pasado. Es irremediable mirar para atrás, a pesar de que yo siempre estoy empezando. Y sigo mirando p’atrás.

En la cumbre de esa década, 1968, tuve el privilegio de vivir solo en Roma dos meses; viajé a Suiza, Francia, Bélgica y al swinging London donde compré recién fresquito de las prensas de acetato el disco blanco de los Beatles. En ese año toda ciudad que se respetara estaba decorada con la bandera indispensable de la capital de esos años: Gran Bretaña. Y no se diga aquél inolvidable Londres donde, aún sin terrorismo ni demasiados árabes, las mujeres no se cubrían la cabeza sino que enseñaban generosamente las piernas en un despliegue de alegría y juventud inconcebible para quien visite hoy cualquier ciudad europea y las vea vistiendo el uniforme de la mediocridad, los asquerosos jeans.

Una querida amiga gringa muy querida me regaló en 1967 The sound of silence de sus compatriotas Simon & Garfunkel, indispensable hasta hoy. Al año siguiente apareció otro cuyo tema me hacía soñar: Are you going to Scarborough Fair? / Parsley, sage, rosemary and thyme / Remember me to one you lives there / She once was a true love of mine.

La navidad de 1968 llegó con un disco insólito que compré en la benemérita, hoy desaparecida Sala Margolín: Switched-on Bach, donde Walter Carlos recreó brillantemente en sintetizador Moog piezas de Juan Sebastián. (En 1972 traté en un barco a Wendy Carlos sin saber que ella había sido él, recientemente operada/o de cambio de sexo. Me enteré años después, pero al atracar el barco en NY, lo primero que hice fue ver A clockwork orange, de Stanley Kubrick, con música de ella/él.) Por aquél entonces empezaba Elton John con una canción espléndida, Rocket man. Y claro que era indispensable Serrat, compositor de lo bueno suyo en esos tiempos, sin nada recordable desde entonces.

Y hablando de Kubrick, en 1968 salió 2001. A space odyssey, película germinal evocadora de que todo era posible. Nació allí mi gusto por la ficción científica y por las grandiosas obras de Arthur C. Clarke e Isaac Asimov.

En cuanto a literatura, por esas épocas me aficioné también a las grandes obras de Teilhard de Chardin, autor estupendo para una época de avanzadas intelectuales, con su místico evolucionismo católico (recogido en una notable serie católica reciente, producida por el Opus Dei, donde demuestra la razonabilidad científica del evolucionismo a la luz de la fe católica y de su doctrina; nada que ver con los delirios creacionistas del Bible belt gringo y su visión literal de la Biblia). También me aficioné a la excelente literatura francesa (comencé por Saint-Exupéry, seguí con Camus) y la canción francesa con el grandioso belga Jacques Brel, Jean Ferrat, Edith Piaf, Juliette Gréco, el irreverente Georges Brassens, el excelente Charles Aznavour. Y qué decir del jazzista bachiano Jacques Loussier. Ah, y en esos años me aficioné por primera vez a lo que más hago hoy: escribir.

Seguí poco a los Rolling Stones, Jefferson Airplane, The Mamas and the Papas o los Bee Gees, aunque tuve motivos para rememorar su bellísima Massachusetts. Aún no había conocido al gran Jaime Almeida, con quien pude haber vivido mucho más de nuestra afición principal, la música. Y me quedé pendiente con Bob Dylan, pero recordaba A hard rain’s gonna fall y Something’s happening here but you don’t know what it is… do you Mr Jones?

Y es que eran épocas insólitas, en que todo (lo bueno) podía pasar. Había una consciencia social de causas mayores que nosotros, que no veo por ninguna parte en nuestro devastado y degenerado ambiente político. Se respiraba en Europa, EEUU y México una generosidad histórica que ya no existe. No había la angustia de pensar en un futuro terrible, y casi todos creíamos en ideales, aunque fueran tan espurios como el socialista, expresados en el espejismo hueco de la criminal dictadura cubana. El guapo y fotogénico Ché (psicópata, asesino, secuestrador) fue producto 100% de los 60, cuya foto de Alberto Korda en 1960 ha pervivido como nostalgia de épocas en que había más de esa consciencia hoy perdida en el estercolero de la peor política.

Aquella contracultura daba espacio a las drogas (que nunca probé) y a la cultura oriental, al Zen y a la meditación trascendental, que sí me interesaron vivamente; aprendí ésta años después y nunca he dudado de su eficacia. Homenajeo aquí a mi amigo y socio, el finado Agustín Lira, con quien hice genialidades audiovisuales con poquísimos recursos.

Los años cumbre de esta mi nostalgia fueron 1968, 1970, 1972, y desde luego 1975, año de la fundación de mi familia (hoy somos 21) con una notable mujer que había conocido desde 1969 en mi universidad, la célebre Totina, quien llegó a ser madrina de la estudiantina en la que hice música durante todos esos años.

Eran tiempos de flores y perfume, sueños realizables y visión hacia delante, de poco resentimiento y mucha echarse p’adelante. Nostalgia quiere decir dolor por la casa (nostos casa, algos dolor). Lo que yo empecé a ser se fundó en esos años estupendos. Ya no regresarán porque lo pasado ya pasó pero parte de ese algos es saber que las generaciones contemporáneas —mis hijos— no habrán conocido lo que se vivía entonces, con ese empuje tremendo hacia el futuro, con ese apetito por cosas mayores que nosotros y que inspiró desde entonces mi interés por la cosa pública. Carole King cantaba por el 72 you know wherever I am, I'll come running, to see you again… Aparece la carne femenina de la nostalgia: to see you again…

Soy hechura de esa época, pero no dejé de aprender entonces. Nunca he dejado de aprender, sobre todo en mi estilo preferido: el autodidáctico. Y como he decidido no morirme todavía, lo diré de nuevo en el idioma de esos años musicales: I’m beginning.

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Jueves, 07 de Enero 2016 - 16:00
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En la cárcel

No resulta sencillo escribir qué se siente vivir atado de pies, manos y voz. De pies porque no se puede correr, de manos porque no se puede abrazar, de voz porque no se puede decir todo lo que quiero; y como aquí no hay una pluma debo resguardarlo en la memoria para escribirlo después. Estoy en la cárcel y las emociones revueltas, los deseos, planes y metas desaparecen cuando decido vivir en una celda fría compartiendo una cobija y una almohada que han soportado noches enteras de desconcierto, incertidumbre, lágrimas, ruidos desconocidos y silencios que murmuran. La noche en una prisión es para mí, un espacio de observación, en donde las inocentes terminan creyéndose culpables, las culpables sanan despacio sus remordimientos y todas se arropan para corresponder a los lamentos y dulzuras. Una sola noche puede convertirse en una larga y penosa vida así como una vida entera se puede reducir a una sola oscura noche en prisión.

Vivir en una prisión por la sola curiosidad de saber qué es el insomnio obligado sin importar quiénes son las delincuentes y quiénes las confundidas entre la realidad y las aseveraciones ajenas, fue una parte que, vivida con toda conciencia, me provoca aprender que en todas partes hay rejas y cadenas; la vida diaria es una cárcel en la que la fianza es más difícil de detectar que la sola cantidad monetaria o el largo proceso penal. Cada uno en su cárcel mundana y todos en una celda llamada mundo sin querer compartir nada.

La vida, que se parece a una larga condena y que por querer compartir tiempos y realidades con las internas de la penitenciaría, me enseña más allá de lo que puede ser la desaprobación social para convertirse en un flagelo personal.  En el tiempo en que decido adentrarme en el pensamiento y el aire denso de una celda quise también saber y ser parte de un mundo tan imaginario como irreal, a la vez tan parecido al diario vivir en la ciudad. La capacidad de adaptación del ser humano a cualquier situación es increíble, así como la absurda capacidad de creerse en peligro solo porque el anuncio de la gravedad mundial acecha. En prisión, saber que el invierno se acerca, que congelará hasta el último hueso y que el agua helada de la regadera espera puntual cada mañana a las 6 y que aun así se tiene la disposición de obedecer. Sentir que se acerca la temporada de afectos y nostálgicos recuerdos, saber que no se podrá abrazar al ser más querido y aun así se inventan que existe cerca y se abrazan a escondidas entre ellas.

La celda de afuera, se reduce ante todo lo que sucede alrededor de cada ser humano, los límites de comprensión y compasión dejan de existir dando paso a la frustración y a la depresión, es muy fácil caer en los pensamientos negativos, en las necedades personales y en la nulidad del criterio. La celda real y una prisión de altas paredes no es, en nada, peor que a la que existe en la “libertad” rodeada de cosas innecesarias que solo distraen el pensamiento.  

Es contradictorio estar en encierro añorando la libertad que se vive afuera y aun así el encierro es de todos los días, es conflictivo saberse culpable o reprimido y no querer entenderlo y mucho menos remediarlo. Las rejas que cubren el entorno, la necesidad del ser humano por depender y la pasividad con la que se funciona día a día se convierten pues en la verdadera prisión. Con la enseñanza puesta como el mejor vestido, decido que ninguna reja, ninguna prisión emocional y ninguna atadura física pueden encerrar del todo el poder del pensamiento y la decisión de creerme capaz de pagar mi fianza  con el aliento que me regala ser simplemente libre en mi misma

Y reitero, no es sencillo escribir lo que se siente estar en una celda de concreto, fierro y candados.  Es necesario acercarnos a los barrotes personales, tocar el frio suelo de nuestro tiempo y hacer conciencia del tamaño de la fianza que debemos pagar. Debo una entrega no tan emocional y quizá un poco más coloquial de lo que sucede cuando se sabe preso, la puerta abierta está justo enfrente y se tiene miedo de salir. He pagado mi fianza, ahora estoy en vuelo, recuperada, sana y con la firme intención de solo estar en la cárcel para apoyar a quienes, con justa razón, se han convertido en importantes maestros de vida.

En la cárcel, cualquiera que esta sea, el ser humano puede perder absolutamente todo, menos la libertad de pensamiento y el poder de decisión y como presunto responsable, es tarea de cada uno liberar la fianza y abrir los candados, adelante, el camino está libre.

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Fecha: 
Martes, 08 de Diciembre 2015 - 16:00
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¡De la tumba al AMOR!

— ¿A dónde vas?, preguntó un mortal al verla pasar.

— No voy, vengo, le contestó la interfecta…

— ¿Te gustaría un trago conmigo degustar?

Y así la charla continuó, hasta que por fin al mortal se le ocurrió preguntar, ¿quién era esa dama?, con quien tan amena charla sostenía.

— ¿Para qué quieres saber? ¿Te estás entreteniendo o no?

— Sí, ¡claro que sí!

— Entonces, mejor sigamos platicando… Te decía que es muy fácil mi oficio… Porque sólo necesito esperar, ni siquiera demasiado, con un poco de paciencia y ya está: Misión cumplida. ¿Cómo ves?

Pedro empezó a inquietarse, esa mujer se daba el lujo de entrar sola a las cantinas, a altas horas de la noche por las calles deambular, con ese porte y vestimenta elegante… Se quedó mirando a los dedos de la Doña y hasta ahora se dio cuenta lo huesudos que ellos estaban. Entonces, Pedro se dedicó a observar a la dama que, de alguna forma, lo tenía cautivado con ese cadencioso y suave hablar.

— Fíjate, los mortales no cuidan su cuerpo, mírate tú: Gordo, feo y panzón. Todos los días tome y tome por ahí has de andar. Y quién sabe cómo estarás de diabetes y colesterol, que son las enfermedades de esta nación. Además, les gusta sufrir, con facilidad se arman unas historias que cualquier telenovela corta se queda. Y ahora con los resultados del huracán Patricia, cuando algo les sale bien, ni ustedes se lo creen.

— ¿Te cae?

— Fácil, mira el periódico. El 99% son malas noticias. Parece la agenda de la Catrina. Que si un choque por aquí, la guerra por allá y de la violencia mejor ni hablar…

— En eso tienes toda la razón. ¿Y a qué te dedicas, pues?

Pedro seguía pensando, que estaba lejos de considerarla bella, se dijo así mismo, mientras sonreía levemente. En ese instante notó una mueca de molestia en su compañera y  prefirió decir algo para halagarla:

— Bueno, veo que erudita has de ser, para tener todo ese conocimiento de las enfermedades, a lo mejor doctora resultas ser.

— No, doctora no. Tal vez tanatóloga podría ser. Va más de acuerdo con mi desempeño… Ya te dije, lo demás lo sabrás en un momento… Ya me estás haciendo hablar de más.

— ¿Dentro de un momento?

— Faltan unos segundos para las 12 de la noche.

— Ohhh. ¿Y por qué esperar hasta entonces?

— Porque así son las reglas… 10, 7, 5, 3…

— ¡Alto! ¡Para!, como que esto ya no me gustó… ¿Yo sólo quería saber a dónde iba usted?

— Sí, y yo te contesté. “No voy, vengo”… ¿Estamos de acuerdo?

— Cierto, cierto…

— Pedro, vengo por ti. Se terminó esta historia… Vámonos, que para hoy tengo más trabajo todavía por hacer.

Entonces Pedro observó a la dama que lo había cautivado, con todo y su fealdad y, en un suspiro, comprendió cómo es que estaba ahí. Miró al infinito, vio las ráfagas de historias compartidas. Esa dama era SU DAMA…

Ahora todo estaba claro, por eso nadie le quería, ni él nunca encontró a alguien de su medida con quien compartir la vida.

Y cuando la fea y flaca mano lo acarició, Pedro en un hondo sueño entró, por fin reconoció el bello rostro de su amada, y enamorado vio como ella le sonrió.

— En vida no tuve lo que en mi muerte tendré en demasía… Bueno, mi querida Catrina, por fin recuerdo el pacto que hicimos antes de venir aquí. Esperabas la fecha acordada para regresar por mí… Aquí estoy pues, ¡todo listo para TI!

En ese instante, el Pedro gordo desapareció para transformarse en un esbelto y cadavérico personaje, acorde con su amada.

— Jajajaja….

Y se escuchó la carcajada de Pedro, mientras él por fin partía en tan dulce compañía.

Fecha: 
Miércoles, 28 de Octubre 2015 - 16:00
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La época de oro

El mundo consumista en que vivimos nos ofrece una cantidad increíble de “productos milagrosos” que prometen postergar el efecto del tiempo. Es decir,  lo viejo se vuelve sinónimo de caduco u obsoleto pero además, la vejez es un tema que nos asusta, pues nadie nos prepara para entenderla, asumirla y, mucho menos, acompañarla (cuando de nuestros padres o abuelos se trata).

De esta forma crecemos con la falsa idea de que nuestros progenitores serán eternamente fuertes, sabios, con energía y salud. Sin embargo, llega un momento en que de forma natural empiezan a perder sus habilidades y somos nosotros los que debemos procurar y asegurar su bienestar para el tiempo de vida que les quede a nuestro lado, como si de niños se tratara pues de alguna forma vuelven a serlo.

Según datos de la ONU, en el mundo existen 600 millones de personas con más de 60 años y en México habitan casi 12 millones de adultos mayores, de los cuales el 54% son mujeres.

En el mejor de los casos, algunos adultos mayores pueden gozar de los frutos de una jubilación y realizan viajes o actividades que los mantienen ocupados y en buen estado físico y mental; mientras que otros, continúan siendo el sustento económico de sus familias o no cuentan con una pensión y por eso, no es extraño encontrarlos en empleos poco decorosos para su edad. Algunos más eligen residencias para adultos mayores, aunque siempre surge la duda: ¿realmente están mejor, alejados de su familia? Creo que la respuesta es que depende de las circunstancias y del contexto en que vivan; quizá para los que viven solos o están enfermos, olvidados y/o abandonados sea mejor vivir en un ambiente tranquilo y vigilado. Julia Santibañez (Directora Ejecutiva Editorial) escribe en su blog: “Mi mamá, 84 flagrantes años, se va a vivir a una residencia de personas mayores (eufemismo para asilo de ancianos). Y yo no sé qué se me rompe por dentro.” Y así es, algo se nos rompe por dentro cuando repentinamente y sin darnos cuenta, un día de tantos, las personas que nos vieron crecer y siempre nos ayudaron, que fueron nuestro punto de referencia y ejemplo de vitalidad y energía, no solo ya no pueden valerse por sí mismos sino que nos necesitan y ahora nos corresponde cuidarlos, acompañarlos y apoyarlos.

En la ciudad de Seattle, en Estados Unidos, se está gestando una iniciativa que permite el intercambio entre generaciones, combinando la paciencia y la solidaridad de los mayores con la energía y la curiosidad de los pequeños, mediante la instalación de una guardería en un centro para adultos mayores y, al parecer, los resultados han sido extraordinarios.

En México, el tema de la calidad de vida que damos a los adultos mayores es un área de oportunidad para todos, pues debemos sensibilizarnos hacia sus necesidades y crear nuevas formas de convivencia entre ellos y las  nuevas generaciones, en un ambiente de tolerancia, respeto y aceptación que les permita sentirse valorados, escuchados e incluidos en nuestras familias y en la sociedad; de esta forma, estaremos contribuyendo a un cambio de conciencia a favor de los seres que nos dieron la vida y que al acercarse al ocaso no se vuelven caducos sino al contrario, vigentes y valiosos por el cúmulo de virtudes acumuladas a su paso por la vida.

Demos la mano a quienes tomaron la nuestra para enseñarnos a caminar y acompañaron nuestros pasos por la vida hasta convertirnos en adultos y ayudémoslos a vivir con dignidad, paz, amor y alegría la transición a la vejez, regalándoles calidad de vida para, que de esa forma, puedan cosechar lo bueno que hicieron por nosotros y disfruten su época de oro.

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Fuentes:

http://www.informador.com.mx/suplementos/2015/611157/6/el-envejecimiento...

http://elpais.com/elpais/2015/08/17/eps/1439822288_235952.html

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Fecha: 
Lunes, 05 de Octubre 2015 - 16:30
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Recuerdos de leve tristeza

La vida es sencilla para el corazón: late mientras puede. Luego se para. Leo esas frases en una novela de Karl Ove Knausgård. Es el instante en el que llega la muerte. Algunos corazones se cansan antes que otros. Después, los muertos viven otra vez entre nosotros cada vez que los recordamos. El corazón de Mémé, mi abuela paterna, se detuvo hace algunos días. Latió durante noventa y dos años. ¿Se le puede pedir más a un corazón?
Hubiera querido conocer mejor a Mémé, pero no fue así. El divorcio de mis padres, las mudanzas de mí madre y el alejamiento, entre nuestro padre y nosotros, lo impidió.

Hace algunos meses, en medio de otro de mis intentos por reconstruir mi historia (algo que toda persona que escribe, siente el deseo de hacer alguna vez), le pedí a mi padre que me contara algo sobre uno de los tantos huecos que todavía tengo en la historia de mi familia paterna: su llegada a México, cuando era niño. Pero me dijo que sólo recordaba dos cosas: que antes de llegar al país viajaron a Nueva York en un trasatlántico llamado “América” y que sobre ese barco hacía muchísimo frío. No tengo la impresión de que mi padre quiera pensar demasiado en ese viaje que lo trajo a México para siempre. Mi padre me prometió que visitaría a Mémé para pedirle que le contara los pormenores de aquella travesía. Yo estaba más interesado en los pequeños detalles que en los grandes acontecimientos. ¿A qué olía el barco? ¿Cómo se sentía la brisa en cubierta? ¿Cuáles eran sus miedos y esperanzas? Las historias de los exilios, cualesquiera que sean (interiores o exteriores), siempre me han interesado. Pero a mi padre siempre le ha costado hablar de esos temas y nunca tuve respuesta de la conversación que tuvo con Mémé.

De manera que recurrí a mi prima, Pilar.

Pili fue a la residencia de ancianos donde vivía Mémé, grabó la conversación que tuvieron y me la envió al Inbox de mi Facebook. La escuché tres veces. Pili trataba con mucho cariño a Mémé y le tenía una paciencia inmensa. Mémé habló muy poco. Su voz se escuchaba apagada. Aunque era la misma voz que yo recordaba de niño, suave y con el acento francés que nunca perdió. Pili trataba de ayudarle a recordar algunas cosas que Mémé le había contado, pero Mémé parecía cansada y un poco confusa. A diferencia de mi historia materna, que me fue contada por mi madre y por mi abuela materna a lo largo de mi vida, he tenido que reconstruir la paterna a partir de fragmentos aislados, como si fuera un puzzle.

Cuando Pili le preguntó a Mémé qué le había gustado más de México, al llegar, Mémé le dijo que el cielo. El cielo de México, inundado casi siempre por el sol.

Ese era el tipo de cosas que yo quería saber.
 
Al terminar la Guerra Civil española, mi familia se refugió en Francia. Mémé vivía en la comuna de Éguilles. Tras la guerra, muchos republicanos y comunistas pasaron la frontera francesa. Mi abuelo, que era muy joven, y aunque había nacido en Madrid, hablaba bien el francés y eso debió facilitarle las cosas al mezclarse entre la población. Mémé conoció a mi abuelo en la oficina de correos. En la grabación, Mémé insistía en que mi abuelo era un hombre muy guapo y que le gustaba a muchas mujeres del lugar. Supongo que después se fuerona vivir a la granja del padre de Mémé, un hombre llamado Marius, y que ahí estuvieron hasta el final de la guerra. Poco sé de aquellos años, pero sé que mi padre nació cinco días después del desembarco de los aliados en Normandía (el Día D), por lo que mis abuelos pasaron todos esos años en un país ocupado por los alemanes. Seis años después del nacimiento de mi padre, el presidente mexicano Lázaro Cárdenas (que ya  había aceptado a numerosos refugiados en 1939, sobre todo a muchos niños), invitó a mi familia a trasladarse a México.

Dos días después de que mi padre me dijera el nombre del barco en el que viajaron a Nueva York, yo le escribí para decirle que el “América” había naufragado en 1994, cerca de las costas de Gran Canaria. A él le sorprendió conocer el dato. Yo lo había encontrado en Internet.

En México, mi padre comenzó a jugar al fútbol y se matriculó en la Universidad Autónoma de Chapingo, para estudiar agronomía. Me contó que algunas veces acompañaba a su abuelo (que seguía formando parte del gobierno republicano en el exilio) a las tertulias, donde solían reunirse los refugiados españoles en la ciudad de México. Allí, soñaba con el momento en que cayera Franco y España volviera a ser una república. Franco sólo cayó tras su muerte, en 1975.

Mi bisabuelo y mi abuelo nunca llegaron a ver ese día.

Mémé tampoco regresó a Francia para vivir.

Cuando mi padre tenía dieciséis años mi abuelo, que apenas tenía treinta y siete, perdió la vida en un accidente de montaña. Mémé enviudó muy joven y nunca se volvió a casar. Mi padre conoció a mi madre, se casaron y Mémé se fue a vivir a la ciudad de Cuernavaca.

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De izquierda a derecha mi tío, Mémé y mi padre.

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De izquierda a derecha, mi padre, Mémé (qepd), mi madre (qepd) y mi abuelo paterno.
Pasábamos los fines de semana en casa de Mémé. La casa no era muy grande, pero era bonita, decorada con buen gusto y siempre estaba ordenada. Mientras que en mi familia materna la vida tenía una cierta influencia norteamericana y todo el mundo combinaba el inglés con el español al hablar (mi abuela materna vivió muchos años en Estados Unidos), en mi familia paterna se respiraba un aire más europeo. Esos fines de semana nuestra tía, la hermana menor de mi padre, muy amorosa, se hacía cargo de nosotros. También jugábamos con nuestros primos y con los vecinos del condominio. Con frecuencia pasábamos el día en la alberca. Mémé me dejaba beber de su rompope y de su anís. La primera copa me la daba ella y las demás me las servía yo, cuando nadie me veía, en unos vasos pequeñitos. Yo comía mucho, eso alguna vez preocupó a mi padre, pero Mémé le dijo que me dejara comer todo lo que quisiera, pues estaba creciendo y lo necesitaba. Una vez, en Halloween, salí con los demás niños a pedir dulces y, alguien disfrazado de monstruo, me asustó. Al llegar a casa, mi tía y Mémé me dieron una cucharada de azúcar, para el susto. Mémé nos cantaba Alouette, gentille alouette y otras canciones de su país, las mismas que ahora le enseñan a mi hijo en la escuela.  

Después, nosotros nos fuimos a vivir lejos y dejamos de ver a Mémé, a nuestros tíos y a nuestros primos. Cuando era adolescente, me encontré con mi padre algunas veces y, en un par de ocasiones, me llevó a visitar a Mémé. Pero todo había cambiado, me sentía ajeno a esa familia, como si hubiera dejado de pertenecer a ella; no porque yo lo hubiera querido así, sino porque la falta de convivencia algunas veces termina por hacernos sentir extraños a nuestra propia gente.

Recuerdo una vez, cuando regresé de un viaje que hice a España, para recorrer el Camino de Santiago, visitar Salamanca y otros lugares que pudieran hablarme de las raíces de esa parte de mi familia, volví a Cuernavaca en compañía de mi padre. Nos organizaron una comida en casa de mis tíos. Fue una comida muy divertida, repleta de temas sobre política en las que yo, por timidez, participé muy poco, a pesar de ser aficionado a ese tipo de conversaciones. En algún momento mi tío, un hombre muy agradable y carismático (con una barba que me recordó a Del Valle Inclán) me preguntó si yo era de izquierda, como la mayoría de los intelectuales. Yo no me podría llegar a considerar un intelectual, pero entendí lo que quería decir. Les había llevado unos libros todavía muy inmaduros que me habían publicado y mi afición era la literatura. Mi padre dijo que Vargas Llosa, uno de los intelectuales y escritores a los que más admiraba, tenía ideas políticas de derecha. Mi padre y su hermano no se parecían en nada. No sólo sus ideas políticas eran contrarias, sino su manera de ser, su manera vivir la vida y relacionarse con los demás. No me extrañó que mi primo me dijera que yo me parecía a mi padre. Taciturno y de pocas palabras, también. Después hablaron de su abuelo y, en algún punto, terminamos hablando de algunos escritores republicanos. A mi padre lo recuerdo siempre leyendo o hablando de libros. Mi padre dijo que mi tío no leía mucha literatura. Mi tío aseguró que le gustaba García Lorca. «No sé por qué, pero cuando lees a García Lorca, sientes ganas de llorar», dijo. Mi padre nos dijo que el poeta favorito de su abuelo no había sido García Lorca, sino León Felipe, y empezó a recitar uno de sus poemas. Más tarde hablamos de cine. Mi padre había visto una película que a mí me había gustado mucho: Las tortugas también vuelan, del director iraní Bahman Ghobadi. En un momento, mientras los demás hablaban (esta vez, acerca de López Obrador, político con el que mi tío simpatizaba), hablé un poco con Mémé sobre El extranjero, de Albert Camus, novela que, según me dijo Mémé, la había marcado, muchos años atrás.

Mi padre y yo regresamos por la noche a la ciudad de México. Yo tenía un extraño sentimiento que me acompañó durante muchos años. Era curioso, pero sentía más afinidad con mi familia paterna que con mi familia materna. No es que no quisiera a mi familia materna, a la que siempre estuve unido, sino que sentía que el carácter relajado y sencillo, las discusiones sobre política y literatura, las ocurrencias de la hermana menor de mi padre con mi primo, y la manera como se había desarrollado esa larga conversación de sobremesa, no se tenían a menudo en mi familia materna, y la había disfrutado.

Hace tres años, durante un atropellado viaje que hicimos a México, Teté y yo quisimos ir a visitar a Mémé para que conociera a nuestro hijo. Mi primo nos llevó al asilo. Estuvimos un rato en la habitación de Mémé. Ella habló con Teté. Sentimos mucho que, justo ese día, nuestro hijo estuviese tan inquieto. Mémé pidió a mi tía que sacara unas viejas fotografías de una caja y nos las mostró, extendiéndolas sobre su colchón.

Fue la última vez que vi a Mémé. Y algún día le contaré a mi hijo que él también la conoció.  

Cuando lo pienso, pude buscarla de vez de cuándo, a lo largo de mi vida. Ella también pudo buscarme. Pude haberle preguntado cómo estaba. Enviarle algún regalo. Colaborar con sus gastos. Pero no lo hice.

No sé por qué. Por qué uno deja de hacer tantas cosas en la vida.

La historia de mi vida, en lo que respecta a mi familia paterna, siempre me trae recuerdos de leve tristeza. Aunque nadie hable mucho del tema, es una historia llena de claroscuros, como lo es la de todas las familias que llegaron durante el exilio. Es una historia de seres humanos que se vieron forzados a abandonar todo lo que tenían, para empezar una vida nueva en un país desconocido. Es la historia de una muerte, la de mi abuelo, que ocurrió en un momento crucial y que marcó a todos. Es la historia de algunos miembros de la familia que se recuperaron y siguieron adelante con sus vidas y la de otros que nunca se recuperaron del todo.

Al menos, es como yo lo veo. Sin embargo, la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla, escribió García Márquez. Pero no sólo eso, la vida también es la que, de maneras distintas, le contaron a uno, y la que uno mismo quiere contarse.

Nuestros ancestros son, a final de cuentas, aquellas personas que vinieron a este mundo antes de nosotros. Y nosotros somos consecuencia de todo aquello que vivieron y experimentaron. Recuperar la historia de mis antepasados es la única forma que tengo de hacerles un homenaje. De sentirme un eslabón más de esa cadena genética que me precede. Siempre me ha gustado la idea de que todos ellos, de alguna manera, están presentes en mi vida para sostenerme, como yo quisiera algún día estar presente, de alguna manera, para sostener a los descendientes de mi hijo.

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Lunes, 05 de Octubre 2015 - 16:00
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Desde provincia: el temblor del '85

 

“No se asusten vamos a quedarnos…, ah chihuahuas…, siete con cuarenta y dos segundos, tiempo del centro de México… Sigue temblando un poquitito, pero vamos a tomarlo con una gran tranquilidad… Vamos a esperar unos segundos más para poder hablar… Sigue temblando…”. La imagen de Lourdes Guerrero se perdió y la pantalla quedó en negro.

Minutos después mi papá dijo “No es nada bueno, ya pasó un buen tiempo y no hay señal”, terminó de almorzar y se dirigió al radio, fue difícil localizar una estación, ahí empezaron a llegar las noticias… Lo primero que escuchamos fue la voz de Jacobo Zabludovsky mencionar que había edificios caídos.

Vivíamos en Acapulco y mis hermanas estudiaban en el Distrito Federal, las noticias llegaban lentas e inquietantes. Conforme transcurrían los minutos la angustia se instalaba. Las líneas telefónicas estaban cortadas, los celulares no existían. Mis hermanas no se habían reportado.

Una hora después papá se marchó a trabajar, yo quedé comisionada a esperar alguna llamada… Seguía las noticias por el radio… La información que llegaba, poco bueno presagiaba… Más edificios caídos y personas atrapadas pidiendo auxilio.

La reacción de las personas, la solidaridad empezaba a brotar. Gente ayudando a otras, tratando de sacarla de los escombros, edificios humeantes… Helicópteros volando… Ambulancias ululando… Mientras, nosotros escuchando… Empezamos a oír de personas rescatadas, heridas, muertas.

Seguimos escuchando… Esperando… Ya había señal televisiva y como servicio a la comunidad trasmitían los mensajes de miles de familiares preocupados por avisar de su situación a sus familias en provincia… La espera continuaba, mirando con ansia el televisor para ver si mis hermanas se reportaban… Y nada.

En el D.F. dos jovencitas caminaban buscando cómo comunicarse con su familia, tendrían aproximadamente 18 y 20 años de edad, sabían que el temblor había sido muy fuerte, no había electricidad ni líneas telefónicas y tampoco tenían clara la magnitud de la tragedia. Caminaban y caminaban buscando una línea telefónica para comunicarse con sus familiares...

Las horas pasaban, con tristeza mirábamos el dolor de tantas personas, nuestro propio corazón se recogía de angustia por los familiares de los cuales todavía carecíamos de noticias. Mamá rezaba y papá trataba de mantener la calma. Mientras ellos marchaban a trabajar, los hijos nos turnábamos para checar los mensajes televisivos… Y nada.

Al día siguiente, buscaban cómo reportarse, ya sabían de la gran tragedia que envolvía a la Ciudad, se empezaron a desesperar… Tampoco se podían marchar, las colas en las estaciones de autobuses eran interminables.

Las horas se acumularon y el día terminó. Seguíamos frente al televisor… Caos, muerte, desolación, crisis, depresión… Entre el temor y la tristeza  que iban in crescendo, llegó el segundo temblor, la réplica… Ya nadie soportó la espera… Papá y mamá anunciaron que papá marchaba al D.F., al día siguiente a buscar a sus hijas…

Las jovencitas al sentir la réplica ya no lo dudaron más y salieron de la Ciudad de México paradas en un camión, finalmente un chofer aceptó llevarlas a su destino…

Todas esas horas sin parpadear mirando fijamente el aparato televisivo y NADA, NADA.

Al día siguiente papá estaba por salir, cuando en el quicio de la puerta, ¡por fin aparecieron ellas!

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Miércoles, 23 de Septiembre 2015 - 17:30
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Amo a tus amigos también

-¿Cuánto me amas? –Preguntaste la tarde que marcaba tu ocaso.

No tuve que pensar la respuesta por mucho tiempo, aunque mi respiración entrecortada interrumpía mis palabras, hoy te amo como no te amé ayer y al final qué importa cuánto, ni a ti ni a mí nos importa, ésas son preguntas de chiquillos y los chiquillos en nosotros hoy solo saben reír. Hace tiempo dejamos de hacer tantas cosas, no volvimos a trepar a la rama de aquel árbol, hace mucho dejamos de hacer pastelitos de lodo después de la lluvia y olvidamos revolcarnos en la arena en el último viaje a las playas del sur.

Aún existe un chiquillo dentro de nosotros y nos recuerda cada mañana que el sol viene a acariciar nuestra piel agrietada por el tiempo y que no importan los ralos cabellos blancos que coronan nuestra frente, que los chiquillos se hicieron viejos y los viejos de nosotros siguen riendo como chiquillos entonces, nada importa cuánto te amo hoy, te amo con seguridad como no te amé ayer.

Acuérdate tú, cuando muy joven, llorabas las amarguras de lo no existente, te abrazabas a lo invisible para reconfortarte y te sentabas en un rincón solitario buscando consuelo en canciones, muchas canciones. Me dijiste que al sentirte sola, agobiada y confundida, necesitabas un amigo y ese nunca fui yo, tus amigos eran ellos, los que te palmeaban el hombro con ternura y te decían que todo estaba bien. Tus amigos todos ellos lejanos, todos ellos conocidos míos.

Llorabas cerca de la bocina de tu  tocacintas y repetías sin cesar  las palabras que te decían los amigos desde ahí dentro, yo te contemplaba de cerca y moría de celos, mis manos querían atrapar tu cara y mis brazos protegerte de ése oscuro momento.

No es nada, ni siquiera nostalgia –me dijiste- no te entristezcas conmigo, no vale la tarde de lluvia para eso, es mi turno de llorar por nada. Y por nada y por todo llorabas una lágrima, me parecía a mí, de deliciosa armonía y te dejaba en compañía de esos amigos tuyos que tanto me complicaban la existencia todas las veces.

Puedo escuchar ésos acordes de guitarras solitarias y la voz de un Silvio Rodríguez que te acariciaba diciendo: “…Mi amor, éste amor aguerrido es un sol encendido, por quien merece amor”  tu inclinabas la cabeza sonriendo cuando acurrucada  cerca de la ventana, mirabas al cielo mientras Silvio seguía de tu mano diciendo algo así como: “Tu imagen me cegó, a las seis menos diez, y no pude dormir ni un instante, después, te confundías con mis sabanas, te me enredabas en la sien…”

Ellos que te hacían soñar, que te recordaron siempre que el mundo en el otro lado de la mente es diferente y es mejor a veces. Como cuando escuchabas a Pablo Milanés que decía: “…Mangos y flores te traeré. Mieles y atoles libarás hasta escuchar un llanto más de mi raíz…”.

Debo decirte que alguna vez, en secreto, me hice amigo de Pablo Milanés, me dijo que te dijera: “…Si me comprendieras, tan siquiera un poco, todo cambiaría porque así verías que por ti, estoy loco…”

Fue entonces cuando juntos, le dimos la mano a todos ellos, una tarde cuando embelesada en compañía  de Facundo Cabral me miraste sonriendo mientras cantabas a “dúo” con él; “…Hay medio mundo esperando con una flor en la mano y la otra mitad del mundo por esa flor esperando…”  

Y Juan Manuel Serrat que era capaz de andar junto a nosotros en un paseo por el parque y en cualquier lugar lo encontraba.  Descubriste más amigos; un tal Sabina que no te acompañaba a ti y él no sabe que quien le hacía coros con su Princesa eras tú, una revolución de mensajes, voces y compañías bellas, que me enseñaron a verte sonreír de todas las maneras.

Tus amigos son ahora mis amigos y entiendo porqué la necesidad de esas, que para mí eran Malas Compañías, ahora que te has ido me quedo con tu viejo tocacintas y busco entre todos tus amigos, uno que sepa abrazarme y reconfortarme en tu ausencia.

Son amigos para los que uno no existe, ellos existen para nosotros todo el tiempo y en todos los momentos, los de llorar, los de bailar, los de gritar, los de pensar, los de reflexionar y todos los instantes. Esos amigos de tocacintas y discos son la compañía de la que nunca se debe tener celos. Amo a tus amigos también y nunca debiste haber preguntado cuánto de amor tenemos, eso es cosa de chiquillos, al final, solo sabemos que nos amamos como no nos amábamos ayer.

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Martes, 22 de Septiembre 2015 - 16:00
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La novela de formación

«A falta de sol, se aprende a madurar en el hielo»
Henry Michaux

Después del terremoto que devastó una parte de la ciudad de México en 1985, mi vida dio un giro brusco e inesperado. El terremoto fue, por ponerlo de algún modo, el pretexto para que mi madre, de espíritu profundamente nómada, decidiera nuestra próxima mudanza. Esa vez nos trasladamos al puerto de Tuxpan, al norte de Veracruz, donde planeba hacerse cargo de un edificio y un viejo cine que habían sido de mi abuelo. A mi llegada tenía catorce años y mis únicos amigos eran mis vecinos, algo mayores que yo, con un padre ganadero y gallero, mundos que me eran completamente ajenos, y que más tarde, al casarse dos de ellos con mis dos hermanas, se convirtieron en mi familia. Las calles de la colonia Rodríguez-Cano, donde vivíamos, todavía no se pavimentaban, la vida se hacía en torno a una miscelánea (la tiendita de doña Meche) y conocíamos a muchas personas en la colonia y en toda la ciudad. Frente a nuestra casa, cada tarde, atracaban dos o tres barcos camaroneros. Ahora todo está pavimentado, el muelle donde atracaban los barcos ya no existe y, a la mayoría de la gente de la ciudad, no la conozco. Lo primero, al llegar, para recuperar el año escolar, fue inscribirme en el Instituto Nacional de Educación para los Adultos (INEA). Cada tarde, junto a un grupo de estudiantes mayores que provenían de rancherías aledañas y que también trataban de terminar la secundaria, me sentaba en una rústica mesa de madera, con un refrescos de piña Squeeze y unas galletas saladas Gamesa, a leer unos libros de texto de pésima calidad. No había profesores, sino una especie de consejeros escolares o todólogos que tenían la misión de aclarar nuestras dudas y que, la mayoría de las veces, sólo las enturbiaban. A los quince años entré en un colegio privado y me hice de un puñado de buenos amigos (de los mejores que he tenido a lo largo de mi vida). Mis amigos y yo bebíamos como cosacos, dos o tres veces por semana. Por esa misma época el hermano menor de mi madre me encomendó la tarea de administrar su rancho ganadero, del cuál mi madre poseía una pequeña parte, y mi vida empezó a girar alrededor del trabajo, la escuela y mi manera desenfrenada de beber (a las cervezas algunas veces añadíamos ron Richardson que, según las malas lenguas, podía cegarte si lo bebías en exceso, así que cuidadosamente lo diluíamos con refrescos de cola o de sabores). Así, ingresé en el bachillerato y deambulé por dos o tres escuelas más; algunas, vespertinas, para poder trabajar por las mañanas. Era privilegiado. Nada podía hacerme más feliz que el rancho, un trabajo cargado de experiencias; además de que mi tío me pagaba más dinero del que podía gastar.  

Resulta curioso que, de todos los recuerdos de aquella época, tan agitada y confusa, los primeros que soy capaz de evocar, son los de aquellas noches que empezaba a beber con mis amigos a orillas del río y que terminaba amaneciéndome frente a un depósito de cerveza Carta Blanca, en compañía de mis vecinos. Cuando pienso en esas madrugadas, vuelvo a experimentar las mismas sensaciones de aquel entonces. Mareado y adormecido; con la impresión de estar muy lejos de todo y experimentando una sensación de paz que, conforme avanzaba la madrugada, se convertía en una disimulada angustia.

También es curioso que en ese tiempo me diera por leer, tumbado en las escaleras del Colegio Patria, algunas de mis primeras novelas de formación y que, en medio de mi trabajo, mis borracheras y el arte marcial que empecé a practicar, me haya dado por leer todos los libros de la biblioteca de mi madre, libros que sólo mi hermana mayor, lectora compulsiva, y mi madre, habían leído alguna vez.

Aunque debo aclarar que en Tuxpan también me aficioné a leer Condorito y que en el rancho, con los jornaleros, leía ejemplares de El libro vaquero; historietas de tipo western, ilustradas, que no podías dejar.

El tema de la novela de formación es el desarrollo de la vida de un individuo con rumbo a su autorrealización. En otras palabras, es la transición del protagonista hacia la madurez. El personaje, luego de cometer errores, aprende de ellos, corrije lo que puede y, luego de atravesar por diversas etapas, empieza a conocerse mejor a sí mismo. ¿No es ésa la historia de todos nosotros?

Fue en Alemania donde se utilizó por primera vez el término Bildungsroman (novela de formación o de educación), aunque algunas obras del Renacimiento, dentro del género picaresco, ya tenían características de este tipo. El lazarillo de Tormes, es un ejemplo de lo anterior.

Para muchos, la primera novela de este género es Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister (publicada en 1795), de Goethe. En México hay una novela de la época de la Independencia, que leí durante una de las tantas crisis asmáticas que padecí, titulada: El Periquillo Sarniento, de Fernández de Lizardi, que para muchos es algo así como el Don Quijote mexicano. En todo caso, es una novela notable y muy divertida, con muchos elementos de la novela de formación.   

Pero fueron las novelas de Hermann Hesse (Premio Nobel de literatura, 1946) las primeras obras de este género, propiamente, las primeras que leí: Peter Camenzind, Demian, Siddhartha, Bajo las ruedas, Narciso y Goldmundo. Casi toda la obra del huraño escritor alemán (nacionalizado suizo), Hesse, suelen centrarse en el desarrollo del individuo frente a la sociedad, en medio de una incesante búsqueda de su propia identidad.

En estas historias, la formación del protagonista suele darse después de una revisión retrospectiva que hace a partir de los errores que cometió durante el período en el que, buscando conocerse mejor a sí mismo, torció o equivocó el camino.

Dada su naturaleza, este tipo de obra suele tener una estructura circular.

Quizá una de las novelas que más me han marcado, y que leí algunos años después, al terminar mis estudios de posgrado, sea Hambre, del escritor noruego Knut Hamsun. Se trata de una novela de artista, que para algunos es algo así como un subgénero de la novela de formación. La historia se trata de un escritor que, persiguiendo la perfección artística y negándose a ejecutar otros trabajos que no estén relacionados con la escritura, vagabundea día y noche por Christiana (Oslo) muriéndose, literalmente, de hambre. Clara metáfora del hambre artística que siente alguna vez todo creador.

Quisiera no haber vivido muchas cosas en aquella época. Haber bebido menos, haberle dado menos dolores de cabeza a mi madre. Pero visto en retrospectiva, volvería a vivirlo todo, sin cambiar nada, tal como le ocurre al protagonista, Ivan, en la brillante novela de Ouspensky, La extraña vida de Ivan Osokin. Una historia que es como un espejo y que muestra un proceso circular en la vida del protagonista, que recuerda al Eterno retorno de Nietzche. Según Ouspensky, si viviéramos una y otra vez las mismas experiencias, reaccionaríamos siempre de la misma manera. A menos de que despertáramos (despertar la consciencia) y nos diéramos cuenta de que, a pesar de que tuviéramos que vivir lo mismo una y otra vez, podríamos vivirlo de otra manera (experimentar lo mismo con una actitud distinta).

Lo anterior, me hace suponer que la vida consiste en vivir cada etapa con lo que se tiene, pero también con lo que no se tiene. Para Nietzche hacía falta vivirla con estoicismo, pero creo que Ouspensky, de manera más sencilla, va todavía más lejos.   

Siempre he pensado que hay libros que deben leerse en una época determinada, y las novelas de formación son algunas de ellas, aunque la mayoría de éstas las leí más tarde, de lo cual no me arrepiento: El guardián entre el centeno, de Salinger; El retrato del artista adolescente, de Joyce; La Montaña Mágica, de Mann; En busca del tiempo perdido, de Proust ; La edad de la punzada, de Xavier Velasco (escritor mexicano contemporáneo); Juventud, de J.M. Coetzee; y una novela que es muy diferente a todas las anteriores y cuyo personaje es un antihéroe: Malebolge, de Pablo Soler Frost, un extraordinario escritor de culto, discreto y de altos vuelos. 

Al final, como escribió Schwanitz, la literatura no es otra cosa que el arte de escribir la historia en forma de vivencias y experiencias personales que se cristalicen en determinados personajes literarios.

Mi madre me decía que no es necesario andar buscando siempre la literatura en los libros, ya que la literatura está en la vida misma. «Si pasas todo tu tiempo en los libros, corres el riesgo de perderte la vida».

Fotografía: Hermann Hesse

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Fecha: 
Viernes, 18 de Septiembre 2015 - 16:00
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