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La insospechada dignidad de un hombre

Miércoles, 20 de Septiembre 2017 - 16:00

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Julio Chavezmontes Messner

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“Cuando el tiempo haya amainado la pasión y el prejuicio; cuando la razón haya arrancado la máscara de la mentira; entonces, la justicia, equilibrando su balanza, hará que muchas de las pasadas acusaciones y elogios cambien de lugar.”, Juez Radhabinod Pal

Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente, 1946

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Poca gente conoce el episodio conocido como los “juicios de Núremberg”. Menos aún, se sabe algo de los Tribunales Militares Internacionales para el Lejano Oriente, que dieron lugar a los “procesos de Tokio” al final de la Segunda Guerra Mundial.

Los procesos seguidos a los líderes japoneses no fueron difundidos con la misma amplitud que los de Núremberg, entre otras razones porque en Tokio, los aliados vencedores enfrentaron una monumental sorpresa por conducto del juez de la India, cuyo nombre es Radhabinod Pal.

Los británicos invitaron a la India a que designara un juez con la doble intención de verse muy democráticos y magnánimos con su colonia, y por otro lado convencidos de que Pal no era Gandhi y en consecuencia, aceptaría jugar el papel de relleno sin hacer olas.

Contra lo que esperaban los flemáticos ingleses, el Juez Pal no tenía la intención de prestarse a una injusticia y nada más llegar a Tokio, se puso a revisar la jurisdicción y la competencia del tribunal al que había sido invitado, así como las disposiciones sustantivas que contenían los crímenes por los cuales se pretendía juzgar a los líderes militares y políticos de Japón.

Radhabinod Pal consideró que el tribunal aliado carecía de autoridad jurídica y moral para someter a juicio a los acusados; y tambien opinó que no era admisible aplicar a los imputados las disposiciones penales redactadas por los aliados con la intención (inadmisible) de que surtieran efectos retroactivos.

El Juez Pal, de inmediato circuló un memorándum entre los demás jueces que componían el tribunal, dejando a los británicos y a los estadounidenses “de una pieza”.

El juez británico, sintiéndose el amo de su colega de la India, pretendió obligarlo a renunciar a su cargo, empacar sus maletas y marcharse a Calcuta.

No contaba con que el Juez Pal era un celoso guardián de la dignidad judicial y sobre todo, de la prioridad suprema de la justicia como principio intransigible.

El caso es que no renunció ni mucho menos; se dio de lleno al desempeño de su cargo, y al final del juicio emitió un veredicto razonado en 1,250 páginas, explicando a detalle la razón por la cual decidió absolver a todos los acusados en relación con todos los delitos por los que fueron acusados.

No conforme con absolver a los acusados japoneses, puso de manifiesto que Estados Unidos era el culpable de la guerra con Japón, al que Franklin Roosevelt había provocado hasta el extremo de no dejarle alternativa.

Puso en evidencia que el supuesto ataque sorpresa de los japoneses a Pearl Harbor no fue tal sorpresa, y además sí fue provocado por los gringos que lo conocieron con sobrada anticipación.

Como parte de la evidencia, mencionó la “Nota Hull” mediante la cual Roosevelt había coaccionado al Emperador Hirohito, además de haber realizado actos de agresión contra los japoneses sin motivo alguno.

En su extensa explicación de los motivos para emitir un fallo absolutorio, Pal dijo que Estados Unidos había agredido a Japón desde 1854; que Japón no había invadido Asia, sino que había intentado arrojar de ese continente a los colonizadores europeos cuya inhumanidad para con los pobladores sometidos había sido claramente criminal.

Al Juez Pal no le pasó inadvertida la contradicción descarada por la cual los Estados Unidos pretendían juzgar como criminales a los japoneses, pasando por alto que apenas unas pocas semanas antes, habían cometido los genocidios atómicos de Hiroshima y Nagasaki.

Tambien dijo que Japón solamente había intentado aplicar en Asia la misma Doctrina Monroe por la que los gringos decidieron que del río Bravo hasta la Patagonia, “nomás sus chicharrones truenan”; que somos todos unas repúblicas bananeras y cuando mucho, su patio trasero.

“De pura casualidad” el libro escrito por Radhabinod Pal a raíz de su participación en los procesos de Tokio, no se encuentra disponible para adquirirlo…

En el Congreso Japonés actualmente ha comenzado a gestarse una iniciativa formal para anular las sentencias de los Tribunales Militares Internacionales para el Lejano Oriente, invocando el veredicto razonado por el Juez Radhabinod Pal que, como es natural, tiene un monumento en Tokio como homenaje a su independencia e imparcialidad.

Como se aprecia del párrafo que encabeza estas líneas como epígrafe, el Juez Pal fue más que claro al predecir que los acusadores de 1945, terminarían siendo los acusados con el paso del tiempo.

La predicción de Pal coincide con el adagio chino que dice que “la mentira puede caminar mil años, que la verdad la alcanza en un momento.”

La insospechada dignidad de este hombre y lo que fue capaz de hacer él sólo ante los imperios vencedores de la Segunda Guerra Mundial, cobra mayor relieve porque al conducirse así, puso en peligro su vida y la de su familia.

El precedente de independencia e imparcialidad sentado por su actuación ya ha comenzado a dar sus frutos en el Congreso de Japón; solo el tiempo dirá si su veredicto trasciende a Europa.

La enseñanza que obtengo de este episodio, es que “la verdad histórica” no puede fabricarse ni imponerse por decreto; que en un mundo amenazado por la oscuridad, la luz de un sólo hombre como Pal, ilumina con esperanza a quienes tenemos la fortuna de descubrir su existencia.

Radhabinod Pal debería tener un monumento en México, donde se le honre como el modelo de imparcialidad, coraje y justicia que tanto necesitamos para los jueces en nuestra patria.


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Número 33 - Septiembre 2019
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