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Peña y sus balazos en el pie

Sábado, 29 de Agosto 2015 - 11:00

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Rafael Orozco Flores

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El control de los daños para situaciones de crisis en las administraciones públicas, parece que cada día es más complicado y el colmillo y la imaginación, en ocasiones no son suficientes. Cada situación de conflicto requiere de una estrategia especial, que en efecto pueda restituir la sensación de que todo retorna al carril; al estado en el que la ciudadanía pueda conceder el privilegio de la duda, de que hay un efectivo ejercicio del poder.

Ni los partidos políticos ni la ciudadanía desean gobiernos débiles, ineficaces y sin rumbo. En este sentido, para mí la administración de Carlos Salinas de Gortari, es un claro ejemplo de cómo hacer crecer y posicionar una imagen ante la ciudadanía.

La popularidad del presidente Peña Nieto es incuestionable que ha ido bajando. Las reformas emprendidas por su administración, como la energética y la educativa, han polarizado a varios sectores de la clase política, por ejemplo. Pero hay en la historia de la actual administración federal, una serie de sucesos en los que el presidente insiste en darse “balazos en los pies”, en el sentido de dañar él mismo su imagen, aumentando los flancos débiles que cada vez se hacen más visibles.

El asunto de la llamada “casa blanca” es solamente uno de ellos, que se sigue haciendo grande en la medida en que se trata de operar una resolución adecuada.

Después de que se armó el escándalo, y para acallar las voces que señalaban un claro conflicto de intereses, salió Angélica Rivera a la arena pública a defender y aclarar lo que estratégicamente no le correspondía. En un acto poco caballeroso (por decirlo muy suavemente) Peña Nieto se valió de su esposa para tapar el sol, y el asunto creció, creo yo, innecesariamente.

Más tarde revivió una Secretaría, la de la función pública, y puso en la titularidad a Virgilio Andrade, a quien todo mundo calificó de incondicional. A él, el presidente le encargó que hiciera una valoración y dictaminara si en el asunto de la “casa blanca” se configuraba el conflicto de intereses.

La resolución final de la parte oficial, anunciada por Virgilio Andrade, es que, como lo dijo el presidente”, no se configura lo que para el resto de los ciudadanos del país es un claro ejemplo de corrupción y turbiedad, que las buenas maneras llaman justamente conflicto de intereses.

Nunca he podido entender las decisiones suicidas de quienes, teniendo todo el poder, bajo los paradigmas de la política mexicana, insisten en hacer cosas de párvulos que dañan a la persona (presidente, gobernador, munícipe) y a la institución.

Lo menos que se puede decir es que les falta imaginación para las estrategias e inteligencia para la construcción de los escenarios que se pueden presentar como respuesta a la toma de decisiones.

Vale un carajo pasar a la historia como un presidente de altura, de estadista y el poco o mucho capital político con el que algunos políticos llegan al poder, lo echan a la basura en busca de unos cuantos pesos. Es ridículo que un presidente se vea envuelto en líos de tan poca monta como lo es el que nos ocupa, que es un inmueble.

La poca monta, sin embargo, y ahí está lo grave del asunto, ha dejado ver los niveles en los que la corrupción campea en México. La corrupción no es cuestión ni de genes ni de cultura, como lo sugirió Peña Nieto, es un problema de integridad personal.


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