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La derrota que Beltrones convirtió en victoria

Martes, 28 de Junio 2016 - 15:00

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Guillermo Vázquez Handall

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Antes de que Manlio Fabio Beltrones hiciera pública su renuncia a la presidencia del PRI se esperaba un discurso que pretendiera justificar la derrota electoral y por ende, la personal, que ponderara la unidad partidista y una expresión de agradecimiento y enaltecimiento al Presidente de la República.

Sin embargo, el discurso de Beltrones fue completamente diferente al guión establecido para estas ocasiones. Se trató de un gran y sorpresivo ejercicio de autocrítica, si bien tardía, no por ello menos oportuna para transformarse en un relanzamiento personal.

Habría que decir que a lo largo del proceso electoral Beltrones por supuesto cometió errores, que por su posición tenía que asumirlos en función de su responsabilidad como dirigente del partido.

También que lo hizo con congruencia, la renuncia de suyo es una aceptación tácita de ello, pero su intención manifiesta era dejar en claro que la lista de culpables y las razones del descalabro abarca a muchos otros elementos y factores.

Beltrones no se cobijó a sí mismo en los pretextos, al contrario, fue explícito en enumerar las coyunturas que hoy después de los resultados, en el recuento, permiten identificar los aspectos negativos que influyeron en el ánimo ciudadano.

Habló de la conducción de las erráticas políticas públicas gubernamentales, principalmente en materia fiscal y económica; de la corrupción, la arrogancia y el exceso de confianza. Parafraseó a Colosio y eso sin que se entienda como un claro rompimiento personal con el Presidente Peña Nieto, sí es un reto.

Más aún cuando ha trascendido que Beltrones en el previo de su dimisión, le condicionó su permanencia al frente del PRI, a cambio de profundas transformaciones de actitud y de personas al frente de las áreas más sensibles del gobierno y que el presidente se negó a ello.

Por ello, su discurso no se puede entender tampoco como una revancha. Beltrones expone en él un balance analítico, que por muy doloroso que sea para el sistema, es un dictamen concluyente mediante el cual se debería diseñar la estrategia en adelante.

El asunto es que esto plantea dos conceptos disímbolos: el del Presidente Peña Nieto y el de Beltrones, que desde el punto de vista tanto práctico como ideológico va a dividir las simpatías del priismo y eventualmente las lealtades.

El punto esencial de toda la discusión es la sucesión presidencial y bajo la dinámica establecida por el Presidente Peña Nieto la expectativa es muy frágil. Esto convierte a Beltrones de manera natural en el precandidato independiente  del mismo sistema, ello es una muestra fehaciente de su capacidad de lectura de las circunstancias.

Beltrones ha demostrado una vez más un formidable talento para convertir una derrota en una victoria personal, porque hoy en el ánimo colectivo priista la sensación es que él es el único con los arrestos para recomponer, conducir y liderar su causa.

Al grado incluso que ahora es factible suponer que cuando pronosticó que el PRI obtendría nueve de las doce gubernaturas en disputa, aún sabiendo que las condiciones no eran las adecuadas para ello, no lo hizo por temeridad corriendo un riesgo innecesario, sino que por el contrario, ello fue parte de una estrategia diseñada precisamente para el propósito que ahora le anima.

Desde este punto de vista, en vez de asumir que como saldo de la derrota Beltrones ha quedado fuera de la carrera por la candidatura presidencial, lo que se observa es que se ha fortalecido, que con ello sus rivales han quedado expuestos y en desventaja.

Hoy, el único que le habla a la dolida y enojada militancia priista en los términos de lo que ésta quiere escuchar es Beltrones, lo que le otorga un margen de maniobra que ningún otro aspirante del régimen tiene y eso le brinda un liderazgo muy difícil de contrarrestar.

De hecho, el convertirse en un precandidato alterno al círculo rojo presidencial, lo coloca como el receptor de todas las expresiones internas que desde hace ya un buen tiempo, incluso antes de los recientes comicios, ya no concordaban con la tónica impuesta por Los Pinos.

Se puede asumir que para el priismo todavía hay tiempo de reorganización antes de la elección presidencial, la disyuntiva es la decisión  bajo cuál modelo y con qué liderazgo afrontarán la competencia.

En política las victorias como las derrotas tienen que analizarse en perspectiva, quizá porque ninguna de ambas sea definitiva, porque tal vez tampoco no todas sean en igual sentido permanentes, porque en ocasiones ni se gana ni se pierde del todo.

Hay quienes ganan perdiendo y viceversa, al final de cuentas eso depende de condiciones y circunstancias que los son de tiempo y espacio. Beltrones ya obtuvo una primera victoria por el simple hecho de poner sobre la mesa de discusión este concepto, ahora lo que sigue será la determinación del priismo de escoger uno de ellos.


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Número 34 - Octubre 2019
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