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Jugando con fuego (*)

Miércoles, 19 de Junio 2019 - 13:15

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Julio Chavezmontes Messner

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Jugando con fuego (*)

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Hoy se cumplen exactamente 152 años de la ejecución de Maximiliano, Miramón y Mejía en el Cerro de las Campanas, en Querétaro.

La ocasión amerita rememorarse, porque el actual presidente de la república gusta de jugar a la “ruleta rusa” con nuestra historia, pregonando a los cuatro vientos que el México de hoy, está dividido entre conservadores y liberales.

Atizar enconos  polarizando a la sociedad en bandos enemistados,  lastra las aspiraciones transformadoras de las que López Obrador se proclama el adalid.

Su partido político personal habría estado mucho mejor encaminado si en vez de ser el Movimiento de Renegociación, fuera el Movimiento de Reconciliación nacional.

Dividir nuestra patria en fifís y no fifís, evocando bandos irreconciliables que le han costado a México verdaderos torrentes de sangre, NO es la mejor forma de aliviar los muchos males que nos aquejan.

 

Por si no fuera suficiente la violencia desbordada que campea irrefrenable por todo el territorio nacional, el actual encargado del Poder Ejecutivo, se permite el dudoso lujo de señalar como corruptos a quienes acuden ante el Poder Judicial impugnando en vía de Amparo, las violaciones cometidas por López Obrador y su gobierno,  contra la Constitución Federal.

El juicio de Amparo,  es una institución única en el mundo, de la que el Cura Morelos fue precursor  directo cuando refiriéndose a ese juicio, declaró que era necesario que los perseguidos o los agraviados tuvieran quien los escuchara y defendiera contra los abusos de la autoridad.

Pretender coartar el derecho al Amparo, es una afrenta directa al legado de Morelos, a quien López Obrador le atribuye la primera transformación junto al cura Hidalgo.

El señalamiento que el presidente en turno hace en contra de los jueces de distrito,  prejuzgando la suspensión de su aeropuerto imperial en Santa Lucía y la destrucción del NAIM en Texcoco, no solamente invade la esfera del Poder Judicial, sino que atenta directamente contra el estado de derecho que urgentemente necesitamos restablecer.

Sería más que oportuno que alguien le enseñara a López Obrador que en el bando conservador del siglo XIX, hubo hombres de la talla de Miguel Miramón, al que los propios liberales le pusieron el sobrenombre de “el caballero de los infortunios”, porque en repetidas ocasiones prefirió dejar escapar la victoria, que actuar sin honor frente a sus adversarios.

Miramón fue no solamente el más joven presidente de la república, sino que fue de los heroicos cadetes que defendieron a nuestra patria en el Castillo de Chapultepec el 13 de septiembre de 1847.

Precisamente hoy, hace 152 años, en el cerro de las Campanas, hubo un ritual de honor con el que culminó la lucha de quienes creían firmemente que su causa, era la causa de México.

Yo no soy partidario de ninguno de los dos intentos imperiales habidos en nuestra patria, pero tanto Iturbide como Maximiliano, merecen un trato distinto en las páginas de nuestra historia.

Maximiliano con sus acciones, con su legislación y sus acciones sociales en favor de nuestros  compatriotas más pobres, y especialmente de los indígenas, demuestran que habiendo nacido en Austria, supo vivir y morir como un patriota mexicano.

El archiduque, antes de ser fusilado, repartió monedas de oro entre los soldados que lo iban a ejecutar, como arras en señal de perdón.

Incluso conservó la suficiente calma para pedirles que apuntaran lo más lejos posible de su barba, para que cuando su madre viera su cadáver, no se impresionara demasiado.

Mi abuelo, Don José Dominguez Soberón, de familia queretana, cuando era niño,   fue vecino del General Mariano Escobedo que le tenía especial cariño, y le regaló el reloj Montaudon et Filles que Maximiliano le entregó a su vencedor, junto con su espada, en reconocimiento de su valentía y su nobleza.

Aquella mañana de junio en 1867, una vez en el sitio del fusilamiento, el comandante del pelotón encargado de ejecutarlos, le permitió a los tres sentenciados pronunciar sus últimas palabras.

Maximiliano había sido puesto al centro, entre Miramón y Mejía, y fue en ese momento que el archiduque se dirigió a Miramón conmovido y con muchísimo respeto, y le dijo:

Señor General: Los valientes ocupan el lugar de honor.

El encargado de darle el tiro de gracia a los fusilados, fue nada menos que Aureliano Blanquet,  que con el tiempo sería compadre de Victoriano Huerta.

Mi abuelo fue quien me contó ese episodio cuando era yo muy pequeño todavía.

Siempre que lo evoco, imagino que la voz de mando que cumplió la sentencia de muerte, resonó con su eco atravesando la luz del amanecer, diciendo:

Preparen, apunten, ¡México!

Creo que tanto el partido liberal como el conservador, lucharon por amor a México a pesar de sus profundas diferencias.

Ofender  la memoria de uno de los partidos que forjaron con sangre nuestras instituciones, reduciéndolo a una banda de fifís, es ignorar la historia de nuestra patria,  y revivir odios que en nada nos benefician.

La fórmula aplicada para imponer la propia  voluntad por encima de la ley y de la justicia, es una siembra irresponsable de vientos, cuya cosecha solamente puede ser de tempestades.

En una tierra como México, donde Huitzilopochtli reina hoy, no es la mejor idea la de jugar con fuego…

… y menos si el que juega, es el presidente de México.

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(*) La imagen del pintor Edouard Manet,  que ilustra estas líneas, no corresponde con la realidad de los hechos, porque al centro estuvo el General Miramón al que Maximiliano le cedió el lugar de honor.

El sombrero de charro que porta el Archiduque, es una alegoría en reconocimiento de su amor por México, su patria por elección propia.

chavezmontesjulio@hotmail.com


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Número 35 - Noviembre 2019
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