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¿Para quién gobernará López Obrador?

Martes, 13 de Noviembre 2018 - 17:25

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Denise Meade Gaudry

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Escuchando a supuestos analistas políticos y subrayo supuestos, pareciera que estamos ante auténticos paleros del régimen. Lejos de realizar un análisis serio y objetivo, minimizan las acciones del futuro Presidente de la República, las cuales han generado nerviosismo y polarización en el país. El tamiz de sus argumentaciones parece estar contaminado por intereses personales o por su preferencia política. Lejos de ayudar a aliviar el desconcierto generado por el nuevo gobierno o mantener cierto equilibrio, abonan a generar mayor desconfianza y confusión. Escuché a uno de ellos cuando se refería a que López Obrador ha sido un luchador social durante toda su carrera política y que eso, es justamente lo que ha venido haciendo, luchar por los menos privilegiados en contra de la clase opresora. Minimizó el actuar errático de López Obrador y lo justificó al argumentar que, después de tantos años de jugar el rol de luchador social, le está costando trabajo asumir que ya ganó y que ahora es el presidente de todos los mexicanos. De confirmarse esta hipótesis, entonces yo plantearía otra, el que no escucha a sus colaboradores y cercanos. Aclaro, hace varios meses, en una comida de empresarios en la cual yo estuve presente, fue invitado a dar una plática el futuro Secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma Barragán, a quien en ese espacio se le cuestionó el apoyo al entonces candidato de Morena. Él argumentó que su apoyo se debía a que AMLO ya no era el mismo. Palabras más palabras menos, arguyó que su apoyo se debía a que veía un nuevo López Obrador más maduro. Un nuevo hombre que, por su edad, se había convertido en una persona más tranquila, debido a falta de producción de testosterona, sustituida por andrógenos; ahora se trataba de una persona más centrada y tranquila (como si las hormonas hicieran magia). Honestamente, nadie le creyó. Posteriormente, descubriríamos el porqué de sus explicaciones absurdas, ya existía un acuerdo de “hueso”. Sin embargo, dentro de esos absurdos que planteó al inicio, también nos habló de algo que quisiera resaltar al decir que el futuro mandatario, no lo ha escuchado. Moctezuma Barragán nos habló de tres Méxicos que conforman la sociedad mexicana: el México rezagado, el México conservador y el México moderno. Sin hondar mucho en descripciones de cada uno, pues se requeriría una tesis para ello, el foco se centró en la desigualdad y en la necesidad de trabajar por los tres y con los tres para lograr el desarrollo del país. Aseguró que tienen los mismos derechos, sus propias características y necesidades, pero también resaltó la necesidad de que un buen presidente debe gobernar para todos. Ser el facilitador para que, en un ambiente de sinergia, se logre el desarrollo y el crecimiento de los mexicanos.  Debe integrar a todos los sectores de una sociedad y ser el engranaje para vincularlos y disminuir las grandes diferencias y rezagos que hoy padece un gran porcentaje de la población. Coincido totalmente y agregaría, la forma de hacerlo es a través de la programación y la planeación, velando por la defensa de los intereses y derechos de los involucrados y no en la justificación del atropello ilegal de unos sobre los otros. Pero no puedes matar a la gallina de los huevos de oro, por intentar seguir con una agenda electoral sin planeación ni visión, como fue la que lo llevó al triunfo. Solo eran eso, promesas, muchas de ellas, imposibles de llevar a cabo. No utilizar la polarización para confrontar a unos con otros, como si el bienestar de el grupo que lo sustenta en el poder dependiera de la eliminación de la fuerza del grupo que ha señalado como enemigos.

Es claro que para AMLO solo existen dos Méxicos.  El México de los malos y corruptos: “anti-pueblo”- léase los empresarios, políticos que no sean de su partido, organizaciones civiles, periodistas y todos los que no piensan como él -; el México de los buenos y honestos: “el pueblo” -léase los que votaron por Morena, los políticos que se han “arrepentido” y se han sumado a su propuesta y por supuesto, sus seguidores. A los cuales alimenta a través de la polarización y de la promesa de una “justicia” social, basada en la venganza y en el revanchismo. Nadie niega los grandes atropellos y abusos que transgeneracionalmente y transexenalmente han venido ocurriendo sobre los más vulnerables, pero también han ocurrido a gran parte de la población mexicana por la inseguridad, la corrupción, etc.

Muchos de los que se sienten agraviados por sus acciones y declaraciones, no pertenecen al grupo de los que López llama corruptos, pero al igual que ellos el ser catalogados como “fifís”, los convierte por igual en enemigos del sujeto que llama “pueblo”, por el simple hecho de ser diferentes a él o haber logrado cierto nivel de bienestar a través del trabajo honesto de generaciones. Criminaliza y estigmatiza de forma cruel, perversa y sin filtro. Criminales sin derecho a juicio.

Así como el “pueblo” es una gran masa sin rostro, sin responsabilidad alguna, pero con derechos plenos, el enemigo, es decir, los “corruptos”, también son un ente sin personalidad propia, pero con la responsabilidad de todos los males sufridos por ese ente llamado “pueblo”, a los que no se les reconoce derecho ni respeto alguno. Sin embargo, entre generalidades y absolutismos se desdibuja la imparcialidad y se disimula la injusticia.

Es un hecho que López Obrador no lo ha escuchado a Ernesto Moctezuma. Un ser que pretende cumplir con promesas de campaña basadas muchas de ellas, en el odio y en el revanchismo de un agravio social exacerbado y dirigido sin objetivo ni responsable claro. Su evidente narcicismo no le permite aceptar errores, lo que puede derivar en una dictadura de consecuencias graves. Hoy requiere quitarse el traje de líder social y ponerse el de presidente de todas y todos los mexicanos en igualdad. ¿Lo logrará? Por el bien de México, espero que sí.



Número 25 - Enero 2019
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