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Sin ropa

Viernes, 15 de Septiembre 2017 - 15:00

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Luisa Ruiz

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Entonces, ¿se supone que las mujeres necesitan permiso para andar en las calles?, ¿permiso para vestirse de cierta forma?, ¿para salir de noche y regresar a la hora que a cada una decida? Porque la falda corta y las blusas de tirantes incitan los bajos instintos de los hombres, ¿es que las mujeres no pueden pasear?

Los gobiernos, autoridades y otros pelafustanes, ¿están aceptando que las calles son hechas para que las transiten los hombres lascivos y lujuriosos y por eso las mujeres no pueden compartirlas? ¿Se supone que está bien que un hombre tenga intenciones perversas y que las mujeres deban cuidarse de ellos?

El rector de la Universidad de Puebla asegura que las desapariciones y muertes son culpa de las jovencitas por salir vestidas coquetas y bonitas. Seguramente, todas las damas estarán pensando en andar por la vida sucias, despeinadas y en harapos para que a los hombres no se les antoje humillarlas, denostarlas y menos les den ganas de secuestrarlas y violarlas.

¿En qué mundo quieren vivir personajes como el Rector de la Universidad? Emilio José Baños no encabeza la lista de hombres que han calificado a las mujeres como incitadoras del mal. La lista es larga y vergonzosa, ni falta que hace nombrar a todos los leones que creen que todos son de su condición, de cerebros retrógrados y salvajes.

Solo unos ejemplos. En junio de 2011, el gobierno de Tamaulipas prohibió que sus empleadas usaran minifaldas, escotes o pantalones entallados. También en 2011, el arzobispo de Guanajuato estableció que las mujeres no pueden entrar a los templos católicos en minifalda, escotes o pantalones ajustados. El rector de la Universidad Autónoma de Sinaloa, Héctor Cuén Ojeda, prohibió a las alumnas de preparatoria el uso de minifalda aludiendo que vestir así, puede ser una invitación para que sean molestadas o agredidas. En otro tiempo, Oaxaca, Sinaloa y Coahuila emitieron avisos que impiden a las mujeres vestirse como ellas decidan.

Todos estos “caballeros” y unos cientos más, han dicho que la forma de vestir de las mujeres es la causante de las agresiones y desapariciones, por lo tanto, ellas tienen la culpa. Ellas invitan a la violación, al secuestro y a la perversidad. O sea, los hombres, que son tan decentes, salen de sus casas con pensamientos limpios y sanos hasta que se encuentran con una minifalda y una blusa de tirantes y por ello, se otorgan el permiso para ver a la mujer como objeto.

No señores, la culpa no es de las mujeres. La culpa es de la falta de respeto que se tienen a sí mismos, es la falta de respeto que le tienen a sus madres, a sus hijas, a sus hermanas. La culpa es de los cerebros enfermos que andan por las calles buscando minifaldas, porque a ellos nadie les ha impedido que vistan sus pensamientos con pantalones bien fajados y braguetas cerradas. A ellos no se les ha prohibido mirar las piernas y no se les ha dicho que tienen prohibido agredir y molestar a una mujer. A los señoritos se les ha permitido todo, el engaño, la traición, la maldad y se les ha aplaudido la vejación hacia las mujeres.

Hay que darse una triste vuelta por las redes sociales en el caso reciente de la señorita Fernanda Castilla y en donde una comparsa de rufianes aplaude la presunta hazaña del conductor de taxi de plataforma. Con mayor tristeza e incredulidad, se encuentran sucios comentarios de mujeres que tachan de provocadoras y libertinas a las chicas que desaparecen, no siendo lo mismo para los hombres, la desaparición de un hombre es una preocupación y una desgracia.

Este es ya un país desnudo, le han arrancado las palabras que llevaba sobre la piel. México se ha quedado haciendo ruido en el silencio, como reza la sentida canción de Simon and Garfunkel, “…you do not know silence like a cancer grows” (el silencio crece como el cáncer).

Los chillidos y las protestas hacen eco en la ancha red mundial, mas no logran del todo llegar a quien debe escuchar y resolver. Lo que se llama comunicación moderna, es silencio o provocación. Unos contra otros en un griterío afónico que no ha resuelto nada.

El país ha dejado su señorío en pausa y le ha dado paso al silencio de los olvidados, de los desaparecidos. Se ha ido tragando de a poco las intenciones y la magia, se ha comido a la juventud inquieta, a los adultos razonados.

Es un silencio que duele, que escupe groserías e indiferencia. El país está desnudo, le han arrancado las palabras, una a una hasta dejarlo avergonzado, maltrecho y con un frío que le congela la fuerza.

Ya se dijo lo posible y se han quedado mudos los sublimes, los que protestaron y anunciaron la desnudez a la que se acercaba el mundo. Se callaron las voces que despertaban conciencias y han quedado personajes que golpean la mesa y aseguran que las mujeres son las culpables de sus desgracias.

No hay ropa que cubra la piel de una República Mexicana herida y lastimada. Adolorida de tanto golpe, de tanto permiso otorgado a trúhanes que intentan jalar las riendas en todas las direcciones. Mientras, el país se queda desnudo y agonizante murmura: “Fools said I, you do not know, silence like a cancer grows”.


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Número 33 - Septiembre 2019
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