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¡Por el honor de México!

Viernes, 13 de Septiembre 2019 - 11:40

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Julio Chavezmontes Messner

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Desde las alturas de Tacubaya podía verse la silueta del Molino del Rey y a su lado, sobre el cerro del Chapulín, el alcázar en el que nuestros jóvenes soldados constituían la última defensa en el camino hacia la Ciudad de México aquella mañana del 13 de septiembre de 1847.

El 19 de agosto de 1847, el general Gabriel Valencia, ambicionando cubrirse de gloria, insistió en presentarle batalla a los invasores que se acercaban a la capital, en el racho Padierna, a pesar de que Santa Anna le había advertido del peligro que implicaba la artillería enemiga y su irrupción segura desde el cerro del Zacatépetl (muy cerca del actual centro comercial de Perisur).

Valencia había respondido que en ese cerro, no andaban ni los conejos; a lo que Santa Anna respondió que probablemente los conejos no, pero los artilleros norteamericanos y sus zapadores, si.

Mientras escribo estas líneas a más de diez mil kilómetros de México, vienen a mi memoria recuerdos que me ligan a los lugares más sagrados de nuestra historia.

Desde muy pequeño mis papás me llevaron al convento de Churubusco (a pocos kilómetros de la casa de campo de mi abuelo) donde vi impresionado las huellas de las bayonetas sobre las duelas que eran testimonio del intento desesperado de los soldados mexicanos por desatascar sus fusiles, provistos de balas de calibre inadecuado.

Fue por el suministro de municiones inútiles, que surgió la célebre frase del general Anaya: “Si yo tuviera parques, usted no estaría aquí”.

Hoy, las campanas de San Zeno, en el pueblo de Stahringen, suenan como sonaron en Churubusco, y al igual que entonces, el aire limpio de los bosques que nos rodean, trae con ecos de bronce la voz de aquel México.

Cuando era yo muy joven, visité en muchas ocasiones el Rancho Padierna, en el Pedregal de San Ángel (casa de campo de mi novia de entonces), donde era frecuente encontrar balas, armas oxidadas y otros vestigios de la batalla, durante la cual, dos jóvenes oficiales del ejército invasor, se distinguieron por sus habilidades: Ulises Grant y el entonces artillero Robert E. Lee, recién egresados de West Point.

La vida los enfrentaría poco tiempo después, siendo ya generales, cuando la Guerra de Secesión de la Unión Americana fuera la cosecha directa del robo territorial cometido contra México, porque Polk y sus comerciantes de esclavos, nos arrebataron Tejas para introducir en ese territorio el criminal negocio del tráfico de seres humanos.

Después de Padierna y Churubusco, sobrevinieron las batallas de Molino del Rey y Chapultepec.

Hace 38 años, desde las alturas de Tacubaya, cuando viví en el Molino de Santo Domingo, vi por primera vez la misma imagen de Molino del Rey en las inmediaciones del castillo de Chapultepec, y escuché el eco de los toques de ordenanza que, todas las madrugadas, llamaban a la tropa a formar filas para honrar nuestra bandera.

La Diana en los clarines y tambores de nuestros soldados, es un ritual que revive aquellos días de gloria y de tragedia, siempre que se dan los toques de ordenanza, donde quiera que se den, tanto en México como en cualquier parte del mundo.

Mi corazón acompaña a nuestros hermanos que cruzan El Río de día y de noche en su camino hacia nuestros territorios del norte, imaginándolos cubiertos por los colores nacionales, animados por esos mismos clarines igual que en 1836, y cobijados bajo el manto de la Virgen de Guadalupe cuya imagen, fue la primera bandera del México libre.

En septiembre de 1847, desde las cercanías del Molino de Santo Domingo, la misma artillería que destrozó nuestras defensas desde el Zacatépetl, debilitó las fortificaciones de Chapultepec, en preparación del asalto final.

Recuerdo con dolor y pesar, la manera injusta en que Winfiel Scott mando asesinar a nuestros hermanos irlandeses y alemanes del Batallón de San Patricio, instruyendo a los verdugos para que los obligaran a mirar en dirección a Chapultepec, a fin de que vieran izar el “ábaco patrio” (1) de Estados Unidos, sobre la torre más alta del alcázar.

Si de mí dependiera, todos los hijos católicos de Irlanda y de Alemania, serían reconocidos como mexicanos, con tan solo pedirlo; y si en mi mano estuviera, las banderas de Irlanda y la vieja bandera imperial de Alemania, ondearían al lado de la nuestra en los sitios sagrados donde irlandeses y alemanes, convertidos en hijos de México, derramaron su sangre impregnando para siempre nuestro suelo.

No hay un solo mexicano que sea MEXICANO, que no conozca y lleve en el corazón la epopeya de Chapultepec; los niños héroes que siguen pasando lista de presentes para terminar en la voz recia de nuestros cadetes, en un coro unánime que resuena por toda nuestra tierra, en los patios de todas las escuelas.

Recuerdo la primera vez que fui al castillo de Chapultepec, y la forma como mi padre, patriota emocionado, me fue narrando el sacrificio de los aguiluchos, y el gesto heroico de Juan Escutia, que se lanzó al vacío envuelto por nuestros colores nacionales, guiado por nuestra águila legendaria en su camino hacia la gloria.

Cuando recuerdo la batalla de Molino del Rey, siento rabia y frustración.

En aquella ocasión, el 8 de septiembre de 1847, las tropas de Estados Unidos alcanzaron una victoria pírrica (2), de tal manera, que el general Scott les dijo a sus oficiales, que si alcanzaran otro triunfo de esos en el siguiente encuentro, ¡se iban a tener que rendir ante los mexicanos!

Las bajas de los gringos fueron verdaderamente significativas; habría bastado un último esfuerzo para vencerlos en definitiva, y derrotar a los expansionistas en el Congreso de Estados Unidos donde la oposición a la guerra era encabezada por el Senador Thomas Corwin (3), y exigía el retiro de su ejército y el cese inmediato de la guerra.

Habría bastado que el general Juan N. Álvarez (benemérito de la patria) se hubiera unido a las acciones en Molino del Rey con los 5,000 soldados de caballería a su mando, para darle el golpe de gracia a Scott, definiendo la culminación de la guerra en muy distintos términos.

Mientras evoco estos episodios, el niño que todavía me habita, mira siempre como desde siempre, el paso de nuestras tropas por el crucero de Niza y Reforma, al que sin fallar, asistía yo con mi madre y mis hermanas a ver el desfile de nuestro ejército, cada 16 de septiembre.

Siempre que esto me ocurre, entra humo en mis ojos, y mi vista se nubla; el eco de los tambores, las órdenes de los clarines, y el cambio de paso de las tropas al acercarse al Monumento de la Independencia, retumba contra los muros de casas y edificios y penetra en mi alma sin importar cuanto tiempo ha pasado, ni que tan lejos estoy.

En obsequio de México, el otoño le cedió esta mañana el sitio de honor al verano, para que regresara en homenaje a nuestros héroes invencibles regalándonos un día esplendoroso, soleado y fresco.

Hoy el cielo está azul, como si fuera un septiembre mexicano; y las aguas del lago de Constanza vestido como Janitzio y Chapala, espejean saludando a nuestra patria.

Las semejanzas entre Alemania y México se aprecian en la letra de nuestro himno, cuando le cantamos a una patria a la que el cielo, un soldado en cada hijo nos dio.

La agresión injusta de Estados Unidos contra México, culminó en la casa de mi abuelo (Don José Domínguez Soberón), en el número 10 de las calles de Morelos, justo frente a la casa de Nuestra Madre de Guadalupe, con la firma del tratado de Guadalupe Hidalgo en el que bajo amenazas de mayores pérdidas, nos robaron California, Nuevo México y Tejas, que sin embargo, siguen siendo nuestros.

No está lejano el día que, en el mismo salón principal de aquella casona, que hoy es convento de las madres Capuchinas, se conmemore la imposición de ese tratado ilegal, y demos inicio a su anulación.

Comparto todo esto con usted, mientras avanzan mis palabras a través de esta página, y los párrafos se forman como batallones en su marcha hacia México, enviando de avanzada mi añoranza a través del mar.

Me permito hoy el privilegio de gritar desde la orilla del bosque de Gutingen, pasando la lista de honor a Agustín Melgar, Fernando Montes de Oca, Francisco Márquez, Juan de la Barrera, Juan Escutia y Vicente Suárez, muertos por la patria y

¡POR EL HONOR DE MÉXICO!

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Dedicado a mi tío Oscar Chavezmontes, cadete del Heroico Colegio Militar, caído cumpliendo con su deber en Parral, Chihuahua, en 1916.

   ________________

Stahringen am Bodensee

Baden Wurttemberg, México

13 de septiembre de 1847-2019

chavezmontesmessnerjulio@yahoo.com

@JulioMessner

 

  1.  La bandera de Estados Unidos no es lábaro sino ábaco, porque le han ido agregando estrellas según se han ido apropiando de territorios ajenos como la Florida (arrebatada a España), Hawaii, y nuestros territorios ocupados de California, Nuevo México y Tejas.
  2.  Victoria pírrica, se dice de un triunfo que resulta más costoso que la derrota.
  3.  Thomas Corwin, senador por el estado de Ohio, denunció la invasión ilegal de James Polk contra México y estuvo a punto de lograr la destitución del presidente invasor. Si hubiéramos detenido el avance de Scott en Molino del Rey, los opositores a la guerra en el Congreso de Estados Unidos, podrían habernos salvado del despojo.
  • Tejas se escribe con J

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Número 33 - Septiembre 2019
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