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Lecciones a domicilio

Miércoles, 28 de Junio 2017 - 17:00

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Julio Chavezmontes Messner

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El Servicio Exterior de México se caracterizó siempre, por su consistencia, su autoridad moral y su dignidad.

 

Nuestros diplomáticos se distinguieron tradicionalmente, por su patriotismo, su elegancia intelectual y su valentía sin aspavientos.

Por si cupiera duda alguna, hay dos muestras que a mí, como mexicano, me llenan de orgullo:

Primero.- La postura mexicana ante las credenciales de John Slidell, como enviado plenipotenciario de Estados Unidos para resolver el conflicto iniciado por nuestro vecino para despojarnos de medio territorio (o más, si nos hubiéramos descuidado).

En una muestra de sagacidad y agudeza diplomática, México requirió a los Estados Unidos que expidieran a su enviado dos credenciales separadas; una para tratar el tema territorial, y la otra para discutir la reanudación de relaciones diplomáticas y un convenio de amistad entre ambos países.

Parece algo sin importancia, pero de haber caído en la trampa de aceptar las credenciales originalmente presentadas por Slidell, hubiéramos perdido toda oportunidad de incorporar en el Tratado de Guadalupe Hidalgo, el “antídoto” de su nulidad indiscutible.

Segundo.- Las cláusulas II, III y IV del tratado de Guadalupe Hidalgo, que llevaron al rey del santoral político mexicano (Benito Juarez) a afirmar la vigencia de nuestra soberanía imprescriptible sobre California, Nuevo Mexico y Tejas.

Esos dos momentos culminantes de nuestro Servicio Exterior, evidencian que nuestros diplomáticos se caracterizaron siempre, incluso en circunstancias de gran peligro y adversidad, por sostener sus posturas sobre una autoridad moral y un profesionalismo indiscutible.

Muchos años después, Genaro Estrada fue autor de lo que se conoce como “Doctrina México” seguida por nuestro país con gran señorío  y habilidad para navegar dignamente entre las tormentas desatadas por los países poderosos; principalmente por nuestro vecino del norte.

Los principios de “no intervención en asuntos ajenos”, y de “la libre autodeterminación de los pueblos”, permitieron que (por ejemplo) en el sexenio de López Mateos, en el caso de Cuba y la iniciativa de su expulsión de la OEA, México mantuviera una postura prudente pero sin servilismo ni cobardía; algo parecido a lo que Barack Obama le hizo a Bibi Netanyahu en el Consejo de Seguridad, donde “sin querer queriendo” como la Chilindrina, le dejó un recuerdito palestino a modo de “no me olvides”.

Hace pocos días, y a resultas de una de esas coaliciones convocadas por Estados Unidos y Canadá; secundada por la franquicia de Mac’ Mexico y Perú, tuvo lugar la Cumbre de la inútil OEA en el divertido Cancún.

La intención era aplicarle a la Venezuela de Maduro, una dosis similar a la que se le quiso aplicar a la Cuba de Fidel durante la presidencia de Don Adolfo López Mateos.

Obviamente que entre el SEÑOR CANCILLER DON MANUEL TELLO BAURRAUD y Luis Videgaray Caso no hay punto de comparación; como tampoco lo hay entre el SEÑOR PRESIDENTE DON ADOLFO LÓPEZ MATEOS y Peña Nieto.

Si el príncipe de Malinalco quería ir a aprender diplomacia a la Secretaría de Relaciones Exteriores, esta vez su maestra particular, Delcy Rodríguez, (canciller de Venezuela), le impartió sus lecciones a domicilio en una combinación de curso bíblico, diseño de iluminación, refranes de la Picardía Mexicana y lucha libre de la AAA.

Con su acento caribeño típico, Delcy le recordó con mensajes de la Biblia a Videgaray que “no hay que ver la paja en el ojo ajeno, sino los Ayotzinapas en el propio”; y que “solamente puede tirar la primera piedra, el que esté limpio de desapariciones, espionajes, ejecuciones, narco-infiltraciones y un largo etc.”

En cuanto a técnicas de iluminación, la habilidosa venezolana tuvo suficiente con decirle al aprendiz diplomático (y “amigo del yernísimo de Trump”), que México es candil de la calle y oscuridad de su propia casa.

Delcy Rodríguez se dio el lujo de (punto menos que) alburear a Videgaray, evidenciando que su cancillería se rige por el principio aquél de “hágase la voluntad de Dios, pero en los bueyes de mi compadre”; “que no es lo mismo Demetrio, Matías, Saturnino y Guajardo, que sacarlo, meterlo, sacudirlo y guardarlo”; “que no es lo mismo Juan Dominguez” que pretender acusar a Venezuela por lo que en México, siendo tierra de burros, no puede hablarle de orejas a la república Bolivariana…

Y para culminar su faena, la dulce Delcy remató su intervención retando a Videgaray Caso a un debate de máscara contra cabellera, que el aprendiz de canciller tuvo el sano instinto de no aceptar, porque no importa la labia ni la agilidad mental de los contendientes, cuando se carece por completo de autoridad moral para señalar en la oponente venezolana, lo que el fallido estado mexicano no tiene forma de ocultar ni de justificar.

¿Videgaray dijo que iba a la cancillería con el ánimo de aprender, verdad?

Pues se le cumplió el gusto con unas lecciones a domicilio a cargo de la maestrita caribeña a la que no pudo rebatirle ni una coma.

¿Alguna vez recuperará México su prestigio y autoridad moral en materia de relaciones internacionales?

Ojala que sí, porque nuestro servicio exterior fue motivo de justo orgullo aun en medio de las más grandes dificultades y convulsiones políticas de México.

Es justo que resurja. Tiene con qué.


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Número 35 - Noviembre 2019
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