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Stalin y la gallina

Lunes, 09 de Diciembre 2019 - 12:30

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Enrique Fernández Martínez

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Después del triunfo de la revolución en Rusia, una vez que los Zares y su familia habían sido asesinados y tras la muerte de Lenin, Stalin pudo hacerse por completo del poder en Rusia, era amo y señor, no había quien le hiciera sombra, sus decisiones eran indiscutibles, seguidas al pie de la letra por todos, propios y extraños. 

Con el poder total, el dictador decretó una serie de medidas que buscaban afianzar la revolución y el modelo soviético que tenía como eje una economía centralizada, el uni partidismo y una sociedad cooperativista, con un control total de los medios de comunicación, sin propiedad privada y sobre todo el culto a la personalidad del líder, todo ello con el objetivo de provocar un crecimiento que hiciera de la URSS una gran potencia industrial y así teóricamente mejorar la vida de los rusos.

Y como siempre quien paga el pato es el pueblo, quien recibió al principio estas medidas con suma alegría, con beneplácito, con esperanza, era un nuevo sistema de gobierno que prometía bienestar y progreso, era el sistema de Stalin, el líder que nunca se equivoca, era el sueño de millones de rusos pero que poco a poco, casi sin darse cuenta empezaron a vivir una pesadilla provocada por las medidas del nuevo régimen y que tuvo su momento más álgido cuando la hambruna se apoderó de la mayoría del país. 

Vacas, caballos, perros, gatos, ratas, aves desaparecieron del paisaje urbano, incluso se cree que se llegó hasta el canibalismo. 

Stalin día a día era informado de todo este caos. 

La situación de Rusia ya había generado cierta inquietud entre sus cercanos, así que, llamó a sus leales para explicarles el porqué de sus medidas y qué buscaba con ellas. 

La anécdota narra que a media reunión, mandó traer una gallina, la cargó amorosamente por toda la habitación, le habló bonito, exaltó sus virtudes y belleza, se la mostró y presumió a los asistentes y repentinamente cambió su actitud con ella y la tomó del cogote y la golpeó, la desplumó y la pateó hasta casi matarla, sin importarle por un segundo las muestras de dolor emitidas por el ave.

Un momento después sacó de su bolsillo unos pocos granos de maíz y se los fue aventando uno a uno a la gallina y para sorpresa de todos los presentes,  la moribunda ave como pudo, desplumada y maltrecha lo persiguió por toda la habitación agradeciendo cada uno de los pocos granos de maíz que le daba el dictador, que finalmente la levantó y la abrazó y les dijo: Así se gobierna estúpidos, el pueblo es como la gallina.

Stalin explicó que exactamente así es el pueblo, hay que crearle problemas, llevarlo al límite, ponerlo de rodillas y después darles unos pocos granos, que sientan que tú eres el único que les puede salvar y te amarán, porque su memoria es corta, olvidan fácilmente como la gallina y sus necesidades son largas, nunca se acaban y siempre buscan un padre que les premie o les castigue, siempre desean tener a alguien al que le profesen más temor que amor, un Dios que castiga más de lo que bendice.
 

Eso, camaradas, ¡es el socialismo!, es así de simple, concluyó Stalin. 

Las respuestas a nuestras dudas siempre están en la historia, quien no entienda su historia está condenado a repetirla (no seas gallina).

¿Alguna similitud de esta historia con lo que estamos viviendo en México?


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Número 35 - Noviembre 2019
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