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La espera y la expectativa

Martes, 01 de Marzo 2016 - 17:00

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Fernando Navarrete

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Como muchos otros varones nacidos en este país, durante mis años infantiles y juveniles practiqué el futbol con rutinario entusiasmo. Quien lo ha visto o jugado, aunque sea de manera elemental, sabe que este deporte tiene mucho que ver con la promesa de lo que habrá de venir; el aficionado confía en la llegada de fugaces genialidades, brillantes goles y atajadas míticas para tener de qué hablar durante las próximas semanas (o años, como en el caso del Atlas). Todo lo demás en él se reduce en buena medida a la espera, tanto dentro como fuera de la cancha. Esperamos el juego siguiente y anhelamos por más improbable que sea, sobre todo refiriéndonos a la Liga MX, ese instante de efímero fulgor.

Como jugador, tampoco es que varíe mucho la cosa. A menos que uno sea un jugador que practique el denominado futbol total como lo hacía Johan Cruyff o ya de menos esté encargado de la media cancha en un ir y venir incesante (cosa que yo no era, en ninguno de los casos) el futbol es ese paciente letargo en el que uno puede acercarse a recibir instrucciones por parte del entrenador, voltear a la tribuna, tomar agua, escupir, intercambiar comentarios con el compañero o insultos con el rival, preguntarse si dejó bien cerrada la llave del gas, qué comerá mañana, entre otras cosas, mientras espera una nueva jugada que requiera de nuestra participación. Eso sí, cuando ésta llega todo es inmediatez y eficacia: cortar un centro, definir con certeza ante el marco rival, detener al oponente, etc. Y una vez concluido el embate, a ejercer de nueva cuenta, la virtud de la paciencia.

Empiezo a creer conforme pasa el tiempo, que estos dos elementos, la espera y la expectativa, están ligados en buena medida a nuestra forma de ser. No es que el futbol, deporte que nos apasiona como ningún otro, nos brinde muchas satisfacciones que digamos, y como muestra basta nuestro anhelado "quinto partido" a nivel selección. Nuestra vida misma, cotidiana y rutinaria, con sus propias situaciones funestas, altercados, horarios y problemas, nos ofrece también tragos dulces y otros muchos amargos. Pero hay algo en nosotros como mexicanos en lo particular que nos vincula a la paciente espera, mientras confiamos en tiempos y circunstancias mejores. En triunfos y glorias que aún están por venir. En ese golpe de suerte que puede concretarse a través de un toque prodigioso, un ascenso laboral, una reseña positiva de nuestro más reciente artículo, una mejora en nuestras relaciones interpersonales, un mejor y más eficiente ejercicio del poder, entre muchas otras cosas.

Hoy en día considero que esa pausa que precede a la acción puede constituir un valiosísimo espacio apto para la reflexión. Un tiempo para abocarnos a las estadísticas del juego mismo, a las condiciones del mercado, del país, al ámbito económico, financiero y también político, a planes y proyectos adecuadamente sustentados; un tiempo para medir, proyectar, analizar y desmenuzar cómo andamos. Lograr ver más allá de lo que parece evidente.

Detengámonos un momento en la espera, en la reflexión:

Apenas la semana pasada, el gobierno federal anunció un recorte del gasto público cercano a los $130,000 millones de pesos. Una cantidad considerable para cualquiera de nosotros sin duda, de los cuales el $100,000 corresponden a Petróleos Mexicanos. Más allá de las notas superficiales que por ahí circulan y del debate acerca de la soberanía energética, sobre Pemex cabe mencionar algo importante: lo más mencionado en estas fechas refiere al pasivo laboral acumulado, mismo que asciende a un monto superior a $1.7 billones de pesos, sumando a los enormes costos del sector y la ineficiencia operativa. Una enorme deuda que deberá solventarse en los años siguientes. Pero le tengo un dato aún más interesante y revelador: En los años 2000 y 2001 los ingresos petroleros (IEPS a gasolinas y diésel, derechos sobre hidrocarburos, aprovechamiento sobre rendimientos excedentes, etc) ascendieron a más de $842,000 millones de pesos (información obtenida y disponible para cualquiera que desee revisarla en Estadísticas Históricas de las Finanzas Públicas del CU). Cerca de un billón de pesos en dos años. Revisando este comparativo, ¿a dónde se han ido todos esos ingresos provenientes de la paraestatal fundada en 1938 y que de manera natural en una empresa del sector privado se destinarían a la reinversión, nómina, mantenimiento, investigación, etc?

El estado crítico actual de la paraestatal no obedece, contrario a lo que se menciona con intención simplista en el discurso oficial, únicamente a factores tanto externos como internos entre los que destacan la caída de los precios del crudo (condiciones del mercado) a la carga de pensiones, corrupción implícita,  adeudos con proveedores o a la volatilidad del dólar, divisa ligada al precio por barril de crudo, todos ellos rubros que sin duda tienen un impacto importante, pero que omiten especificar aquél que resulta mucho más relevante, el destino de dichos ingresos: El gobierno federal y en particular la SHCP, con fines recaudatorios (Ver el artículo 97 del dictamen de la Ley de Pemex, por ejemplo). La paraestatal idealmente debía operar como toda empresa privada, orientada hacia la productividad, competitividad y a la eficiencia (de ahí su Consejo de Administración) pero con la consideración de que jamás actuó ni operó como tal; jurídica, presupuestal y estructuralmente es "propiedad del gobierno federal". Los ingresos de Pemex, todos ellos,  proveen (o al menos, lo hacían) al Estado y las decisiones, atribuciones y designaciones aún hoy provienen de éste, mismo que le otorga un presupuesto anual como a cualquier otra secretaría, estipulado por Hacienda.

Si partiendo de lo anterior, se adiciona una plantilla que ha ido creciendo y excediéndose conforme al paso de los años y sus propias deficiencias en cuanto a procesos se refiere (sobre todo en el área de refinación) resulta más lógica, en un sector que requiere de importantes niveles de inyección de capital, la imperiosa necesidad del gobierno actual de andar buscando la intervención de empresas privadas para solventar aquello que el mismo estado, sexenio tras sexenio, decidió destinar a muchas otras cosas en lugar de a la empresa misma. ¿Recibieron sus hijos alguna vez algún estímulo educativo proveniente de la SEP? ¿Ha circulado por la carretera federal 15 en su tramo Hermosillo-Nogales? ¿Conoce o ha acudido al Centro Médico Nacional Siglo XXI? Durante años el 40% del presupuesto federal salió de los ingresos petroleros. Pemex, la caja grande del Estado. Y así como llegó, se fue.

La intención gubernamental nunca fue otra sino exigir y exprimir lo más posible a la paraestatal. Carente de autonomía en su gestión (El Director General es designado por el titular del ejecutivo y su consejo de administración lo Integran, entre otros, el titular de la SHCP así como el de la Secretaría de Energía) no resulta ilógico el que ahora exista una notable urgencia (o más bien, desesperación) por reducir gastos y eficientar sus procesos, mandar a la calle a sus empleados y reaccionar tardíamente ante una "situación emergente" dada la baja en los precios del crudo y la volatilidad del sector; ¿es entonces emergente en realidad? ¿Una modificación en sus procesos y plantilla no pudo haberse planificado y concretado antes, con toda previsión? Por supuesto que sí, pero jamás se hizo ni se consideró siquiera puesto que implicaba un detrimento para el Estado mismo. La Secretaría de Hacienda, juez y parte tanto antes como ahora, ha hablado mucho en estos días pero lo que dice es poco; la realidad encierra mucho más. El presupuesto de este año para Pemex, para darse una idea es de $400,000 millones de pesos. Al IMSS le tocan $544,000.

En el mismo tenor, el recorte que sufrirá Educación supera los $3,660 millones de pesos, aquél que corresponde al sector Salud es de $2,000 millones. Ahora bien ¿cuál es la Secretaría menos afectada por los recortes que anunció el titular de la Secretaría de Hacienda Luis Videgaray hace unos días? Acertó: la Secretaría de Hacienda, con escasos $150 millones menos. Es hora de decirle adiós al Pemex que era (y aún peor, pudo ser) y darle la bienvenida a aquél en que se habrá de convertir, dada la funesta gestión de los gobiernos federales desde la época de López Portillo y su «administración de la abundancia» hasta la “transformación energética” de Peña Nieto, pasando por la docena panista. Todos, sin excepción, han sido partícipes de ello.

En lo general, tanto la reducción del gasto como el ajuste de la Tasa de Interés son medidas contractivas, destinadas a contener salida de capitales y garantizar estabilidad fiscal, esto implica simple y llanamente un menor crecimiento. También lo es la suspensión de subastas y la intervención directa de Banxico en lo que se refiere a paridad peso/dólar: preocupa el impacto en la inflación. ¿Qué esperar entonces? Pues que en este 2016 y el 2017 nos toque jugar de visitante, un partido ríspido, de mucho desgaste, maximizando recursos y energías y con poca banca (literal y metafóricamente hablando).

Ahora viene la expectativa:

Este año es un año electoral. Chihuahua, Puebla, Tlaxcala, Sinaloa, Durango, Zacatecas, Aguascalientes, Tamaulipas, Baja California, Oaxaca y Quintana Roo se verán en la posibilidad de renovar gubernaturas, diputaciones y/o ayuntamientos. Si como solía decir Winston Churchill: "La democracia es el peor sistema político, con excepción de todos los demás" entonces dentro de nuestra doblemente imperfecta democracia (dada su pésima estructura y limitados alcances) el momento del sufragio es el momento de acción, el momento de ejecutar con eficacia, de saber acomodar el cuerpo y patear el balón que llega a nosotros con precisión. Confío en que estos años, o meses al menos, le hayan permitido analizar el ejercicio de los gobiernos estatales y los actores ligados a él. ¿Qué opinión tiene de la gestión de César Duarte? ¿Es tan mala como la mía aquella que corresponde a Javier Duarte de Ochoa? ¿Qué me dice de Gabino Cué y de Paco Olvera?
Este pues es el momento de la expectativa en que se presenta la posibilidad de conseguir algo en particular. El momento anhelado, para el cual nos hemos estado preparando. De decidir y actuar en sincronía: ¿Qué quiere o qué no quiere de aquellos que van a ser votados? ¿Quiénes si y quienes no merecen la oportunidad de ostentar los distintos cargos que van a aparecer en su boleta? ¿Qué me dice de los candidatos? ¿De sus partidos y de los denominados independientes, que ya traté en una entrega anterior? Es momento de reflexionar, si,  pero también de elegir.

Como diría el buen César Luis Menotti: “Se puede dejar de correr durante largos minutos de juego, lo que nunca puedes hacer es dejar de pensar”.

Nos leemos en dos semanas.


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Número 33 - Septiembre 2019
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