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Violencia y vulnerabilidad en la vejez: una reflexión

La violencia siempre ha estado presente en la historia humana, inherente a nuestra naturaleza. Definirla o explicarla no es tan sencillo. Probablemente la trampa es buscar una “esencia” de la misma. Lo que sí es posible, aunque queden “fuera” otras forma de violencia, es delimitarla a ciertos tipos que podamos reconocer. Así, con respecto a las personas ancianas, la violencia se ha definido como el maltrato hacia ellos. La Organización Mundial de la Salud define a la violencia contra las personas de la tercera edad como “un acto único o repetido que causa daño o sufrimiento a una persona de edad, o la falta de medidas apropiadas para evitarlo, que se produce en una relación basada en la confianza” (1).  A partir de esta idea se han establecido los distintos tipos, que son: la violencia física, la psicológica, la económica, la sexual y la negligencia. En todos los casos en que en esas áreas se produzca sufrimiento, se ejerce violencia contra el anciano. 

 

En el caso de México, la prevalencia de maltrato hacia los ancianos va entre 8 y 18%. Es un número muy grande y señala uno de los problemas éticos que deben enfrentarse hoy en día.  Ya he comentado en otras notas que el criterio utilitarista de buscar la máxima suma de placer de todos los involucrados en una acción nos lleva a extrañas paradojas: si permitimos el sufrimiento de unos cuantos por el bienestar general parecería que actuamos éticamente. Podría así argüirse que los ancianos son sólo, y de hecho así es, una minoría que utiliza muchos recursos, pero aporta poco. En consecuencia se explica y se justifica el no tenerles “paciencia” ni consideración especiales, debido al poco “retorno” social que aportan. 

 

La vulnerabilidad humana a la que todos estamos sometidos, aunque tengamos la ilusión de que no nos vemos o veremos afectadas por la misma, es condición para vernos siempre como sujetos y dadores de cuidados entre unos y otros. Irónicamente, la idea que se nos vende en nuestras sociedades capitalistas tardías es que mi propio mérito es lo que me da seguridad. Por ejemplo, resulta sencillo vislumbrar que el funcionamiento más elemental de la ciudad requiere un respeto de reglas mínimas, como el respetar las luces del semáforo, lo que impide dañarnos entre nosotros. Cualquier actividad humana está condicionada a esa red de cuidados intencionados o no, que se manifiesta en una serie de reglas de convivencia para que opere la acción humana. Por supuesto, la vulnerabilidad se puede evidenciar más en ciertas circunstancias que nos apuntan a admitir la necesidad de los otros, pero es ilusorio pensar que “nosotros” estamos exentos de ellas. 

 

De lo anterior puede inferirse que el cuidado nos lo proporcionamos en la medida de nuestras capacidades y responsabilidades y así se ajusta a lo largo de la vida. La vejez en consecuencia exige, a veces, más cuidados por nuestra condición de vida sin ningún otro criterio más que el ser considerados humanos. Las enfermedades también señalan esas circunstancias de necesidad de ser cuidados y cuidarnos no importan la edad de desarrollo. La violencia hacia el anciano es probablemente, una proyección de la frustración de no poder admitir nuestra propia vulnerabilidad.

 

(1) Tomada de Giraldo Rodríguez. Maltrato en la vejez: caracterización y prevalencia en la población mexicana. Notas de Población N° 109. Julio-diciembre de 2019, p. 126.

 

"The philosopher´s treatment of a question is like the treatment of an ilness"
Ludwig Wittgenstein.
Philosophical Investigations, I, 255.

 

 

 

Fecha: 
Domingo, 19 de Enero 2020 - 10:55
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Programa "Violencia afecta imagen de México ante el mundo"
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Lunes, 20 de Enero 2020 - 02:10
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La importancia de la HUMILDAD

¿Un gran salto para la humanidad?

Nuestra luna, se encuentra apenas a 300,000 kilómetros de distancia (give or take)...

Nuestra luna que no solamente ha sido inspiración de miles de poemas y de fábulas.

Nuestra luna que, si no estuviera EXACTAMENTE donde está, las mareas, las estaciones y los ciclos de la lluvia en nuestro planeta, simplemente no ocurrirían y, nosotros no existiríamos siquiera.

La tecnología que los científicos pomposamente llaman “de punta” o “de última generación”, necesita desplegar todos los conocimientos de la ciencia moderna para que un triste avión pueda volar  (nada menos) que a dos veces la velocidad del sonido...

¡Uy, que velocidad tan impresionante!

En cuanto a viajes sobre el suelo de nuestro planeta, los automóviles de Fórmula Uno representan lo más avanzado de la ciencia automotriz.

No soy fan de las carreras de automóviles que dan vueltas lo más rápido que puedan, sin más destino que su punto de partida; PERO la referencia viene al caso por lo siguiente:

Un bólido de Fórmula 1, alcanza poco menos de 350 kilómetros por hora por brevísimos instantes en las rectas de los autódromos.

Para semejante “PROEZA” la industria automovilística ha ocupado poco más de un siglo.

Para atender un auto de carreras en el máximo circuito de la especialidad, se necesitan ingenieros, diseñadores, mecánicos, comunicaciones sofisticadas, computadoras, monitores, y una infinidad de expertos en física, cinética, y otras disciplinas.

Recientemente aprendí que nuestro planeta NO SOLAMENTE gira en torno al sol a 1,700 kilómetros por hora sino que seguimos al sol en su viaje alrededor de la Vía Láctea.

Nuestro sol, al que junto con la humilde luna del Apolo XI le debemos estar vivos, además de bronceados, tarda 227 millones de años terrestres en completar  su ciclo en torno a nuestra pequeña galaxia.

Comparando las cifras cósmicas con los siglos de nuestra insignificante historia terrenal, nuestros sueños de glorias milenarias quedan pulverizados junto con la vanidad irreparable de los grandes conquistadores, de los grandes dictadores, emperadores, reyes, millonarios, estrellas de cine y de los científicos que a pesar de conocer nuestra nimiedad, se siguen dando aires de grandeza, creyendo tan solo en lo que sus ojos (que se van a comer los gusanos) pueden ver...

Si la velocidad de la rotación de la tierra en torno al sol parece abrumadora, porque además no la sentimos, (ni se tira el agua del mar por el espacio), espérese a que le diga la velocidad a la que seguimos al sol en su viaje galáctico...

¡Vamos tras nuestro astro rey en calidad de cauda de cometa, a 272 kilómetros por segundo!

Al percatarme de semejantes cifras, tengo que cuestionarme lo siguiente:

Si para mover un pedazo de chatarra de Formula 1, a paso de tortuga, se ha necesitado más de un siglo de estudios científicos; si uno de esos cacharros no podría circular sin el apoyo de un equipo de científicos y mecánicos con las mentes más brillantes; si para alcanzar 350 kilómetros por hora en un circuito, o para volar  apenas a dos veces la velocidad del sonido se ha requerido de Einsteins, Von Brauns, Heisenbergs, Marconis, Fermis y demás premios Nobel...

Yo me pregunto, si es razonable afirmar que nuestro planeta viaje por el espacio a 272 kilómetros por segundo, sin chocar, sin desviarse, sin variar jamas su ritmo, sin variar su trayectoria y sin chocar, y todo de pura casualidad...

La hazaña del Apolo XI en comparación con el vertiginoso viaje de nuestro planeta alrededor de la Vía Láctea siguiendo a nuestro sol, SOLAMENTE PUEDE SER UN GRAN PASO PARA LA HUMANIDAD, si se le mira con HUMILDAD.

La interrelación de las  cifras inimaginables  que rigen el funcionamiento del universo que habitamos, y que no es ni siquiera el único universo existente, es abrumadora.

Si a esto agregamos que millones y millones de galaxias, constelaciones, agujeros negros, gusanos de seda y una infinidad de otros cuerpos celestes, interactúan en perfecta armonía a velocidades vertiginosas e interdependientes, resulta honestamente IMPOSIBLE negar no solamente la existencia de una INTELIGENCIA ÚNICA, sino del AMOR que se expresa en una creación que no nos permitimos disfrutar.

¿La conquista del espacio?

Es mucho más importante emprender un viaje hacia el interior de cada uno de nosotros, y descubrir quiénes somos, además de permitirnos agradecer el don de estar vivos y amarnos de verdad, como es lo consistente con nuestras almas inmortales.

Fecha: 
Viernes, 19 de Julio 2019 - 13:30
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Viernes, 19 de Julio 2019 - 15:45
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Sábado, 20 de Julio 2019 - 04:45
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Vamos a dar la vuelta…

¿Alguna vez ha usted experimentado un momento de su vida como un verdadero parteaguas?

¿Ha habido una ocasión que recuerde especialmente como el punto de partida de un cambio radical en su forma de pensar, de vivir, de ver las cosas, de interactuar con el mundo?

Hoy quiero compartir con usted la experiencia de la que estoy hablando; el momento en el que me percaté de cuanto había cambiado mi vida sin que me hubiera dado cuenta todavía.

En algún momento del año 2005, iba yo  por el camino entre Brownsville y El Paso.

Eran alrededor de las dos de la tarde.

Hacía calor. El cielo estaba intensamente azul, y el sol brillaba sin rivales en lo alto del cielo.

Soplaba un viento verdaderamente fuerte; tanto, que el autobús que iba delante de nosotros, parecía que iba a despegar en cualquier instante…

Cuando pensé en esa posibilidad, recordé que yo iba en un autobús idéntico, y ¡expuesto al mismo riesgo de salir volando!

En torno nuestro, todo era desierto.

A pesar del embate del viento, me fui entregando a pensamientos y recuerdos sin orden, cuando de pronto llamo mi atención un letrero que decía “PECOS”.

(Pecos es el nombre por el que me llaman desde muy pequeño, y con el que se refieren a mí mis amigos más cercanos).

Unos quinientos metros adelante, del mismo lado derecho de la carretera, vi otro letrero que decía: “WE  HAVE TO TALK”…

Luego pasamos por un parque eólico cuyas hélices giraban a toda velocidad, hasta parecer que se nos unirían en el ascenso a las alturas, si esa clase ventarrón continuaba.

Finalmente, otro poco más adelante, había un letrero que decía: “GOD”…

El mensaje no podía ser más claro:

“Pecos; creo que debemos hablar”… firmado: ¡Dios!

Llevaba para entonces, poco más de tres años fuera de mi casa.

En ese momento comencé a repasar lo vivido en los últimos tiempos, y di gracias ante todo, porque mi camino (claramente) podría haber sido mucho más difícil y penoso.

Mi gratitud se manifestó con exactitud, distinguiendo el punto en que se bifurcó  mi suerte y en vez de ir por un rumbo, Dios me  llevó  por otro.

Todo había sucedido en un instante.

Una tarde de noviembre de 2003, estaba yo tranquilamente sentado en mi oficina, disponiéndome a ir a mi restaurante favorito, cuando una llamada telefónica cambió mi vida.

Durante esa llamada, pase de la incredulidad al miedo.

Un instante antes, vivía yo “la vida perfecta”; tenía éxito profesional, una oficina a mi gusto, colaboradores eficientes, comodidades, “TRANQUILIDAD”

Después de colgar el teléfono, mi mundo ideal había desaparecido por completo.

Hasta habría podido recordar la canción de Jose Alfredo Jiménez “el Rey de todo el Mundo”.

Y yo que me creía… que el mundo estaba a mis pies…

Aquel mensaje de Dios, ingeniosamente puesto a mi vista en los letreros adyacentes al camino, fue una llamada de atención para que aprovechara la oportunidad de “ir a dar la vuelta”.

No hubiera servido de nada mi peregrinar que duró  12 años, si no los hubiera yo transitado atento y consciente de la extraordinaria oportunidad que me había sido dada.

Cada cambio de año, se suelen hacer buenos propósitos; se hacen promesas; se toman decisiones…

…pero una cosa son “nuestras buenas intenciones” movidas por la corriente de la celebración del calendario, y muy otros los caminos por los que Dios nos invita a transitar.

He aprendido que el “año nuevo”  de cada quien, puede comenzar cuando lo queramos.

Cada instante trae la oportunidad de un nuevo comienzo; tanto como es cierto que súbitamente podemos dejar de existir aquí. Por eso no podemos dejar las cosas “para mañana”…

Ninguno de nosotros cree que se pueda uno “ir a dar la vuelta” dejando todo en suspenso,  y menos por 12 años, para aprender las lecciones que la vida nos tiene deparadas.

Y no lo creemos, porque pensamos que somos indispensables; imprescindibles…

Que el mundo es uno antes de nuestra llegada, y será otro cuando nos hayamos ido…

Así de grandes nos creemos en nuestro fuero interno, aunque rara vez lo reconozcamos.

Estas no son líneas escritas “bajo una especial iluminación” mágica, sino compartidas por un compromiso espiritual surgido de mi obligación de gratitud.

LA MEJOR FORMA DE AGRADECER, ES COMPARTIR LO BUENO QUE SE HA RECIBIDO.

Yo no soy un modelo a seguir; no soy un elegido “único” en exclusión del resto de la humanidad; TODOS SOMOS ELEGIDOS UNICOS, en cuanto CADA UNO viene a este mundo porque el mundo necesita a todos y cada uno. No hay nadie de sobra ni por casualidad.

La vida es un don directo de Dios.

No hay una gran bodega de “almas” depositadas a granel para ser infundidas a cada nuevo ser humano.

Creo firmemente que Dios le infunde el alma A CADA UNO de nosotros, en un momento especialísimo, determinado por El, desde toda la eternidad.

La buena noticia que les quiero compartir esta vez; si quieren como REGALO DE REYES, es la siguiente:

Para meditar en serio no es necesario irse a los conventos budistas del Tíbet, porque se puede meditar a bordo de un microbús atestado de pasajeros, si realmente se quiere meditar.

Para tomar decisiones trascendentes sobre nuestra propia vida, NO TENEMOS QUE IRNOS A DAR LA VUELTA  por 12 años o más, o menos.

No tenemos que renunciar al trabajo; no tenemos que abandonar a la familia; no tenemos que hacer otra cosa que detenernos en algún momento con humildad, con sinceridad y sencillez, y preguntarnos con honestidad:

¿Estoy haciendo lo que debo hacer?

¿Estoy viviendo la vida como honestamente creo que se debe vivir?

Y por supuesto, actuar en consecuencia; rectificar a tiempo.

No es necesario pertenecer a alguna iglesia en particular.

Todos podemos saber, si queremos saberlo, la clase de seres humanos que estamos siendo.

De mi experiencia personal, tengo todo que agradecer.

Celebro haber tenido la oportunidad “de ir a dar la vuelta” cubierto de toda clase de bendiciones.

Lamento que mi peregrinar haya tenido consecuencias dolorosas para quienes más amo.

Recordando a Robert Frost, el poeta americano, ahora que ha pasado mi tormenta, puedo citar sus palabras para describir el momento en que me encuentro:

“…tengo promesas que cumplir

Y un largo camino que recorrer

Antes de descansar…”

Por eso ahora, que me espera el camino de regreso, quiero compartir con ustedes esta parte de mi aprendizaje:

Es mucho mejor tomarse el tiempo cada dia para vivir alertas y hacer lo mejor posible, que verse en la necesidad de posponerlo todo y dejarlo todo atrás, para “IR A DAR LA VUELTA” y aprender lo que necesitamos aprender; especialmente, porque esta última forma, implica el dolor de muchos otros a causa nuestra.

“Ir a dar la vuelta” implica el riesgo de no encontrar a los que estaban a nuestro lado cuando iniciamos el recorrido.

Implica que, mientras para nosotros parecen haber pasado escasos minutos, para quienes quedaron atrás, han transcurrido completos (como en mi caso) los doce años.

Con esto dicho, les deseo que sus propósitos personales no requieran “ir a dar la vuelta” y que esta noche de Reyes, la vivan en familia, felices, cobijados, disfrutando de la tradición en la que Mexico se reafirma como nación creyente; nación de fe, de esperanza y de amor; bajo el manto de Nuestra Madre indiscutible, la Virgen de Guadalupe.

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Miércoles, 06 de Enero 2016 - 18:30
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Pequeña certeza

En el transcurso de un año siempre existen momentos ocultos y minutos insignificantes, horas de angustia o segundos de profunda tristeza, días de desesperanzas y frustraciones; existe el día a día a paso lento de la mano de la aburrida rutina y reflejos de esperanza y alegrías. Cada uno de los días que pasan tienen un poco de todo y un poco de cada uno forma casi imperceptible un gran momento que no se alcanza a ver hasta que se hace el recuento, ese cierre contable de 365 días.

Cada quien su tiempo, cada uno su examen y su calificación aprobatoria o su pase al extraordinario. Es voluntad personal no volver a esperar un montón de días para recontar al final, sino contar desde el principio para que la colección de novedades no sea sino un cúmulo de satisfacciones.

Gracias a un año que tuvo muchos años, un año que se parece a toda una vida, un tiempo en el que se reconstruyó la credibilidad, la sensibilidad y se armó con pedacitos de colores la armonía y la realidad. Por muchas razones debo decir gracias, por cuenta de muchas voces debo decir gracias, por cuenta de muchas manos debo decir gracias, por muchas sonrisas debo decir gracias, por unos y muchos ojos debo dar gracias.

Las personas dueñas de lo anterior, posiblemente no sepan que por causa de su presencia en mi tiempo, es que el recuento final del 2015 no puede ser más que perfecto. Si, perfecto tiempo para Ser.

A aquellos que me dejaron ir de la alberca cuando decidí apartarme de las clases para darle paso a las letras cuando quise buscar un camino que les abriera la puerta, mis grandes alumnos todos nadadores, mis otros maestros que me dieron permiso de emprender el camino que llevó mi vida, aunque no lo crean, en dirección al camino perfecto:

A los internos de la penitenciara La Mesa de quienes aprendo mucho más de lo que yo puedo enseñarle a ellos y así, se convierten en maestros de mi propia vida; a las autoridades del Sistema Penitenciario Estatal por la confianza que tienen sobre mi trabajo. A los migrantes del Desayunador del Padre Chava que enseñan que las carencias no son sino la luz para entender las riquezas. A las personas que no saben mi nombre y a los que nunca pregunté el suyo porque aprendo que el nombre no hace al ser humano.

A Eduardo Ruiz–Healy que ha leído y aprobado cada una de mis letras para su publicación, que con cada corrección me hace aprender con atención este oficio de pensar escribiendo bien. A Francine Núñez por la paciencia y comprensión en las letras enviadas. Esta experiencia de la redacción en su espacio ha sido enriquecedora en más de un aspecto, con seguridad no tienen idea de la gran satisfacción que le causan a mi vida de letras y la enorme compañía que le dan a mi persona. En la distancia abrazo su presencia en mi recorrido humanamente literario.

A Fernando del Monte y Jaime Flores en Radio Formula Tijuana, por dejarme entrar en ese mundo de palabras precisas, de voces e imaginación, son ustedes otro “check” en mi lista de cosas que hacer antes de morir y en el camino aprendo de ustedes, lo que veo y observo simplemente me regala seguridad, emoción, satisfacción y a veces, un susto en cada colaboración porque mientras me equivoco aprendo con cada palabra, con cada consejo y siento que crezco un poquito cada vez de la mano de grandes como ustedes dos.

Y de la sensibilidad, la contrariada cursilería, el romance, las palabras nuevas, los sentimientos acurrucados, las flores, los abrazos de ojos brillantes; las miradas que hablan, la ternura desatendida, la compañía en el mejor de los tiempos. Muchas gracias Ser especial, un regalo, una realidad. El reflejo en los ojos. Soy, somos.

Sigo siendo imperfecta y lejos estoy de conseguir ser de otra forma, lo que sí sé es que el camino correcto se pinta perfecto y tengo la responsabilidad de vivirlo y recorrerlo con toda la conciencia, sensatez y cordura que mi propia imperfección permita. Tomo con el corazón la obligación que me regala la vida para desaprender y olvidar costumbres y aprender de nuevo. Di el salto a esa barda imaginaria que detiene tiempos y ahora, del otro lado vivo, conozco y me divierto ante la intriga que me causa el nuevo mundo que se ha postrado ante mis ojos.

Gracias tiempo, gracias 2015. Bienvenido 16 la pequeña certeza que es la perfección, me comprometo a cuidar con atención todo lo que tengas destinado en el camino…sigo…seguimos.

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Martes, 05 de Enero 2016 - 16:30
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Sentir la muerte

Sentir la muerte, presentirla, percibir desde el sueño, desde la premonición que se centra en nosotros en algún punto determinado.

Vibrar la muerte es su consumación, es quedarse quieto para contemplar, para el último alcance, ése esfuerzo que hacen los que van a morir, con los brazos extendidos como queriendo alcanzar a alguien, o dicen palabras que no parecen tener mucho sentido, pero ¿qué vamos a saber nosotros de lo que siente el que va a morir?

Morirse es volverse tiempo, partirse en mil pedazos para habitar todo lo vivido pero sin penas, sin tristeza, sin dolores, allá, se vuelven niños, recorren sus viejos barrios donde todavía logran divertirse.

Nosotros los vivos tan presente, tan fuera del pasado, eso ya quedó atrás, esos tiempos jamás vuelven y entonces los muertos se ríen de nosotros porque nada sabemos, qué sabemos los vivos sobre lo que viven los muertos: nada.

Y lloramos por los que se han ido, a esos muertos rígidos infelices, cuando sentimos pena por aquel pobre muerto que yace en el ataúd, cuando oramos por su eterno descanso y creemos que así encontrará la luz, ese paraíso del que fuimos expulsados, y entonces los muertos sienten mucha tristeza por nosotros, porque nos quedamos vivos, porque no podemos vivir lo que ellos.

Y es que probablemente los que se viven muertos, mientras los reducimos a cenizas y a la lástima, están más vivos en ese momento. Ya no quieren regresar porque tal vez ahora recorren grandes llanuras luminosas donde se reencuentran con lo lúdico: un espacio lleno de infancia que en la adultez nos parece tan perdido.

Benditos muertos. Cuánto se divierten, cuánto redescubren, cuánto hay del otro lado que no sabemos.

Luego, hay algunos muertos que nos dejan saber que siguen junto a los vivos –¿será que para algunos muertos ya todo es juego?—; al menos en parte, como el poeta israelí Yehuda Amichai ejemplifica en estos magníficos versos: “Y a fin de recordar/yo traigo puesta en mi cara/la cara de mi padre”.

Los hay quienes se pierden totalmente de los vivos, de aquellos que quieren siempre encontrar a sus muertos, para regresarlos, devolverlos a lo que los muertos ya consideran una prisión dolorosa: la vida.

¿Por qué querer traer de vuelta a aquellos que se mueren? Tal vez porque nos sentimos tan solos que no podemos con la carga de los días y necesitamos que alguien nos acompañe, o que nos cuiden desde un cielo que se encuentra siempre entre la bruma.

Hay otros muertos que se hacen vivos en los sueños y dicen otras cosas que no se relacionan con la vida porque ya no les interesa, como en “Pasado en claro”, el poema largo escrito por Octavio Paz, y en donde en una de sus partes se refiere a su padre “(…) lo encuentro ahora en sueños/esa borrosa patria de los muertos/ Hablamos siempre de otras cosas”.

Porque hablar siempre de otras cosas es vivirse en la muerte, es no volver a esa vida dolorosa por entera, en donde el padre de Octavio Paz, una tarde, tuvieron que juntar sus pedazos.

Dejemos entonces a los muertos ser muertos, que vivan su realidad y nosotros la nuestra, que el festejo del día de muertos sea eso, una fiesta donde los dos bandos por fin se junten, no en el dolor, sino en el juego, en las risas, revivamos la infancia en la muerte, donde siempre hablemos de otras cosas.

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Viernes, 23 de Octubre 2015 - 16:00
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Libertad

“Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”. Artículo Tercero de la Declaración de los Derechos Humanos. La que contiene 30 artículos de los cuales cinco se ocupan de algún tipo de libertad. Existen muchos tipos de ella. La falta de conocimiento, las diferencias y lo ambiguo del concepto libertad, han permitido que ésta se dañe, se viole, se altere y lo peor de todo, se piense, se crea o afirme que lo que sea que realice la persona es porque tiene y goza de libertad. En otras palabras, la libertad no es definida, ni entendida, menos conocida y aceptada por todos de igual forma.

Lo anterior no sólo representa, sino que muestra diversos problemas. Los que no son sólo de percepción o de semántica. El más grave es epistemológico. ¿Por qué? Porque la mayoría de la gente cree que ser libre es la facultad que la persona tienen para ser y hacer lo que quiera, como quiera, cuando quiera, como quiera, con quién quiera, para lo que quiera, si quiere. La libertad no es nada de lo anterior, pero sí incluye parte de lo anterior. ¿Paradójico? Sí.

Todos los diferentes tipos de libertad que existen o se conocen se refieren a una. La libertad que se ubica en el interior del ser humano. “In interiore hominis”. La que tiene que ver con otro concepto muy comentado e igualmente mal entendido; “el libre albedrío”. El que es un concepto original de la Teología y la Ética Cristiana que hemos heredado en el mundo y en la cultura occidental través de los siglos. Se ha usado como la razón para ser libre o hablar de libertad. Lo que es ciertamente correcto.

El “libre albedrío” ha de considerar siempre que la libertad tiene dos instancias básicas. La libertad externa, en primer lugar. Que es la condición de ser libre o no libre en relación con los demás seres humanos. Sus congéneres. Su prójimo. Lo que sería una forma de relacionarse o de coexistir en libertad con la libertad de los demás. Con la libertad ajena. Esto es lo que escuchamos cuando alguien dice: "la libertad de uno termina donde inicia la libertad del otro". Sí, pero ello es sólo un axioma que no se sigue y menos se respeta. El que no es tomado en cuenta por los actores de la libertad pregonada. Por nosotros. Entonces es sólo retórica.

“Las leyes se hicieron para romperse”

Cuántos de nosotros repetíamos esa frase a principios de la década de los setenta del siglo pasado. La que era-seguramente-producto de otra: “prohibido prohibir”. La herencia de ésta frase originada en París en 1968, es una muestra del pensamiento que permeó hacia la cultura occidental. Representa una “revolución” en el pensamiento que exige libertad. Que se revela al “status quo”. Surgen los movimientos clamando por la libertad del ser humano. Libertad sexual, de pensamiento, de acción, de ser. Diferentes tipos de libertad. Lo que es grandioso. Sin embargo, a la distancia, después de haber sido uno de los que gritaron prohibido prohibir y de haber sostenido que las leyes eran para romperse, entiendo que hubo algo muy importante que no tomamos en cuenta y que ha dado forma a la manera como entendemos la libertad posmoderna. No entendimos que sin leyes no hay libertad.

Y es que sin estas normas de conducta -las leyes- estamos condenados a vivir a merced de tiranías, de absolutistas, de caprichos, de positivismos jurídicos de parte de jueces, legisladores y del gobernante de ocasión. Las leyes garantizan que no impere el criterio de un estulto que llegue al gobierno. Y ésas, las leyes, determinan la libertad de cada uno.  Pero debido a una tendencia propia de la libertad, ésta se desvirtúa y se mal entiende fácilmente.  Esa tendencia es, la tendencia al libertinaje. La que surge por una carencia de controles y por la falta de entendimiento de los dos tipos básicos de libertad; la interna, que es la libertad de querer y la externa, que es la libertad de hacer. Lo que nos permite entender y digerir que la libertad o el conjunto de libertades que tenemos y que hoy pomposamente se llaman “derechos humanos” no pueden pasar por encima de la libertad de los demás. Que es El Meollo del Asunto.

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Lunes, 24 de Agosto 2015 - 17:30
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Silencio, amigo o enemigo

El silencio, por definición es la ausencia de sonido y en la cotidianeidad tiene diversas aplicaciones, desde la perspectiva musical es una pausa que da armonía y ritmo, desde el derecho se relaciona con la pasividad administrativa, para los militares es un toque al final de la jornada, en muchos sentidos es también una omisión, de forma subjetiva puede significar un momento de reflexión, un gesto ceremonial y desde las emociones, también se puede interpretar como la incapacidad de expresar lo que se piensa o siente o bien, la manera de evitar un conflicto mayor.

Aunque resulte paradójico, el silencio también comunica desde la interpretación y percepción entre los interlocutores; así pues, un silencio puede ser la pauta de algo catastrófico o de algo extraordinario y también es un llamado al orden, el inicio o fin de un suceso.

De tantas aplicaciones, en sentido positivo, la búsqueda de silencio como la forma de encontrar un momento de tranquilidad al terminar el día y después de pasar horas en el tráfico o en el transporte público en medio de la multitud y del ruido de autos, música, voces, vendedores ambulantes y de tantos estímulos visuales que recibimos con tan sólo pararnos en alguna esquina de esta agitada ciudad, significa realmente un remanso de paz que nos sirve para tomar un respiro y tener una mejor perspectiva ante la vida; es la forma de acercarse a la meditación y sus múltiples beneficios.

Con la llegada de lo “zen” a nuestras vidas, que no es otra cosa que la occidentalización del budismo, la meditación se vende hoy como la fórmula mágica que arregla todos nuestros problemas o la llave que abre una gama infinita de posibilidades para el bienestar. En realidad, la meditación no es otra cosa que el momento de introspección que obtenemos al atender plenamente nuestra respiración y dejando pasar los pensamientos que llegan a nuestra mente sin juzgarlos y sin engancharnos, así de fácil y sencillo es el inicio, practicarla de forma constante nos ayuda a ejercitar la mente y dejar el piloto automático con el que realizamos la mayor parte de nuestras actividades, lejos de la conciencia.

Erróneamente se piensa que meditar es reflexionar o analizar una situación en particular pero nada más alejado de la realidad, puesto que el ejercicio de la meditación dará como resultado la ausencia de pensamientos de toda índole como el odio, la frustración, el enojo, el miedo o la agresión entre otros pues al trabajar con los pensamientos lo hacemos también con las emociones, una emoción que nos lleve a la tristeza tendrá como resultado pensamientos de sufrimiento. De esta forma, la meditación es el camino directo al cambio de los programas mentales que nos vamos formando con el tiempo y que nos hacen etiquetar a las circunstancias y a las personas.

La meditación no es una meta a alcanzar como el estado ideal de las cosas, no se trata de ignorar lo que nos rodea como si de cubrirse con un capelo se tratara sino un trabajo constante que dará resultados en la medida que dediquemos tiempo a su práctica. Al permanecer en un estado de atención plena, vamos ganando serenidad y podemos manejar de una mejor manera lo que se nos presenta, además de que somos más conscientes de la forma en que actuamos y las palabras que decimos.

En silencio total y atendiendo a nuestra respiración es como irse adentrando en un templo alejado de la vorágine y que efectivamente, nos proporciona paz, tranquilidad, seguridad y bienestar; entre otros beneficios. Científicamente, ha sido comprobado lo mucho que ayuda la meditación para curar ciertos males físicos partiendo del principio de que cuerpo y mente son una unidad tanto de infinitas posibilidades como de catastróficos resultados si no hacemos caso a las señales que y he aquí la explicación: http://memoriaemocional.com/psiconeuroinmunologia-lo-que-el-corazon-quiere-la-mente-se-lo-muestra/

Es así que, el silencio como antesala de la instrospección sin duda, es un amigo que nos ayuda en mucho a tener una vida plena.

Y como siempre digo, del otro lado de la moneda, el silencio utilizado como una sanción, eso que conocemos como la “ley del hielo” rompe y destroza toda posibilidad de armonía y de comunicación, en palabras de Miguel de Unamuno (Filósofo y Escritor español) “Tu desconfianza me inquieta y tu silencio me ofende”, es el silencio que lastima las relaciones convirtiéndose en el enemigo.

El silencio amigo sana, el silencio enemigo enferma ¿cuál eliges tú?

 

Imagen tomada de Google

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Jueves, 20 de Agosto 2015 - 18:00
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Sobre la modernidad

La vida es el lugar donde las cosas ocurren. Sólo en este escenario, en el que los elementos confluyen, todo puede ocurrir y ocurre. Tal sucesión de hechos nos afectan directa o indirectamente desde diversas perspectivas.

Tales perspectivas generan las percepciones necesarias –siempre distintas— que hacen del ser humano un eterno moderno, y un inevitable, hombre antiguo.

Y la modernidad inicia con otro personaje fundamental para el desarrollo social del ser humano: el lenguaje. Sin lenguaje (aquí me refiero a lenguaje como idioma) no seriamos capaces de generar las rupturas necesarias que nacen con las preguntas generadas por los cuestionamientos que se logran en nuestro cerebro una vez abrimos los ojos al mundo.

Las preguntas son el cincel que fractura la roca donde se localiza el diamante de lo nuevo, la modernidad.

Resulta que al generarse infinidad de preguntas al interior del ser humano, y éstas, al ser expresadas, rompen tal modernidad en una serie de infinitas modernidades: a cada respuesta, corresponde una nueva ruptura: modernidad como pieza fragmentada en infinitas partes.

Siendo de esta manera es como formamos las sociedades y cimentamos nuestra individualidad. Pero el ser fragmentariamente moderno implica entonces ser un eterno antiguo.

Al término de la escritura de esta última palabra fui lo que ya no soy ahora: otra palabra me alcanza para de inmediato seguir a la otra que se eslabona en otra dando como resultado una serie de oraciones que se comunican entre sí, pero que no tienen un final establecido; es decir, en la medida en la que escribo voy rompiendo la piedra de lo establecido, para volverme un moderno y a la misma vez, un antiguo: el tiempo que tardo en escribir otra palabra, me hace perder mi modernidad.

La inercia del movimiento nos hace ser siempre hombres que buscan ir hacia adelante. Es imposible ralentizarnos desde el punto de vista funcional y natural de las cosas como las vemos y las vivimos en la actualidad (para no entrar en materia de la física y física cuántica). Así, las rupturas —la modernidad—, son inherentes a nuestra naturaleza evolutiva. Sin este avance o esta inercia natural de las cosas, seríamos nada (ni siquiera potencialidad).

Y en nuestra etapa humana es imposible ser nada desde un punto de vista físico. Por fuerza tendemos a fracturar, romper, desviarnos, del camino establecido por otros que a la misma vez, fueron igual o más modernos que nosotros.

Sin tal necesidad natural de ser modernos, no habría, en un sentido práctico y visible, arte, por ejemplo o, literatura, al menos no de alta calidad, al menos no representativa o reveladora para fines históricos y de formación evolutiva.

Dado este razonamiento: sí, todos los hombres de todas las épocas pasadas y las que vengan, son modernos, serán modernos y antiguos a la misma vez.

Conviene entonces no preocuparnos, por ejemplo, en lo que respecta al arte, con ser modernos o incluso, “rebanándose los sesos” por ver qué cosas crear para ser “postmodernos” (muchas expresiones “artísticas” actuales han caído en ese error), sino basta con seguir preguntándonos sobre el funcionamiento interior y colectivo de nuestras sociedades, que a partir de ello, vendrán las inevitables respuestas que seguirán contribuyendo a nuestra inherente modernidad, y con ello, a la creación de nuevas expresiones artísticas de valía.

No sobra decir que todo rompimiento con lo establecido es en sí mismo una crítica y por ende, un acto moderno.

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Viernes, 14 de Agosto 2015 - 16:30
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Detenerse como medio para contemplarnos

Detenerse también es una forma de seguir adelante. Para poner los elementos en perspectiva y despejar dudas.

El movimiento es la ilusión de la quietud, esto es que el estado único de todas las cosas es la inmovilidad, pero siendo así no podríamos hacer prácticamente nada, y es lógico: el estado natural de todo lo que existe no tiene ninguna funcionalidad; es decir, es energía —¿materia?— expandida: simple potencialidad(es) de ser. La quietud tuvo que inventarse asimismo una forma de funcionalidad: la movilidad.

Pero la movilidad, para que ésta logre su cometido debe tener la funcionalidad de, me refiero a que todo lo que está supeditado al movimiento, por fuerza tiene su justificación: la función que ocupa dentro de este gran sueño que gustamos llamar vida.

Porque aquello que no tiene funcionalidad, deja de existir, al menos pierde sus rasgos en el gran teatro del mundo, del universo. De ahí que no tengamos opción más que de movernos.

Ahora bien, a partir de tal detención, en medio de todas las cosas que constantemente están sucediéndonos, caemos en cuenta de lo que ocurre a nuestro alrededor y del porqué giran de la forma que giran cada uno de los engranes que hacen moverse a las sociedades.

Es así que podemos contemplar al suicida, por ejemplo, que de pronto se sintió fuera del mundo, rechazado, apestado, apartado de los demás; ése que en algún momento sintió que nada tenía un verdadero sentido, porque de cierta manera ya ha perdió el suyo. Tal pérdida de sentido no es otra cosa que el de la funcionalidad.

Pero llegó a ese estado de comprensión de una forma involuntaria, por la sucesión de hechos singulares en su vida que desembocaron en perder su idea de movimiento. Se detuvo porque ya no logró situarse en ninguna parte del mundo. Detención con la que no sólo logró consumar su muerte, sino que nos desveló, acaso, la única verdad universal: la dualidad de la quietud.

Este ejemplo de quietud es un tanto violento y acaso llevado al límite, pero es significativo en esta época donde las tazas de suicidio han aumentado por diversas, cantidad de factores que terminan por detener en seco al ser humano.

Acostumbrados al movimiento y a vivir siempre de prisa, perdemos la visión natural que nos ayuda a entender las cosas: la contemplación.

Los tiempos son vertiginosos. Somos arrastrados por la velocidad que las propias sociedades han provocado. Y esencialmente no estamos diseñados para soportar tal fricción.

Tal desvanecimiento es la famosa detención que nos hace darnos cuenta de la realidad y la de todos que muchas veces se hace insoportable; otras, nos nublan, perdemos el sentido de las cosas; entendemos que en realidad nada importa ni interesa. Viene el enojo: ya hemos descubierto la gran mentira. Irremediablemente, ante la farsa, queremos huir, salirnos de ella.

Después viene el hartazgo y el querer rebelarnos ante el mundo. Y qué bueno. El error es el enfoque. En la mayoría de los casos donde la detención es repentina y no consciente, en esta necesidad de buscar culpables, terminamos por desquitarnos con nosotros mismos –una de esas formas de desfogue bien puede ser el suicidio (para seguir con el ejemplo anterior) o el canalizar tal violencia en otra persona, en la familia; alcoholizarse, las drogas, etcétera: hay todo un abanico de posibilidades para escapar de tal choque con la realidad.

Para evitar que tal detención nos tome por sorpresa y ocurran las situaciones anteriores, valdrá la pena reflexionar y detenerse voluntariamente.

Habrá que repensar el mundo desde la detención voluntaria, para no sentirnos huérfanos en un momento dado. Será beneficioso el conocer realmente nuestra función en el mundo, y no olvidar que todo tipo de funcionalidad se resume a dar, obsequiar algo al otro, derramarse.

Detengámonos un instante para contemplar, entender y ver, nuestro país, para que de esta forma no nos atropellen al estar en el camino, sino que estemos a un costado y así poder señalar con claridad a los que van zigzagueando.

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Viernes, 17 de Julio 2015 - 17:30
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El séptimo día (Día de descanso)

Mis padres me enseñaron que el domingo era un día para descansar, según dice la Biblia en su Génesis 2:2-3: “Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación.”

Mi memoria da cuenta de aquéllos días en que un día de domingo significaba misa dominical, almuerzo tarde, poca afluencia de transporte, disminución de personas en las calles, comercios cerrados y futbol. Con el paso de los años y una vez arriba del tren de la rutina, las prisas y el estrés (esa palabra de moda) mis domingos se volvieron la única opción para realizar todas las actividades que el mundo laboral me impedía hacer de lunes a sábado, así que había que ir a comprar la despensa, lavar la ropa, limpiar la casa, hacer la visita familiar, reunirse con los amigos, ir al cine, leer o cualquier otra cosa que se sumara a la lista; resultado: terminaba exhausta y para el lunes, ya estaba tanto o más cansada que el sábado al término de la jornada y así fue durante el tiempo que trabajé hasta que mi primer hijo nació; es decir, hace un año.

Hoy día no distingo mucho entre el fin de semana y el resto de los días, la crianza de un hijo no discrimina ni perdona días festivos, vacaciones o fines de semana; sin embargo, tengo tiempo para observar todo lo que me pasaba de largo en el pasado y fue así que descubrí que mis domingos en la época laboral no eran una excepción; por el contrario, eran muy parecidos al del resto o de buena parte de los habitantes de la Ciudad de México.

De hecho, podría decirse que el séptimo día de la semana, día oficial de descanso ha desaparecido como tal, el ritmo acelerado y el consumismo en que vivimos inmersos actualmente nos impulsa a aprovechar los días de domingo para hacer todo aquello que el resto de la semana no podemos y es así que encontramos multitud en todas partes y el tráfico no disminuye; al contrario, se incrementa.

Punto y aparte de la religión que profesemos, la cuestión es que realmente nos negamos ese momento de reposo y descanso que necesitan nuestro cuerpo y nuestra mente para relajarse, despejarse y recargarse de energía para continuar con nuestras actividades diarias y lo que es más, la calidad de convivencia con nuestra familia y amigos cada vez es menor pues la prisa con la que nos movemos nos coloca en “piloto automático” y dejamos de disfrutar, de dar y recibir los mejores momentos, esos que dice la canción “no vuelven nunca más”.

Me imagino lo que significó tiempo atrás salir de paseo los domingos, al punto de crear uno de los parques públicos más bellos del Siglo XVI como la Alameda Central, pensada para que fuera un punto de reunión y recreo para los habitantes de la Ciudad de México y años después, inspiración para el mural creado por Diego Rivera: “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”. De hecho, el paseo por los parques implicaba todo un ritual para los jóvenes y doncellas casaderas de la época, aunque como dicen por ahí: “esa es otra historia”.

En la actualidad, pareciera que una mente maquiavélica supuso que el domingo era un día de ociosidad y se le ocurrió crear la forma de llenar esos espacios vacíos,  obteniendo como resultado un abanico de compromisos por cumplir que incluyen al consumismo como ingrediente principal. De suerte que algunos parques han sido rescatados y remodelados, pues ya habían quedado en franco abandono y algunos se habían convertido en lugares inseguros y refugio de personas en situación de calle o como los llaman ahora: personas vulnerables.

No propongo que el próximo domingo salgamos todos a misa y luego a caminar por el parque más cercano a nuestras casas (aunque la caminata no estaría del todo mal), digo que hemos convertido nuestro único día de descanso (que no es lo mismo que ociosidad o flojera) en un día saturado más de nuestra agenda como parte de la rapidez en que vivimos diariamente olvidándonos de disfrutar realmente el producto de nuestro trabajo y de dar a nuestro cuerpo y nuestra mente un respiro necesario para conservar la buena salud.

Reflexionemos sobre la forma en que pasamos nuestros domingos, quizá sea momento de hacer algunas modificaciones con el fin de disfrutar más y cansarnos menos, de pasar de lo fast a lo slow.

Imagen: http://www.museosdemexico.org/museos/entradamuseo.php?idMuseo=110&idMenu=4&Tipo=0

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Martes, 16 de Junio 2015 - 16:00
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