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Los límites del crecimiento

Sábado, 31 de Octubre 2015 - 10:00

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María del Pilar Cordero César

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La sociedad que sigue los modelos y patrones de los países desarrollados neoliberales están siendo sometidos a límites (y controles) de la misma sociedad (y me atrevería a decir a grupos de poder económicos) que la lógica del mercado, el consumo, el exceso, la degradación ecológica y social está marcando como pautas de conducta. ¿En qué contexto y bajo qué características están creciendo los futuros ciudadanos del mundo, de México?

Vivimos en una sociedad enferma, decía Fromm hace más de cuarenta años; ahora debemos añadir, dice Egg: enfermas e inseguras. Esta inseguridad es fruto de la desocupación, la vigencia brumadora de valores materialistas, el megaterrorismo y la violencia en la que están metidos la mayoría de los países (Egg A. 2014). Una de las enfermedades es la mentira encubierta de naturalidad. Según los valores vigentes, lo importante es tener estatus, figuración, y para ello hay que ganar dinero. Lo que Ander Egg  llama la “patología de la normalidad” y con ella no hay “Bien común” (2014). Lo que Morín llama, “intoxicación consumista” y  P. Viveret confirma cuando dice: la civilización que ha prometido la felicidad y el bienestar ha provocado malestar. Hemos identificado bienestar con posesión (citado en Morín, 2011).

Igualmente las ideas de Z. Bauman sobre la modernidad donde mujeres y hombres se “sienten agobiados” por la ambivalencia en la construcción y puesta en práctica de las redes de relaciones humanas., sobre todo donde lo ambivalente es ambiguo, por lo tanto no se tiene una idea clara de qué decidir -bueno y malo, amenazante o prometedor- (2011).

Otro estudio llevado a cabo por Barahona, titulado “la generación agotada” resalta las características de los jóvenes que nacieron en la última parte del siglo XX y me parece muy pertinente describir por la vigencia que contiene: “Viven en una transición provocada por muchas revoluciones: la mediática, la cibernética, la sexual y la político-social. Las crisis han sido y son parte de su realidad cotidiana.  

Los anticonceptivos y la revolución sexual les permiten tener relaciones sexuales sin casarse. Posponen la edad de la boda y la llegada de los hijos (que son menos). Los homosexuales, las lesbianas, los bisexuales, los transexuales salen a la luz, exigen respeto y, por fin, se integran al panorama social. Hablan de todo, sin tapujos.

Los privilegiados estudiaron y soñaron con una carrera que ayudara a cambiar el mundo. Los no privilegiados vieron crecer el abismo entre su mundo y el otro, cuando el campo se terminó y los salarios se degradaron. Los obreros que antes comían tres platos del portaviandas, hoy se conforman con un refresco y una bolsa de fritos. Nutrirse es misión imposible; matar el hambre, consigna para sobrevivir.

Presenciaron la caída del muro que algunos interpretaron como un nuevo amanecer de paz y armonía. Los suspicaces intuyeron que al faltar el totalitarismo resurgirían las rencillas, los resentimientos y las luchas reprimidas, pero no resueltas. Y resurgieron.

La frivolidad es su norma de vida: si no es espectáculo que divierta no vale la pena. Los artistas, los de verdad y los de paja (creados por los medios), valen por el dinero que generan, no por su talento. Incluso los no artistas serán famosos durante 15 minutos, anunció Warhol. El narcomundo, infierno o paraíso, es omnipresente.

La juventud, la delgadez, el dinero y el consumismo son los nuevos dioses de su Olimpo. Las arrugas, las canas, el cansancio, un cuerpo normal, no usar accesorios o ropa de marca son pecados imperdonables que los condenan al ostracismo social.

Importa discutir y defender los valores, no ponerlos en práctica. La doble moral (aceptada tácitamente) construye un sólido edificio sobre tales cimientos.

El catolicismo pasa de ser refugio espiritual a distinción clasista. Dime con qué grupo estás y te diré por qué escala crees que llegarás al cielo. Los sacerdotes se vuelven mortales y la parafernalia eclesiástica, junto con la jerarquía, se ven obsoletas y rancias.

El capital cambia de inversión a especulación. El mundo dice que se globaliza (sólo una parte se puede dar ese lujo) y se agrava la polarización entre el primer y el tercer mundos.

México sigue empantanado, a pesar de la alternancia iniciada por un presidente con muchísimos altibajos. Los insaciables partidos se enriquecen y se adueñan del País. La impunidad sigue imperando en nuestras vidas. Para qué denunciar, si no sucede nada.

El empleo deja de ser de planta y con prestaciones. Sus contratos son temporales aunque duren 10 años, pero no acumulan antigüedad ni prestaciones. Trabajan jornadas dobles sin pagos extras bajo la espada de Damocles: 'Hay cientos esperando tu puesto'. La ley los protege, pero se hace de la vista gorda cuando las empresas se salen con la suya.

La mayoría quiere primero tener y luego ver si puede ser. Al casarse desean empezar con todo. Un solo sueldo no alcanza. La pareja debe trabajar. Hay que integrar las tareas domésticas y la intensa vida social. Si llegan los hijos, a buscar guarderías. Corren todo el día. Uno para un lado, la otra, para el otro. Se reencuentran en la noche, siempre cansados. El estrés, la presión alta, los infartos y la depresión son familiares cercanos. Consumen Prozac como antes consumíamos 'salvavidas'.

Carro del año, vacaciones al sitio de moda, colegios caros (no necesariamente buenos), la acción en un club difícil de pagar, la casa en la colonia debida y el conservadurismo a flor de piel. Qué flojera Chiapas: son todos pobres e indígenas.

Hable usted con ellos y compruébelo: están exhaustos. Si pudieran, dormirían una semana completa. Les falta sueño y les sobra cansancio de tanto correr tratando de morder su propia cola. Es la generación joven agotada.

Antes de morirse, deberían detener su tiovivo y bajarse a respirar, a ver las montañas, a dar gracias por estar vivos y a comerse un helado sin hacer nada. La vida también es eso”.

Aunado a lo que expone Barahona, existen otras condiciones, que están afectando a generaciones de éste siglo. Otro ejemplo es el estudio dirigido por William Bird, experto en salud y naturaleza en cuyo  informe señala: la infancia actual sometida al pánico de sus familias de dejarles solos en un tráfico que ha colonizado las ciudades y un espacio urbanizado que se ha comido los espacios naturales. La desconfianza a los desconocidos, los peligros del tráfico, la pérdida de espacios verdes y abiertos y la presión social para mantener vigilados a los chavales ha hecho que la exploración espontánea de sus calles y barrios sea cosa del pasado. Como resultado, la infancia se ha convertido en una fase vital sometida a los mismos patrones que los de la edad adulta: una vida hiper-regulada y circunscrita a parques delimitados, con instrucciones de uso, descargos de responsabilidad y avisos de peligros.

En éstas condiciones están creciendo los futuros ciudadanos.

Como pedagoga dejo la reflexión sobre los contenidos prioritarios para educar a los futuros ciudadanos, y como dice Holderlin,  donde crece el peligro también crece aquello que salva; se trata de enseñar la vida para ser felices, no de correr tras ella. Así que no crecer económicamente ¿es un límite para el mundo?, ¿cuál es el verdadero límite para el desarrollo humano?

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Nota: Rosaura Barahona (Cd. de México, 1942) Cursó la Licenciatura en Lengua y Literatura Moderna con opciones inglesa y española en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey y dos años de estudios cinematográficos en la Escuela Oficial de Cinematografía de Madrid. En el ITESM destacó como docente por más de 29 años en el área de letras y ciencias de la comunicación.

Referencias

Ander Egg (2014) La ciudad educadora. Argentina, edit. Brujas

Bauman Z. (2011) Modernidad y ambivalencia. España, Antrophos

Fernández M. (2015) Infancia, urbanismo y miedo social: limitando la libertad de los niños, recuperado de: http://blogs.elpais.com/seres-urbanos/2015/08/infancia-urbanismo-y-miedo...

Morín E. (2011) La Vía para el futuro de la humanidad, España, Paidós


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