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La respuesta de China al Acuerdo Transpacífico

Martes, 03 de Noviembre 2015 - 17:30

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Guillermo Vázquez Handall

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Con la firma del Acuerdo Transpacífico, del que México forma parte junto con otras once naciones más, se establece la más grande e influyente plataforma de producción y comercio mundial hasta ahora.

El Acuerdo Transpacífico se erige como un mecanismo fomentado por los Estados Unidos para establecer su hegemonía ante el acelerado crecimiento de la influencia de China en el marco económico y político global.

La rivalidad entre estas dos naciones propició alianzas en la disputa por los mercados; naturalmente para los estadounidenses era imperante obtener adhesiones en la región del Pacífico.

Sin embargo, por sus características el Acuerdo Transpacífico no es un esquema que no pueda imitarse; no es, pues, la única opción, sobre todo para los otros países que no quieren mantenerse bajo la sombra de los Estados Unidos.

El efecto de las alianzas no se refleja únicamente en el aspecto económico, en la búsqueda de la superioridad, sino que también incide poderosamente el aspecto político.

Es por ello que el gobierno chino, en clara respuesta a la firma del TPP, está conformando una alternativa multinacional denominada Asociación Regional Comprensiva Económica, RCEP por sus siglas en ingles.

En este nuevo pacto, los chinos intentan agrupar a los diez países miembros de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, la ASEAN y a seis naciones, más incluida la India, que representarían una población estimada en más de tres mil millones de habitantes.

Comparativamente esta agrupación, conformada en este caso por dieciséis naciones, contarían con un mercado de producción y consumo mucho mayor al del TPP. Sin embargo, existe un conflicto de intereses de origen, toda vez que siete países podrían pertenecer a ambas agrupaciones, sin que exista una cláusula de exclusividad que implique una limitación legal al respecto: estamos hablando de Australia, Brunei, Nueva Zelanda, Indonesia, Singapur, Malasia y Vietnam.

Lo interesante será determinar el rango de compatibilidad o, en su defecto, de competencia, que eventualmente pudiera prevalecer en la pertenencia a ambos proyectos, sobre todo porque se entiende que el fondo de ambos esquemas se fundamenta en una agresiva política para romper cualquier tipo de barreras arancelarias.

El resultado previsible derivado de los dos posicionamientos sugiere la desaparición de impuestos internacionales, aunque eso resulte complicado, primero, porque tendrían que homologarse las condiciones, lo cual fomentaría una profunda transformación de las reglas que actualmente rigen el comercio internacional.

Aun cuando la tendencia se incline por la creación de más mecanismos y agrupaciones multinacionales, finalmente la competencia siempre será en función de precios y calidad.

En un escenario en el que no existieran ventajas de carácter administrativo para nadie ante la desaparición de las barreras arancelarias, de todas formas siempre las habrá en el proceso de producción y la habilidad para comprar y vender.

Estamos en el antecedente de una profunda transformación que rompe con paradigmas que en el pasado se observaban como dogmas, pero que los intereses económicos hacen verlos como simples reminiscencias de otras épocas.

Porque hoy el predominio ya no es sólo territorial: la guerra se circunscribe a los mercados, las nuevas formas de invasión son a través de los productos y el dinero. Mas cerca de que invertir en tecnología para la producción, sea más rentable que en armamento.

Por ello no debería de sorprendernos que el siguiente paso sea que China sea invitado al TPP, o que Estados Unidos se integre a la RCEP, incluso que las dos cosas sucedan en simultáneo.

En cualquier caso nuestra dependencia económica con los Estados Unidos nos exige que, independientemente de nuestra participación en estos esquemas multinacionales, tendremos que optar por dos vías más:

Primero, fortalecer nuestros esquemas de producción y comercialización mediante una política fiscal que aliente las inversiones y no las limite, con una política con agresivos tintes recaudatorios. De nada servirá que el gobierno tenga más recursos a cambio de debilitar el desarrollo productivo.

Segundo, ampliar el rango de nuestras relaciones comerciales, principalmente con Sudamérica y la Comunidad Económica Europea, no sólo como mercados alternativos, sino incluso pensando en ellos como prioritarios.

Si bien es cierto que Europa es nuestro tercer socio comercial, también lo es que las oportunidades de negocio en ese continente no han sido explotadas todavía en toda su dimensión.

Más aún cuando la atención del comercio global se ha desviado hacia el continente asiático, sin dejar de lado que estos acontecimientos en su transcurso son tanto un riesgo como una oportunidad para nuestra economía.


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