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Las pensiones: supervivencia o vida plena

Viernes, 14 de Febrero 2020 - 08:45

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José Enrique Gómez Álvarez

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Ha habido un debate en torno a la noción de calidad de vida y las pensiones de las personas mayores. Se ha insistido en que las pensiones deben promover la máxima potencialidad de las actividades humanas de los ancianos, no solo su manutención mínima. Ese criterio se usa para defender el no incrementar la edad de retiro. Se ha insistido que si se aumenta la edad de retiro, esto redundará en que la manutención cubrirá solo una etapa en donde las personas ya tienen las facultades o capacidades muy mermadas. Dicho de otro modo, después de haber agotado la existencia en el trabajo, a las personas ancianas solo se les otorga una pensión en la etapa final de su vida, cuando se hallan más “débiles”.

En contraposición a la idea anterior, se considera que la cantidad de recursos económicos por sí solos, tal como están configurados los sistemas de pensiones actuales, impiden proporcionar los medios para una vejez saludable y desarrollada. Los recursos de los sistemas, ya sean de tipo cuenta individual u otros, son insuficientes: no queda otra que retirarse a una mayor edad. Además, en el caso de México, la ley del IMSS de 1973, que rige a parte de los pensionados, establece la edad de retiro a los 65 y los 60 años como jubilación adelantada. Entonces, la esperanza de vida era de 58 años para los hombres y 63 para las mujeres (1). Y peor, cuando fue creado el Seguro Social la esperanza de vida era aproximadamente de 45 años para las mujeres y 48 años para los hombres, lo que podría sugerir que se veía a las pensiones como una acción extraordinaria para los más longevos y que pudiese ser cubierta con los recursos del sistema (2). 

Los defensores de extender el plazo de jubilación insisten en que el cambio de rango de retiro no sería más que un ajuste conforme al incremento en la esperanza de vida. El problema de este argumento es que considera a la vejez como un todo continuo, es decir, como si el decaimiento de funciones y las capacidades de realizar las actividades de la vida diaria fueran por descenso gradual a la misma velocidad.  El problema es que los ancianos pueden caer en situación de fragilidad con mucha mayor facilidad rebasada cierta edad, sobre todo a partir de los 70 años, aunque claro está, esto depende de cada individuo. Por su parte, los defensores de una edad de jubilación inalterada sostienen que se debe de proporcionar buenos años de jubilación y que el mero reajuste cuantitativo plantea el problema de dar cobertura en etapas más cercanas a la posible fragilidad. 

Es decir, el indicador de un incremento de esperanza de vida debe traducirse en años de ancianidad de mejor calidad que reflejen ese progreso social humano. En pocas palabras, no se trata de vivir por vivir, sino vivir lo mejor que se pueda. 

La reflexión anterior muestra que el modo como se conviva con los ancianos entre sí y con las generaciones jóvenes, tendrá que ser no solo un cálculo económico de suficiencia de recursos económicos para la supervivencia, sino habrá que buscar un modo de convivir que produzca la autonomía del anciano en un entorno de acogida y apoyo económico que no derive de una cantidad de dinero entregada en el último periodo de la vida. Se tendrá que reconocer que el problema de las pensiones es, sin duda, económico, pero nos tocó vivir una época donde la ancianidad ya no es marginal y tendremos que aprender a mantenernos entre todos con otros mecanismos adicionales a las pensiones. Se trata, pues, del “precio” de vivir más años que las generaciones anteriores.

Notas:

(1) INEGI. Esperanza de vida. En: http://cuentame.inegi.org.mx/poblacion/esperanza.aspx

(2) Ibid.


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Número 35 - Noviembre 2019
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