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Violencia y vulnerabilidad en la vejez: una reflexión

Domingo, 19 de Enero 2020 - 10:55

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José Enrique Gómez Álvarez

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La violencia siempre ha estado presente en la historia humana, inherente a nuestra naturaleza. Definirla o explicarla no es tan sencillo. Probablemente la trampa es buscar una “esencia” de la misma. Lo que sí es posible, aunque queden “fuera” otras forma de violencia, es delimitarla a ciertos tipos que podamos reconocer. Así, con respecto a las personas ancianas, la violencia se ha definido como el maltrato hacia ellos. La Organización Mundial de la Salud define a la violencia contra las personas de la tercera edad como “un acto único o repetido que causa daño o sufrimiento a una persona de edad, o la falta de medidas apropiadas para evitarlo, que se produce en una relación basada en la confianza” (1).  A partir de esta idea se han establecido los distintos tipos, que son: la violencia física, la psicológica, la económica, la sexual y la negligencia. En todos los casos en que en esas áreas se produzca sufrimiento, se ejerce violencia contra el anciano. 

 

En el caso de México, la prevalencia de maltrato hacia los ancianos va entre 8 y 18%. Es un número muy grande y señala uno de los problemas éticos que deben enfrentarse hoy en día.  Ya he comentado en otras notas que el criterio utilitarista de buscar la máxima suma de placer de todos los involucrados en una acción nos lleva a extrañas paradojas: si permitimos el sufrimiento de unos cuantos por el bienestar general parecería que actuamos éticamente. Podría así argüirse que los ancianos son sólo, y de hecho así es, una minoría que utiliza muchos recursos, pero aporta poco. En consecuencia se explica y se justifica el no tenerles “paciencia” ni consideración especiales, debido al poco “retorno” social que aportan. 

 

La vulnerabilidad humana a la que todos estamos sometidos, aunque tengamos la ilusión de que no nos vemos o veremos afectadas por la misma, es condición para vernos siempre como sujetos y dadores de cuidados entre unos y otros. Irónicamente, la idea que se nos vende en nuestras sociedades capitalistas tardías es que mi propio mérito es lo que me da seguridad. Por ejemplo, resulta sencillo vislumbrar que el funcionamiento más elemental de la ciudad requiere un respeto de reglas mínimas, como el respetar las luces del semáforo, lo que impide dañarnos entre nosotros. Cualquier actividad humana está condicionada a esa red de cuidados intencionados o no, que se manifiesta en una serie de reglas de convivencia para que opere la acción humana. Por supuesto, la vulnerabilidad se puede evidenciar más en ciertas circunstancias que nos apuntan a admitir la necesidad de los otros, pero es ilusorio pensar que “nosotros” estamos exentos de ellas. 

 

De lo anterior puede inferirse que el cuidado nos lo proporcionamos en la medida de nuestras capacidades y responsabilidades y así se ajusta a lo largo de la vida. La vejez en consecuencia exige, a veces, más cuidados por nuestra condición de vida sin ningún otro criterio más que el ser considerados humanos. Las enfermedades también señalan esas circunstancias de necesidad de ser cuidados y cuidarnos no importan la edad de desarrollo. La violencia hacia el anciano es probablemente, una proyección de la frustración de no poder admitir nuestra propia vulnerabilidad.

 

(1) Tomada de Giraldo Rodríguez. Maltrato en la vejez: caracterización y prevalencia en la población mexicana. Notas de Población N° 109. Julio-diciembre de 2019, p. 126.

 

"The philosopher´s treatment of a question is like the treatment of an ilness"
Ludwig Wittgenstein.
Philosophical Investigations, I, 255.

 

 

 


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