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Nuevo México Bárbaro

Viernes, 27 de Mayo 2016 - 17:00

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El Oso Travieso

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Los comentarios que he recibido del libro de John Kenneth Turner “MEXICO BÁRBARO” van desde que es un panfleto amarillista, hasta que es fundamental en  la interpretación de las causas de la Revolución Mexicana.

Creo que al menos muestra un panorama bastante aproximado del sistema judicial del periodo final del Porfiriato. El poder dictatorial era tan fuerte y el aparato gubernamental tan granítico y arbitrario que inspiraba tremendo terror a la población y generaba resentimiento tras resentimiento, que al acumularse provocó la explosión conocida durante la Revolución, donde, según nos platica Mariano Azuela por voz de Demetrio Macías en “Los de Abajo”, los revolucionarios son como las piedras que se tiran por la ladera y que después de empezar a rodar ya no se pueden detener, arrastrando con ellas a todas las que se encuentran en el camino.

La indefensión del ciudadano era patente y una espada similar a la de Damocles pendía sobre la cabeza de cada uno.

Como consecuencia tenemos que en la Constitución de 1917 se hace énfasis en los derechos de los acusados,  la presunción de inocencia y la exigencia de pruebas.

Por desgracia esa búsqueda de justicia fue extrema, convirtiéndola a su vez en injusticia; la radicalización de los conceptos inclina la balanza hacia los delincuentes dejando sin protección a las víctimas.

La movilidad legislativa, la cantidad de huecos dejada por la Constitución y, en especial, el espíritu visceral y revanchista con que fue redactada, la hizo vulnerable.

Si un constituyente original leyera la hoy vigente, no la reconocería como la obra en la cual participó. Así de reformada, parchada, corregida y aumentada se encuentra. De todos modos se cumple a voluntad del gobernante en turno.

Las leyes que de ella emanan muchas veces la traicionan y la legislación ha ido evolucionando a conveniencia de los legisladores, quienes han hecho allí su modus vivendi.

Para empezar son los que conocen la ley y les sirve para sacar a los delincuentes de la cárcel; después se dedican a la corrección de leyes y reglamentos, acuñando una nueva frase: “hecha la ley, hecha la trampa”, dejando tales huecos que les permiten hacer sus fortunas sacándole la vuelta a los supuestos por ellos preparados para cuando dejan de legislar.

El clamor popular los obliga a tratar de “taparle el ojo al macho” para darle a los gobernantes una pantalla de honestidad que les permita continuar enriqueciéndose por medio de la corrupción.

Un intento de frenar el saqueo  inmisericorde del presupuesto considerando la ineficacia de los controles, fue la ley de “enriquecimiento inexplicable” implementada por la rata mayor, (López como antes Antonio y hoy el eterno suspirante), para darse un baño de pureza y que aparentaba perseguir al delincuente infiltrado en las filas gubernamentales, amigos y protegidos.

El presidente de la Renovación Moral se vio abrumado por la cantidad de denuncias por enriquecimiento inexplicable y por la bajísima calidad jurídica de la ley, que con tanto hoyo parecía coladera, así que promulgó la nueva ley sobre “enriquecimiento ilícito” de la cual me es difícil distinguir si fue complicidad o ineptitud la que lo llevó a perdonar a todos los antes indiciados porque la ley base de las denuncias ya no existía y la nueva no permitía actuación retroactiva. Ejemplar modelo de impunidad legal.

Este manejo de leyes y reglamentos por parte de políticos y delincuentes les ha desarrollado una habilidad de equilibristas para pisar el terreno legal, increíble para el hombre de a pie, el fuero es escudo para todas las tropelías, solidarizándose con sus congéneres cooperan para su protección metiéndolos en las cajuelas de los coches para que puedan cumplir con los requisitos.

Se le llena la boca al presidente afirmando que a su corrupto tío no se le pudo comprobar el enriquecimiento fraudulento, no se inician actas contra exgobernadores o funcionarios en activo a pesar de que las evidencias de sus latrocinios cruzan vergonzosamente las fronteras.

La conclusión es que quienes hoy redactan las leyes son delincuentes. A confesión de parte, relevo de prueba. La negativa que dan a la aprobación de las leyes anticorrupción y en favor de la transparencia, en especial el rechazo a la iniciativa 3 de 3 que los exhibiría en toda su corrupta riqueza, y el temor al juicio popular mediante redes sociales y medios de comunicación es la confesión colectiva más evidente.

No aflojemos la censura e insistamos en la aprobación sin condiciones ni aplazamientos. Empezando por los actuales y acercándonos a conocer por quienes votaremos.


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Número 34 - Octubre 2019
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