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Se va Urzúa, llega Herrera: ¿qué podemos esperar?

Jueves, 11 de Julio 2019 - 13:35

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Venus Rey Jr.

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Después de que la mañana del martes 9 de julio el secretario de Hacienda y Crédito Público, Carlos Urzúa, anunciara su renuncia vía twitter, se desencadenó una serie de reacciones. Por un lado, los opositores del gobierno vaticinaron toda clase de catástrofes e infirieron de la carta de renuncia una retahíla de diagnósticos preocupantes. Por otro lado, los que apoyan al gobierno tendieron a minimizar la situación y declararon que Arturo Herrera era la persona idónea para asumir el relevo, que no solo no habría desajustes, sino que habría crecimiento económico y se fortalecería la confianza de los empresarios e inversionistas. ¿Quién tiene la razón? En mi opinión, ambas visiones son reduccionistas e ingenuas.

Es cierto que la renuncia de un secretario de Hacienda no es un asunto menor. La carta de Urzúa revela desavenencias con su jefe, el presidente López Obrador, y al mismo tiempo hace patente la intromisión de personas no calificadas en asuntos tan técnicos como lo son las cuestiones hacendarias y financieras. La renuncia de Urzúa implica también una crítica a ciertas políticas públicas que son emblemáticas para el gobierno, las cuales fueron emprendidas, según el ex-secretario, sin un sustento suficiente. Aunque Urzúa no menciona en concreto qué decisiones o proyectos carecieron de un debido sustento, podemos intuir varios: la cancelación del aeropuerto de Texcoco, la creación de un muy costoso sistema aeroportuario que a pocos convence (Benito Juárez, Santa Lucía, Toluca), la erección de la refinería de Dos Bocas, la construcción del Tren Maya, un número cada vez mayor de programas sociales asistenciales, la relación con PEMEX, y un largo etcétera. Es verdad que decisiones tan trascendentes no deben tomarse a la ligera, sino de una manera fría y calculada, sin contaminación de ideologías, pues a fin de cuentas son asuntos de gran complejidad técnica y únicamente personas muy calificadas –y a veces ni ellas– podrían prever, después de mucho análisis y estudio, los posibles efectos. Una mala decisión puede producir consecuencias devastadoras en la economía nacional, como ya ha sucedido varias veces en nuestra historia reciente.

Los detractores del gobierno federal presentaron un panorama casi apocalíptico. Algunos dijeron que la renuncia era la antesala de una crisis económica severa y de una devaluación. Cierto que en los minutos siguientes a que se conoció en Twitter la renuncia de Urzúa, se registró un incremento de alrededor de 40 centavos mexicanos en la cotización del dólar. Pero conforme transcurrió el día, la paridad se estabilizó y no presentó un sobresalto importante. Es más, si analizamos el tipo de cambio de los últimos cuarenta días, notaremos que la cotización del dólar el martes 9 de julio –el supuesto “martes negro”– es menor que en otros momentos de ese lapso. Por ejemplo, el 3 de junio, luego de la amenaza de Trump de imponer aranceles a todos los productos mexicanos, el dólar interbancario se cotizó a 19,75 pesos. En cambio, el martes 9 de julio la cotización fue de 19,16, el miércoles 10 fue de 19,17, y hoy jueves 11 es de 19,18. Así que no hay ninguna base para sostener que la renuncia de Urzúa es la antesala de una devaluación importante. Por otro lado –y advierto que esto constituye un argumento ad hominem–, el ex-secretario de Hacienda era un funcionario sometido al escrutinio y a la crítica dura de la oposición, por ser el cerebro pensante y la mano ejecutora de las finanzas públicas de la 4T, y, de un momento a otro, voilà!: Carlos Urzúa se convierte en un hombre valiente e íntegro que ha dejado en evidencia al presidente. Los mismos que hace unos días lo criticaban, ahora “alaban” su congruencia. Urzúa no es un mártir del gobierno federal. Urzúa ya le había hecho exactamente lo mismo a López Obrador cuando fue Jefe de Gobierno de la Ciudad: le renunció al cargo de Secretario de Finanzas y fue sustituido por el mismo Arturo Herrera. La historia se repite exactamente igual. Como dice el refrán popular: el niño es chillón y lo pellizcan.

Es verdad que, según los pronósticos más autorizados, nuestra nación entrará a un periodo de recesión económica en agosto. La verdad es que hemos estado en un impasse las últimas décadas. Fenómenos como la recesión, la inflación y la devaluación son acontecimientos que no deberían espantar a nadie, pues se trata de ciclos por los que atraviesan todas las economías del mundo. Cuando se habla de recesión, mucha gente empieza a imaginar escenarios terribles, y el pánico se difunde como pólvora encendida a través del WhatsApp y las redes sociales. Los fenómenos que he mencionado, mientras estén dentro de parámetros razonables, son hasta cierto punto normales y obedecen a ciclos económicos. No es el fin del mundo. Japón y Estados Unidos han sufrido recientemente recesiones en sus economías, y nadie diría que están heridos de muerte. Claro, todos deseamos que México crezca al 4%, 5%, 6% y hasta 7%, pero eso no será posible en este sexenio ni en el siguiente. No hay economía en el orbe, ni siquiera la china, que sostenga un ritmo creciente sin presentar altibajos. Desgraciadamente, algunos grupos de inversionistas y empresarios llegan a utilizar estos fenómenos económicos para chantajear o coaccionar a los gobiernos: si un gobierno no lleva a cabo la política económica que ellos esperan, amenazan con irse y advierten que los mercados han perdido la confianza y que, de continuar las cosas así, habrá crisis económica, o si ya la hay, ésta se agudizará. Es verdad que decisiones equivocadas de política económica pueden dañar severamente a un país. Nos ha sucedido en varias ocasiones. Pero también es cierto que el discurso de la confianza de los mercados es también un medio para hacer recular a los gobiernos. Y no solo en México. Pasa hasta en economías como la de Estados Unidos. Por esta razón, los dictámenes de las calificadoras internacionales deben ser tomados, sí, con seriedad y prudencia, pero nunca con pánico o escándalo.

Cierto que en Morena existe un grupo radical que quisiera que México adoptara las políticas del socialismo bolivariano y se convirtiera en una nueva Venezuela, pero eso no puede pasar en absoluto. Morena no es un monolito uniforme, sino un mosaico en el cual se pueden encontrar todas las posiciones del espectro político y económico: desde los más neoliberales hasta los más izquierdistas. Como en toda organización social, en Morena hay grupos que pugnan por sus intereses y pretenden anular a los demás. No prevalece el espíritu fraternal y solidario de un “proyecto”, sino las envidias, las bajas pasiones y las traiciones. Y eso sucede exactamente igual en Morena o en cualquier otro partido. En mi opinión, en este momento no existen las condiciones para que el grupo, digamos, “bolivariano” de Morena, se imponga. No existen condiciones internas, porque hay otros grupos que tienen mayor peso, y esos grupos, al día de hoy, van de la mano con el presidente; tampoco existen condiciones externas, porque el intercambio comercial entre México y Estados Unidos hace imposible que se instaure un régimen como el de Cuba o el de Venezuela en nuestro país. El TMEC viene a ser como una “vacuna” contra el socialismo bolivariano, y dicho tratado es prioritario para la actual administración. El intercambio comercial entre México y Estados Unidos es tan fundamental para ambas partes, que el gobierno mexicano está haciendo lo que nunca antes: está frenando el paso de inmigrantes centroamericanos que buscan llegar a los Estados Unidos, a cambio de que Washington no imponga aranceles a nuestros productos. No se puede hablar de una coyuntura, porque esta situación no es transeúnte. Por el contrario, la vecindad de México y Estados Unidos ata a ambas naciones irresolublemente y para siempre. El destino de Estados Unidos y México es uno solo, y no hay posibilidad de fractura, aún con un presidente como Donald Trump. Si se presentara una crisis de gran envergadura que comprometiera la viabilidad económica y política de nuestro país, Estados Unidos sería el primero en acudir a nuestro rescate, como ya lo ha hecho en varias ocasiones; baste recordar la línea de crédito que, a moción del presidente Clinton, los americanos otorgaron para que México sorteara la terrible crisis que casi lo destruye al inicio de la administración de Ernesto Zedillo.

La fantasía es la hermana locuaz de la teoría. Pero al final del día, ambas son impotentes ante la realidad. Las discrepancias entre AMLO (fantasía) y Urzúa (teoría) se saldaron con una renuncia estridente. Quizá el presidente mexicano crea que con Arturo Herrera las cosas serán muy diferentes, pero eso es virtualmente imposible. Claro que cuando López Obrador lo entienda, experimentará frustración y probablemente acabe distanciado de Herrera. Por mucho que quiera e intente, por mucha que sea la ensoñación, fantasía y deseo de justicia social que alimenta sus acciones, la realidad económica pondrá en su lugar al presidente.

Herrera es un economista en la línea de Urzúa, han sido colaboradores y tienen una historia común. Son técnicos muy calificados. Difícilmente Herrera haría una locura que destruyera la economía de nuestro país y sería inocente pensar que su gestión será un giro de 180º respecto a Urzúa. El presidente tampoco es un loco, a pesar de lo que sus opositores piensan y a pesar de que muchas veces sí podría parecerlo. Es un político muy hábil y lo ha demostrado. Así que hay que tener confianza: no estamos en la antesala al Apocalipsis de la economía mexicana.



Número 30 - Junio 2019
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