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Yo quiero ser profesor

Sábado, 27 de Junio 2015 - 10:00

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Rafael Orozco Flores

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Sí, dadas las circunstancias actuales por las que atraviesa el país en el terreno de la educación, a mí me gustaría ser profesor de la CNTE. No hay nada comparable a esa aspiración, pues nadie puede pedir nada mejor: me pagan bien la jornada de trabajo y puedo tener hasta dos o más plazas de tiempo completo; las prestaciones son inmejorables y no tengo que presentarme a trabajar salvo unos cuantos días al año y, cuando sea estrictamente necesario, les podré dar unas dos horas de algún tema del programa y el resto me acostaré en el suelo a dormir y si las cosas van bien, le pediré a mis alumnos que me den un masaje colectivo.

He trabajado en universidades privadas y la cosa es insoportable: tiene uno que entregar un programa pormenorizado de los contenidos de cada sesión de trabajo del semestre, incluyendo actividades de apoyo (visionado de material audiovisual relacionado con el contenido de la materia, visitas a empresas, instituciones, galerías o museos, etc.); tengo que decir cómo los voy a evaluar y de paso, dar clases efectivas de 110 minutos, en sesiones programadas de dos horas. Por vía paralela a lo académico, tengo que darme de alta en Hacienda para poder expedir recibos de honorarios, por lo que no tengo seguridad social; contratar un despacho contable para las declaraciones al SAT y pagar los respectivos impuestos: todo un engorro.

Por lo que a mi familia respecta, lo tengo resuelto: mi niña va a una escuela particular con inglés y computación incluidos. Los hijos de mi vecino van a escuelas públicas y no saben leer y menos comprender lo que deletrean.

Dos escenarios que conviven armónicamente en México, y aquí no hay sarcasmo. Dos realidades o posibilidades que funcionan casi en simbiosis perfecta, pero que en el fondo enmarcan una situación de injusticia. Más allá de lo que el ciudadano de pagar si opta por la educación particular, está la situación de los menores cuyos padres tienen sólo una opción, que es la educación pública. Es injusto el sistema educativo porque, frente a la oferta privada, la pública debería ser la mejor o, por lo menos igual a la que ofrece la IP, pues lo que eroga el estado en sostener las escuelas, los libros de texto y los maestros no es comparable a la efectividad de los niños que se educan es escuelas privadas.

No estoy de acuerdo con una de las conclusiones a las que se llegan en la película De panzazo, según la cual la efectividad no es estadísticamente diferente entre la educación pública y la privada. Sí hay diferencias. Los de la CNTE lo saben y no es raro enterarse que en efecto sus hijos van a escuelas privadas.

Lo del maestro dormilón y demandante de masaje, no ha sido una expresión que ayude solamente a describir la situación (entristecedora) de la educación pública. Es un hecho real que ocurre en una escuela de Morelia.

Cuando sabemos que las cuestiones vinculadas a la educación se resuelven en la Secretaría de Gobernación y no en la Educación, entendemos la naturaleza del conflicto. No es ni laboral ni educativo, sino político, entendiendo como tal la práctica de oponer fuerzas entre los poderes fácticos (los sindicatos) y los constitucionalmente establecidos. Por desgracia, por lo menos para Oaxaca, Guerrero y Michoacán, el marcador actualmente favorece a los maistros.


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