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Por qué soy feminista

Martes, 10 de Marzo 2020 - 11:50

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Denise Meade Gaudry

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Les platico por qué soy feminista.

Hablar de feminismo no corresponde a una ideología o postura que nace espontáneamente. Es hablar de una historia que te conecta con la tuya y te mueve.

Yo crecí en un ambiente predominantemente matriarcal y en extremo religioso que, aunque no existía per se la figura masculina ni los roles de género, prevalecía un cierto dejo religioso de inferioridad de la mujer. Siempre fui muy rebelde y cuestionaba justamente todos estos preceptos de ideología religiosa que mantienen a la mujer en un plano inferior. Les puedo asegurar que nunca obtuve una respuesta que no fuera un “¡ya cállate!” o un “¡es cuestión de fe y se acabó!” No, definitivamente no fue suficiente para que no siguiera cuestionando el porqué de la inequidad por una mera cuestión biológica.

Estudié en una escuela de monjas, solo tuve hermanas y muchas tías, por lo que nuevamente la figura femenina era la constante. Esto también abonó a que no me percatara de las grandes diferencias e inequidades en el mundo exterior, pero tenía que salir algún día a ese espacio de visión unilateral y participar en uno más real, donde hoy todavía no entiendo la razón por la cual se impone un género sobre el otro.

Fue realmente extraño para mí al entrar a la universidad el hecho de escuchar voces masculinas en mi salón de clase, pero a la vez muy ricas y enriquecedoras; sin embargo, no faltaron las muestras misóginas de algunos profesores retrógrados cuyos comentarios eran abiertamente machistas. En varias ocasiones quise reaccionar, pero mis amigos me detenían aludiendo que la perjudicada sería yo... y tenían razón. Todavía no era momento para que las mujeres pudieran denunciar y demandar un trato justo.

Algunos me llegaron a decir que me había equivocado de género, de país y de época cuando escuchaban mi postura y mi exigencia de equidad.

Desde entonces, empecé a trabajar con grupos de mujeres y en diferentes espacios donde pudiéramos expresarnos y compartir lo que observábamos como injusticias y violencias, pero solo como expectantes frustradas e impotentes.

Posteriormente me casé con un hombre terriblemente violento, pues no tuve quien me advirtiera de cómo se da la violencia y desde el primer minuto él nunca se responsabilizó ni entendió que su conducta era muy agresiva, pero a la vez era justificado por el grupo social y esto lo alentaba, en total impunidad. No me da pena decirlo, pues yo no fui responsable de esa violencia, al contrario, fui una víctima involuntaria. Mi interés era que mis hijos no lo vivieran como testigos y como aprendices.

Cada vez que iba a denunciarlo al MP, me iba peor. Perdía el control y me recriminaba: “¿Cómo pudiste denunciar al padre de tus hijos?”. ¡Claro!, él siempre se victimizaba y según su mente enferma, yo era la responsable de provocar su furia y falta de control.

Generalmente la violencia doméstica se da en el ámbito privado y se sentencia, se responsabiliza y se estigmatiza a la mujer que se atreve a hablar. Yo así lo creía. Y fue una realidad, pues cuando hablé, fui sentenciada, responsabilizada, estigmatizada, juzgada y nadie me creía (inclusive mi propia familia), aunado a que él se encargaba de dar una excelente imagen al exterior.

“La loca” o “la puta” era como me llamaba ante su familia y amigos, quienes, en lugar de reprobar sus agresiones y abusos, reían con él. Lo grave era que así se refería a mí cuando hablaba frente a mis hijos.

Ya separada, fue muy difícil lograr salir viva de esa relación, ya que eran constantes sus agresiones emocionales, psicológicas y sobre todo, físicas; al grado que tuve que contratar a una patrulla para que se mantuviera fuera de mi casa y me protegiera. Estaba sola. Él se había encargado de mantenerme aislada. Para él fue fácil, pues una mujer sin padre, sin hermanos y en un sistema de "justicia" revictimizante y plagado de corrupción y de ideología machista, era imposible poder defenderme.

Trabajaba, atendía y mantenía a mis hijos, porque, claro, la violencia económica y patrimonial también se hizo presente. Mi situación emocional era de constante alerta y ansiedad. No sabía en qué momento me agrediría y por dónde lograría asestar el golpe. Me siento afortunada porque hoy estoy viva, ante muchos momentos donde pensé que no lo lograría.

Qué ironía, ¿no?: una mujer preparada, luchadora por los derechos de la mujer, que cae en una relación de violencia. Es justamente lo que quiero transmitir para que las mujeres sepan que todas podemos estar corriendo ese riesgo.

La violencia es tan imperceptible e invisible que poco a poco y en forma de pequeñas violencias que parecerían inocentes, se va construyendo una red al rededor disfrazada de “amor” que nos es muy difícil de identificar. Nadie nos advierte y peor aún: todavía existe la idea de la “buena mujer” y el rol que por “género” tenemos que cumplir.

Finalmente, conseguí salir de ahí y hoy trabajo y ayudo a mujeres que viven o han vivido violencia. Muchas de ellas están al borde de ser asesinadas por sus parejas. Yo sí las entiendo y lucho todos los días por visibilizar en todos los ámbitos las diferentes formas de violentarnos y así, ellas puedan hacer conciencia del riesgo que corren y cómo pueden proteger su integridad física, pero también trabajar en su recuperación psicológica.

El día de ayer y después de tantos años, pensé que no me tocaría ver este gran movimiento de mujeres que reclaman por una vida libre y equitativa.

No estamos solas, como un día me sentí, nos tenemos a todas y cada una en solidaridad con las que hoy no pueden hablar, pero necesitan sentir el apoyo para lograr salir de una vida de violencia.

Hoy me considero sobreviviente de violencia y me siento muy orgullosa y llena de esperanza, porque México y sus mujeres están cambiando y somos nosotras quienes impulsamos estas nuevas formas de relación más sanas como sociedad.

 


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Número 35 - Noviembre 2019
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