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La desesperación mata

Martes, 19 de Mayo 2020 - 12:35

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Luisa Ruiz

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Sabemos poco de lo mucho que puede ser el COVID-19. Las instrucciones que cambian día a día, las advertencias y los comunicados no son suficientes para que la población entienda que falta mucho por aprender. Entonces la consigna es no salir de casa. ¡No salir de casa! No andar dando vueltas por pasear un rato, por ir a festejar días de madres, de niños, de maestros. 

La sana distancia son dos metros con o sin cubrebocas. Las fotografías de grupo, las filas en las tiendas y bancos con ojos descubiertos y teléfonos celulares son potencial contagio, en cuanto se quitan la protección de la cara se rascan con las manos que estaban en el teléfono que usaron sin guantes.

Si el virus se pudiera ver, otro gallo nos cantaría. Es como las heridas expuestas que se limpian y se cuidan hasta que sanan porque se pueden ver; una herida interna no se cuida igual ni sana bien porque no la estamos viendo todo el tiempo. Así el virus que nos tiene azorados.

Ha habido festejos de todo tipo en las ciudades, montados en los autos pasando por casa de alguien para hacerse presentes en un momento especial y mientras no se toquen ni se acerquen están siendo responsables unos con otros. 

Por otro lado, la inconciencia. Las escuelas publican en redes sus eventos sentimentaloides para que nadie se olvide de nadie. Si no salen de su casa, con seguridad se volverán a ver, si salen, quizá los extrañen para siempre. Durante estas ‘caravanas’ escolares de festejo y sin protección de identidad alguna exhiben sus imágenes y los contagios siguen latentes por medio de los mismos regalos y tarjetas que se entregan, en los carteles que exhiben, en los teléfonos, en las manijas de los autos, en los guantes. Insisto, no sabemos de qué tantas formas podemos contagiarnos porque el virus ¡NO SE VE! Y aseguro se siente y se siente horrible.

El ciclo escolar está a punto de finalizar y las graduaciones y felicitaciones por el término están a la puerta de cada escuela, mismas que permanecen abiertas y con personal laborando. ¿Qué sigue?

En días pasados, una persona que asistió a un desfilito escolar envió a una periodista local, las imágenes de niños festejando a sus maestros afuera del colegio; la periodista las compartió como señal de advertencia con toda razón, esto que vivimos no es un juego. Una de las mamás participantes en el desfile se enfrascó en una acalorada discusión sinsentido alegando que la periodista “se robó las fotos” porque estaban en un perfil privado, en este caso, quien se las “robó” debió ser otra participante (traicionera) del mismo grupo y que las envió a la periodista.

Las imágenes, aunque pueden ser emotivas, son prueba de que la responsabilidad no cabe en la cabeza de los adultos exponiendo a los niños y, exhibiendo la falta de educación de la señora y sus ‘amiguis’ defendiendo absurdos, demuestra la necedad que esta pandemia ha provocado en todos.  Son los adultos, maestros, padres de familia quienes deben poner el ejemplo y quienes estuvieron desde el principio, indicando cuidados especiales para esta contingencia, cosa que olvidan cuando de festejitos se trata. 

Las escuelas, ¿para qué tienen que entregar y recibir regalitos? En el papel y las cosas también vive el virus. ¿Para qué necesitan hacerse presentes si están todo el sufrido día en clases a distancia y mantienen a los chiquillos haciendo tareas? Son tiempos de cambio y uno de ellos es olvidarse un poco de sentimentalismos que no corresponden a la etapa que nos amenaza. 

Nadie se ha muerto por esperar, y sí, puede que alguien muera o se enferme por desesperarse.

 


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Número 35 - Noviembre 2019
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