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populismo

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El Esoterismo de la Cuarta Transformación

Esotérico

  • Que está oculto a los sentidos y a la ciencia y solamente es perceptible o asequible por las personas iniciadas.

  • Que es incomprensible o difícil de entender.

 

Andrés Manuel López Obrador es probablemente el político mexicano más popular e importante de la segunda decena del siglo XXI, pero el “esoterismo” de su Cuarta Transformación es difícil de entender, poco descifrable para cierta parte de la población: nosotros los profanos.

Sin duda el presidente de México es un “populista” pues le transmite mensajes a su base todas las mañanas —los votantes que lo llevaron al poder— con palabras que aparentemente los mantiene satisfechos.

Sin llegar al extremo del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, que alguna vez expresó en la casa natal del fallecido presidente Hugo Chávez que sintió que éste se le apareció en forma de un pajarito el cual lo bendijo al arrancar su campaña electoral. “Lo sentí ahí como dándonos una bendición, diciéndonos: hoy arranca la batalla. Vayan a la victoria. Tienen nuestras bendiciones”.

Maduro ha repetido varias veces la aparición del “pajarito chiquitico” ante los líderes más importantes de su país y la pregunta es… ¿qué pensarán de su presidente ante esas palabras? La respuesta es sencilla; la fuga de capitales y el éxodo humano producto de su populismo hablan por sí solos.

Andrés Manuel se ha referido a combatir la delincuencia declarando que hay un grupo que es muy beligerante “y lo estamos llamando a que le baje y que ya todos nos portemos bien. ¡Ya!, al carajo la delincuencia, fuchi, guácala; es como la corrupción, fuchi, guácala”, expresó en Soto la Marina, durante su último día de su gira por la entidad.

Hace poco el presidente Andrés Manuel López Obrador mandó un mensaje a los grupos encapuchados que realizan actos vandálicos en las manifestaciones, expresó:

“¿Qué le diría yo a los que se encapuchan y realizan estos actos? Que tengan cuidado, porque en una de esas los voy a acusar con sus mamás, papás, abuelas, porque estoy seguro de que los abuelos, las mamás, los papás no están de acuerdo. ¡Me dejo de llamar Andrés Manuel! Estoy seguro que los verían como malcriados, porque no deben de andar haciendo eso y les darían hasta sus jalones de orejas y sus zapes”, dijo desde El Palacio Nacional.

¡Eso se llama populismo! Y al parecer tendremos que vivir con la forma en que se expresa durante sus conferencias mañaneras y durante las giras de fin de semana.

Ante la obviedad, la pregunta que surge es qué pensarán los líderes más importantes del país ante la particular forma de expresarse del presidente. A largo plazo, ¿convendrá seguir con esa tónica? Tal vez es por ello por lo que no estén cuajando las inversiones del sector privado y extranjero que tanto necesita este país. ¿Habrá fuga de capitales?

De todas las personas que conozco —y de las que encuentro en la calle— les he preguntado qué piensan del presidente. Mi encuesta personal no corresponde con la publicada hace unos días por El Financiero en que el mandatario obtuvo en septiembre, 68% de aprobación a su trabajo. Mis conocidos que aprueban su trabajo los puedo contar con los dedos de la mano y… me sobran tres y, conste, tengo datos que es un hombre honesto.

Así pues, el Esoterismo de la Cuarta Transformación me mantiene perplejo pues no soy de los “iniciados” y no entiendo. Usted, ¿qué opina? ¿Qué dice su encuesta personal…?

Fecha: 
Jueves, 10 de Octubre 2019 - 10:50
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Jueves, 10 de Octubre 2019 - 13:05
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Viernes, 11 de Octubre 2019 - 02:05
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Ni populismo ni neoliberalismo, lo dije hace casi 22 años

Recordar es vivir y con cierta periodicidad abro algún cajón de mi archivero para sacar de él algún texto que escribí hace tiempo y, después de leerlo, concluir si mi análisis fue correcto o no.

Ayer fue uno de esos días. Encontré un texto que se publicó el 2 de diciembre de 1997 en mi columna Así lo pienso, que entonces se publicaba en el diario Extra de Impacto.

Este texto muestra que hace casi 22 años denuncié que ni el populismo ni el neoliberalismo habían servido para crear los empleos que cada año se requerían.

Tuvieron que transcurrir otros 21 años para que los mexicanos rechazáramos el modelo neoliberal en las urnas para aparentemente regresar al modelo populista.

¿Se repetirá la historia?

Esto es parte de lo que en aquel tiempo escribí:

“Los modelos económicos que los gobiernos federales han diseñado y aplicado desde 1971, han sido incapaces de generar los empleos que demanda una población cada vez mayor.

“Durante la segunda mitad de los 12 años en que se aplicaron medidas populistas, de 1971 a 1982, ocurrió algo inusitado: el entonces jefe máximo de la nación, don Pepe, hizo lo imposible y generó más empleos (5 888 976) que los que se necesitaban (4 510 000) (…) se generaron 1 370 976 plazas burocráticas, así de fácil.

“Llegó el neoliberalismo con Miguel de la Madrid en 1982 y en nada mejoró la situación (…) de 1982 a 1988 únicamente se crearon 502 212 trabajos, ¡menos del 10% de los 5 676 000 que debían haberse generado!

“Después, durante el sexenio salinista que supuestamente iba a sentar las bases firmes para el real y definitivo despegue de la economía nacional, tan solo se crearon 1 554 474 de los 6 990 000 empleos requeridos, 22% de lo necesario.

“El déficit de empleos durante los primeros 12 años de neoliberalismo, liberalismo social o como quiera que se llame al actual modelo económico priista, es de 10 609 404.

“¿Qué ha ocurrido desde que llegó a la presidencia Ernesto Zedillo?

“Durante los primeros tres años de su administración se generaron 983 000 trabajos, 3 120 999 menos que los 4 104 000 que se requerían.

“De acuerdo con las estimaciones (...) durante el actual gobierno se creará un número récord de empleos (3 635 001), pero dicha cantidad representará únicamente 42% de los trabajos requeridos (8 631 999) durante el periodo 1994-2000.

“En conclusión: al empezar el año 2001 y tras 18 años del experimento neoliberal, habrá un déficit de 15 606 402 empleos.

“Así las cosas, no debe sorprendernos que el índice de delincuencia esté por las nubes, que el desprestigio del PRI sea mayúsculo (…) y que cada día más mexicanos, de todos los niveles sociales, decidan irse a Estados Unidos en busca de oportunidades laborales y un nivel de vida aceptable.

“Los números no mienten. Las dimensiones de la crisis son mayúsculas.

“Deberán transcurrir varias décadas antes de que la situación en México se vuelva positiva. Y eso si las cosas se hacen bien de ahora en adelante, si los funcionarios se vuelven honestos, eficaces y eficientes, si la democracia se instaura plenamente, si etc., si etc., si etc.”.

No me equivoqué entonces y no me equivoco ahora al afirmar que medidas populistas no remediarán el déficit crónico de empleos que desde siempre ha existido en México.

 

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Viernes, 24 de Mayo 2019 - 13:00
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Sábado, 25 de Mayo 2019 - 09:00
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¿Qué es el populismo?

Recién terminé de leer la traducción al español del libro del politólogo alemán Jan-Werner Müller intitulado ¿Qué es el populismo? (Grano de Sal, México 2017). Es uno de varios textos que he leído para poder entender mejor el porqué del éxito que alrededor del mundo están teniendo los políticos populistas.

En su presentación del libro, la editorial Grano de Sal anota: “Donald Trump, Bernie Sanders, Marine Le Pen, Beppe Grillo, Viktor Orbán, Recep Tayyip Erdoğan y Nicolás Maduro son prueba de que hay un auge populista en el mundo. Pero, ¿de verdad tienen algo en común todos estos personajes (aparte de su vociferante modo de ser)? ¿Existe, de entrada, eso que ellos llaman “el pueblo”? Su forma de actuar en la escena pública, ¿reduce la distancia entre el gobierno y la gente o en realidad es una amenaza para la democracia? ¿Hay alguna diferencia entre el populismo de derecha y el de izquierda?”

Es obvio que Müller no tiene una buena opinión sobre los gobiernos populistas y con argumentos sólidos, bien fundados, justifica su postura, la cual comparto.

En su Conclusión, el autor presenta Siete Tesis sobre el Populismo que aquí presento muy resumidas.

Primera tesis: el populismo no es parte auténtica de la política democrática moderna ni una especie de patología causada por los ciudadanos irracionales. Los populistas no están en contra del principio de la representación política; únicamente insisten en que ellos son los representantes legítimos.

Segunda tesis: además de ser anti elitistas los populistas son anti plurales ya que afirman que ellos y solo ellos representan al pueblo. Aseguran que todos sus adversarios políticos son esencialmente ilegítimos y que quien no los apoya no es propiamente parte del pueblo. Cuando están en la oposición insisten en que las elites son inmorales, mientras que el pueblo es una entidad moral y homogénea cuya voluntad no se equivoca nunca.

Tercera tesis: Los populistas dicen que representan el bien común tal como lo desea el pueblo. Basados en este argumento suelen enfrentar a dicho pueblo contra los funcionarios democráticamente electos.

Cuarta tesis: A los populistas les gusta realizar referendos o consultas populares, pero no para conocer la voluntad del pueblo sino para avalar lo que previamente ellos definieron como la voluntad del pueblo.

Quinta tesis: Los populistas gobiernan bajo la idea de que sólo ellos representan al pueblo. Utilizan prácticas clientelistas y corruptas y suprimen a la sociedad civil crítica. También escriben constituciones diseñadas para mantenerse en el poder y perpetuar una supuesta y auténtica voluntad popular.

Sexta tesis: Los populistas deben ser criticados por lo que son, un verdadero peligro para la democracia (y no solo para el liberalismo).

Séptima tesis: El populismo no es un correctivo para la democracia liberal pero sirve para señalar claramente que segmentos de la sociedad no están representadas. El populismo debe hacer que los defensores de la democracia liberal piensen seriamente sobre sus fallas para así corregirlas.

Para entender lo que sucede en México y alrededor del mundo es necesario leer ¿Qué es el populismo? y obras similares. Quien lo haga entenderá lo que ocurre y tratar de protegerse contra lo que pudiera ocurrir.

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Jueves, 21 de Febrero 2019 - 14:40
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Adiós a Los Pinos

“A government of laws, not of men”, John Adams

Andrés Manuel López Obrador ha hecho cuatro propuestas interesantes: a) que seguirá viviendo en su domicilio particular; b) que Los Pinos será un espacio público para la cultura y las artes; c) que percibirá la mitad del sueldo del actual presidente; d) que prescindirá de la seguridad del Estado Mayor Presidencial. No son propuestas nuevas, pero es la primera vez que las pronuncia en calidad de candidato a la presidencia en el actual proceso electoral.

No sé cuáles sean las razones de AMLO para hacer tales proposiciones. Quizá sea porque las considera música-para-los-oídos de un pueblo que está ya cansado de ver el lujo y la ostentación de los gobernantes. Si ese es el caso, las propuestas serían populistas. Pero tal vez la razón de fondo es que AMLO es verdaderamente austero y en serio quiere cambiar la forma de ejercer el poder ejecutivo en este país. De ser así, la propuesta es buena, pero también un poco ingenua. Un cambio sustancial en el ejercicio del poder no se hace realidad trasladando la sede presidencial de un inmueble a otro. Pero por algo se comienza.

De cualquier forma, las propuestas me parecen loables y las suscribo. He sido siempre muy crítico del populismo –lo pueden ver en mis artículos, que, por cierto, me han ganado la enemistad de muchos AMLOvers–, pero debo reconocer que estas cuatro propuestas deberían ser adoptadas por los demás candidatos. Voy a explicar por qué.

México arrastra un severo problema desde épocas precolombinas. Yo llamo a esto el Complejo del Tlatoani. Desde los indígenas antes de Colón hasta el día de hoy, la gran mayoría de los mexicanos espera que alguien resuelva los problemas del país: y no sólo los del país, sino también los problemas personales. Somos una nación que siempre está en busca de un caudillo. Esto se refleja en nuestro sistema presidencial, que en su origen fue una copia del sistema estadounidense. Pero fue una copia imperfecta. Los redactores de la constitución de los Estados Unidos establecieron la división de poderes y nunca fue su intención que el poder ejecutivo prevaleciera sobre los otros dos. Al contrario, la gran idea que movió a los creadores de la Constitución americana fue el llamado Rule of Law, que nosotros conocemos como el Estado de Derecho: no el gobierno de los hombres, sino el imperio de la ley. Así lo propuso el insigne John Adams en 1780: “a government of laws, not of men”. El poder ejecutivo sería uno de los tres poderes de la Unión, y su titular, el presidente, sería un funcionario, muy importante, pero nunca un rey ni un dios.

En México la figura del presidente se ha amplificado y ha adquirido un dominio peligroso sobre los demás poderes, lo cual ha provocado crisis económicas y sociales a todo lo largo y ancho de nuestra historia –aunque hay que decir que de Fox a la fecha, el presidente enfrenta mayores pesos y contrapesos–. Siempre que la voluntad del presidente ha sido La Voluntad, México ha tenido sus peores tropiezos.

Cada seis años se renuevan las ilusiones de un México mejor, y todos esperamos que el siguiente presidente sea el bueno, o al menos que salga bueno, o ya de perdida que no salga tan malo como el anterior. La mayoría de los mexicanos espera que, ahora sí, las cosas marchen bien. Y si no marcharon bien, pues ya sabemos a quién culpar. El devenir de nuestra historia no ha dependido del Derecho, sino de las pasiones. Por eso los estadounidenses desearon un gobierno de leyes, no de hombres, porque las personas son volubles, están sujetas a vicios y pasiones, más que a virtudes, cambian de parecer y son susceptibles de corrupción. El desiderátum estadounidense podría resultar ingenuo para nosotros, y eso es terrible: si nos resulta ingenuo es porque nosotros mismos estamos ya irremediablemente corrompidos.

Los Pinos es el símbolo del presidencialismo mexicano: un presidencialismo que se siente omnipotente e infalible. AMLO, emulando a Lázaro Cárdenas –que dejó el Castillo de Chapultepec, por considerarlo ostentoso, y se estableció en el rancho “La Hormiga”, hoy Los Pinos, unos Pinos entonces austeros y casi rurales que nada tienen que ver con la suntuosidad y el fasto de hoy–, propone que la residencia oficial se establezca en otro sitio, y que Los Pinos se convierta en un espacio público para la cultura y las artes. Yo acojo esta moción. No por razones populistas, sino porque al desaparecer Los Pinos y el Estado Mayor Presidencial –AMLO ha dicho que prescindirá de sus servicios–, el poder ejecutivo será despojado de ese ropaje omnipotente, de ese hálito de grandeza que no merece, de esa pompa fastuosa que tanto choca con la austeridad y sobriedad que necesariamente debe distinguir a todo régimen republicano. Quizá AMLO no quiera desaparecer Los Pinos para aterrizar y humanizar, por decirlo así, al poder ejecutivo, menos aún si, como pienso, AMLO promueve el culto a su persona; pero, independientemente de los motivos, creo que el resultado sería conveniente.

La idea de Los Pinos al principio no fue mala. Fue una sede digna, austera y sobria, por lo menos bajo los gobiernos de Lázaro Cárdenas y Ávila Camacho. Pero luego llegó Miguel Alemán, que encabezó una verdadera cleptocracia, y esa modesta casa le pareció insuficiente. Los Pinos empezó a convertirse en La Ciudad Prohibida que es hoy. Ha albergado a algunos de los personajes más vilipendiados de nuestra historia, y a sus familias: Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría, José López Portillo, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas… y hoy alberga al titular del ejecutivo con el más bajo nivel de aprobación de la historia reciente: Enrique Peña Nieto. En sus estancias, salas y salones se han tomado algunas de las peores decisiones políticas y económicas. En las entrañas de Los Pinos se tomó la decisión de asesinar a los estudiantes en Tlatelolco y de llevar a cabo la Masacre de Corpus Christi; en las entrañas de Los Pinos se decidió nacionalizar la banca y defender al peso como un perro; en las entrañas de Los Pinos un presidente se quedó pasmado mientras la Ciudad de México y sus habitantes se mantuvieron en pie durante el más devastador terremoto; en las entrañas de Los Pinos se tomó la decisión de tirar el sistema para que no venciera un candidato opositor; en las entrañas de Los Pinos –sí, en las entrañas de Los Pinos– alguien no sintió simpatía por un candidato oficial a la presidencia; en las entrañas de Los Pinos el hermano de un presidente realizó toda clase de tropelías y planeó toda clase de maldades; en las entrañas de Los Pinos, siempre en las entrañas, siempre en Los Pinos. Ahí surgió la idea de que una mujer saliera molesta a reconvenir a los mexicanos porque éstos se habían cuestionado el origen de una casa color blanco en el barrio de Las Lomas, tan cerca de Los Pinos. Ahí se decidió una guerra que ha costado ya cientos de miles de vidas y un número desconocido de desaparecidos; ahí se bebió alcohol, y quizá alguna sustancia dura; ahí hubo sexo, amor y decepción; ahí muchos lloraron y otros más rieron. Si las paredes de Los Pinos hablaran…

Un país no es su presidente. El presidente no es la esperanza de un bien anhelado, ni la causa única de todos los males. El presidente es un funcionario, importante, sí; pero no es el único funcionario importante… ni siquiera es el funcionario más importante. Si los mexicanos esperan un mesías, les va a salir el tiro por la culata. Un verdadero mesías no quiere ser presidente, su reino no está en este mundo, sino en el espíritu. En la medida en que muchos mexicanos endiosan al presidente y esperan que él solucione todos los problemas y traiga justicia, libertad y bienestar; en la medida en que muchos mexicanos lo satanizan y vilipendian cuando ven sus expectativas defraudadas; en esa medida los mexicanos se comportan como macehualtin y tlamemes –que es la otra cara del Complejo del Caudillo–. Dicho sea con todo respeto a los antiguos mexicas, pero así era su jerarquía: el Tlatoani era el Tlatoani, el macehual el macehual, el tlameme el tlameme, per secula seculorum.

Que el presidente salga de Los Pinos, que se desprenda del Estado Mayor Presidencial –que la gente común y humilde percibe como la Guardia Pretoriana de Calígula, Cómodo o Heliogábalo (aunque no sepan quienes fueron estos emperadores romanos, lo cierto es que perciben al Estado Mayor como algo siniestro y malvado)–, que viaje en aviones comerciales y que esté más cerca de los mexicanos –si uno da un pasito de más hacia Los Pinos salen los soldados con armas largas, repito, como si fuera La Ciudad Prohibida hace seiscientos años–; todo ello privará al ejecutivo federal de esa parafernalia ostentosa y chocante, tan fastidiosa y molesta para millones de mexicanos, y tan contraria a lo que debe ser una verdadera república.

AMLO es muy hábil y hace que sus seguidores perciban a los presidentes del PriAnato como personas frívolas, indolentes y malvadas que viven en medio del lujo y la opulencia, como grandes pachás, mientras el pueblo mexicano, bueno y noble (ni bueno ni noble, diría yo, con todo respeto al pueblo), se desangra y padece la pobreza más inmoral. Que Los Pinos se convierta en un gran espacio público para la cultura y las artes y que haya en sus jardines una placa que revele al paseante el oscuro pasado de ese lugar… no es una mala idea.

Muchos dirán que trasladar la sede del ejecutivo federal a Palacio Nacional es inviable, porque está en pleno zócalo, y que sería muy problemático, por el tráfico y las manifestaciones. No lo creo. La Casa Blanca está en el centro de Washington, la Casa Rosada en el centro de Buenos Aires, 10 Downing Street en el centro de Londres, el Palais de l’Elysee está en el centro de París y el Palazzo Chigi en pleno centro de Roma. Ninguna de estas residencias oficiales –no solo residencias, sino sedes de gobierno– tiene las 60 hectáreas de Los Pinos. Otros dirán que lo único que quiere AMLO es dormir en la mismísima habitación que en su momento ocupó Benito Juárez. Seamos serios. Otros más dirán que acondicionar Palacio Nacional es incosteable… Pero para que Los Pinos y el Estado Mayor desaparezcan, primero Andrés Manuel López Obrador debe ganar la elección. ¿Qué tal que otro de los candidatos gane y entonces Los Pinos siga siendo la fortaleza-búnker-Ciudad-Prohibida que casi siempre ha sido?

Gane quien gane, yo creo que esta propuesta relativa a Los Pinos debería ser tomada seriamente en cuenta. No importa quién sea el presidente ni quiénes sean los altos funcionarios de la Unión, el ejercicio del poder no consiste en ejercer la voluntad personal ni en estar por encima de todos los demás; no consiste en usar helicópteros de la nación para ir a un campo de golf ni en tener guardaespaldas que protejan a los hijos de los funcionarios aún fuera del país, aún si van de weekend a Las Vegas; tampoco consiste en beneficiar a empresarios a cambio de dineros o inmuebles en Las Lomas, las colinas de los perros o Miami; no consiste en enriquecerse ni en ser reverenciado por el inferior jerárquico; no consiste en que la mano sea besada. El ejercicio del poder público es algo totalmente distinto: consiste en aplicar la ley. El ejercicio del poder público es la facultad de los funcionarios para aplicar la normatividad, abstracta e impersonal, a situaciones concretas, sea en el ámbito jurisdiccional, legislativo o administrativo. El poder público no es esa fuerza burda y chabacana que muchos creen, ni un poder de facto que permite a quienes lo ejercen comportarse como si fuesen Les Rois du Monde. Es un poder de iure, acotado, limitado, orientado al bien común. Ejercerlo de otro modo es tergiversarlo y actuar como el más ruin esbirro.

Sacar al presidente de Los Pinos y desmantelar al Estado Mayor no es la panacea de los graves problemas de nuestra nación; sí creo que tales medidas inhibirían la peligrosa tentación de los presidentes de sentirse todopoderosos. Ciertamente, estas medidas ayudarían a los presidentes a entender que el poder ejecutivo es solo uno más de los poderes de la Unión. Decir Adiós a Los Pinos significa decir adiós a ese presidencialismo que tanto daño ha causado.

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Fecha: 
Martes, 03 de Abril 2018 - 15:00
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Martes, 03 de Abril 2018 - 17:15
Fecha C: 
Miércoles, 04 de Abril 2018 - 06:15
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El gran malestar

Hay un gran malestar en casi casi todo el planeta. México no es la excepción. Aunque si bien hay un denominador común, esa angustia y aflicción del ánimo tiene particularidades en cada país. En el caso mexicano, tal desasosiego se explica en buena medida porque hay un contraste entre el discurso político y la realidad. Un ejemplo, que no es único ya que afecta a todos los niveles de gobierno, es el del presidente Peña ofreciendo una disculpa por el posible conflicto de interés entre su gobierno y los proveedores. Y en el recinto donde leyó un resumen de su tercer informe se encontraban los representantes de las empresas que han sido beneficiadas con contratos millonarios y se presume que han obtenido sobreprecios por sus trabajos. Otro caso es asignar a Arturo Escobar, que ha operado al margen de la ley, para… ¡prevenir el delito!

La revista The Economist dijo hace unos meses que Peña no entiende que no entiende, pero los hechos apuntan a un entramado de complicidades y de encubrimiento muto, que resta autonomía al gobierno: no puede actuar de otra manera, pues se autodestruiría. Pero el problema de la corrupción es mundial. Los gobiernos de muchas naciones incurren en asociaciones delictuosas o dudosas con diversas corporaciones, o las encubren. La alianza entre el gran capital y los gobiernos se presume a los cuatro vientos. Claro, es para el “bien común”, para generar inversiones y empleos. Se omite decir que es para sustraer rentas públicas y enriquecerse a costa de los impuestos del ciudadano y del deterioro de los servicios públicos. El resultado es una alta concentración del poder y de la riqueza. La desigualdad resultante de este fenómeno sociopolítico es la raíz del gran malestar.

¿Cómo llegamos a ese estado de cosas? Parte sustancial de la explicación es que la desregulación financiera y de mercancías postró a los gobiernos nacionales, a su vez cooptados y subordinados por las corporaciones. El negocio es la asociación entre elites económicas y políticas para esquilmar a sus pueblos y apropiarse de los recursos naturales. Lo grave es que la ideología dominante justifica la corrupción de los valores liberales. Lo que importa en este mundo es el dinero, las máquinas y el hombre; en esa prelación. Por eso la Corte Suprema de Estados Unidos sentenció como violatorio de los “derechos humanos de las corporaciones” limitar su financiamiento a las campañas políticas. El capital expropia los derechos de la persona. El objeto de protección es la empresa: socializar las pérdidas y privatizar las ganancias. En cambio, garantizar los derechos básicos del hombre es, horror, ¡populismo!

Fecha: 
Viernes, 25 de Septiembre 2015 - 13:00
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Un bonito discurso presidencial

Me parece que Peña Nieto en su discurso se armó de frases y opiniones dichas por los ciudadanos en diferentes foros y muchas aseveraciones apuntadas por la sociedad durante los tres últimos años fueron material para su discurso.

Sabiéndose informar, es muy sencillo darse cuenta de la situación general del país por medio de los foros electrónicos, el señor puede no leer libros o mensajes, sin embargo es claro que tiene a un equipo de personas que sí lo hacen y tienen la tarea de elegir lo más elegante que dice la gente por eso, su discurso sonó “socialmente bonito” en algunas partes.

Habló de lo que debe hacerse no dijo nada que no supiéramos y faltó escuchar lo que no sabemos, los números y las estadísticas de todas las dependencias necesarios en el reporte,  los indicativos importantes y las cifras económicas sonaron más a relleno y que se parece mucho a las novelas en libros gordos de 400 páginas que están llenas de detalles de cada una de las cosas que se encuentran en el escenario que construyen, que si se saltan diez páginas en las que se describe la rama de un árbol no pasa nada y la historia sigue, así el informe de gobierno y es vergonzoso además, ver que existen tantos lambiscones aplaudiendo la decadencia, la falsedad y el relleno, no se olvidan de aquella vieja expresión: ¿qué hora es? –la que usted quiera Sr. Presidente-.

Se dijo desde el principio que Peña Nieto no lee y será la etiqueta que lo persiga el resto de su vida, con ese detalle cientos de miles de mexicanos exculparon su propia ignorancia. No es necesario leer tres libros, con leer textos completos en internet y entenderlos es suficiente para empezar a ser buen lector, eso sí, habrá que reconocerle a Peña que se haya hecho un experto en la lectura del telepromter, mientras que muchos que se presumen lectores informados no son capaces de leer completa ninguna información y asumen el contenido en las tres primeras líneas.

Habló Peña de las necesidades y la grandeza de la población, dijo que conoció gente muy valiosa y entregada, es verdad los vemos por todos lados, quienes se informan y pasean el México nuestro de cada día lo saben aunque para Peña Nieto estas realidades sean solo adornos para enganchar, la carencia de su gobierno con la necedad de sus decisiones y la ineptitud de las dependencias.

Entre otras, se le ocurre ahora enviar al Congreso la iniciativa para crear una Secretaría de la Cultura, si no se han resuelto los problemas existentes con lo que hay, crear otro organismo solo integrará desajustes a los desajustes que no han sido ordenados hasta hoy. Con seguridad el creador del discurso se metió en todas las entradas de internet que decían “Cultura en México” y de ahí surge la idea de poner atención a este rubro adornándolo, otra vez, con las pertinentes  palabras de la sociedad. Por supuesto que Rafael Tovar y de Teresa levantó la voz de inmediato y alabó la iniciativa como adelantándose a ocupar un puesto en cuanto el Congreso apruebe la Secretaría y desparezca Conaculta.

En cada  transición de administraciones hay cambios radicales, el papeleo y la función se “renueva” con la consigna de hacer más ágil y productivo el desarrollo de la cultura, lo único que esto provoca es mantener a los funcionarios atrás del escritorio imposibilitándolos a hacer su trabajo de campo y a los artistas en la espera de que ellos se organicen, cuando ya todo está entendido y en orden la gestión cambia y nada se alcanzó a hacer, son pocas las acciones que quedan de una administración a otra y las que pudieron ser importantes se borran porque el color del partido cambió. Se parece a la tecnología, apenas aprendemos el funcionamiento de un teléfono y llega otro totalmente diferente.

Al gobierno le gusta entrometerse en las acciones de la sociedad civil no para ayudar y respaldar, sino para adelantarse y proponer las ideas de otros lo que lleva al ‘robo’ del presupuesto y el dinero que le corresponde a la organización civil se lo lleva el gobierno, es decir,  saludan con sombrero ajeno. Cuando las ideas y las demandas de la sociedad  que se mueven, hacen ruido y requieren de un recurso gubernamental, entonces el gobierno las toma opacando el trabajo de la gente.

Habló Peña de las exposiciones importantes que se ofrecen como parte de la cultura, esas son una obligación dentro de su programa no un regalo para la sociedad y la gente no acude como se esperaría no porque no les interese, la sociedad simplemente ha dejado de creer en el trabajo de los organismos no importa de cuál estemos hablando. La gente asiste a lo que la gente hace y que no tiene ningún color. Aunque el gobierno se adelante a crear la Gran Secretaría para beneficio de la población, mientras ésta no crea cualquier cosa seguirá sin funcionar.

Así puede el gobierno seguir inventando programas y reduciendo presupuestos que mientras no trabajen en reconstruir la credibilidad de la sociedad hacia las dependencias las cosas nunca van a ser mejores.

Y el discurso bonito de Peña Nieto, debe ser aplaudido enfáticamente porque lo que dijo es la repetición de las opiniones de miles de mexicanos, incluyendo el populismo.

Autor:

Fecha: 
Martes, 08 de Septiembre 2015 - 17:30
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El temor al populismo

El presidente Enrique Peña advierte, por segunda ocasión en pocas semanas, sobre el peligro del populismo. Comparte la misma preocupación con los dos anteriores gobiernos panistas. La inquietud es legítima, toda vez que las experiencias populistas en América Latina han sido desastrosas. Pero más allá de denunciar el fantasma del populismo cabe preguntar: ¿qué lo ocasiona?, e igual de importante: ¿qué hace el gobierno para conjurar a tan terrible y temido espectro? Primero intentaré acercarme a las causas del fenómeno en México. Hace 30 años, a raíz de la bancarrota gubernamental, se formó una gran coalición nacional e internacional para modernizar al país. Así, se privatizaron las principales empresas públicas, se abrió la economía a la competencia comercial y a los flujos financieros, se crearon instituciones autónomas para limitar el poder presidencial en la economía, etcétera.

El resultado fue una gran dislocación social: murieron millares de empresas pequeñas y medianas, el desempleo y la informalidad se dispararon; las rentas públicas pararon en manos de unas cuantas familias, muy conectadas con el gobierno, y se concentró la riqueza y el poder; la inversión extranjera directa no fue la panacea; la apertura financiera nos inundó de capital golondrino (hoy equivale a un tercio del presupuesto de 2015); la usura y el rentismo definen a la banca; se perdieron herramientas vitales de política económica para impulsar el desarrollo: México se convirtió en una gigantesca fábrica de pobres. La modernización económica, si nos atenemos a sus pobres resultados, fracasó. Al mismo tiempo, la modernización política quedó trunca. No hay rendición de cuentas ni Estado de derecho: campea la impunidad.

El doble fracaso modernizador de las elites gobernantes, que se manifiesta como marginación económica y política (sólo unos cuantos se benefician de las reformas estructurales y la toma de decisiones políticas está altamente concentrada), es la causa que alimenta el populismo que denuncia el presidente Peña. Ahora bien, ¿qué hace su gobierno para enfrentar el problema? La respuesta económica es la misma de hace 30 años: más apertura al capital extranjero, aparte de la cuestionable reforma energética, se negocia el tratado transpacífico que limitará todavía más la acción colectiva. Es decir, las decisiones económicas se tomarán fuera del país, degradando más la democracia. La respuesta política es preservar el statu quo: tolerar corrupción e impunidad y mantener las decisiones políticas en pocas manos. Ergo, no sería desatinado que su legado fuera la instauración del populismo.

Fecha: 
Jueves, 03 de Septiembre 2015 - 18:00
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