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La Civilización fallida, al desnudo

Miércoles, 01 de Abril 2020 - 14:05

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Gines Sánchez

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Una civilización fallida como la nuestra, ahora paga una merecida factura: el ya tristemente famoso COVID-19. Independientemente de teorías conspiratorias, la pandemia pareciera una respuesta de nuestro planeta hacia una peligrosa enfermedad, y así lo es: el ser humano es el peor microbio para la Tierra, el único animal capaz de romper con el equilibrio natural que este diminuto punto azul en medio de la nada tuvo por muchos milenios.

La pandemia llega en el momento en que, día con día y año con año, la civilización parecía estar más que segura de que el camino hacia la utopía era la proliferación de centros comerciales llenos de bienes que cada vez menos podrían considerarse de primera necesidad, con todos los perjuicios de la cara oscura y oculta de la globalización. ¿No es lo suficientemente ilustrativo que las potencias, que en sus inicios y hasta hace no tanto tiempo fueron sus principales precursoras, ahora estén repensándose el asunto (BREXIT-UK, Donald Trump-USA)? 

Estamos inundados de frívolas aplicaciones para nuestros teléfonos móviles, gracias al famoso internet cuyos beneficios, en su mayoría banales, solo favorecen a una minoría, dejando de lado a millones de seres humanos con hambre y nulo acceso al agua potable. 

Hoy, cuando muchos tenían la impresión de manejar el mundo con un dispositivo digital, henos aquí, doblados, encerrados, casi colapsados y apanicados por un bicho microscópico.

 

   Y un aluvión de preguntas y dudas se agolpan en nuestras cabezas. 

¿Realmente la mano invisible del mercado solucionaría casi todo? El país de la franja de la fuerte crisis por el coronavirus que mejor ha sorteado la contingencia es Francia. Dejó a un lado los dogmas neoliberales y puso a las instituciones del Estado en la primerísima línea de batalla para enfrentarlo, con un ambicioso y ejemplar plan, no solo para frenar en lo posible el avance de la enfermedad, sino para también ya ir actuando en la fuerte desaceleración económica que necesariamente traerá consigo. Keynes no estaba del todo equivocado, es más, hoy más que nunca se le puede ver como el demonio del credo neoliberal. Hoy debiera ser una referencia más que obligada en la inédita coyuntura.

   Después de esta crisis, el papel del Estado debe retomar su rol indispensable y echar al basurero la idea demencial de irlo borrando del mapa. El Estado debe pensarse más que como un administrador de los intereses de unos pocos, como la institución de instituciones; olvidarse de que sea casi justo la antítesis de su naturaleza misma, que precisamente por eso ha sido el garante del origen y desarrollo de las Civilizaciones

   Países como Cuba, China, Corea del Sur, Reino Unido, Singapur y Australia, tienen los mejores modelos de inversión (pública, privada y mixta) en investigación médica. Esta crisis está exhibiendo las miserias de la globalización. El modelo de democracia liberal no es perfecto, ni mucho menos, es más: ha sido ya muy mal entendido, y desvirtuado hasta el exceso. Sin Estados fuertes, el ser humano se ve a merced de peligros a los que siempre ha estado expuesto, como especie tan vulnerable y fugaz que somos.

 

   Simplemente, ¿no deberían de conducirse mucho más los esfuerzos y recursos de todo tipo a asuntos tan elementales como el protegernos ante posibles catástrofes como el impacto de un meteoro con potencial de borrar la humanidad? ¿Asimismo, no tendría que estarse viendo, en estos momentos, respuestas efectivas por parte de organismos supranacionales, como la ONU y sus agencias, en respuesta a los efectos indeseables e innegables de un virus, ya bien entrado el Siglo XXI? A estos planteamientos, el que está en primer lugar –aunque  mucho más en la retórica que en los hechos–, es el cambio climático. Avisos ha habido y no pocos. No estiremos tanto la liga que vamos derechito a un barranco.

   Covid-2019 debería considerarse para el neoliberalismo (cuya errónea ideología dicta que el mercado todo lo resuelve) como su Chernóbil, catástrofe que para el bloque comunista significó el principio de su fin. Al arribo del Covid-19, el mercado estaba muy ocupado fabricando en serie objetos inútiles y contaminando el medioambiente a placer. La crisis sanitaria pilló a los Estados nacionales tan adelgazados, según las recetas neoliberales, que un microorganismo nos está amenazando a todos, mercado y Estado incluidos, y no hay respuestas a dicha amenaza, precisamente por la subordinación del primero al segundo.

 


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Número 35 - Noviembre 2019
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