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Mantener o perder poder, la encrucijada presidencial

Martes, 23 de Junio 2015 - 17:00

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Guillermo Vázquez Handall

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Los destapes de Margarita Zavala y Rafael Moreno Valle como precandidatos del Partido Acción Nacional a la presidencia de la república, ponen en serios aprietos al PRI.

De igual modo, el caso de Miguel Ángel Mancera por el PRD y, por supuesto, la candidatura ya definida de Andrés Manuel López Obrador por Morena, sin descontar eventualmente la irrupción de Jaime Rodríguez “El Bronco”, gobernador electo de Nuevo León, por la vía independiente. 

Lo anterior complica severamente el panorama priísta, porque sus rivales tendrán un enorme tiempo de ventaja para posicionarse en el ánimo social, independientemente del desgaste que genera para su causa ejercer el gobierno.

En el PRI, los tiempos sucesorios corren en otra dimensión de tiempo y espacio, bajo un estricto formato determinado décadas atrás.

Los pronunciamientos de los aspirantes mencionados materialmente trastornan el escenario del régimen en las agendas, tanto de gobierno como la política, porque para efectos de la sucesión estos elementos no se pueden separar.

El régimen ahora, aparte de tener la urgente necesidad de violentar los tiempos de la decisión, tendrá también que rediseñar la imagen y el discurso presidencial, primero, porque el presidente Peña Nieto tendrá que tomar la que será seguramente una de las determinaciones más importantes de su mandato mucho antes de lo planeado: escoger a su heredero.

Asimismo, construirle al ungido los escenarios de fortalecimiento político al interior del partido y el gobierno, así como generarle una imagen popular para estar en condiciones de enfrentar la que, desde ahora, se antoja será una de las competencias presidenciales más reñidas. 

La estrategia implica una obligación de modificar e incluso, como apuntábamos anteriormente, de transformar por completo la imagen y el discurso presidencial, porque las prioridades de la primera mitad del sexenio no pueden seguir siendo las mismas; hasta ahora el tema fundamental han sido las Reformas Constitucionales, pero su fondo y contenido están agotados.

El gobierno no puede seguir sosteniendo las reformas como el fundamento de su operación publicitaria, tiene que identificar otras áreas de oportunidad y adoptar nuevas prioridades, no sólo para intentar mejorar su imagen, sin omitir que en ello es imprescindible resolver la crisis de credibilidad institucional y la personal del Presidente, porque ambos factores inciden directamente en el proyecto sucesorio.

Enrique Peña Nieto no será el candidato, pero la influencia de su actuación en el ejercicio del poder es el antecedente natural y más importante para fortalecer o, en su caso, debilitar al candidato de su partido, sea quien fuere el elegido.

De tal forma que estos dos aspectos se tendrán que atender con prontitud, pero sobre todo con gran convicción, reconociendo que el priismo no está acostumbrado a esa dinámica de anticipación de sus tiempos.

La característica principal del priismo es, precisamente, el orden institucional, el respeto dogmático de sus formas en la distribución del poder horizontal. Adelantar el proceso puede convertirse en un factor de rompimiento de esos preceptos.

La gran fortaleza de los presidentes priístas radica esencialmente en su facultad de elegir unipersonalmente a su relevo; por ello, la tradición ha sido hacerlo hasta el último momento que el margen permite, porque se supone que una vez que se postula al candidato presidencial, el mandatario en turno pierde la mayor parte de ese poder y las estructuras se cargan a favor del que será su nuevo jefe político.

Sin embargo, las circunstancias, que son ajenas al formato usual, colocan hoy al presidente Peña Nieto en una extraordinaria encrucijada: mantener el poder, aunque eso suponga debilitar la proyección electoral de su partido, o perderlo antes del tiempo establecido, en contraparte para fortificar el interés colectivo.

Pocas veces si no es que esta es la primera, un presidente de la república emanado del Revolucionario Institucional tendrá que enfrentar un reto de estas características y dimensiones en el que sólo hay dos opciones viables: mantener para sí mismo personalmente el poder investido por el cargo hasta el límite del tiempo preestablecido o ceder el privilegio de esas facultades a cambio de que su partido esté en condiciones de conservar la presidencia del país.

Por supuesto que, visto de esta forma derivado del análisis que nos arroja como resultado, el siguiente proceso electoral presidencial será extraordinariamente competido; la posición no es nada sencilla.

De cualquier forma, suceda lo que suceda, la coyuntura pondrá a prueba las aptitudes políticas del mandatario; sin duda esta será su mayor prueba, tal vez más importante en grado de responsabilidad que la que se relaciona con el desempeño administrativo de su gestión.

Peña Nieto ha sido capaz en el pasado de tomar decisiones pragmáticas, pero esta rebasa todas las coyunturas que ha tenido que resolver anteriormente. Lo que no está a discusión es que, más allá de la vertiente por la que se incline, el tiempo corre velozmente en su contra, por lo que tendrá, pues, que precisar y concretar su postura cuanto antes.


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