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La noche triste de la elite gobernante en Iguala

Jueves, 30 de Octubre 2014 - 17:30

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Héctor Barragán Valencia

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Iguala mostró a propios y extraños la decadencia del sistema político, centrado en la corrupción y la violación de la legalidad (impunidad), donde es una pieza crucial el contubernio entre políticos y mercaderes de lo lícito y lo ilícito. También revela el fracaso del modelo de negocios mexicano, cuyo leitmotiv es la depredación de la naturaleza y la pauperización de la gente. Nadie de la elite gobernante (políticos y empresarios) sale bien librado de esta crisis sistémica. Es su noche triste porque se colapsa su modo de vida y de operar. Para adelante la disyuntiva es una profunda reforma política, económica y social o el riesgo de implosión que, si lo vemos a la luz de la historia, el escenario puede ser un creciente desorden general, que es la antesala de movimientos populistas autoritarios, ya sea de izquierda o derecha.

¿Por qué es terminal la crisis que estalló en Guerrero? Porque acabó con el crédito público de políticos y partidos, como revela la agresión a un tótem de la izquierda (Cárdenas) y el escándalo que rodea al otro caudillo (AMLO). En las marchas, el grito y los carteles de fuera a todos es una señal de la distancia entre la gente y los políticos. A los partidos se les ve como cómplices o subordinados de las mafias, corruptos e ineptos: el PRI ya no puede presumir que sí sabe gobernar; el PAN no tiene cara para enarbolar la bandera de la moral pública y la legalidad, y el PRD extravió sus credenciales de defensor de las causas populares: los hechos demuestran que vende su alma al diablo con tal de ampliar sus parcelas de poder. Los niveles de gobierno también están rebasados: gobernadores y munícipes sólo figuran en la nómina.

El gobierno federal igualmente sale muy lastimado: si no lo quería ver, ahora es claro que la política contra el crimen y las drogas, herencia de Calderón, es un fracaso: ha generado más violencia y criminalidad; los cuerpos de inteligencia están rebasados; la PGR y Segob son cómplices por omisión, pues conocían los hechos en Iguala; las desapariciones, primero, y el subsecuente vandalismo demuelen la imagen global de México: los órganos de inteligencia extranjeros están preocupados por la creciente amenaza de un Estado fallido en la trastienda de la mayor potencia del mundo; la caída de los precios del petróleo puede frenar la inversión extranjera en energía. En suma, la elite política está contra la pared. En otras crisis, como la zapatista en 1994, reaccionó bien. Ojalá que en esta ocasión impere su instinto de sobrevivencia e impulse profundos cambios institucionales y legales, cuyos ejes sean el combate a la corrupción, la impunidad y la injusticia.


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Número 35 - Noviembre 2019
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