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La necesidad del PRI de volver a ser un partido nacional

Martes, 16 de Junio 2015 - 17:30

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Guillermo Vázquez Handall

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Los resultados del proceso electoral recién concluido dejan como saldo, además de múltiples sorpresas, gran cantidad de temas para el análisis, en especial aquellos que se relacionan con el reordenamiento al interior de las fuerzas políticas.

Si antes de la elección el presidente Peña Nieto dudaba en designar a Manlio Fabio Beltrones como dirigente nacional del PRI, ahora no le debe quedar duda que, de no hacerlo, deja de ser un asunto de equilibrios y que se torna muy peligroso, mucho más cuando esos equilibrios contraponen intereses cupulares de sus entornos, de tal forma que no enviar al sonorense al partido podría significar un muy grave error.

El año entrante se disputarán doce gubernaturas, el Presidente va a requerir una conducción impecable de selección de candidatos, sobre todo porque, como se demostró en la jornada electoral, los escenarios locales pesan mucho más que los nacionales.

La elección de esas doce gubernaturas será el antecedente y referente de la lucha por la misma presidencia de la república. Más allá de las aspiraciones personales de Beltrones, su experiencia e institucionalidad garantizan privilegiar el interés del régimen.

En el proceso electoral, el PRI tuvo aciertos, pero también muchos errores, fundamentalmente en la selección de sus candidatos, porque aunque se pensó que el factor más influyente en el ánimo social iba a ser la crisis de credibilidad del gobierno federal, quedó demostrado que ese no fue el principal argumento.

El comportamiento del voto varió de acuerdo a cada región, a los panoramas locales y la fuerza de sus liderazgos, a la capacidad de operación de los gobernadores y sus estructuras.

De lo anterior hay varios ejemplos, evidentemente el más trascendental nos remite a Nuevo León, donde el rechazo a la gestión del gobernador Rodrigo Medina causó un cisma que provocó la derrota a manos del candidato independiente Jaime Rodríguez “El Bronco”.

De manera similar, los cuestionamientos en contra del gobernador de Jalisco, Aristóteles Sandoval, y la forma tan evidente en que su padre se inmiscuyó en la operación electoral, causaron el fracaso de Ricardo Villanueva, quien no pudo ganar la presidencia municipal de Guadalajara.

En Campeche, el margen esperado de victoria del partido se acortó dramáticamente y aunque Alejandro Moreno finalmente ganó la gubernatura, el PRI perdió la mitad de las alcaldías y en Ciudad del Carmen fue borrado del mapa.

Se asume que a pesar del gran esfuerzo de Alejandro Moreno, el gobernador Fernando Ortega no cumplió con su responsabilidad, y como se dice coloquialmente en el argot electoral, actuó de “brazos caídos”.

Todavía más grave lo que sucedió en Mérida, la capital de Yucatán, donde la estructura priista funcionó impecablemente, arrasando en los distritos locales y ganando las dos diputaciones federales ubicadas en la demarcación, una de ellas bastión histórico del panismo, pero aún así perdió la presidencia municipal por un voto cruzado promovido por grupos del mismo partido por más de veinte mil sufragios.

El asunto es que el boicot obedeció al hecho de que si Nerio Torres, el candidato del Revolucionario Institucional, hubiera ganado la alcaldía, se habría convertido en el más fuerte aspirante a suceder al actual mandatario Rolando Zapata.

La rivalidad de los grupos por la postulación a la gubernatura fomentó la operación del voto cruzado, acción de la que se señala como principal responsable a la ex gobernadora de esa entidad y todavía Secretaria General del Comité Ejecutivo Nacional del PRI, Ivonne Ortega.

Estos ejemplos, porque hay muchos más en otras entidades, sirven para confirmar que la verdadera fuerza del priismo está seccionada, que para efectos de un auténtico control es imperante una conducción nacional fuerte.

El gobierno federal tiene muchas asignaturas que resolver, pero si bien le es fundamental recuperar imagen y dar resultados tangibles en materia de seguridad pública y desarrollo económico, principalmente, la dependencia del partido como instrumento para mantenerse en el poder estriba en lo que sucede en los estados.

Salvo en cinco entidades, Coahuila, Chiapas, Tamaulipas, Quintana Roo y Zacatecas, en las que el PRI se llevó el “carro completo”, materialmente en todas las demás hay focos rojos.

La situación hace suponer que para el régimen en el poder lo urgente es reordenar el formato mediante el cual el partido es el que vigile los proyectos electorales locales, aun cuando sean los gobernadores quienes ejecuten su desarrollo.

Porque la carrera por la presidencia de la república está en marcha y es precisamente el Revolucionario Institucional el más rezagado en ese sentido, no sólo por la carencia de precandidatos, sino por la necesidad de mantener primero las gubernaturas en competencia.

Desde esa perspectiva, el primer punto de la agenda política, independientemente de la gubernamental, es fortalecer al partido con un soporte centralista.

La elección de la nueva dirigencia del partido será en septiembre de este año; además del tiempo que se pierde de aquí a esa fecha, el riesgo mayor está en no elegir correctamente el perfil de su presidente que, desde nuestra opinión, tendrá que obedecer a los criterios aquí expuestos.


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