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La Tradición es la Excusa de los Infames

Miércoles, 27 de Mayo 2015 - 18:00

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Morelia, 27 de Mayo 2015.-  Es mayo, el mayo de los atardeceres de oro sobre Morelia y de las grandes tormentas eléctricas por las noches. Llego a casa de regreso del trabajo y en ese automatismo, al cual llamamos de rutina, prendo la computadora y browseo los periódicos en línea, con esa rapidez propia del adicto a la actualidad. 

Estoy en Morelia, aquí vivo - entre nomadismo y elección afectiva transcurrieron 20 años y otras tantas primaveras de jacarandas en flor entrelazadas con camelinas.  Entre clases, libros, foros y reuniones de trabajo, a lo largo de estas décadas he escuchado el fragor de las “guerras” culturales y  asistido a las batallas intelectuales en que las armas son los feroces discursos  contra la modernidad, contra occidente, contra el pensamiento liberal y contra la democracia.

Estoy en Morelia, mas la red me transporta por el flujo de información de la Telepolis.

De conferencia en conferencia , entre un debate y otra entrevista de radio, he poco a poco descubierto la tiranía de la afirmación del “respeto de la diversidad cultural”, que se coloca como un discurso “moralmente” superior frente a los supuestos “maleficios de la Ilustración”, del “racionalismo europeo”  y de la “tradición burguesa de los derechos humanos”.

Abro el periódico en línea y leo la noticia de la conmoción que ha suscitado la entrada del Daech (“Estado Islámico”) a la ciudad de Palmira y de las atrocidades de las milicias yihadistas -actos de una barbarie de terror que ya son una “marca” de este grupo de terroristas fundamentalistas- contra las poblaciones civiles: “Los terroristas han matado a más de 400 personas y mutilado después sus cuerpos con el pretexto de que se negaban a acatar sus órdenes”[2] cita El País .

Estoy indignada. Y siento vergüenza. Quizás porque participé en la justificación multiculturalista, o a lo mejor porque callé desde la academia, el peligro de este discurso  multiculturalista en la construcción de un ataque sistemático contra todos los principios y opciones que a lo largo de los últimos 200 años nos han permitido construir un paradigma: una teoría  de derechos fundamentales, individuales, universales y erga omnes.  Paradigma que ha sido la gran fuerza motora detrás del carácter civilizador del derecho internacional público .

Navego por la actualidad y me indigno. Confieso que últimamente estoy permanentemente indignada.

Como parte integrante de la nueva tribu de los “activistas” de las redes sociales, corro a la computadora y firmo todos los manifiestos contra este crimen, contra otros crímenes, pensando que con la fuerza de millones de firmas la comunidad internacional nos escuchará. ¿Porqué dudar de la eficiencia de una “protesta” digital en cada clic del teclado?

En otros casos la presión internacional ya obligó a la activación de la “obligación de proteger”, ya salvó vidas errantes en los mares del Índico, en el Pacifico o en el Mediterráneo.  En otros casos, la intervención militar humanitaria ha permitido crear zonas de relativa protección, obligar a dejar pasar a las brigadas de socorro de Médicos sin Fronteras, establecido frágiles treguas en territorios en que la sangre y los cadáveres contaminan los ríos. Mas, en el caso concreto del Daech, parece ser que estamos de manos atadas por el pesado juego geoestratégico y por una enorme incapacidad para encontrar la voluntad de luchar.

Me indigno, y pienso  en todas las mujeres que en este preciso momento están detenidas, secuestradas, humilladas, violadas, asesinadas, chicoteadas en la plaza pública o lapidadas en nombre de un Dios, de una Ley, cuyo mensaje ha sido desviado, simplificado, maquillado para fundamentar una agenda política del terror y el pillaje de los fabulosos ingresos de los recursos naturales de las zonas de conflictos.

Pienso en todas las otras mujeres que, en otros países, pero bajo las mismas reglas de los tribunales de la Sharia, sufren y mueren. Pienso en las niñas secuestradas por Boko Haram en Nigeria. Y en las “novias” compradas por viejos déspotas en Chechenia. Y en las lapidadas de Yemen y de Arabia Saudita.

Pienso en la soledad de todas esas mujeres frente a la tradición, frente a la costumbre y frente a los discursos académicos, que desde Occidente, se han construido y que sirven de defensa de la tradición, de la primacía de los usos y costumbres para las “sociedades tradicionales”.  Y me indigno.

Reivindico que soy  culpable del “delito grave” de mi gran ignorancia de los sutiles y bellos razonamientos que entrelazan, en una hipnotizante danza conceptual,  “interculturalismo”, “multiculturalismo”, “diálogos pluriculturales” con  la negación de la posibilidad de “traducir” los derechos humanos “liberales” a otras culturas, sin la destrucción del colectivo. Reivindico mi imposibilidad para soportar a los alumnos atentos de Boaventura Sousa Santos o de Dusserl, lectores de los arcanos textos del pensamiento crítico, para los cuales, la universalización de los derechos humanos es un “vil efecto de la globalización”.

Pues yo me declaro “culpable” de la reivindicación de la globalización y de la universalidad de los derechos humanos y me indigno de la complicidad de la academia en el abandono a que condena a todos los pensadores y activistas no occidentales.

Como todos los que disfrutan amenamente, entre un café de Chiapas  y una copa de  vino blanco “alvarinho” - cuya  temperatura mido con la obsesión por lo fútil, propia  de quien vive en Paz- de la globalización me he quejado, no el pasado, de la maléfica perversión de las tradiciones y de la pérdida de la identidad cultural. Pues bien, en este preciso momento, me indigno que la globalización no haya penetrado lo suficiente para que todas las mujeres  puedan ser efectivamente protegidas y salvadas. ¡Sí! ¡Salvadas de la tradición! De la tradición de la indignidad y del orgullo de los infames que usan a la tradición como instrumento de muerte. 

Me indigno, en particular, con la traición de los intelectuales y del silencio de la academia.

El silencio de la academia y la no acción política de los científicos ante la actualidad y las grandes tragedias humanas han sido siempre la marca escarlata de la traición de los intelectuales y una segura señal de decadencia de las civilizaciones.

Escribo esta columna indignada, una crónica que difícilmente será publicada. Es tiempo de perder los confortables complejos de culpa heredados de nuestros abuelos colonizadores, de nuestros bisabuelos esclavistas, de nuestros tatarabuelos inquisidores y de nuestros fundadores cruzados. Nosotros no somos ellos. De ese pasado nos separan Adam Smith y la Declaración Universal de Derechos del Hombre. De ese pasado nos separan años de lucha por la emancipación de todos los seres humanos y por la dignidad, característica inherente a cada individuo.

Creo que es tiempo de abandonar el relativismo cultural embriagador y sereno de los turistas de la izquierda caviar. Regresamos de las últimas vacaciones en Egipto (país en que el 80% de las mujeres sufre la mutilación genital) con el cerebro lleno de pirámides y de lunas sobre el rosado desierto diciendo, a la hora del aperitivo con los amigos, cursiladas del género: “Quién soy yo para criticar... tenemos que entender que así son mas felices...son otras culturas......”

Sólo superficialmente son otras culturas — en la realidad, se trata de la prolongación de una cultura de la cual las mujeres “occidentales” ya fueron victimas (y continúan siendo victimas): la prolongación de la ancestral tradición del poder patriarcal absoluto que prohíbe a las mujeres las más elementales opciones. Sobre sus deseos, sobre sus movimientos, sobre sus pensamientos, sobre sus acciones y sobre sus cuerpos.

Señores, es altura de reconocer que en nuestra civilización contemporánea las mujeres son seres humanos dignos y respetables, sujetos de derechos y que aunque esto sea el fruto de la tradición “jacobina” y del espíritu burgués y liberal oriundo de la Ilustración y de la Revolución francesa, HOY, es un principio universal.

Espero ver el día en que estos principios hayan sido globalizados. Un día en que los gritos de las mujeres lapidadas, violadas, vendidas como esclavas a las ordenes de esa ley religiosa llamada “Sharia” serán solamente una memoria de un pasado infame. Todas las palabras son impotentes para describir esta tragedia cotidiana de los tiempos modernos.

Todas las palabras son indignas si en su última consecuencia justifican lo injustificable: el prolongamiento en el tiempo de la tradición de la indignidad.

Tradición que la perfecta excusa para los infames.

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[1]   Nota del The Guardian, http://www.theguardian.com/global-development/poverty-matters/2014/jul/0...

[2]   Nota de El País, http://internacional.elpais.com/internacional/2015/05/24/actualidad/1432...

Foto: Karim Sahib/AFP/Getty Images /The Guardian 


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Número 34 - Octubre 2019
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